AZUL Capítulo 19
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Capítulo 19

Sor Teresa vivió doce días más.

Fueron días extraños. Lucía iba a la oficina por la mañana, aunque le costaba concentrarse, y a las cuatro y media salía hacia el hospital.

Carmen dejó de preguntarle cómo estaba. Álvaro la llevaba hasta la puerta y esperaba en el coche hasta que Loli llegaba para quedarse con Lucía.

Rubén seguía detenido, a la espera de que un juez decidiera, pero nadie hablaba de él.

Durante aquellos días, todo giraba alrededor de sor Teresa.

A la habitación fueron llegando cosas de Santa Marta: dibujos de las niñas, una caja de pastas que Carmen llevó una tarde y una carta de Pili que sor Teresa pidió que le leyeran en voz alta. También llegaron flores de las monjas, atadas con un cordón. Sor Matilde las dejó sobre la mesilla.

Sor Teresa daba las gracias por todo. Cada día le costaba un poco más hablar. Primero dejó de comer casi sin que nadie se diera cuenta. Después pasaba largos ratos mirando la ventana, con un dedo moviéndose despacio sobre la sábana. Lucía nunca le preguntó qué estaba contando.

Pili llegó un sábado por la mañana con el niño en brazos y con Ginés, su marido.

Ginés se quedó en la puerta, sosteniendo el sombrero entre las manos.

Lucía solo había visto a Ginés una vez, pero al mirarlo entendió enseguida que quería mucho a Pili por la forma en que no le quitaba los ojos de encima.

Pili se acercó a la cama. Sor Teresa abrió los ojos al ver al niño.

—Qué grande se ha puesto.

—Es igual que yo cuando me enfado —respondió Pili.

—Es una pena tener que irme sin conocerlo bien.

Pili empezó a llorar. Se sentó junto a la cama y abrazó al niño. Lucía y Loli salieron al pasillo con Ginés para dejarles ese momento. Desde fuera oían a sor Teresa hablarle al pequeño con la misma voz que había usado tantas veces con ellas cuando eran niñas.

Esa tarde sor Teresa pidió que se quedaran las tres a solas.

—Que se vayan los demás. Quiero estar con vosotras.

Sor Matilde salió de la habitación y cerró la puerta. Pili, Loli y Lucía se sentaron junto a la cama, muy juntas.

—Quería deciros que habéis sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Las tres, y todas las demás niñas también. Pero vosotras tres habéis estado conmigo desde hace mucho. Quiero que lo sepáis ahora que todavía puedo decirlo bien.

—No diga eso —murmuró Loli.

—Déjame terminar.

Pili le cogió una mano; Loli, la otra. Lucía puso la suya encima de las dos.

—Prometedme que no os vais a dejar de lado. Que os escribiréis aunque solo sea para contar que no tenéis nada que deciros.

—Lo prometemos.

—Y quiero que estéis presentes en todo lo importante de vuestras vidas: en las bodas, en los bautizos y también en los entierros.

Sé que los entierros dan mucha pena, pero no sirven solo para despedirse.

También sirven para recordar a la persona que falta, para hablar de todo lo que se vivió con esa persona.

Cuando llegue mi momento, quiero que lloréis si lo necesitáis, pero después quiero que os quedéis juntas, que habléis de mí y que recordéis nuestras cosas.

Y, si os sale, que os riáis también. Quiero imaginaros juntas y felices, aunque yo ya no esté.

—Lo prometemos —repitieron las tres.

Sor Teresa cerró los ojos. Se quedó dormida sin soltarles las manos.

Murió el miércoles, a las seis y diez de la mañana.

Lucía estaba allí. Había insistido en pasar la noche en el hospital. Loli dormía en un banco del pasillo. Pili y Ginés habían vuelto a la ciudad con el niño. Sor Matilde se había quedado dormida en el sillón de la esquina, agotada después de tantos días sin descansar.

La respiración de sor Teresa había cambiado durante la madrugada. Era más lenta y había pausas cada vez más largas. Lucía le sostenía la mano y contaba sin querer, igual que había contado tantas veces la tos a través de la pared.

Hacia las cinco, sor Teresa abrió los ojos.

—Lucía.

—Estoy aquí.

—¿Ya ha amanecido?

Lucía miró hacia la ventana. Entre los edificios se veía una franja de cielo azul más claro.

—Casi. Todavía está oscuro, pero por un lado ya se ve más claro. Hay un pájaro en el tejado de enfrente.

—¿Qué hace?

—Nada. Está quieto. Mira hacia aquí.

—Entonces nos mira a las dos.

Sor Teresa sonrió y cerró los ojos. No volvió a hablar.

Lucía siguió diciéndole cosas en voz baja. Le habló del cielo y del pájaro. Le repitió que no estaba sola. A las seis y diez, sor Teresa respiró una vez más. Después ya no hubo otra respiración.

Lucía esperó. La mano de sor Teresa seguía tibia y ligera entre las suyas. Le costó comprender que no iba a apretarle los dedos nunca más.

Sor Matilde se despertó, se acercó a la cama y pasó una mano por el pelo corto y canoso de sor Teresa. Luego miró a Lucía. Era la primera vez que Lucía veía llorar a la directora.

—Vamos.

Lucía soltó la mano de sor Teresa. En el pasillo, Loli seguía dormida. Lucía se quedó delante de ella unos segundos antes de tocarle el hombro.

—Loli.

Loli abrió los ojos, la miró y entendió. No dijeron nada. Se abrazaron allí mismo, en medio del pasillo.

El entierro fue dos días después. La capilla de Santa Marta llevaba muchos años sin abrirse para algo así. Olía a cera fría, a humedad y a las flores que se habían colocado junto al féretro. Las ventanas dejaban entrar una luz azulada que se extendía sobre los bancos.

Lucía se quedó en la puerta. Ver aquel féretro le devolvió un recuerdo de cuando tenía cinco años: otra iglesia, dos cajas largas y oscuras, el abrigo demasiado grande que le había puesto su tía Julia.

Esta vez Mateo estaba a su lado. No la cogió del brazo ni le pidió que hablara. Se quedó allí, y eso le bastó.

Llegaron las niñas de Santa Marta, las que todavía vivían allí y las que ya habían salido hacía años. Llegaron Carmen, Álvaro, Clara y Emilio. Pili entró con Ginés y el niño. Buscó a Lucía y a Loli, y las tres se sentaron juntas en el primer banco.

Sor Matilde habló poco durante la misa. Lucía solo recordó una frase: «No se fue nunca de ninguna de vosotras». Después una niña cantó un himno con una voz muy fina. Nadie pareció darse cuenta de que desafinaba.

En el cementerio, al bajar el féretro, Lucía recordó con claridad el día del entierro de sus padres: el viento, la voz de una adulta diciendo que no llorara tan fuerte y la sensación de no entender por qué nadie le explicaba nada. Esta vez nadie le pidió que se callara.

Lloró hasta que le dolió el pecho. Pili la sostuvo por un lado y Loli por el otro. Las tres se quedaron abrazadas junto a la tumba hasta que alguien les acercó un puñado de tierra.

Esa noche, cuando las visitas se fueron y las niñas se acostaron, Pili, Loli y Lucía bajaron al patio con una manta. Se sentaron bajo la ventana de la cocina. Al principio no hablaron. Después Loli recordó que sor Teresa nunca acertaba cuando las contaba para comprobar que estaban todas.

—Porque siempre había alguna que se escapaba —dijo Pili.

—Y otras nos dormíamos —añadió Lucía.

Hablaron de la noche de los higos, de los castigos que sor Teresa fingía ponerles y de las veces que había mentido por ellas. Lucía rio una vez, y la risa le dolió, pero no quiso esconderla.

Más tarde Lucía miró hacia la verja. Estaba cerrada. Detrás, la carretera permanecía vacía. Recordó lo que sor Teresa le había dicho: que quienes la querían estaban dentro. Miró a Loli, medio dormida, a Pili con la manta sobre los hombros y a la ventana de la cocina cerrada.

No se levantó. Se quedó entre sus amigas hasta que el frío les hizo volver a entrar.