Capítulo 10
El lunes por la mañana, Lucía llegó a Construcciones Valdés con Carmen. Las dos habían quedado en la esquina para entrar juntas. No fue idea de Lucía. Carmen se lo propuso el viernes y ella dijo que sí porque estaba cansada y tenía miedo de que él pudiera estar esperándola.
La oficina olía a papel, café y polvo de obra.
Lucía dejó el bolso en su silla, abrió el cajón y sacó los albaranes del día anterior.
Intentó concentrarse en los números. Le gustaba que los números no cambiaran nunca.
Un seis era un seis. Un pedido podía estar equivocado, pero se podía revisar. Con las personas no era tan fácil.
A media mañana, Álvaro salió del despacho de su padre con una carpeta bajo el brazo. Se acercó a la mesa de Carmen y le preguntó si podía hablar con ellas dos un momento. Lucía lo siguió hasta la sala pequeña donde guardaban archivadores viejos. Carmen cerró la puerta.
—Mi padre ha hablado con Rubén —dijo Álvaro—. Le ha dicho que no vuelva a llamar aquí ni se acerque a la oficina.
Lucía no dijo nada. Carmen cruzó los brazos.
—¿Y qué ha dicho él?
—Que solo quería explicarse. Que todo se ha entendido mal.
—No se ha entendido mal —dijo Lucía—. Yo le dije que no quería hablar con él.
Álvaro dejó la carpeta sobre una mesa.
—Lo sé. Y no voy a defenderlo porque sea mi primo. No está bien lo que está haciendo. Mi padre le ha dicho que, si vuelve a aparecer por aquí, llamará a la policía.
Lucía lo miró. Álvaro parecía incómodo. Ella pensó que quizá le daba vergüenza tener que hablar de Rubén. Pero no intentaba quitarle importancia ni pedirle que lo perdonara.
—Gracias.
—No tienes que darme las gracias. Tendría que haberme dado cuenta antes.
—No era tu responsabilidad.
Carmen cogió la carpeta.
—Tenemos trabajo.
Cuando volvieron a la oficina, Lucía se sentó ante su mesa con una sensación extraña. Rubén seguía siendo un problema, pero sabía que Carmen y Álvaro no iban a mirar hacia otro lado.
A la hora de comer llegó Laura, la mujer de Álvaro. Llevaba una caja de dulces envuelta en papel y una bolsa de naranjas. Saludó a Carmen con un beso en la mejilla, abrazó a Álvaro y después se quedó frente a Lucía.
—Tú debes de ser Lucía —dijo—. Álvaro me ha hablado de ti.
Lucía no sabía qué contestar. Laura tenía una voz tranquila y una forma de mirar que no daba miedo. Llevaba una chaqueta de un azul fuerte, de los que Lucía veía muy intensos.
—Espero que no le haya contado demasiadas cosas —dijo Lucía.
—Solo las que podía contarme. Te he traído un dulce, pero no sé si te gustan.
—Me gustan todos. Muchas gracias.
Laura se rio y dejó la caja sobre la mesa. Carmen repartió los dulces en servilletas. Álvaro volvió a su despacho porque tenía una llamada, y durante unos minutos Laura se quedó con Lucía y Carmen.
—Álvaro me dijo que estuviste en Santa Marta.
Lucía miró a Carmen. Carmen siguió comiendo como si no hubiera nada raro en esa pregunta.
—Sí.
—Yo estuve en otro orfanato, en un pueblo cerca de aquí. Salí antes que tú, hace ya unos años.
Lucía levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—De verdad. Y también me acuerdo de la primera vez que tuve que vivir fuera. Creía que todo el mundo sabía hacer cosas que yo no sabía: pagar un recibo, pedir una habitación, comprar comida para una semana. Luego descubrí que casi nadie sabía hacerlo a la primera.
Lucía sonrió. Laura no le preguntó por sus padres ni quiso saber detalles. Solo le contó que una vez quemó una olla porque se olvidó de que había puesto lentejas al fuego. Carmen dijo que eso todavía le pasaba. Laura le respondió que ahora al menos tenía a Álvaro para abrir las ventanas.
Antes de irse, Laura volvió a mirar a Lucía.
—Te voy a dar el teléfono de casa. Si algún día te apetece hablar, llamas y preguntas por mí.
Laura anotó el número en un papel y se lo entregó. Lucía le dio las gracias. Le hizo bien que Laura no la tratara como una niña perdida. La trataba como a alguien que sabía lo que era empezar de nuevo.
Al terminar la jornada, Carmen, Álvaro y Lucía bajaron juntos. Álvaro tenía que pasar por el almacén antes de irse y Carmen se quedó un momento con Lucía en la entrada.
Al salir del portal, Lucía vio a Rubén al otro lado de la calle. Estaba junto a una pared, mirando hacia el edificio. No se movió al verla, pero tampoco apartó la mirada.
Carmen se quedó quieta. Álvaro miró primero a Lucía y después a su primo.
—Esperad aquí —pidió.
—Álvaro… —dijo Lucía.
—No te preocupes, no voy a hacer una tontería. Solo voy a hablar con él.
Cruzó la calle. Carmen se puso junto a Lucía y le cogió el brazo con suavidad. Desde donde estaban no oían todas las palabras, pero vieron que Álvaro hablaba serio. Rubén negó una vez con la cabeza y luego levantó las manos, como si todo fuera una exageración.
Álvaro señaló el edificio de la oficina y después señaló la calle por la que Rubén había llegado. Esta vez Rubén dejó de discutir. Miró hacia Lucía un momento. Ella apartó la vista. Carmen se puso un poco por delante de ella.
Rubén se alejó sin despedirse. Álvaro volvió con la cara seria.
—Le he dicho que no vuelva a acercarse a la oficina ni a esperarte por esta zona. Y que, si lo hace otra vez, mi padre y yo llamaremos a la policía.
—¿Y qué ha dicho? —preguntó Carmen.
—Que no pensaba hacer nada.
—Mejor —dijo Carmen—. Así le resultará más fácil mantenerse alejado.
Lucía notó que le temblaban las piernas, aunque no quería reconocerlo. Álvaro no le pidió que dijera nada. Carmen esperó a que ella respirara un poco mejor.
—Vamos a la parada —dijo Carmen, cogiendo a Lucía del brazo.
Esa tarde, por primera vez en muchos días, Lucía llegó a casa sin mirar cada escaparate ni cada esquina. No estaba tranquila del todo, pero tampoco sentía que estuviera sola frente a aquello.
Dos días después, Loli llegó a la ciudad para entregar unos papeles de la residencia donde iba a vivir cuando empezara Enfermería.
Tenía que volver al orfanato por la tarde, pero quiso pasar primero por el piso de Lucía.
Llegó con una mochila, una carpeta llena de documentos y el pelo más corto que la última vez.
Lucía la abrazó en el portal. Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada. Después Loli se apartó y la miró de arriba abajo.
—Estás más delgada.
—Tú tienes el pelo más corto.
—Las dos cosas son verdad —admitió Loli—. Pero no me cambies de tema.
Las dos se pusieron a reír y subieron juntas.
En la cocina estaban Clara, Mateo y Emilio.
Sonia llegaría más tarde de la lavandería.
Clara puso agua para café y sacó los dulces que Laura le había regalado a Lucía.
Loli saludó a todos sin timidez, como si llevara años entrando y saliendo de aquella casa.
—Yo soy Loli, amiga de Lucía del orfanato de Santa Marta.
Emilio preguntó si era la amiga que iba a estudiar Enfermería. Loli dijo que sí, si conseguía no perder los papeles antes de octubre. Emilio le pidió ver la carpeta. Ella se la enseñó.
—Los llevas muy ordenados.
—Si no los ordeno, los pierdo. ¿Y tú qué estudias?
—Historia. Aún me quedan unos años.
—Entonces eres un ratón de biblioteca —dijo Loli riéndose.
—Sí —admitió él—. Es el sitio donde mejor se está cuando no tienes dinero.
Loli contó que, de niña, se escondía en la biblioteca de Santa Marta para no salir al patio cuando hacía frío. Él le habló de un libro de historia de la ciudad que le había gustado mucho. Ella dijo que nunca había leído Historia por gusto. Emilio contestó que nadie lo hacía por gusto al principio.
Loli miró a Mateo.
—¿Y tú? ¿En qué trabajas?
—En la ferretería de la plaza. Estoy en la tienda y, cuando hace falta, ayudo también en el almacén.
—Por eso siempre llevas tornillos en los bolsillos —dijo Clara.
—Si trabajo allí, es normal que lleve tornillos encima —protestó Mateo.
—Ayer salieron tres al lavar tus pantalones —se quejó Clara.
Mateo se rio y se metió la mano en el bolsillo. Sacó dos tornillos y los dejó sobre la mesa. Loli los miró como si fueran una prueba.
—Vale. Clara tiene razón.
Lucía se rio con ellos. Hacía días que no se reía sin pensar primero en Rubén.
Le gustó ver a Loli sentada en aquella cocina, hablando con personas que hasta esa misma tarde no conocía.
Durante un rato, el piso volvió a parecer un lugar sencillo: una mesa llena, café, papeles, dulces y gente hablando de otras cosas.
—¿Y te gusta trabajar allí? —preguntó Loli a Mateo.
Él dejó los tornillos sobre la mesa.
—Sí. Además, los dueños conocían a mis padres. Son un matrimonio mayor y no tienen hijos. Ellos me visitaban a menudo en el orfanato. Cuando salí, fui a verlos y me ofrecieron trabajo, y lo acepté.
—¿Y ya está? —preguntó Loli.
—De momento, sí. Ellos quieren jubilarse dentro de unos años. Me han dicho que, si sigo allí y me interesa, les gustaría dejarme la ferretería. Pero ya veremos.
—Eso no lo sabía yo —dijo Lucía al mirarlo.
—Es que nunca me lo habías preguntado —contestó, mirándola un momento.
—No seas así —dijo Lucía, dándole un golpe suave en el brazo.
Mateo sonrió y fue un momento al baño. Clara se levantó para buscar más tazas y Emilio salió a comprar una barra de pan. Loli se quedó a solas con Lucía junto a la ventana.
—¿Qué pasa entre Mateo y tú? —preguntó.
Lucía se atragantó con el café.
—Nada.
—No te creo.
—En serio, Loli. Nada.
Loli dejó la taza sobre la mesa.
—Os he visto. Él te mira de una manera especial y tú también le miras a él. No digo que estéis haciendo nada. Solo digo que se nota que hay algo.
A Lucía se le aceleró el pulso. No quería hablar de Mateo con Loli. Ni siquiera ella sabía por qué le molestaba tanto que lo nombrara.
—Es mi amigo. Ya está.
—Vale, vale. Lo que tú digas.
Loli no insistió. Lucía le preguntó por la enfermería, por la residencia y por cómo se sentía al pensar que empezaría a vivir fuera del orfanato en octubre. Loli dijo que le daba miedo, pero que también tenía ganas. Lucía la entendía mejor de lo que Loli pensaba.
Antes de irse, Loli le dio a Emilio el nombre de un libro que le había recomendado una profesora. Emilio lo anotó en una hoja. Clara dijo que ya tenía una excusa para verla otra vez. Emilio se quedó sin saber dónde mirar. Loli fingió que no se daba cuenta, pero Lucía la vio sonreír.
Cuando Loli bajó las escaleras, Mateo se ofreció a acompañarla hasta la parada.
Lucía también fue. En la calle, el cielo empezaba a oscurecerse.
Para Lucía era un azul muy intenso. Loli se despidió con un abrazo y prometió escribir en cuanto supiera la fecha exacta en la que tendría que instalarse en la residencia.
Lucía y Mateo volvieron caminando hacia el piso. No hablaron mucho. Cerca de la plaza, Lucía miró al otro lado de la calle. Rubén no estaba. Aun así, tardó un poco en dejar de mirar hacia las esquinas.
—Hoy ha hablado Álvaro con él —dijo Lucía.
Mateo la miró.
—¿Qué ha pasado?
Lucía se lo contó mientras caminaban. Mateo no dijo nada. Solo escuchó.
Al llegar al portal, Lucía miró el cielo entre los edificios. Seguía siendo un azul oscuro, igual que todos los atardeceres. Pero aquel día pudo mirarlo sin pensar en nada más.