Capítulo 16
Mercedes, la mujer que le había prometido una habitación, llamó un jueves por la tarde, tres días antes de que Lucía tuviera que dejar el piso. Isabel cogió el teléfono. Fue a buscarla al cuarto y se quedó en la puerta con las manos juntas hasta que Lucía entendió que no era una llamada cualquiera.
—Es Mercedes. Dice que es urgente.
Lucía fue hasta el pasillo. El auricular colgaba del cable. Lo tomó con una inquietud que le aflojó las piernas.
—Lucía, hija —empezó Mercedes—. Me ha pasado una cosa y no sé cómo explicártelo.
La habitación que Mercedes le había prometido ya no estaba libre. Su sobrina se había quedado sin trabajo en otra ciudad y volvía a casa con su hijo. Mercedes hablaba deprisa, pedía perdón entre frases y repetía que no era una mujer que faltara a su palabra.
—Lo entiendo —respondió Lucía.
En realidad no entendía nada. Colgó y se quedó junto al teléfono.
Sonia salió de la cocina al verla.
—¿Qué ha pasado?
—Ha llamado Mercedes. Ya no tengo habitación donde mudarme.
Julián dejó el periódico. Isabel se acercó desde el pasillo. Durante unos segundos nadie encontró una solución que fuera de verdad una solución.
—Hay sitio aquí —dijo Sonia—. Dormimos de dos en dos y ya nos apañaremos.
—No se puede. Si me quedo, le quitan la cama a alguien que está esperando.
—Ya pensaremos algo.
Lucía negó con la cabeza. Tenía la garganta tan cerrada que apenas podía hablar. Volvió a su cuarto, echó el cerrojo y se sentó en el borde de la cama. Desde la cocina le llegaban las voces bajas de los demás.
Mateo fue a verla a media tarde. Llamó dos veces, con suavidad. Lucía abrió con el pelo deshecho y los ojos hinchados. Él estaba en el pasillo, junto al marco de la puerta, como si no supiera si debía entrar.
—Sonia me lo ha contado.
—No hacía falta que vinieras.
—Ya lo sé.
Se miraron sin saber qué hacer con el silencio. Mateo bajó la vista antes de hablar.
—En casa tengo una habitación vacía. Tiene cama y armario. Puedo poner una cortina en la ventana si quieres. Me pagas lo que puedas; y, si no puedes ahora, me pagas cuando te venga bien. No tiene que significar nada más. Solo sería una habitación.
Lucía sintió un alivio inmediato. Durante un instante quiso aceptar. Después pensó en Rubén. Si se iba a vivir con Mateo y él llegaba a seguirla, también sabría dónde encontrarlo a él.
—No puedo.
—Lucía…
—Si voy a tu casa, él sabrá dónde buscarme. Y sabrá dónde encontrarte a ti. No quiero que te pase nada por mi culpa.
Mateo no insistió. Dio un paso hacia la pared para dejarle espacio, aunque no había nadie más en el pasillo.
—¿Entonces adónde vas a ir?
—No lo sé.
Pero, al decirlo, pensó en una verja larga, en una cocina y en una ventana desde la que se veía el patio.
Al día siguiente pidió permiso a Carmen para salir una hora antes. Tomó el autobús hasta Santa Marta con las manos vacías. La tapia apareció al final de la carretera y se bajó con las piernas flojas. Tocó el timbre. Nadie cruzó la ventana de la cocina. Tardaron un rato en abrir.
Sor Matilde la recibió en el despacho sin parecer sorprendida.
—Te estaba esperando.
—¿Cómo sabía que iba a venir?
—Porque yo habría hecho lo mismo.
Sor Matilde se quitó las gafas.
—Sabes que no puedo devolverte una plaza. Nadie vuelve como interna. Es lo que le decimos a todas para que no se queden esperando.
—Lo sé.
—Pero hay una habitación junto a la cocina. La usaba la antigua cocinera y está vacía. No cuenta como plaza ni es una cama del dormitorio. Si alguien pregunta, diré que es una ayuda temporal, hasta Navidad.
Las dos entendieron lo que significaba esa fecha y no lo dijeron.
Lucía notó que se le cerraba la garganta.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. Ven, te la enseño.
La habitación era pequeña. Tenía una cama estrecha con una colcha gastada, una mesilla, una silla y una ventana que daba al patio. Al otro lado del tabique se oía el sonido de la cocina: el grifo, una cazuela, una tos. Lucía se sentó en la cama. Desde allí podía ver la verja.
Mateo la acompañó a la estación el domingo por la mañana. Llevaba la maleta grande y una bolsa con el resto de las cosas. Esperaron en el andén, sin tocarse, mientras el aire frío les despeinaba.
—No es por ti —dijo Lucía.
—Ya lo sé.
—Es que…
—No tienes que explicármelo.
Cuando llegó el autobús, Mateo subió la maleta al maletero. Después se quedó junto a la puerta.
—Si necesitas algo, me llamas. A cualquier hora.
—Gracias.
—No hace falta que me lo agradezcas. Todavía no he hecho nada.
Lucía se sentó junto a la ventanilla. Lo vio hacerse más pequeño cuando el autobús arrancó. Sabía adónde iba, y eso la aliviaba. También sabía que tenía miedo.
Octubre trajo mañanas de lluvia y tardes que cambiaban de luz muy deprisa.
Lucía se levantaba antes de que sonara la campana, bajaba a la cocina con los zapatos en la mano y encontraba a sor Teresa preparando café.
Se sentaban una frente a la otra. Algunas mañanas hablaban; otras, el cansancio no les dejaba decir gran cosa.
A las siete menos diez Lucía salía por la verja y caminaba hasta la parada. El trayecto a la ciudad era largo. Se sentaba junto a la ventanilla con el bolso sobre las rodillas y miraba quién subía después de ella. No podía evitarlo.
Carmen y Álvaro se organizaron para ayudarla. Lucía salía de la oficina media hora antes y Álvaro la llevaba en coche hasta la estación de autobuses, aunque le quedara en dirección contraria.
—No es molestia —dijo una tarde—. Mi mujer dice que así tengo una excusa para no llegar antes de que toque bañar al niño.
Lucía se rio, aunque llevaba todo el día con el miedo pegado al cuerpo.
Santa Marta tampoco era ya el lugar que recordaba.
Había niñas nuevas, con nombres que Lucía no conocía y miradas que sí le resultaban familiares.
La veían cruzar el patio como se mira a alguien que ha regresado a una casa que dejó atrás.
Charo, que había salido el año anterior y volvía algunas tardes para ayudar, la abrazó sin hacer preguntas.
La noche era más difícil. Desde la habitación junto a la cocina, Lucía oía a sor Teresa recoger los cacharros, apagar la luz y subir los peldaños hasta su cuarto. A veces la tos empezaba con una sola vez. Luego venía una pausa y después cuatro o cinco golpes seguidos, cada vez más hondos.
Lucía se quedaba despierta. Cuando dejaba de oírla, esperaba un poco más, hasta escuchar el crujido de la cama, eso significaba que sor Teresa se había acostado. Solo entonces intentaba dormir.
Una noche de mediados de octubre la tos no paró. Lucía se incorporó al oír un golpe seco y un vaso romperse. Bajó los pies al suelo y salió al pasillo en camisón.
La puerta del cuarto de sor Teresa estaba entornada. La luz de la mesilla apenas alumbraba. Sor Teresa se encontraba sentada en el borde de la cama, con una mano en el pecho y otra apoyada contra la pared. Tenía la cara húmeda. El vaso roto estaba en el suelo.
—Ya se me está pasando —susurró—. No te preocupes.
Lucía se arrodilló a su lado y le puso una mano en la espalda. Notó que respiraba con mucha dificultad.
—Ve a por agua. Pero no despiertes a nadie.
Lucía llenó un vaso en la cocina y volvió descalza. Sor Teresa lo sostuvo con las dos manos, bebió un poco y esperó a recuperar el aire.
—Sor Matilde te lo ha contado, ¿verdad?
Lucía no respondió.
—Ya me lo imaginaba. Le pedí que no te contara nada, pero la quiero demasiado para enfadarme con ella.
—Lo siento.
—No tienes por qué sentirlo. Sabía que te darías cuenta. Siempre te has fijado mucho en las cosas.
Lucía se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama. Fuera estaba lloviendo. Durante un rato solo escuchó la respiración de sor Teresa.
—Dime cuánto tiempo te queda.
En cuanto lo dijo, quiso retirarlo.
—No. No me lo digas.
Sor Teresa le acarició el pelo.
—No lo sé. Pero hoy no es.
Lucía se quedó allí hasta que sor Teresa se durmió. Le dolía el cuello y una pierna se le quedó dormida, pero no se movió hasta que empezó a clarear.
Rubén apareció aquella misma semana. Lucía lo vio desde la ventanilla del autobús, cuando este salía de la estación en dirección a Santa Marta. Estaba junto a la marquesina, con las manos en los bolsillos, como siempre. Parecía esperar un autobús, pero Lucía supo que no estaba allí por casualidad.
Lucía se encogió en el asiento. Quiso pensar que era casualidad. Quiso pensar que él podía estar allí como cualquiera. Aun así, cuando el autobús arrancó, se volvió. Rubén seguía en el mismo sitio.
Volvió a verlo el viernes y el lunes. Nunca se acercaba ni decía nada. Se quedaba junto a la acera, esperando. Era suficiente para que Lucía entendiera que sabía adónde iba.
Álvaro lo vio el martes. Frenó el coche, bajó y habló con él durante un rato. Lucía no distinguió las palabras, pero la voz de Álvaro era distinta a la que usaba en la oficina. Rubén lo escuchó y luego se marchó calle abajo.
Álvaro volvió al coche muy cabreado.
—Voy a hablar con mi padre. Y con la policía, si hace falta.
—Todavía no, por favor.
—Lucía…
—Todavía no.
Álvaro no discutió. Durante el resto del camino miró varias veces por el retrovisor.
Esa noche, Lucía volvió a oír toser a sor Teresa a través del tabique.
Pensó en aquella tos y en Rubén junto a la parada de autobús.
Una cosa la asustaba porque avanzaba; la otra, porque parecía esperar.
Se levantó y abrió la ventana. El patio estaba mojado y vacío.
Al otro lado de la verja no había nadie, pero Lucía siguió allí un rato, mirando hacia fuera.