AZUL Capítulo 11
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Capítulo 11

La tarde en que Lucía llegó a Santa Marta, sor Matilde la llevó de la mano por un pasillo largo. Lucía llevaba el abrigo grande que le habían puesto en la iglesia y la maleta pequeña con la flor que le rozaba la pierna al caminar.

—Primero te voy a enseñar la casa —dijo sor Matilde—. Aquí está la sala común. Allí está la cocina. Y al fondo, el comedor.

Lucía miraba todo sin preguntar. Había una mesa grande, una radio encima de una repisa y varias sillas apoyadas contra la pared. No se parecía a su casa. En su casa sabía dónde estaba cada cosa. Allí no sabía ni dónde dejar las manos.

Sor Matilde abrió una puerta al final del pasillo.

—Este es uno de los dormitorios. A partir de ahora dormirás aquí.

Dentro había tres literas, seis camas en total. Cinco niñas estaban sentadas sobre las colchas o de pie junto a las ventanas. Cuando entró Lucía, todas la miraron. Nadie sonrió.

Sor Matilde señaló la cama de abajo, junto a la pared.

—Esta será la tuya.

—Esa era la cama de Ana —dijo una niña mayor, con el pelo recogido con una trenza.

—Ana se fue ayer y Lucía necesita una cama —dijo sor Matilde, volviéndose hacia ella.

La niña bajó la cabeza. Otra, que estaba sentada en la litera de arriba, dijo muy bajo:

—Ana dijo que volvería a despedirse.

Lucía no entendió por qué hablaban de otra niña como si ella hubiera hecho algo malo. Miró la colcha. Era de un azul oscuro, gastado en las esquinas. Encima había una almohada pequeña y una manta doblada.

—¿Puedo dormir aquí? —preguntó Lucía.

—Claro que sí, hija —respondió sor Matilde—. Esta es tu cama ahora.

Lucía dejó la maleta en el suelo. No quiso abrirla. Dentro llevaba dos vestidos, un jersey, un peine y la muñeca que su tía Julia había preparado la noche antes. Le daba miedo que las otras niñas vieran sus cosas.

—Las niñas están tristes porque Ana llevaba mucho tiempo con ellas. No es culpa tuya —dijo sor Matilde al agacharse a su lado.

—Yo también estoy triste —dijo Lucía.

—Ya lo sé —dijo sor Matilde, acariciándole el pelo.

Al irse, dejó la puerta entornada. Lucía se sentó en el borde de la cama. Las otras niñas volvieron poco a poco a lo que estaban haciendo, pero ella seguía notando que la miraban. Le parecía que había llegado a un sitio donde no la querían porque esa cama pertenecía a otra persona.

Esa noche, cuando apagaron la luz, Lucía metió la cara bajo la manta para llorar sin que nadie la oyera. Desde la litera de arriba, la niña de la trenza preguntó en la oscuridad:

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Lucía.

—Yo soy Maribel.

Después no dijeron nada más. Pero Lucía sacó la cara de debajo de la manta y dejó una mano fuera. No porque ya se sintiera en casa, sino porque necesitaba saber que las otras niñas seguían allí.

1983 · Presente

A finales de julio, Emilio empezó a llevar cajas a la habitación donde iba a vivir.

Había encontrado un cuarto en un piso de estudiantes, a quince minutos andando de la facultad.

Compartiría la cocina con dos chicos a los que todavía no conocía y tendría una mesa pequeña junto a la ventana para estudiar.

—No es gran cosa —dijo, mirando una de las cajas—, pero está cerca de la biblioteca.

—Para ti eso ya es un palacio —se burló Clara.

—Tiene una silla que no cojea —añadió Emilio—. No pido más.

Lucía estaba sentada en el suelo, envolviendo libros con periódicos viejos. Había más libros de los que ella esperaba. Algunos eran de Historia, otros de Geografía y otros de Astronomía. También llevaba varios prestados de la biblioteca.

—¿Volverás de visita? —preguntó Lucía.

Emilio dejó un libro dentro de una caja.

—Claro. No me voy al otro lado del mundo. Si me invitáis, vendré a cenar o a desayunar. Aquí o donde estéis.

Lucía se quedó un momento mirando uno de los libros que tenía en las manos.

—Loli me ha escrito. Dice que en octubre empezará Enfermería en la facultad de la avenida del Río.

—Es la misma universidad en la que estudio yo. Ella estará en Enfermería y yo en Historia —dijo Emilio, levantando la cabeza.

—Pues podréis veros sin tener que quedar —dijo Clara.

Clara señaló una novela que Emilio tenía apartada.

—Esta no te la lleves. Es la única que he entendido de las que tienes.

—Precisamente por eso me la llevo.

Emilio se rio. Lucía sonrió también, pero le costaba pensar en aquella habitación sin él. Emilio siempre parecía estar en silencio, con un libro cerca o con los apuntes abiertos sobre la mesa. Al irse, iba a dejar un hueco que nadie más podía llenar igual.

La última noche cenaron los cinco juntos: Lucía, Clara, Mateo, Emilio y Sonia. Mateo había preparado una tortilla grande y Emilio dijo que era la primera vez que no estaba líquida. Mateo respondió que no hacía falta despedirse insultando la comida de la casa.

—No estoy insultando —se defendió Emilio—. Estoy diciendo que has mejorado.

Todos se echaron a reír.

Durante la cena hablaron de la nueva habitación de Emilio y de si sus compañeros sabrían fregar. Sonia dijo que no había que confiar en nadie que dijera que ya recogería luego. Mateo añadió que esa norma debería estar escrita en la puerta de todas las cocinas.

Cuando terminaron de comer, Emilio sacó una hoja doblada del bolsillo.

—La responsable de los pisos ha llamado esta mañana. La semana que viene entran dos personas nuevas.

Clara dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Dos de golpe?

—Un chico y una chica. Él se llama Julián. Va a trabajar en un taller mecánico. Ella es Isabel y empieza en una tienda de telas.

Lucía miró la mesa. Pensó en Julián e Isabel llegando con maletas, sin saber dónde poner las manos ni qué preguntar primero. Pensó que Sonia había llegado hacía poco y ya parecía conocer cada rincón de la casa.

—Después de Emilio, ¿quién se va? —preguntó Sonia.

Clara y Mateo se miraron. Mateo fue el primero en hablar.

—A nosotros nos toca hacia finales de agosto. Todavía no sabemos el día exacto.

—Pero nos iremos los dos por esas fechas —dijo Clara.

Mateo giró el vaso entre las manos.

—Los dueños de la ferretería tienen un piso pequeño encima de la tienda. Lleva tiempo vacío y necesita algunos arreglos. Me han dicho que, si quiero, puedo alquilarlo por poco dinero mientras lo voy poniendo en condiciones.

—¿Y te irías tú solo? —preguntó Lucía.

—Si te quieres venir conmigo, ya sabes —dijo Mateo, medio en broma.

Lucía bajó la cabeza, sin saber dónde meter las manos.

—No digas tonterías.

—Una compañera de la tienda conoce a una mujer que alquila habitaciones. Me va a preguntar. Si no sale eso, buscaré otra cosa —dijo Clara, mirando el plato.

Lucía dejó de comer. Durante unos segundos nadie dijo nada. Le costaba respirar con normalidad, como si de repente la cocina se hubiera quedado más pequeña y sin aire.

—No podéis iros —dijo al fin.

Clara levantó la cabeza.

—Lucía…

—No quiero que os vayáis. No podéis dejarme aquí.

Lucía empezó a llorar. Sonia bajó la mirada. Emilio se quedó quieto, con una mano sobre la mesa.

Clara se acercó a Lucía y se agachó junto a su silla.

—No te estamos dejando, cariño. Nos toca salir de este piso, igual que te tocará a ti en septiembre.

Lucía negó con la cabeza. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Cuando salí de Santa Marta pensé que eran los peores momentos de mi vida. Pensé que nunca podría pasarlo peor. Pero ahora os quiero tanto que pensar en que os vais me duele mucho más. Y no entiendo por qué.

Clara la abrazó. Lucía se agarró a ella con fuerza.

—Me duele más esto y todavía no os habéis ido. No lo entiendo.

—Porque ahora sabes lo que es tener gente a la que quieres cerca. Eso no es malo ni hace que seas débil —dijo Clara, besándole el pelo.

Mateo no dijo nada. Lucía notó que él estaba a su lado y, sin pensar, buscó su mano sobre la mesa. Mateo se la dio. Ella le agarró la mano durante unos segundos. Luego se dio cuenta de lo que estaba haciendo y la soltó de golpe.

Mateo no la miró con reproche. Solo cogió su vaso y bebió un poco de agua. Clara lo vio todo, pero no dijo nada.

Emilio se levantó para recoger los platos.

—Mañana me voy y ya estáis consiguiendo que me sienta importante.

—Es que lo eres —dijo Lucía, secándose la cara.

—Entonces vendré a cenar el jueves. Así no tendré tiempo a desaparecer —dijo Emilio, sonriendo.

A la mañana siguiente, Emilio bajó las cajas hasta el portal con ayuda de Mateo. Clara llevaba una bolsa con los libros que no cabían y Sonia se empeñó en cuidar una pequeña planta que Emilio no podía llevarse. Lucía bajó detrás de todos, con una bolsa de pan y queso para el camino.

—No hacía falta —dijo Emilio.

—Claro que hacía falta. No vas a empezar en una casa nueva sin nada que comer.

—Gracias —dijo Emilio, mirando la bolsa un momento.

Se despidió de Sonia con un abrazo. A Clara le dijo que no hiciera una fiesta por tener una silla más. A Mateo le recordó que no se olvidara de ir a la biblioteca a devolver un libro suyo. Con Lucía tardó más.

—No desaparezcas —dijo ella.

—No lo haré. Y tú tampoco.

Emilio se alejó con Mateo hasta la esquina. Desde allí, Mateo volvió solo. Cuando entró en el portal, Lucía seguía junto a Clara mirando la calle.

Aquella noche, Clara encontró a Mateo en la cocina. Estaba lavando una taza que ya estaba limpia. Clara se apoyó en la puerta.

—¿Quieres hablar?

—¿De qué quieres hablar?

—De ti y Lucía.

—No pasa nada.

—Mateo.

Él dejó la taza en el escurridor. Durante un momento se quedó callado.

—Me duele verla así —dijo al fin—. Y me duele porque sé que no puedo hacer nada para que deje de tener miedo de quedarse sola. Ni de todo lo demás.

Clara se sentó en una silla junto a la mesa.

—No tienes que arreglarle la vida.

—Ya lo sé. Pero a veces siento que hago cualquier cosa por estar cerca y, al mismo tiempo, tengo miedo de que se dé cuenta y se aparte. Hoy me ha cogido la mano y después la ha soltado como si tuviera la peste.

La voz se le rompió al final. Mateo miró hacia el fregadero para que Clara no le viera la cara, pero no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.

—Yo la quiero, Clara. La quiero desde que llegó. Y no quiero que se sienta obligada a quererme porque yo esté ahí cuando le pasa algo.

Clara no habló. Esperó a que Mateo se limpiara la cara.

—Eso es precisamente lo que hace que ella pueda confiar en ti. Nunca la has obligado a nada.

—Pero no siente lo mismo.

—Ahora dice que no. Y tienes que respetarlo. No la agobies, no le pidas respuestas y no vivas esperando que un día cambie de idea. Pero tampoco te rindas por miedo.

—No sé cómo se hace eso —dijo Mateo al sentarse frente a ella.

—Quédate. Sé su amigo. Sigue siendo tú. Si algún día siente algo más, tendrá que descubrirlo sola.

Mateo miró la puerta del pasillo, detrás de la que estaba el dormitorio de Lucía.

—Lo intento. Pero hay días en los que me duele mucho, Clara. La quiero demasiado.

Clara se quedó junto a la mesa, sin decir nada.

—Hoy, cuando ha dicho que no quería que nos fuéramos, he pensado en decirle que viniera conmigo. Que no tendría que estar sola nunca más. Pero no puedo decirle eso. No sé si ella querría estar conmigo. Y no quiero aprovecharme de que está triste.

—Haces bien en no decírselo ahora —dijo Clara—. Esta noche Lucía no necesita decidir nada. Solo necesita saber que no la vamos a dejar sola de golpe.

Mateo bajó la cabeza.

—A veces me pregunto si sería más fácil irme antes de tiempo.

—No. Sería mucho más difícil para ti y a ella la haría sufrir mucho más. Y tú tampoco quieres eso.

—No. Nunca.

Clara le apretó el hombro.

—Entonces quédate. No te rindas, pero tampoco le pidas algo que todavía no puede darte.

Mateo no respondió. Se quedó sentado en la cocina, con la taza limpia entre las manos.

Afuera, las ventanas de los vecinos se encendían una a una.

Para Lucía, desde su cuarto, la luz de la calle entraba en tonos azules sobre la pared.

La casa todavía estaba llena, pero todos sabían que pronto no sería igual.