Capítulo 20
Cuatro días después del entierro, sor Matilde llamó a Lucía al despacho.
Desde la muerte de sor Teresa, Lucía se movía por Santa Marta sin hacer ruido. Iba a la oficina por la mañana y al volver se tomaba un café frente a la silla vacía de sor Teresa. Charo había empezado a sentarse allí con ella algunas tardes, sin decir por qué.
Sor Matilde se quitó las gafas antes de empezar a hablar.
—Te dije que podías quedarte hasta Navidad y entonces lo creía. Pero la habitación de sor Teresa tiene humedades y hay que arreglarla antes de que la ocupe nadie. La hermana que viene llega a principios de diciembre y, mientras terminan los arreglos, tendrá que quedarse en la tuya.
—Lo siento mucho, no tengo otro sitio que ofrecerte.
—No se preocupe, lo entiendo.
Sor Matilde cerró los ojos un instante.
—Sor Teresa me pidió que te cuidara. Yo no puedo darte una casa, pero sí puedo decirte una cosa: no vuelvas a Santa Marta como quien viene a esconderse. Vuelve como quien vuelve a su casa. Tú sabes que no es lo mismo.
Lucía salió del despacho sintiendo que le habían quitado algo y le habían dado otra cosa a la vez. Volvió a su cuarto, miró la maleta y pensó en Mercedes, en la habitación que nunca llegó a tener y en el cerrojo que guardaba desde hacía meses. No sabía adónde ir.
Esa tarde, al bajar del autobús en la ciudad, encontró a Mateo esperándola cerca de la parada. No se acercó. Se quedó donde estaba, esperando que fuera ella quien decidiera si se acercaba o no.
—Sonia me ha dicho que tienes que dejar Santa Marta.
—Sonia habla demasiado.
—Sí, y me alegro de que lo haga.
Mateo parecía más delgado. La herida del labio se había curado y solo quedaba una línea clara.
—No te estoy pidiendo nada. Solo quiero que sepas que la habitación sigue libre.
—¿Cuál?
—La que te ofrecí en mi casa.
Lucía pensó en Rubén. Seguía detenido, así que ya no tenía que preocuparse por que la encontrara si se iba a vivir con Mateo.
Aun así, la idea le daba miedo. No por Rubén, sino porque vivir con Mateo significaba tener una casa, una vida propia y a alguien a quien querer.
Y Lucía tenía miedo de perderlo todo otra vez.
—Tengo que pensarlo.
—Piénsalo el tiempo que necesites.
Durante tres días habló con Loli, con Carmen y con Clara. Todas tenían una opinión. Loli le dijo que no fuera tonta. Carmen le dijo que escuchara lo que necesitaba. Clara le dijo que no podía vivir siempre esperando a que algo saliera mal. Lucía las escuchó, pero tomó la decisión sola.
El viernes fue a la ferretería al final de la tarde. Mateo cerraba unas cajas en el almacén.
—Acepto, pero con condiciones.
Mateo dejó la caja en el suelo.
—Pago alquiler. La cantidad que acordemos cada mes. Tengo mi cuarto con una puerta y un cerrojo. Yo decido cuándo se abre. Y si un día digo que me voy, me voy. Sin tener que darte explicaciones.
Mateo la escuchó sin interrumpir.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo a todo lo que has dicho.
Lucía soltó el aire. Le temblaban las piernas y le dio risa al mismo tiempo.
Se mudó el sábado siguiente. Loli insistió en acompañarla. Mateo las esperaba con una carretilla en la parada del autobús y subieron las maletas entre los tres.
El piso estaba encima de la ferretería. Tenía una cocina pequeña, un salón con un sofá azul y dos dormitorios al final del pasillo. A Lucía le pareció desordenado, pero agradable. Había una mesa baja, una radio junto a la ventana y un perchero hecho con una tabla y varios clavos.
La habitación tenía una cama estrecha, un armario de madera azul claro y una ventana que daba a la plaza. Mateo había dejado una maceta en la ventana y una colcha azul gastada, doblada con cuidado, sobre la cama.
Lucía sacó una caja del bolsillo del abrigo.
—He traído el cerrojo. El de la calle Aranda. No quería dejarlo allí.
Mateo sostuvo la caja un momento.
—Lo pongo ahora.
Tardó diez minutos. Loli miraba desde la cama. Cuando terminó, Mateo corrió el pestillo una vez para comprobar que funcionaba y lo dejó abierto.
—Entra quien tú digas.
—Ya lo sé, gracias.
Cenaron los tres en el salón. Loli se fue a coger el último autobús y abrazó a Lucía en la puerta.
—Sor Teresa estaría contenta de verte empezar una nueva vida.
Lucía cerró la puerta y se quedó un momento en el pasillo mientras Mateo recogía los platos en la cocina. Entró en su cuarto, miró la cama, el armario y la ventana. Cerró el cerrojo. Escuchó el clic. Después lo abrió.
Por la ventana se veía la plaza y una iglesia pequeña al fondo. Lucía pensó que era la primera casa en la que entraba sin que nadie le hubiera asignado una cama. Era su primera noche en casa de Mateo, pero no tenía miedo de quedarse ahí.
Diciembre llegó con frío. Lucía ya se había acostumbrado al piso: qué baldosa de la cocina se movía, cuántas vueltas tenía que dar a la ducha para que saliera caliente y qué peldaño de la escalera crujía más.
Mateo dejó la bufanda de Lucía en uno de los clavos del perchero, junto a la suya, sin hacer ningún comentario.
Los primeros días vivieron con cierta timidez. Mateo salía temprano para abrir la ferretería. Lucía desayunaba con la radio baja y se iba a la oficina. Por la noche cenaban juntos y hablaban de lo que había ocurrido durante el día. No hablaban de lo sucedido con Rubén. Ninguno sabía cómo empezar.
Una madrugada Lucía se despertó gritando. Había soñado que volvía al almacén y que alguien le apretaba el brazo con la mano. Tardó unos segundos en reconocer la habitación. Oyó los pasos de Mateo en el pasillo.
—¿Lucía?
Él se quedó al otro lado de la puerta. No intentó abrir.
—Estoy bien.
—Vale.
Lucía vio la sombra de Mateo por debajo de la puerta. Podía echar el cerrojo, que estaba abierto, y pedirle que se fuera. Pero no lo hizo. Pasó un rato y oyó cómo él se sentaba en el suelo, al otro lado de la puerta.
—No tienes que quedarte —dijo ella.
—Ya lo sé.
—Estás sentado en el suelo.
—Estoy cómodo, no te preocupes; además, hay una baldosa que se mueve.
Lucía rio sin ganas.
—Cuéntame algo que no sea de mí.
Cuando tenía siete años, mi madre me llevó a un hogar de acogida.
Dijo que sería solo unos días, pero no volvió a buscarme.
Manuel y Elena se enteraron de que estaba allí y fueron a verme.
Querían quedarse conmigo, pero no eran familia y no les dejaron llevarme a su casa.
Aun así, no dejaron de ir a visitarme siempre que podían.
Lucía bajó de la cama y se sentó junto a la puerta, por dentro. No necesitaba abrirla para saber que Mateo seguía allí.
—No te lo cuento para que te dé pena —añadió él—. Me lo has pedido. Y ahora mismo no se me ocurre nada mejor.
—Gracias.
—No hay de qué.
Aquella noche, y otras después, Mateo se quedó al otro lado de la puerta hasta que Lucía conseguía dormirse.
A veces hablaban de cosas sin importancia: de una clienta que pidió un cubo de cemento cuando quería masilla, de las marcas de clavos o de si las gaviotas sabían nadar.
Nunca abrió la puerta, pero dejó de sentir la necesidad de echar el cerrojo.
El tres de diciembre llegó la citación. Lucía abrió el sobre en la cocina y leyó la fecha: quince de marzo. Le temblaron las manos.
—Tengo que ir a declarar —dijo.
Mateo leyó el papel por encima de su hombro.
—Faltan tres meses.
—Ya lo sé.
—Puedes apuntarlo todo. Como lo harías en la oficina. Fechas, sitios, lo que dijo y lo que dijiste. Así no te olvidarás de nada cuando llegue el día.
Lucía lo miró. Era justo lo que habría hecho Carmen y lo que ella misma necesitaba.
Esa tarde compró un cuaderno de tapas duras. En la primera hoja escribió: «El almacén. La primera vez». Después continuó apuntando todos los momentos, sin olvidar ninguno.
Lucía fue a Santa Marta en Nochebuena. Mateo le había dicho que Manuel y Elena la esperaban a cenar, pero Lucía necesitaba estar en la misa de gallo con las niñas. La capilla estaba llena de cirios y de voces desafinadas. Charo le apretó la mano durante los villancicos.
Al terminar, sor Matilde la llevó al despacho y sacó un paquete envuelto en papel de periódico.
—Sor Teresa me pidió que te lo diera si no le daba tiempo a hacerlo ella.
Dentro había un chal de lana. Lucía lo reconoció por el tacto y por el olor a lavanda y cocina. Sor Teresa se lo había puesto sobre los hombros junto a la verja, una mañana de frío cuando Lucía era pequeña.
Era de un azul apagado, con el borde algo más oscuro de tanto usarlo. Lucía se lo puso encima.
—Gracias.
—No me las des a mí. Quédate con él. Y vuelve cuando quieras. Esta sigue siendo tu casa.
Lucía bajó al patio con el chal sobre los hombros. Junto a la ventana de la cocina había luz y una mujer nueva se movía entre las sartenes. Lucía levantó una mano, por costumbre. La mujer la miró un momento y le devolvió el saludo.