Capítulo 12
La semana después de que Emilio se fuera, el piso estuvo más callado de lo normal.
Su taza seguía en la cocina porque Clara decía que no pensaba guardarla hasta que él viniera a recogerla.
El cuarto que había compartido con Mateo parecía más grande.
La cama de Emilio estaba hecha, pero ya no tenía libros encima ni ropa sobre la silla.
Lucía pasó varias veces por delante de la puerta abierta. No entraba. Le daba la sensación de que, si entraba, confirmaría que Emilio ya no vivía allí. Prefería pensar que estaba en la biblioteca y que volvería por la noche con los apuntes debajo del brazo.
El jueves, mientras preparaban la cena, llamó la responsable de los pisos. Clara habló unos minutos desde el pasillo y luego volvió a la cocina con una libreta en la mano.
—Mañana llegan Julián e Isabel —dijo—. Los dos salen de sus orfanatos esta semana. Julián llegará primero por la tarde e Isabel vendrá un poco después.
Sonia dejó de pelar patatas.
—¿Y si no les caemos bien?
—Les caeremos bien en cuanto prueben mi tortilla —dijo Mateo.
—Eso es una amenaza, no una bienvenida —replicó Clara.
Lucía sonrió. Recordó el primer día en que había llegado con su maleta y Clara había pronunciado su nombre como si ya la conociera.
A ella también la habían avisado. No había entrado en aquella casa por casualidad.
Alguien había llamado antes, alguien había dicho que necesitaba una cama y que llegaría esa tarde.
—Podemos dejarles las camas preparadas —dijo Lucía.
Clara la miró.
—Claro que sí. Tú y Sonia podéis enseñarles las habitaciones cuando lleguen.
Lucía se quedó callada un momento. Le gustó que Clara confiara en ella para hacerlo. No porque supiera más que nadie, sino porque entendía lo que era entrar en una casa llena de personas que ya se conocían.
Al día siguiente, en la oficina, Carmen le pidió que revisara un pedido antes de mandarlo al almacén. Había varias muestras de pintura sobre la mesa: tarjetas pequeñas con nombres impresos y números de referencia.
—Solo tenemos que comprobar que coincidan los códigos con los del albarán —dijo Carmen—. No hace falta aprenderse la vida de nadie.
Lucía fue colocando cada tarjeta junto al número que le correspondía. Para ella todas eran distintos azules: unos apagados, otros brillantes, otros tan claros que casi parecían transparentes. Leyó los nombres con atención y fue marcando las referencias con lápiz.
Carmen se acercó cuando terminó y repasó los números.
—Está todo bien —dijo.
—Menos mal.
—No tenías por qué dudar —le dijo Carmen.
Lucía guardó las tarjetas en la caja. Le gustaba trabajar así, con algo que podía poner en orden. Las palabras y los números impresos estaban allí para ayudarla y ya no le daba vergüenza necesitarlos.
A la salida, Carmen y Lucía caminaron juntas hasta la esquina. Carmen no habló de nada importante. Le contó que había comprado unas cortinas nuevas y que no sabía si eran demasiado largas. Lucía le dijo que siempre era mejor que sobraran a que se quedaran cortas. Carmen se rio.
—Eso mismo me ha dicho mi hermana. Sois dos personas muy sensatas.
Cuando llegó al piso, Julián ya estaba en la cocina. Tenía una maleta grande junto a la pared. Era alto, llevaba el pelo corto y hablaba poco. Mateo le estaba enseñando dónde guardaban los vasos.
—Este es Julián —presentó Clara—. Julián, esta es Lucía.
—Hola —saludó él.
—Hola —respondió Lucía.
Durante unos segundos no supo qué más añadir. Entonces vio que Julián miraba el papel de los turnos de la nevera como si estuviera leyendo un contrato.
—No te preocupes —le dijo Lucía—. El primer día parece más complicado de lo que es.
Julián levantó la vista.
—¿Y luego?
—Luego sigue pareciendo complicado, pero ya sabes dónde están las cosas.
Julián sonrió. Clara dijo que aquella era la explicación más honesta que había oído en semanas.
Isabel llegó una hora después. Traía una maleta azul marino, una bolsa de tela y un abrigo doblado sobre el brazo. Se quedó quieta en la entrada, mirando hacia la cocina, donde todos hablaban a la vez.
Lucía se acercó antes de que nadie le hiciera preguntas.
—Soy Lucía. Te enseño tu habitación si quieres.
Isabel dijo que sí con la cabeza.
Fueron juntas hasta la habitación. La cama de Isabel estaba junto a la ventana. La colcha era de un azul claro y sobre la silla había dos sábanas limpias que Clara había dejado preparadas.
—¿Compartiré cuarto? —preguntó Isabel.
—Sí, con Sonia. Es tranquila. Trabaja en una lavandería y se levanta temprano, pero procura no hacer ruido. Julián dormirá en la cama que dejó Emilio, en el cuarto de Mateo.
Isabel dejó la maleta en el suelo.
—No quiero molestar.
Lucía recordó haber dicho casi lo mismo el día en que llegó.
—Aquí nadie molesta. Mateo hace más ruido que tú y a él lo dejamos quedarse.
Isabel se rio, aunque todavía parecía nerviosa. Lucía le explicó dónde estaba el baño, qué baldosas de la cocina convenía evitar porque una se movía y a qué hora solían cenar. Antes de salir, señaló una pequeña caja de lata encima de la estantería.
—Si tienes una carta o algo que quieras guardar, ponlo donde no se pierda. Yo guardo las mías ahí.
Isabel miró la caja, pero no preguntó nada. Lucía agradeció que no lo hiciera.
Esa noche cenaron los seis. Julián contó que empezaría a trabajar en un taller mecánico el lunes siguiente y que le daba miedo no saber hacer nada. Isabel dijo que empezaría en una tienda de telas y que tampoco tenía claro si sería capaz de aprender tan deprisa como esperaban de ella.
—Pide que te lo repitan las veces que haga falta —le aconsejó Lucía—. A mí me funciona.
Isabel la miró como si aquello le sirviera de verdad.
Sonia le explicó a Julián que Mateo se quejaba cuando faltaba pan, aunque casi siempre era él quien se acordaba demasiado tarde de comprarlo.
Mateo protestó y Clara dijo que aquello era mentira: solo le pasaba una vez de cada tres.
Durante un rato todos se rieron. Lucía miró alrededor de la mesa.
Emilio no estaba, pero Julián e Isabel ya no parecían dos personas de paso.
El sábado, Loli escribió que tenía que volver a la ciudad para entregar un último papel de la residencia. Lucía le respondió con una nota breve: «Ven a cenar.» Después Clara invitó a Emilio por separado, sin decírselo a Loli.
Loli llegó al final de la tarde. Al bajar del autobús encontró a Emilio esperándola cerca de la parada.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó Loli.
—Clara me pidió que viniera a buscarte.
—Entonces vamos.
—Qué rapidez. Ya os organizáis sin avisar a nadie —dijo Clara al verlos entrar juntos en el piso.
Emilio fingió que buscaba algo en los bolsillos. Loli sonrió y dejó su carpeta sobre la mesa.
Durante la cena, Julián y Emilio hablaron de herramientas.
Isabel quiso saber cómo era la facultad y Loli le contó que todavía no la conocía bien.
Sonia preguntó si en la lavandería de la residencia lavaban las sábanas de los estudiantes.
Loli dijo que no lo sabía y Clara respondió que, si no lo hacían, Emilio tendría que aprender pronto.
—Ya sé poner una lavadora —se defendió Emilio.
—Eso lo comprobaré cuando vea una camisa blanca salir blanca —replicó Loli.
Mateo se rio. Lucía se quedó mirando a Emilio y Loli. No hablaban como dos personas que quisieran impresionar a nadie. Solo se escuchaban. Cuando uno decía algo, el otro se acordaba de preguntarle después. A Lucía le gustó verlo.
Después de cenar, Mateo, Julián y Emilio recogieron la mesa. Clara dijo que era un milagro y fue a buscar más café. Las chicas se quedaron en el salón: Lucía, Clara, Sonia, Isabel y Loli. Sonia se sentó en el suelo, Isabel ocupó el borde del sofá y Loli se quedó junto a Lucía.
Clara repartió las tazas.
—Bueno, Loli. ¿Qué te parece Emilio?
Loli se quedó a mitad de beber.
—Me parece buena persona.
—No estás respondiendo a mi pregunta.
Loli miró a Lucía, como pidiendo ayuda. Lucía no quiso salvarla.
—Cuando hablas de él, se te nota —dijo Lucía.
Loli bajó la mirada hacia la taza.
—Sí. Me gusta hablar con él, pero eso no significa nada.
—Puede gustarte alguien sin que tengáis que saber todavía qué va a pasar —opinó Sonia.
Isabel sonrió.
—Y si con el tiempo pasa algo más, pues mejor.
Loli se rio, ya menos nerviosa.
—Me da miedo que sea demasiado pronto para todo. La residencia, la facultad, vivir fuera…
Lucía le tocó el brazo.
—No tienes que resolverlo todo hoy. Puedes empezar por conocerlo.
Loli miró hacia la cocina. Emilio estaba secando una taza mientras Mateo discutía con Julián sobre cuál era la mejor manera de arreglar una cerradura.
—Eso sí puedo hacerlo —dijo Loli.
Al poco rato, Loli miró el reloj y dijo que si no salía pronto perdería el último autobús que la dejaba cerca de Santa Marta. Emilio dejó la taza en el escurridor.
—Te acompaño hasta la parada.
—No hace falta —le dijo Loli—. Ya he venido otras veces.
—Ya, pero yo también tengo que salir. Tengo que hacer un recado.
Clara lo miró con una sonrisa que Emilio decidió ignorar. Loli recogió la carpeta y se puso el abrigo.
—Entonces vamos.
Lucía los vio salir juntos. No iban cogidos de la mano ni hablaban demasiado, pero se esperaban al bajar las escaleras. A ella le bastó con eso para sonreír.
En el camino hacia la parada, Loli le preguntó a Emilio si de verdad pensaba que ella sería capaz de hacer amigas en la residencia.
—Claro que sí —dijo él—. Ya lo has hecho aquí y no conocías a nadie hace dos semanas.
—A vosotros os conocí porque Lucía estaba aquí.
—Y ahora tendrás que conocer gente nueva por ti misma.
Loli lo miró.
—Hablas mejor de lo que pareces.
—No se lo digas a nadie. Tengo fama de serio.
Loli se rio. Cuando llegó el autobús, Emilio esperó a que subiera. Ella se volvió desde el escalón.
—Gracias por acompañarme.
—Cuando quieras volver, me dices.
Loli dijo que sí y subió al autobús. Emilio se quedó mirando cómo se alejaba hasta que dejó de verse entre los coches.
Cuando se fueron, el piso quedó otra vez en silencio. Lucía se asomó a la ventana antes de acostarse. La calle estaba casi vacía. Las luces de los coches y de las tiendas se mezclaban en muchos tonos azules sobre el asfalto mojado.
La casa ya no era exactamente la misma. Emilio se había ido. Julián e Isabel acababan de llegar. Cerró la ventana y volvió a su habitación.