Capítulo 15
El primer domingo de septiembre, Lucía subió al autobús hacia Santa Marta con una bolsa de pastas sobre las piernas.
Antes de irse había prometido a sor Teresa que volvería todos los domingos.
Sor Teresa había respondido que las promesas eran fáciles y que ya verían cuánto le duraba aquella intención.
Lucía ya había vuelto cinco veces. Cada vez que iba reconocía el trayecto: las casas altas que quedaban atrás, los campos secos junto a la carretera y el momento en que aparecía la tapia larga de Santa Marta.
Entonces se le aflojaba algo en el pecho.
No era que quisiera volver a vivir allí.
Solo necesitaba saber que seguía existiendo.
Bajó en la parada de siempre y se acercó a la verja.
La cadena estaba puesta, como todos los domingos.
Tocó el timbre y esperó con las manos agarradas a las asas de la bolsa.
Desde fuera veía la ventana de la cocina, la tercera de la planta baja.
Al cabo de un momento una sombra cruzó detrás del cristal.
Lucía levantó la mano. La sombra desapareció y enseguida oyó pasos rápidos sobre las baldosas del patio.
Sor Teresa abrió la puerta. Llevaba el delantal doblado sobre un brazo y el pelo corto, con algunas canas, recién peinado. Lucía notó que estaba más delgada que a principios de verano. No supo explicar por qué; era algo que se veía en las muñecas y en el cuello, no en la cara.
—Llegas pronto.
—He cogido el autobús anterior.
—bienvenida.
La abrazó y tardó unos segundos en soltarla.
—Pasa. Acabo de hacer café.
La cocina olía a pan tostado, a aceite caliente y a café recién hecho.
Lucía se sentó en la silla de la esquina, la que había usado durante años, y dejó la bolsa sobre la mesa.
Sor Teresa sirvió dos tazas. Hablaron de las niñas nuevas, de una sobrecama rota en el dormitorio de arriba y de la higuera del patio de las monjas, que aquel año había dado más fruto que nunca.
A mitad de una frase, sor Teresa se llevó el antebrazo a la boca. Tosió dos veces. Cuando volvió a mirar a Lucía, intentó sonreír.
—Es el polvo. Con este calor se levanta todo.
Lucía no dijo nada. Bajó la vista hacia la taza. La cucharilla estaba sobre el platito y sor Teresa mantenía una mano alrededor del asa, inmóvil, como si también hubiera olvidado qué iba a hacer con ella.
Loli llegó a media mañana con una carpeta bajo el brazo y las trenzas medio deshechas. Se echó sobre Lucía con tal fuerza que hizo temblar los vasos de la mesa.
—¡Que me ahogas!
—¡Te aguantas! Me debes dos semanas.
Pasaron juntas la mañana. Loli contó que su compañera de cuarto se llamaba Pilar y hablaba dormida. Lucía habló de los pisos y del trabajo. Sor Teresa las escuchaba con el codo apoyado en la mesa. Volvió a toser y se levantó hacia el fuego aunque no había nada que vigilar.
Después de comer, sor Matilde asomó por la puerta de la cocina.
—Lucía, ¿puedes venir un momento a mi despacho?
Su voz era la de siempre, ni más seria ni más amable. Aun así, Lucía supo que no era una llamada cualquiera.
El despacho seguía igual: los archivadores, el crucifijo sobre la pared y la mesa cubierta de papeles bajo el cristal. Sor Matilde cerró la puerta, se sentó y juntó las manos sobre la mesa.
—Voy a decirte algo que no te va a gustar. Sor Teresa me pidió que no te lo contara, pero creo que tienes derecho a saberlo.
Lucía se quedó de pie.
—Tiene algo en el pecho. El médico la vio en julio y volvió a verla hace pocos días. No es algo que pueda curarse.
Sor Matilde hizo una pausa. No buscó los ojos de Lucía.
—Le han dicho que le quedan unos meses. Lo más probable es que no llegue a Navidad.
Lucía entendió las palabras una después de otra. Miró el cristal de la mesa y vio sus manos reflejadas, pálidas bajo aquella luz.
—Ella no quiere que las niñas lo sepan todavía —continuó sor Matilde—. Dice que ya tienen bastante con sus propios problemas. Tampoco ha querido decíroslo a vosotras.
—¿Por qué me lo cuenta usted?
—Porque te fijas en las cosas. Y porque ibas a notarlo de todos modos. Prefiero que lo sepas por mí antes que por una tos.
Lucía no lloró. Se quedó mirando un clavo de la pared, con la boca seca. Sor Matilde se levantó y le puso las manos en los hombros. Nunca la había tocado así.
—Sor Teresa sabe que no es fácil engañarte —dijo—. Pero déjala que sea ella quien te lo diga cuando esté preparada.
Lucía volvió a la cocina. Sor Teresa fregaba los platos de espaldas y tarareaba una canción muy baja. Loli estaba sentada sobre la encimera, moviendo las piernas.
—¿Qué quería sor Matilde?
—Nada. Cosas del piso.
La mentira le salió sin esfuerzo, y eso le dolió. Cogió un paño y se puso a secar los platos junto a sor Teresa. Al rozarle el hombro, notó lo estrecha que se había vuelto.
Al despedirse, sor Teresa la abrazó otra vez junto a la verja.
—La semana que viene trae más pastas. Estas se han terminado enseguida.
—Traeré más, no se preocupe.
Lucía caminó hacia la parada con Loli. Su amiga le habló de la residencia, de una profesora que daba demasiados deberes y de Pilar, que seguía hablando dormida. A mitad de camino dejó de hablar y se plantó delante de Lucía.
—Me lo cuentas tú o se lo pregunto a sor Matilde.
Lucía pensó en la promesa que acababa de hacer. Sor Teresa le había pedido silencio, pero Loli era parte de aquella historia igual que ella.
—Sor Teresa está enferma, muy enferma. Sor Matilde dice que no se va a curar.
Se lo explicó sin adornarlo. Loli se tapó la cara con las dos manos. El autobús llegó, se detuvo junto a ellas y volvió a arrancar cuando vio que no iban a subir. Las dos se quedaron en el borde de la carretera, con la tapia de Santa Marta a la espalda y el polvo pegado a las sandalias.
1979 Pasado
La primera vez que Lucía vio a sor Teresa sin toca fue un martes de mayo, a primera hora de la mañana.
Tenía catorce años y había bajado a la cocina a por un vaso de agua.
La mujer que estaba junto al fregadero llevaba un vestido sencillo de lunares y tenía el pelo corto, con canas en las sienes.
Lucía se quedó quieta en la puerta sin reconocerla al principio.
—Buenos días —dijo sor Teresa—. Cierra la boca, que entran moscas.
—¿Y el hábito?
—Está doblado en el armario. Ya no me hace falta.
Se sentó a la mesa y le indicó que se sentara frente a ella. Por la ventana entraba la luz del amanecer.
—Llevo meses pensándolo. Voy a dejar la orden. No quería que te enteraras por otra persona y pensaras que es algo peor de lo que es.
Lucía dejó el vaso entre las manos.
—¿Te vas de Santa Marta?
—No. De Santa Marta no me voy, salvo que me echen, y sor Matilde ha dicho que ni se me ocurra. Seguiré en la cocina y haré lo que haga falta. Solo dejo de ser monja.
—¿Por qué?
Sor Teresa se tocó la sien, buscando las palabras.
—Cuando llegué, pensaba que solo tenía que cumplir con lo que se esperaba de mí. Luego llegasteis vosotras. Hubo noches en las que no sabía si estaba rezando o consolando. Las dos cosas son importantes, pero a mí se me da mejor cuidar de vosotras sin tener que pedir permiso.
Lucía bebió un poco de agua para no llorar.
—Las monjas pueden salir de una orden —continuó sor Teresa—. Las madres no. Y yo me siento más madre tuya que otra cosa desde hace tiempo.
Lucía miró hacia la verja, apenas visible desde la ventana.
—¿Te molesta que haya dejado la orden?
Lucía negó con la cabeza. Sor Teresa le tendió una mano. Ella la cogió y se quedaron así en la cocina, mientras fuera empezaba a oírse el primer pájaro.