AZUL Capítulo 14
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Capítulo 14

Lucía no esperó a que Carmen le preguntara. Entró en la oficina, dejó el bolso sobre la silla y dijo, de pie, sin sentarse:

—Rubén estuvo anoche delante de mi casa.

Carmen levantó la vista del teclado. Durante unos segundos se quedó mirándola sin decir nada. Después se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Tenía la cara seria.

—¿Te habló?

—No. Se quedó mirando. Hasta que entramos.

—Has hecho bien en decírmelo. —Carmen se levantó y fue hasta el teléfono—. Siéntate, por favor. En tu mesa. Voy a llamar al señor Valdés. Y esta tarde te acompaño hasta el autobús.

Carmen y el señor Valdés hablaron en voz baja dentro del despacho.

Lucía se sentó en su mesa, delante de las facturas de la mañana.

Intentó leerlas, pero los números se le mezclaban ante los ojos.

Cada vez que oía una puerta, levantaba la cabeza.

A las doce, el señor Valdés salió del despacho y se detuvo junto a su mesa.

Le dijo que volvería a hablar con su sobrino y que no tenía que preocuparse por nada.

Después regresó al despacho. Lucía no supo si aquello era una promesa o una forma de quitarse el problema de encima.

A las seis y media, Carmen cerró la carpeta que tenía delante y cogió su bolso.

Bajó con Lucía a la calle. La tarde era pesada y bochornosa; para Lucía tenía el azul oscuro de las tardes de tormenta.

Caminaron hasta la parada. Carmen habló de las cortinas de su casa, que seguían siendo demasiado largas, pero Lucía apenas la escuchaba.

Miraba de reojo las esquinas y los portales.

Mateo esperaba junto al poste, con una bolsa de papel bajo el brazo y el pelo todavía húmedo del grifo del almacén. Al verla, levantó la mano. Después miró la cara de Lucía y dejó de sonreír.

—Te dejo en buenas manos —dijo Carmen. Antes de irse, le apretó un momento el brazo a Lucía.

—¿Te apetece que vayamos andando? —preguntó Mateo.

—Vamos —respondió Lucía.

Carmen se quedó mirando cómo los dos se alejaban por la avenida.

Durante los primeros minutos caminaron en silencio.

Después Mateo no le preguntó por Rubén ni le pidió que mirara hacia ningún lado.

Le contó que un proveedor se había equivocado de pedido y que habían tardado dos horas en arreglarlo.

Lucía lo escuchaba sin interrumpir. Le gustaba que Mateo no necesitara hacer preguntas para estar a su lado.

Con él podía caminar sin tener que explicar cada vez por qué tenía miedo.

Al doblar la esquina del bar, Rubén salió de la puerta.

No estaba cerca del portal ni de la oficina. Estaba justo en medio del camino, como si hubiera calculado por dónde iban a pasar. Llevaba una chaqueta ligera, a pesar del calor. Se puso delante de Lucía y sonrió.

—Qué casualidad.

Lucía se quedó quieta. Primero notó un nudo en el estómago y después el miedo le volvió de golpe.

—Apártate —ordenó Mateo.

Rubén ni lo miró. Seguía mirándola a ella.

—Solo quería hablar contigo un minuto. Tú y yo teníamos una conversación pendiente.

—No tenemos nada pendiente —respondió Lucía.

Mateo se puso al lado de Lucía. Rubén lo empujó en el pecho con las dos manos.

Mateo dio un paso atrás, pero volvió a colocarse delante de ella.

Lucía quiso decirle que se fuera, pero no le salió la voz.

Rubén lo empujó otra vez, más fuerte. Mateo intentó apartarlo para que Lucía pudiera pasar. Entonces Rubén le dio un golpe.

Lucía vio cómo el puño de Rubén golpeaba a Mateo en la boca. Todo ocurrió muy deprisa. Mateo se tambaleó y respondió con un golpe en el hombro. Rubén perdió el equilibrio y chocó contra la pared.

Todo duró unos segundos. Lucía no gritó. Cuando se dio cuenta, tenía las dos manos delante de la boca.

Dos hombres que estaban en la puerta del bar salieron de golpe. Uno cogió a Mateo por los brazos. El otro se puso delante de Rubén.

—Ya está. Se acabó —dijo uno de los hombres.

Rubén se pasó el dorso de la mano por la boca, miró la sangre y después miró a Lucía.

—Hasta luego —soltó Rubén.

El hombre del bar le ordenó que se fuera. Rubén se alejó por la calle sin darse la vuelta.

Lucía sentía las piernas débiles. Mateo se tocó el labio y miró la sangre en sus dedos.

Intentó decir que no era nada, pero Lucía no le dejó terminar.

Echó a andar hacia el portal y Mateo la siguió.

No hablaron hasta llegar a casa. Lucía solo pensaba en la sangre que había visto en la boca de Mateo.

Al entrar en el piso, Clara estaba en la cocina. Levantó la vista al oírlos entrar. Al ver el labio de Mateo, se quedó quieta.

—Pero ¿qué…?

—Siéntate —ordenó Lucía.

Fue hasta el fregadero, llenó un vaso de agua fría y buscó una gasa en el armario del baño.

Se sentó frente a Mateo en la cocina y le limpió la sangre con cuidado.

Clara los miraba desde la puerta, sin saber qué decir.

Cada vez que la gasa le tocaba el corte, Mateo hacía un gesto pequeño.

A Lucía le temblaban las manos. Tuvo que parar un momento para respirar antes de seguir.

La sangre en la gasa era oscura. Lucía la miró hasta que la vista se le nubló.

Esa noche cenaron muy poco. Julián e Isabel entendieron que había pasado algo grave, aunque nadie les contó los detalles. Sonia preparó la cena e intentó hablar de otras cosas, pero las frases se quedaban a medias. Lucía apenas probó la comida. Cada vez que miraba a Mateo, volvía a ver el golpe.

Después, Lucía encontró a Mateo en la cocina, a solas, con una bolsa de hielo contra el labio.

—Tienes que ir al médico —le dijo Lucía—. Eso hay que mirarlo.

—Está bien. Solo está un poco hinchado.

Lucía se quedó en la puerta. Llevaba varios minutos pensando en lo que tenía que decirle. Sabía que, si lo decía, Mateo iba a hacerle caso. Aun así, no encontró otra forma de protegerlo.

—No quiero que me esperes más en la parada.

Mateo apartó la bolsa de hielo.

—Lucía…

—Hoy te han partido el labio por mi culpa.

—No ha sido por tu culpa. Ha sido por él.

—Me da igual. —Se agarró al marco de la puerta—. Si te pasa algo, yo no… —No le salió el final. Dijo otra cosa—: No quiero ver cómo te pasa algo a ti también.

Mateo tardó en responder. Dejó la bolsa de hielo sobre la mesa, donde empezó a dejar un círculo de agua.

—Vale —dijo Mateo al final.

—¿Vale?

—Si no quieres que vaya, no voy —dijo Mateo, tocándose el labio con cuidado—. No voy a hacer nada que tú no quieras.

Lucía abrió la boca, pero no encontró nada que decir. Quería pedirle que no se fuera, que no la dejara sola con aquello. Pero se dio la vuelta y salió al pasillo. Detrás oyó cómo Mateo recogía la bolsa de hielo y la dejaba en el fregadero.

Lucía se acostó vestida. A su lado, Clara fingía dormir, pero permanecía despierta. Ninguna de las dos habló. Cerca de la medianoche sonó el teléfono de la entrada. Isabel contestó medio dormida.

—¿Diga? ¿Diga?

Hubo un silencio largo. Luego se oyó el golpe del auricular al colgar.

—No contestan —dijo Isabel desde el pasillo.

Lucía se tapó la cabeza con la sábana. Sabía que aquella noche tampoco iba a dormir.

La última semana de agosto, el piso empezó a vaciarse.

Primero fueron las cajas. Clara las sacó del trastero un martes y las dejó apiladas junto a la puerta de su habitación, vacías, con las solapas abiertas, como bocas esperando.

Después fue la ropa, que iba pasando de los cajones a las maletas en montones pequeños, y los libros de Mateo, atados con una cuerda que había traído de la ferretería.

Cada cosa que desaparecía dejaba un hueco: una balda sin tazas, una marca más clara en la pared donde había estado una estantería, una silla que ya no estaba en su sitio.

Los seis meses de Clara y Mateo se cumplían el sábado.

Nadie podía quedarse más, y ninguno de los dos había intentado negociar.

Clara había encontrado una habitación en casa de una viuda que alquilaba dos cuartos a chicas que trabajaban, cerca de la tienda de ropa.

Mateo se mudaba al piso pequeño que había encima de la ferretería, donde los dueños le habían ofrecido quedarse.

—Solo voy a vivir a diez minutos —dijo Clara—. Nos veremos igual que siempre. Vais a acabar hartos de mí.

Lucía quería creerla. Diez minutos no parecían tanta distancia, pero sabía que el piso no volvería a ser el mismo. Clara lo decía porque también necesitaba convencerse.

Lucía y Mateo no habían vuelto a hablar de la parada. Él se iba temprano y volvía tarde. Cuando coincidían en la cocina apenas hablaban: pásame la sal, hoy ha llovido. El jueves por la noche, Clara la encontró sentada en el borde de la cama, con un jersey doblado sobre las rodillas.

—Eres tonta —soltó Clara, sin enfado.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Se sentó a su lado—. Ese chico es el único que ha venido hasta tu puerta cuando lo has necesitado, y tú le has dicho que no vuelva.

—Por eso.

—Eso no es una razón, Lucía. Eso es un miedo con otro nombre.

Lucía apretó el jersey. Quiso decirle que sabía que Clara tenía razón. Pero pensó en todas las personas que se habían ido de su vida y no le salieron las palabras. Al final solo dijo:

—Ya se me pasará.

—No se te va a pasar sola.

Clara le cogió la mano un momento. Después la soltó y salió al pasillo. Lucía se quedó sentada en la cama, oyendo cómo Clara arrastraba una maleta por el suelo.

El sábado amaneció con un cielo de un azul pálido, casi transparente, de los que parecen a punto de romperse.

Lucía se despertó antes que nadie. Desde la cama oyó pasos en el pasillo, una cremallera y la voz de Julián diciendo que la caja de libros pesaba más de lo que parecía.

Se quedó mirando el techo. No quería levantarse porque, cuando lo hiciera, la mudanza empezaría de verdad.

En la cocina, Isabel hacía café y Sonia cortaba pan. Julián ayudaba a Mateo a bajar una caja por la escalera. Clara estaba en el centro de la habitación vacía, con el abrigo doblado sobre el brazo. Miraba a su alrededor sin decir nada.

—Pasa por aquí algún día y moja las plantas —le pidió, señalando la planta de Marta.

—Esa la riega Lucía —dijo Sonia.

—Pues que la riegue Lucía. Lo importante es que alguien lo haga.

Todas se rieron, aunque ninguna tenía muchas ganas. Lucía se acercó y Clara la abrazó con fuerza. Lucía apoyó la cara en su hombro y se echó a llorar sin poder evitarlo. No quiso disimular ni apartarse. Clara también lloraba.

—Anda, boba —murmuró Clara—. Si voy a estar aquí cerca.

—Ya lo sé.

—Pues entonces.

Clara le dio un beso en la frente y se separó. Mateo entró con una caja vacía. Se detuvo al verlas y dejó la caja en el suelo.

Tenía el labio con una costra pequeña y una sombra en la barbilla. Lucía lo miró y recordó la pelea. Él se quedó a cierta distancia, esperando a que ella dijera algo. Pero Lucía tampoco sabía cómo empezar.

—Tengo una cosa para ti —anunció Mateo.

Se agachó hacia una de las bolsas y sacó una caja pequeña de cartón. Dentro había un cerrojo, nuevo, de acero pulido. Y una caja más pequeña con los tornillos.

—Es para la puerta de tu cuarto —explicó—. No tienes que cerrarlo si no quieres. Pero así sabrás que puedes hacerlo cuando te apetezca.

Lucía cogió el cerrojo y lo miró un momento.

—Lo instalo yo si quieres —añadió él—. Tardo diez minutos. Pero lo decides tú. Si no lo quieres, me lo llevo.

—Instálalo —dijo ella.

Fue lo único que le salió. Mateo cogió el destornillador del bolsillo de atrás, lo midió con el ojo contra la hoja de la puerta, marcó dos puntos con un lápiz.

Ninguno de los dos habló mientras trabajaba.

Lucía lo vio colocar el cerrojo con dos tornillos pequeños, comprobar que corría suave y dejarlo abierto.

—Ya está —añadió—. Entra quien tú digas.

Lucía quiso decirle que no era a él a quien quería dejar fuera. Quiso explicarle que el cerrojo no tenía nada que ver con Mateo. Pero no encontró las palabras. Cerró el cerrojo una vez, oyó el clic y volvió a abrirlo.

—Gracias.

—De nada.

Y se quedaron un momento más, sin decir nada, hasta que Julián gritó desde la escalera que la caja se estaba cayendo.

La mudanza duró toda la mañana. Llevaron las cajas de Mateo al piso que estaba encima de la ferretería, que tenía una cocina pequeña, dos dormitorios y una ventana desde la que se veía la plaza entera.

Los dueños los esperaban en la puerta: una mujer bajita con el pelo canoso y un hombre con gafas que se secaba las manos en un trapo.

La mujer abrazó a Mateo con emoción. El hombre le dijo que ya iba siendo hora de que alguien pusiera aquel piso en orden.

Después acompañaron a Clara a la habitación alquilada. La viuda les enseñó el baño, la cocina y el armario que podía usar. Todo estaba limpio y ordenado, pero la casa parecía demasiado silenciosa. Lucía se quedó junto a la ventana mientras Clara colocaba su peine en la mesita.

—Es muy bonita —mintió Lucía.

—Es horrible —admitió Clara—. Pero es mía.

Se abrazaron otra vez en la puerta.

Cuando volvieron al piso de la calle Aranda ya había anochecido. Julián, Sonia e Isabel habían dejado la cena preparada. Había cuatro platos sobre la mesa. Lucía se quedó mirando las dos sillas vacías, con el respaldo recto, y tardó un rato en sentarse.

Nadie habló mucho. Isabel contó una anécdota de la tienda de telas que nadie escuchó. Julián dijo que en el taller le habían encargado una pieza que no sabía para qué servía. Sonia sirvió la sopa sin decir nada y se la dejó a Lucía justo delante.

Al acostarse, Lucía encontró la cama de Clara vacía junto a la ventana.

La colcha seguía allí, de un azul claro y lavado, pero no había ropa sobre la silla ni peine en la mesita.

Se sentó en el borde de su cama, con la puerta abierta hacia el pasillo, y miró el cerrojo nuevo, brillante contra la madera vieja.

Lo cerró. Escuchó el clic. Lo abrió.

Lo cerró otra vez.

A las tres de la madrugada sonó el teléfono de la entrada. Nadie contestó. Lucía contó seis timbrazos, siete, ocho. Después dejó de sonar. Se quedó quieta, con las manos apretadas bajo la almohada. No podía saberlo con seguridad, pero pensó en Rubén y ya no pudo volver a dormirse.