Capítulo 17
El viernes, Álvaro llamó a la oficina para avisar de que no podría llevar a Lucía hasta la parada.
Una reunión en una obra se había alargado y no sabía a qué hora terminaría.
Carmen se ofreció a acompañarla, pero tenía los presupuestos de la semana abiertos sobre la mesa y el señor Valdés la reclamaba desde el despacho.
—Voy sola. Son seis calles —dijo Lucía—. Hay gente por todas partes y el autobús sale a las siete menos diez. Si me voy ya, llego con tiempo.
Carmen miró el reloj y luego los papeles que tenía delante. No parecía convencida.
—Vete ahora mismo. Cuando llegues a la estación, me llamas.
—Te llamo.
Lucía guardó la carpeta, cogió el bolso y salió de Construcciones Valdés cuando empezaba a oscurecer.
Aún había movimiento en la calle: un hombre cerraba un comercio, una mujer volvía con el carro de la compra y dos niños discutían por una pelota junto a un portal.
Lucía se fijó en esas cosas porque necesitaba recordarse que no estaba sola, que alrededor había gente haciendo su vida.
Cruzó la avenida, pasó por delante de la papelería y giró junto a la farmacia. Se había repetido varias veces que no miraría hacia atrás. Lo intentó. A la tercera esquina se volvió de todos modos.
No vio a nadie.
Siguió andando, pero ya no prestaba atención a los escaparates ni a los coches.
El bolso le pesaba en el hombro. Pensó que le faltaba poco para llegar a la parada y trató de contar las calles que quedaban: la del portal de piedra, la que bajaba hasta la plaza y la avenida por la que pasaban los autobuses.
Tenerlas en la cabeza no le quitaba el miedo, pero le daba algo que hacer.
Durante unos metros llegó a creer que se había preocupado sin motivo. Incluso oyó a una pareja reír cerca de la farmacia y se sintió ridícula por ir tan alerta. Enseguida se corrigió. No era ridículo tener miedo de alguien que ya le había demostrado que no aceptaba un no.
Al llegar a un portal de piedra, Rubén salió del portal.
Lucía se detuvo. Estaba tan cerca que distinguió el brillo de la gomina y un hilo suelto en el cuello de la camisa. Olía a colonia y a tabaco. Por un segundo pensó en darse la vuelta y correr hasta la oficina, pero él se había puesto entre ella y el camino.
—Hola, Lucía.
—Apártate.
—Solo quiero hablar. Llevo semanas intentando hacerlo y siempre hay alguien en medio. Parece absurdo, ¿no crees?
—No tengo nada que hablar contigo.
Rubén la miró con una calma que le dio más miedo que si hubiera gritado.
—Eso no lo decides tú.
Dio un paso hacia ella. Lucía quiso apartarse, pero él le agarró el brazo por encima del codo.
—Suéltame.
—Vamos a entrar aquí un momento. Nadie tiene por qué oírnos.
Tiró de ella hacia el portal. Lucía clavó los pies en el suelo.
Notó el tirón de la chaqueta en el hombro y que la farola quedaba a su espalda.
El miedo le subió hasta la garganta. Pero también sintió rabia.
Estaba harta de que Rubén decidiera por ella, de cambiar de camino y de vivir pendiente de si aparecía.
—No voy a ir a ningún sitio contigo.
Aquella tarde Lucía no iba a responderle. Solo quería que la soltara.
Rubén apretó más fuerte.
—No me hagas esto más difícil.
Lucía tiró del brazo con todas sus fuerzas. Él no la soltó. Los dedos se le clavaban en el brazo. Ella chocó con la pared del portal y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Rubén le dio una bofetada.
El golpe no la tiró al suelo, pero le dejó la cara ardiendo y un zumbido en la oreja. Lucía se llevó una mano a la mejilla. Rubén se inclinó hacia ella y le sujetó la barbilla.
—Déjame —alcanzó a decir.
Él intentó besarla. Lucía giró la cara y lo empujó con las dos manos. Esta vez Rubén tropezó hacia atrás. Entonces gritó. No supo qué palabra salió de su boca; solo gritó hasta que le dolió el pecho.
—¡Eh! ¡Usted! —gritó una mujer desde la acera.
La mujer del carro de la compra se había vuelto. Levantó una mano y empezó a pedir ayuda. El hombre que estaba bajando la persiana dejó la cadena y echó a correr hacia ellos.
Rubén soltó el brazo de Lucía. Miró a un lado y a otro. Ya no parecía tan seguro.
—Estás exagerando —dijo—. Solo hemos discutido.
El hombre llegó jadeando y se colocó delante de Lucía.
—Usted no se mueve de aquí.
—No ha pasado nada.
—Lo hemos visto.
Lucía se apartó hasta la pared contraria. Tenía el bolso colgando de la muñeca y las rodillas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse. Por encima del zumbido oyó pasos que corrían y, después, la voz de Carmen llamándola.
Carmen había terminado los presupuestos y, al ver que pasaban los minutos y Lucía seguía sin llamar, salió a buscarla. Al doblar la esquina oyó los gritos. Fue directa hacia Lucía y la sujetó por los hombros.
—Mírame.
Lucía levantó la cara. Veía a Carmen borrosa, como si tuviera agua delante de los ojos.
—No es para tanto.
—No digas eso. Claro que es para tanto.
Carmen le apartó la mano de la mejilla con mucho cuidado. La marca empezaba a hincharse.
La policía llegó poco después. La mujer del carro explicó lo que había visto.
El hombre de la persiana dio su nombre y su dirección.
Carmen habló de las llamadas, de las veces que Rubén había esperado a Lucía y de lo que ella ya sabía por la oficina.
Álvaro apareció sofocado, dejó el coche donde pudo y fue hacia su primo.
Un agente le cortó el paso antes de que llegara a tocarlo.
Lucía miraba las luces del coche patrulla reflejadas en las fachadas. Para ella eran azules, más frías que las del cielo. Rubén hablaba con los policías y repetía que se trataba de un malentendido.
Uno de los agentes se acercó a Lucía. Era un hombre mayor, con bigote claro. Antes de hablar se quitó la gorra.
—Señorita, ¿se encuentra bien?
—Sí.
La respuesta le salió por costumbre. El policía esperó un momento.
—¿Quiere presentar una denuncia?
Lucía miró a Carmen y después a Álvaro. Ninguno respondió por ella. Carmen le apretó la mano un instante y la soltó.
Lucía pensó en el almacén, en las llamadas de madrugada, en las veces que había cambiado su camino por miedo a verlo. Pensó también en la mano de Rubén apretando su brazo.
—Sí. Quiero denunciarlo.
El policía se puso a anotar.
—Quiero que ponga todo lo que ha pasado antes —añadió Lucía—. Todo.
La declaración duró casi dos horas. En la comisaría había una máquina de escribir que no dejaba de sonar y un vaso de agua que Lucía no tocó.
Contó lo del almacén, las llamadas, la pelea junto al bar y la vez que Rubén se presentó cerca del portal donde ella vivía.
Contarlo en voz alta le costó más que el golpe.
Cada vez que terminaba una frase, el policía le pedía que siguiera.
Hubo momentos en los que pensó que no recordaba bien el orden de las cosas.
El agente le explicó que no tenía que decirlas perfectas, solo como las recordaba.
Entonces Lucía volvió a empezar por el principio.
Habló de la primera vez que sintió que Rubén la observaba, de cómo fue cambiando sus trayectos y de las excusas que se había contado para no preocupar a nadie. Al acabar, le dolía la garganta.
El agente dejó la máquina un instante y le repitió en voz alta lo que había escrito.
Carmen permaneció a su lado. Álvaro fue a buscar a Mateo.
Él llegó una hora después, con el chaquetón puesto y la cara pálida.
Entró sin hacer preguntas y se sentó junto a Lucía.
Al ver la marca de su mejilla, cerró las manos sobre las rodillas, pero no habló de Rubén ni prometió cosas que no podía arreglar.
Lucía le buscó la mano.
—No me voy a ninguna parte —murmuró Mateo.
—Ya lo sé, gracias.
Cuando salieron de la comisaría era noche cerrada. El último autobús ya había pasado. Lucía se quedó junto a la puerta, agotada, con la cara hinchada y el cuerpo dolorido.
—¿Dónde quieres ir? —preguntó Mateo.
Lucía pensó en Santa Marta, en la cocina y en sor Teresa.
—A Santa Marta.
Mateo no preguntó nada más. Paró un taxi. Durante el viaje, Lucía miró las farolas pasar al otro lado del cristal.
Mateo se sentó a su lado, sin llenar el coche de preguntas. De vez en cuando la miraba, como si quisiera saber si necesitaba algo y no encontrara una forma de preguntarlo. Lucía apoyó la mano sobre el asiento, entre los dos. Mateo la cubrió con la suya. No hablaron hasta que la ciudad quedó atrás.