Capítulo 18
Llegaron a Santa Marta pasadas las once. El taxista los dejó junto a la verja y se marchó sin hacer preguntas. Cuando el coche desapareció, la carretera quedó en silencio. Solo se oían los grillos y un perro ladrando muy lejos.
Lucía tocó el timbre. Agarró uno de los barrotes, frío por la humedad, y esperó. Pensó que, si nadie abría, se quedaría allí hasta que amaneciera.
Mateo no dijo que aquello era una locura ni intentó llevarla a otra parte. Se quedó a su lado con una mano rodeándole la espalda, sin apretarla. Lucía no sabía si quería entrar, llorar o quedarse quieta frente a la verja.
Al cabo de un rato se encendió la luz de la cocina.
Sor Teresa salió al patio con un chal sobre el camisón y una linterna en la mano. Se detuvo a mitad de camino para recuperar el aire. Cuando la luz le dio en la cara a Lucía, se quedó muy quieta.
Tardó en abrir la cadena porque le temblaban las manos.
—Pasad.
En la cocina, bajo la bombilla, la marca de la mejilla se veía más grande. Sor Teresa le sostuvo la barbilla con delicadeza y giró su cara hacia la luz.
—¿Quién ha sido?
—Rubén. Lo he denunciado. Está detenido.
—Bien —dijo sor Teresa, soltando el aire.
No añadió nada. Dejó la mano sobre la mejilla sana de Lucía hasta que a ella le empezaron a temblar los labios.
Lucía había preparado muchas veces, en su cabeza, una explicación de lo que Rubén hacía. Nunca le salía bien. Aquella noche no tuvo que explicarse. Sor Teresa miró la marca de la cara, miró el brazo que Lucía mantenía pegado al cuerpo y entendió lo importante sin pedirle que lo repitiera.
Sor Teresa sacó hielo, una toalla y leche. Preparó una taza también para Mateo. Él seguía junto a la puerta, con el chaquetón puesto, sin saber si debía quedarse o marcharse.
—¿Tú eres el de la ferretería? —preguntó sor Teresa.
—Sí. Mateo.
—Siéntate, Mateo. De pie vas a ponerme nerviosa.
Mateo se sentó. Sor Teresa lo observó durante un instante y volvió al cazo.
—La has traído hasta aquí.
—La he traído en taxi, sí.
—Pues has hecho bien.
Antes de irse a la sala, Mateo dejó un vaso de agua sobre la mesilla de Lucía y preguntó si quería que se quedara despierto.
Ella negó. Él le dijo que estaría al otro lado del pasillo y que, si lo llamaba, la oiría.
Lucía quiso responder algo, pero tenía tanto cansancio encima que solo pudo decir que sí muy bajito.
Mateo durmió en la sala de visitas, en un sofá corto con una manta de lana. Lucía salió dos veces al pasillo durante la noche. Desde la puerta vio la luz encendida bajo la rendija y oyó su respiración. No entró. Le bastaba con saber que estaba allí.
Volvió a su habitación con la mejilla latiendo. Las ramas del patio dibujaban sombras en el techo. A través del tabique oyó toser a sor Teresa. La tos se alargó y luego volvió a empezar.
A primera hora de la mañana, Mateo se fue antes de que las niñas despertaran. Bajó hasta la carretera, llamó a un taxi y prometió volver si Lucía lo necesitaba. Sor Teresa no dejó de toser en toda la noche.
El miércoles por la mañana, Lucía bajó a la cocina y encontró a sor Teresa sentada a la mesa. Tenía las manos sobre los muslos y la cafetera estaba a punto de rebosar. Sus labios se veían apagados y respiraba con la boca entreabierta.
—Sor Teresa.
—Estoy bien. Se me ha ido el santo al cielo.
—No, no está bien.
Lucía retiró la cafetera y llamó a sor Matilde, sin acordarse de que las niñas dormían. La ambulancia llegó unos veinte minutos después. Sor Teresa insistió en caminar hasta la puerta por su propio pie, con una persona a cada lado.
—No quiero perderme el desayuno de las niñas —protestó.
Al llegar al umbral se detuvo. Miró el patio, la verja y la ventana de la cocina con el cristal empañado.
—Cierra bien, Lucía. Que se escapan las corrientes.
Lucía pasó la tarde en el hospital con Loli. Su amiga llevaba ya unas semanas en la residencia y había llegado desde allí sin soltar la carpeta. Se sentaron juntas en un pasillo de bancos duros. Cada vez que pasaba una bata, levantaban la cabeza esperando que alguien les dijera algo.
Loli quiso saber qué había pasado, pero Lucía no tuvo fuerzas para contarle lo de Rubén de una vez.
Le habló primero de la ambulancia, de sor Teresa sentada en la cocina y de la cafetera a punto de rebosar.
Loli la escuchó con las manos apretadas alrededor de la carpeta.
Cuando Lucía por fin mencionó la denuncia, su amiga no hizo preguntas. Le cogió la mano y se quedó así.
—No tenías que pasar por eso —murmuró Loli.
—Ya lo sé.
—Pero has hecho bien.
Lucía quiso creérselo. Miró el pasillo, las puertas cerradas y las personas que iban y venían.
A las nueve, un médico joven les avisó de que podían entrar de una en una y les pidió que no la cansaran. Lucía pasó primero.
La habitación era sencilla: una cama, una silla y una ventana alta. Sor Teresa estaba incorporada entre dos almohadas. Un tubo fino le llegaba hasta la nariz. Cuando vio entrar a Lucía, intentó sonreír.
—Pareces un fantasma.
—Usted sí que parece uno.
—Tienes razón.
Lucía se sentó y le cogió la mano. Estaba fría y ligera. Durante un rato no hablaron. Por el pasillo pasó una enfermera con un carrito que hacía ruido al avanzar.
—Me han dicho que no me van a dejar volver a la cocina —comentó sor Teresa.
—No.
—Entonces tendré que quedarme aquí, a ver si me cuidan bien.
Después miró hacia la ventana.
—¿Qué hora es?
—Casi las siete y media.
—Todavía queda luz. Descríbeme el cielo.
Lucía se volvió hacia el cristal. Entre dos edificios se veía una franja pequeña de cielo.
—Es azul. Abajo está muy claro, casi transparente. Más arriba se vuelve oscuro. Hay una nube larga y fina, con un borde más claro. Y en lo alto hay una luz pequeña. No sé si es una estrella o un avión.
—Una estrella.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque no se mueve.
Lucía rio, pero la risa se le rompió antes de terminar. Sor Teresa le apretó los dedos.
—Nunca te lo había preguntado. Me daba igual el nombre que le pusieran los demás a las cosas, pero muchas veces me he preguntado cómo las veías tú.
—¿Y por qué no me lo preguntó?
—Porque pensé que podía dolerte.
Sor Teresa levantó la mano y la apoyó en la mejilla sana de Lucía.
—Pero ahora que te he oído explicarlo, me parece una de las cosas más bonitas que me han contado.
Lucía se quedó callada. El olor del hospital se mezclaba con otro más conocido, el de sor Teresa: jabón, pan caliente y lana. Le recordó todas las mañanas de su infancia en aquella cocina.
—Yo antes pensaba que era una cosa mala —admitió Lucía—. Que ver así era equivocarme todo el tiempo.
—No. Tú miras mucho, Lucía.
Lucía bajó la vista hacia las manos de sor Teresa.
—Tengo miedo —dijo sor Teresa.
Lucía levantó la cabeza.
—No se lo he dicho a sor Matilde ni a las niñas. A ti sí puedo decírtelo porque sabes lo que es tener miedo.
—Sí.
—No es miedo a morirme. Es miedo a ese momento. A estar sola cuando llegue.
—No va a estar sola.
—Prométemelo.
—Se lo prometo.
Sor Teresa cerró los ojos. Respiraba con un silbido leve. Durante un momento Lucía pensó que se había dormido, pero volvió a hablar.
—Y cuando yo me vaya, no te quedes esperando junto a la verja.
Lucía no respondió.
—Te he visto algunas mañanas. Miras hacia la calle igual que cuando eras pequeña. No hay nadie al otro lado, hija. Las personas que te quieren están dentro.
Lucía se mordió el labio. Una lágrima le cayó sobre la mano de sor Teresa.
—Eso no se lo puedo prometer.
—Solo inténtalo.
Lucía pensó en la verja de Santa Marta, en la de los primeros años y en la que había cruzado aquella noche con Mateo. No respondió nada más.
Loli entró a las diez. Se turnaron durante la noche. Lucía se quedó dormida en la silla, con la cabeza junto al borde de la cama. Al despertar, de madrugada, tenía una manta sobre los hombros. Sor Teresa dormía. Detrás del cristal, el cielo era muy oscuro y la luz pequeña seguía en el mismo sitio.