AZUL Capítulo 9
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Capítulo 9

En Santa Marta, los viernes por la tarde ayudaban a remendar la ropa que se había roto durante la semana.

Las más pequeñas juntaban calcetines. Las mayores cosían botones.

A Lucía le gustaba ese rato porque no había clase ni rezos, solo una mesa larga, agujas, hilos y el ruido de las niñas hablando unas con otras.

Sor Teresa dejó una caja de latas en el centro de la mesa.

Cada lata tenía una etiqueta escrita a mano: rojo, verde, amarillo, azul, marrón.

Dentro había ovillos, cintas y botones. Para Lucía, todas las cajas estaban llenas de azules.

Unos claros, otros oscuros, algunos brillantes.

Pero ya sabía leer los nombres de las etiquetas y podía encontrar lo que le pedían.

—Lucía, ¿me buscas hilo verde? —le pidió una niña pequeña que se llamaba Marisa.

Lucía abrió la lata que decía verde y sacó un ovillo. Era de un azul con un brillo suave. Se lo dio a Marisa.

—¿Este?

—Sí. Ese mismo.

Lucía sonrió. Podía hacer muchas cosas aunque no viera lo que las demás veían. Solo tenía que preguntar, leer o recordar. A veces le cansaba tener que hacerlo siempre. Pero otras veces se sentía orgullosa cuando acertaba sin que nadie tuviera que ayudarla.

Pili estaba cosiendo un botón a una camisa. Loli ordenaba las cintas por tamaños. Las dos ya sabían que Lucía veía los colores de otra manera. No le preguntaban todo el tiempo por los colores ni la hacían sentir rara. Eso era lo que Lucía más agradecía.

—¿Cuál te gusta más? —preguntó Pili, levantando dos cintas—. ¿Esta o esta?

—La clara —dijo Lucía, señalando la más clara.

—Pues esa es amarilla —dijo Pili—. Me la voy a poner en el pelo el domingo.

—Te quedará bien.

—¿Cómo lo sabes?

Lucía se quedó callada un momento. Luego se rio.

—Porque a ti todo te queda bien.

Pili le tiró una bolita de hilo. Loli les dijo que dejaran de hacer tonterías y siguieran trabajando. Sor Teresa las oyó desde la otra punta de la mesa y sonrió sin levantar la vista de una sábana que estaba cosiendo porque se había roto.

Al terminar, Lucía guardó cada cosa en su lata.

Antes de cerrar la de los azules, pasó la mano por los ovillos.

No necesitaba leer la etiqueta para saber cuál era.

Ese era el único nombre que conocía de verdad, el único que no había aprendido de memoria.

Azul. Todo lo demás eran palabras que las otras niñas le prestaban.

Cuando salió al patio, el cielo estaba cubierto de nubes. Para Lucía era un azul claro, casi transparente. Vio a Loli esperándola junto a la puerta.

—¿Qué te pasa? Te has quedado muy seria.

—Lo de siempre. Me gustaría entender los colores que veis vosotras, aunque fuera una sola vez.

Loli se quedó pensando.

—A mí me gustaría saber qué ves tú. Pero no podemos meternos en la cabeza de nadie ni ver a través de sus ojos.

Lucía miró el patio y luego las nubes. Loli no había dicho una gran cosa, pero le sirvió. No podía ver como las demás. Tampoco ellas podían ver como ella. Eso no tenía arreglo.

1983 · Presente

Después de que Marta y Raquel se fueran, la casa tuvo unos días tranquilos.

Sonia estaba empezando a conocer los horarios de todos.

Ya sabía que Emilio dejaba los apuntes sobre la mesa y que Clara cantaba mientras se arreglaba para ir a trabajar.

También sabía que Lucía tomaba café con leche por la mañana y que Mateo se quejaba de que siempre faltaba pan.

Lucía agradecía aquella tranquilidad. En el trabajo, Carmen le daba facturas sencillas y le explicaba los pedidos nuevos. El señor Valdés no volvió a hablar de Rubén. Álvaro tampoco. Parecía que todo hubiera terminado el día en que Rubén dejó de ir por la oficina.

Pero Lucía no terminaba de creerlo. Cada vez que salía del edificio, miraba primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Le molestaba tener que estar pendiente de quién había fuera, pero no podía evitarlo.

Una mañana, mientras copiaba unos números en un albarán, sonó el teléfono de su mesa. Lucía lo cogió antes de que Carmen pudiera hacerlo.

—Construcciones Valdés, buenos días.

Al otro lado hubo un silencio. Después una voz preguntó por ella.

—¿Lucía?

Ella reconoció la voz antes de que dijera su nombre.

—Soy Rubén. Solo quiero hablar contigo.

Lucía apretó el auricular contra la oreja. Durante un momento no le salió ninguna palabra.

—No quiero hablar contigo —dijo al final.

—Es que no me dejaste explicarme. Mi tío me ha dejado sin las prácticas por una tontería.

—No fue una tontería.

—Lucía, no puedes hacer como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

Ella colgó. Se quedó con la mano sobre el teléfono. Carmen había dejado de escribir y la estaba mirando.

—¿Era él? —preguntó.

Lucía dijo que sí. Carmen llamó al señor Valdés desde su mesa y le explicó lo ocurrido.

Después anotó la hora de la llamada y escribió el nombre de Rubén en una hoja.

Lucía no entendía por qué hacía falta guardar tantos datos.

Carmen le dijo que ojalá no hiciera falta nunca, pero que era mejor tenerlos.

El resto de la mañana, Lucía intentó trabajar.

Las letras del albarán estaban en su sitio.

Los números también. Pero le costaba seguir la línea.

Pensaba en Rubén diciendo que había pasado algo entre ellos.

No había pasado nada. Eso era lo que más rabia le daba: que él hablara como si pudiera inventarse una historia y obligarla a vivir dentro de ella.

A la hora de comer, Carmen se sentó a su lado con un bocadillo de jamón. No le pidió que comiera ni le dijo que se tranquilizara. Le preguntó qué quería hacer.

—No sé —contestó Lucía—. No quiero que vuelva a llamar, ni verlo por la calle, ni que todo el mundo se entere.

—No tienes por qué contar nada que no quieras contar. Pero él no puede seguir buscándote.

Lucía movió el bocadillo de un lado a otro del papel de aluminio.

Pensó en las cajas de hilos de Santa Marta.

En los nombres escritos por fuera. En todo lo que había aprendido para poder hacer una vida normal sin que la gente la mirara demasiado.

Ahora no era su manera de ver lo que la hacía sentir distinta.

Era Rubén, que la obligaba a estar atenta a cada ruido y a cada paso.

—Quiero que pare —dijo.

—Entonces vamos a conseguir que pare.

Carmen no levantó la voz. Lo dijo como quien dice que un pedido tiene que salir antes de las cinco. A Lucía le gustó que no pareciera una promesa imposible. Solo una cosa que había que hacer.

Esa tarde Carmen salió de la oficina con Lucía.

El cielo tenía un azul apagado y los escaparates ya empezaban a encenderse.

A veces a Lucía le gustaba mirar los reflejos porque, en los cristales, la ciudad parecía otra.

Pero aquel día no. Cada vez que veía una figura reflejada, pensaba que podía ser alguien detrás de ella.

En la parada había varias mujeres con bolsas de la compra y dos niños que discutían por una pelota. Lucía se quedó cerca de ellas. Carmen no se fue hasta que el autobús dobló la esquina.

—Mañana te vuelvo a acompañar —dijo.

—No hace falta todos los días.

—De aquí a mañana, ya veremos. Pero hoy no tienes por qué irte sola.

Lucía subió al autobús y se sentó junto a la ventana.

Pasaron calles, semáforos y tiendas. Para ella todo se ordenaba en azules: los coches bajo la luz, las chaquetas de la gente, los carteles de los bares.

Sabía que los demás veían una ciudad llena de colores distintos.

Ella seguía viendo su ciudad de siempre.

Lo que había cambiado era que ya no podía mirarla tranquila.

Al llegar a casa, encontró a Sonia en la cocina intentando arreglar un botón del uniforme. Emilio estaba sentado junto a ella con un libro abierto, aunque no estaba leyendo. Mateo llegó después con una barra de pan y una docena de huevos.

—¿Qué has hecho hoy? —le preguntó Sonia a Lucía.

Lucía estuvo a punto de decir que nada. Luego pensó en Carmen anotando la llamada y en la frase que había dicho durante la comida: no tienes por qué guardártelo todo para ti.

—Ha llamado Rubén a la oficina —dijo.

La cocina se quedó quieta. Mateo dejó el pan y los huevos sobre la mesa. Emilio cerró el libro. Sonia no sabía quién era Rubén, pero entendió por la cara de los demás que no era una llamada amable.

Lucía contó lo que había dicho. No repitió todas sus palabras. Le daba asco hacerlo. Dijo que él quería hablar, que decía que todo era una tontería y que Carmen lo había puesto en conocimiento del señor Valdés.

—¿Y ahora qué? —preguntó Mateo.

—No lo sé.

—Si vuelve a llamar, no hables con él —dijo Clara, entrando en la cocina con una bolsa de tomates—. Que coja Carmen el teléfono.

—Eso ya lo hemos hablado —dijo Lucía—. Pero puede aparecer en la calle.

Mateo iba a decir algo. Lucía lo notó porque se quedó mirándola. Pero al final se calló. Fue Clara quien se acercó y dejó la bolsa sobre la encimera.

—Mañana no vas a volver sola —dijo—. Nos organizamos.

—No quiero que me tratéis como si no pudiera salir de casa.

—No te estamos tratando así. Queremos que puedas salir sin tener que estar pensando todo el rato que él puede aparecer.

Lucía no supo qué contestar. Era eso exactamente lo que quería. Poder salir sin pensar. Poder mirar un escaparate o las nubes sin tener que estar siempre girándose.

Aquella noche no cenaron tortilla ni sopa.

Emilio improvisó huevos con patatas y Sonia puso la mesa.

Nadie habló de Rubén. Clara contó que una clienta había querido devolverle una blusa después de llevarla puesta tres días.

Emilio dijo que en la biblioteca había un hombre que se dormía encima de los libros.

Poco a poco, la conversación volvió a temas normales.

Lucía ayudó a recoger la mesa. Mateo secaba los platos al otro lado de la pila. Durante unos minutos estuvieron los dos sin decir nada. Lucía miró el agua caer sobre las manos de Mateo. Para ella, el agua tenía un azul claro y transparente que se movía con cada plato.

—No tienes que decirme nada ahora —dijo Mateo—. Pero si un día quieres que te acompañe, solo tienes que pedírmelo.

Lucía levantó la vista.

—Muchas gracias, Mateo.

Mateo siguió secando los platos. No añadió nada más. Lucía agradeció que fuera así. No quería que Mateo decidiera por ella ni que la tratara como si no pudiera hacer nada sola. Solo necesitaba saber que podía contar con él si lo pedía.

Dos días después, Rubén volvió a aparecer. Lucía salió de la oficina con Carmen y lo vio al otro lado de la avenida. No se acercó. Estaba de brazos cruzados y miraba hacia ellas. Carmen lo vio también.

—No vamos a ir por esa calle —dijo.

Lucía quiso protestar. Decir que no podía cambiar de camino cada vez que él apareciera.

Pero no le salieron las palabras. Cruzaron por otra calle, junto a una tienda de telas.

Los rollos estaban ordenados por colores, con etiquetas.

Lucía no distinguía los colores, pero podía leer sus nombres. Había aprendido a hacerlo de niña.

Al llegar a la parada, Carmen le apretó la mano un momento.

—Él no va a ganar, Lucía. No te preocupes ni le tengas miedo.

Lucía no sabía todavía cómo iba a acabar. Solo sabía que Rubén seguía allí, al otro lado de la avenida, y que ella estaba cansada de tener miedo.