AZUL Capítulo 13
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Capítulo 13

A finales de agosto, el calor se quedaba en las paredes del piso hasta mucho después de anochecer. Cenaban con las ventanas abiertas y entraban las voces de los vecinos, el ruido de una moto que no terminaba de arrancar y una radio encendida en un balcón de enfrente.

El jueves, Clara dijo que no quedaba jabón y que alguien tenía que acompañarla a la tienda antes de que cerraran. Mateo se levantó de la mesa sin que se lo pidieran. Lucía fue con ellos porque llevaba todo el día sentada en la oficina, contando las horas, y necesitaba que le diera un poco el aire.

Había anochecido. El cielo tenía un azul muy oscuro y las farolas se fueron encendiendo una tras otra.

Compraron el jabón. Clara se quejó de que le dolían los pies y Mateo le dijo que la culpa era de los zapatos y no de la ciudad. Ella contestó que los zapatos eran lo único que le quedaba de su vida anterior y que no pensaba tirarlos. Lucía se rio, pero la risa le duró poco.

Al otro lado de la calle, junto a la persiana bajada de una carnicería, Lucía vio a un hombre quieto. Tenía las manos en los bolsillos y la cabeza levantada hacia las ventanas del edificio. La luz de la farola hacía que se le viera el pelo brillante por la gomina.

Lucía no necesitó verle la cara. Era Rubén.

Se le revolvió el estómago. Era la misma sensación que había tenido las otras veces que Rubén se había cruzado en su camino. Hacía semanas que no lo veía, pero al tenerlo otra vez delante todo el miedo volvió de golpe.

—Es el de la gomina —susurró Clara.

—Ya lo veo —dijo Mateo.

Mateo no cruzó la calle ni levantó la voz. Se colocó delante de Lucía, entre ella y Rubén, sin soltar la bolsa del jabón. No dijo nada más. Rubén tampoco se movió. Los miraba a los tres con una media sonrisa.

—Vamos para dentro —dijo Mateo.

Clara rebuscó las llaves en el bolso. Le temblaban las manos.

Probó una, pero no abrió. Probó otra y tampoco.

Lucía oía el roce del metal y el ruido de la moto a lo lejos.

Sentía el corazón muy rápido. Pensó que, si miraba hacia la esquina, Rubén quizá estaría más cerca.

Pero, si no miraba, no podría saberlo. No supo qué era peor.

La tercera llave giró. Entraron y Mateo empujó la puerta detrás de ellos. El golpe retumbó en el hueco de la escalera.

Lucía se apoyó contra los buzones. El metal estaba frío. Tenía la boca seca, como si hubiera estado corriendo.

—Mañana cuéntale esto a Carmen —dijo Clara.

—Sí. Se lo contaré —dijo Lucía.

Clara la miró y Mateo no dijo nada. Durante semanas había dejado que Carmen, Álvaro y el señor Valdés hablaran por ella. Allí, delante de los buzones, Lucía entendió que tenía que empezar a decir las cosas por sí misma.

Arriba, Sonia terminó de poner la mesa. Preguntó qué había pasado, pero nadie supo explicárselo bien. Isabel dijo que el café se enfriaba. Lucía se sentó con ellos y removió la taza sin beber.

Más tarde se asomó a la ventana de su cuarto sin encender la luz. La persiana de la carnicería seguía bajada. Junto a la pared no había nadie.

No supo si se había ido o si solo se había escondido en algún portal. Se quedó junto a la ventana hasta que le dolieron los hombros. La calle estaba vacía.

1971 Pasado

A los cinco años, Lucía estaba convencida de que sus padres tardaban porque no sabían el camino.

Llevaba dos meses en Santa Marta y lo había pensado con mucho cuidado. En la casa de antes, los padres siempre volvían: del trabajo, del mercado, de comprar el pan. Volvían y se oía la llave en la cerradura. Si ahora no volvían, era porque nadie les había dicho dónde estaba ella.

Una mañana se levantó antes de que sonara la campana.

Se puso el abrigo sobre el camisón, cogió la muñeca y bajó la escalera con los zapatos en la mano para no despertar a nadie.

La puerta de la cocina estaba sin llave.

El patio estaba helado. Aún no había amanecido del todo y los barrotes de la verja estaban mojados de rocío.

Se sentó en el suelo, pegada a los barrotes, con la muñeca en el regazo. Desde allí se veía la calle entera. Pasó una bicicleta. Pasó un gato. Pasó un hombre con un cubo, y a Lucía se le paró el corazón hasta que vio que era demasiado alto.

No supo cuánto tiempo llevaba allí cuando oyó pasos a su espalda.

Sor Teresa era joven entonces y llevaba la toca siempre un poco torcida. Se agachó junto a ella. No le regañó por estar descalza ni por tener los pies helados. Le puso su chal sobre los hombros y se sentó a su lado en el suelo.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—Espero.

—¿A quién?

—A mi mamá y a mi papá. Es que no saben dónde vivo ahora.

Sor Teresa tardó tanto en contestar que Lucía pensó que no la había oído. Fuera, la bicicleta volvió a pasar en sentido contrario.

—Pues yo creo que tienes razón —dijo al fin—. Alguien tiene que avisarles.

—¿Tú?

—Yo. La ventana de la cocina da justo a la verja. Si viene alguien preguntando por Lucía, salgo corriendo.

—¿Y si estás en misa?

—Salgo de misa. Dios lo entenderá.

—¿Y si es de noche?

—Entonces también.

Lucía se quedó pensándolo un momento. Luego se levantó, se sacudió el camisón y cogió a sor Teresa de la mano para volver dentro. Antes de cruzar la puerta se giró una vez más hacia la calle, que empezaba a llenarse de gente, y hacia la verja, de un azul claro y mojada.

Esa tarde, Lucía se subió a una silla de la cocina para comprobarlo. Desde la ventana se veía la verja entera, hasta el último barrote. Sor Teresa pelaba patatas de espaldas a ella y no se volvió.

—Todavía no ha venido nadie —le dijo sor Teresa.

—Ya lo sé —dijo Lucía—. Solo quería ver que mirabas.

Durante años, cada vez que cruzaba el patio, Lucía miraba de reojo la ventana de la cocina. Casi siempre había alguien detrás del cristal.