Capítulo 8
Adela cumplió dieciocho años en octubre.
Durante aquella semana, todas las niñas del dormitorio habían hablado de su salida como si fuera una fiesta.
Decían que por fin tendría una llave propia, que podría acostarse a la hora que quisiera y que nadie le diría cuándo apagar la luz.
Adela se reía, pero Lucía la veía guardar las cosas en la maleta con cuidado, como si temiera olvidarse de algo.
Lucía tenía trece años y dormía en la cama de enfrente.
Adela no era una de sus amigas íntimas, como Pili y Loli, pero llevaba tantos años en Santa Marta que parecía formar parte del edificio.
Sabía dónde guardaban las mantas limpias, cuál de las monjas dejaba repetir postre y qué armario tenía las sábanas de invierno.
La tarde antes de irse, Adela dobló dos vestidos y los puso encima de una chaqueta. Lucía estaba sentada en su cama, remendando una media que se le había roto.
—¿Tienes miedo de irte? —le preguntó Lucía.
Adela dejó de hacer la maleta y se sentó a su lado.
—Un poco. Pero también tengo ganas. Voy a trabajar en una panadería y viviré con una prima lejana. No será una casa grande, pero será mi sitio.
—¿Y si no te gusta vivir con tu prima?
—Pues buscaré otra cosa. Supongo que eso es lo que hacen los mayores: seguir buscando hasta que encuentran un sitio en el que están bien.
Lucía no estaba segura de que los mayores supieran siempre qué hacer. A veces veía a las monjas hablar bajito en los pasillos y pensaba que ellas también se preocupaban, pero eso no se lo dijo.
A la mañana siguiente, Adela salió por la puerta principal con una maleta azul marino y un abrigo que le quedaba demasiado grande.
Sor Matilde la acompañó hasta el coche. Varias niñas se quedaron junto a la verja para despedirse.
Lucía levantó la mano cuando Adela miró hacia ellas.
Adela hizo lo mismo y después subió al coche.
Esa tarde, una niña nueva llegó al dormitorio. Se llamaba Nuria y tenía nueve años. Sor Teresa le enseñó la cama de Adela, que aún tenía la colcha estirada y una marca más clara en la pared donde había estado pegada una estampa. Nuria dejó su muñeca sobre la almohada y se sentó sin decir nada.
Lucía se quedó mirándola desde su cama. Le dolió ver a otra niña en el lugar de Adela. Le parecía que, si la cama ya tenía dueña nueva, Adela podía desaparecer de su vida.
Sor Teresa se sentó junto a ella.
—Nuria necesita una cama, Lucía.
—Ya lo sé, pero es la cama de Adela —dijo.
—Fue su cama. Ahora es la de Nuria. Pero eso no hace que Adela deje de ser Adela.
Lucía no contestó. Sor Teresa le puso una mano sobre el hombro.
—Tú te acordarás de Adela porque la conoces. Y ella también se acordará de vosotras, ya verás.
Esa noche, Nuria lloró un poco antes de dormirse. Lucía no sabía qué decirle. Solo se levantó, buscó una manta y se la dejó a los pies de la cama. La manta era de un azul claro, casi igual al que Lucía veía por la ventana cuando amanecía. Nuria se tapó con ella y dejó de llorar al cabo de un rato.
Después volvió a su cama. Pensó en Adela, en la maleta azul marino y en el coche alejándose por la calle. Después miró a Nuria dormida. El dormitorio había cambiado, pero no estaba vacío.
1983 · Presente
Marta se fue un lunes de junio. Llevaba varios días haciendo montones sobre la cama: la ropa que iba a guardar, la ropa que iba a regalar y la ropa que juraba que no era suya, aunque todas sabían que sí.
Había encontrado una habitación en un piso cerca de la tienda donde trabajaba.
El alquiler era barato y tendría que compartir el baño con dos mujeres a las que aún no conocía.
No era una gran noticia, pero era una puerta que se le abría.
En el piso de la calle Aranda nadie podía quedarse gratis más de seis meses.
Sor Matilde se lo había explicado a Lucía al salir de Santa Marta.
Durante ese tiempo tendrían una cama, una dirección y margen para ahorrar algo.
Después tendrían que buscar un sitio propio, aunque fuera una habitación pequeña y un colchón prestado.
Marta había llegado antes que Lucía. Por eso le tocaba irse antes.
En realidad, todos habían llegado antes que Lucía y todos se irían antes que ella.
La mañana de la mudanza, Emilio bajó la maleta hasta el portal. Mateo cargó una caja de libros que Marta había comprado de segunda mano. Clara llevaba una bolsa con platos envueltos en periódico. Lucía se quedó con una planta pequeña que Marta no quería abandonar.
—No sé si sobrevivirá al viaje —dijo Marta.
—Yo tampoco sé si sobrevivirá aquí —contestó Clara—. Mateo la riega como si fuera una obra de construcción.
—La riego cuando me acuerdo.
—Ese es el problema.
Marta se rio. Después abrazó a todos. Cuando llegó el turno de Lucía, la abrazó tan fuerte que le clavó el borde de la maleta en la pierna.
—Escríbeme —dijo Lucía.
—Tú también. Y cuando tengas piso, me invitas a cenar. Aunque solo haya pan y queso.
Lucía se quedó callada un momento. Le costaba despedirse. La puerta se cerraba, sí, pero luego la persona seguía en otro lugar, haciendo cosas que ella ya no podía ver.
Desde la ventana de la cocina vieron a Marta alejarse por la calle.
El cielo estaba limpio y muy claro. Los edificios, los coches y los toldos de las tiendas formaban para Lucía una ciudad hecha de azules distintos.
Marta llevaba una chaqueta que, a sus ojos, era de un azul suave.
Lucía la siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.
Aquella noche pusieron cinco platos en la mesa.
Clara añadió un sexto por costumbre y se quedó mirándolo.
Luego lo guardó. No dijo nada. Emilio fue el primero en hablar de otra cosa.
Dijo que la tortilla estaba demasiado hecha.
Clara respondió que, si tanto sabía de tortillas, podía cocinar él.
Durante un rato discutieron por eso, y Lucía agradeció que alguien encontrara una pelea pequeña para llenar el hueco de Marta.
Raquel se fue dos semanas después. No hizo montones ni dejó cosas encima de la cama.
Guardó sus pertenencias en silencio y las colocó en una maleta azul oscuro que había heredado de una prima.
Tenía una habitación en casa de una mujer mayor que alquilaba dos cuartos a trabajadoras.
Quedaba cerca de la fábrica donde trabajaba.
—¿Te llevas la cafetera? —preguntó Clara.
—No. Esa cafetera es de todos.
—Entonces se quedará. Aunque haga un café horrible.
—Lo hace fuerte. Que no es lo mismo.
Raquel no hablaba mucho, pero cuando hablaba, las demás la escuchaban.
Lucía se dio cuenta de que iba a echar de menos esa forma de decir las cosas sin adornarlas.
La tarde antes de irse, Raquel preparó café para todos y se sentaron en la cocina hasta tarde.
Emilio contó una historia de la biblioteca donde estudiaba.
Mateo dijo que no entendía por qué alguien iba a estudiar por gusto.
Raquel le respondió que él tampoco entendía por qué alguien podía pasarse una hora arreglando una puerta que luego seguía chirriando.
Al día siguiente, Lucía encontró una nota de Raquel pegada junto a la cafetera: «No la dejéis vacía». Se la guardó en el bolsillo sin que nadie la viera.
Durante una semana fueron solo cuatro: Lucía, Clara, Mateo y Emilio.
Las habitaciones vacías daban una sensación rara.
Por la noche, con menos gente en casa, se oía más a los vecinos, el agua de las tuberías y los coches de la calle.
Lucía pasó varias veces por delante del cuarto donde habían dormido Marta y Raquel.
Las camas estaban hechas, pero no había ropa en las sillas ni zapatos debajo de ellas.
Parecía un cuarto que estuviera esperando algo.
—No entres tanto —le dijo Clara una tarde—. Va a acabar dándote miedo.
—No me da miedo. Me parece raro.
—Es porque cambia todo muy deprisa.
Lucía se quedó apoyada en el marco de la puerta. Clara tenía razón. En Santa Marta las niñas entraban y salían de los dormitorios. Lucía no se había parado a pensar demasiado en eso. Ahora sí lo pensaba. Cada persona que se iba llevaba consigo una parte de las costumbres de la casa.
Una semana más tarde llegó Sonia. Era de otro orfanato, tenía diecinueve años y iba a trabajar en una lavandería.
Llevaba una maleta pequeña, una bolsa con dos toallas y una carpeta llena de papeles.
Clara le enseñó el baño, la cocina y el papel de los turnos.
Mateo le explicó dónde estaba el azúcar.
Emilio le enseñó dónde estaban los roperos y cuáles de ellos no cerraban bien.
Sonia escuchaba con cuidado. Lucía reconoció aquella cara: la de alguien que no sabe si puede hacer una pregunta, la de alguien que teme ocupar demasiado sitio. Cuando Clara se fue a buscar sábanas limpias, Lucía se acercó a ella.
—Si necesitas algo, me lo dices.
—No quiero molestar.
—Aquí todos hemos molestado alguna vez. Es normal.
Sonia sonrió. Lucía le señaló la cama junto a la pared. La colcha era de un azul claro, más brillante junto a la ventana. Sonia dejó la maleta en el suelo y pasó la mano por encima, como si necesitara comprobar que era de verdad.
Aquella noche cenaron cinco. Sonia apenas habló, pero se rio cuando Emilio explicó que había salido una vez a comprar pan y había vuelto sin él.
Clara dijo que aquello era mentira, que habían sido dos veces.
Mateo añadió que la segunda vez trajo un periódico de tres días antes.
Sonia miró a Emilio y se rio otra vez. La casa ya no era la misma, pero seguía sirviendo para que alguien dejara de sentirse sola.
Después de cenar, Clara se quedó en la cocina con Lucía mientras Sonia y Emilio recogían. La miró un momento antes de hablar.
—Mateo está muy pendiente de ti desde lo de Rubén.
Lucía dejó el vaso que estaba secando sobre el paño.
—Es mi amigo. Se preocupa porque sabe que me da miedo encontrarme a Rubén.
—No te estoy diciendo que hagas nada. Solo quería saber cómo estás tú.
Lucía tardó en contestar. No quería que Clara pensara que ella no entendía lo que Mateo sentía. Lo entendía. Precisamente por eso le daba miedo hacerle daño.
—Él me dijo hace tiempo que le gustaba. Y yo le dije que no sentía lo mismo. Le quiero muchísimo, Clara, pero no quiero mentirle ni darle esperanzas por pena.
Clara no dijo nada más.
—Entonces no le debes nada más que sinceridad. Y eso ya se lo has dado.
Lucía agradeció que no insistiera. Clara cambió de tema y le preguntó si Sonia había comido suficiente.
Lucía dijo que no estaba segura. Las dos miraron hacia el salón: Sonia hablaba con Emilio de la lavandería y Mateo estaba cambiando una bombilla que se había fundido.
Por un momento, la casa volvió a parecer llena.
Al acostarse, Lucía miró el techo del dormitorio. Le dolía pensar en Marta y Raquel lejos. Pero también pensó en Sonia, que dormía en la habitación de al lado y quizá estaba intentando no llorar. Lucía quiso creer que una casa podía cambiar sin dejar de ser un lugar bueno.
A la mañana siguiente, Lucía fue a trabajar con Sonia.
No tenían el mismo camino, pero las dos salían a una hora parecida y bajaron juntas hasta la esquina.
Sonia habló poco. Lucía tampoco tenía ganas de hablar mucho.
Sin embargo, al llegar a la parada, Sonia le preguntó si Marta y Raquel habían vuelto alguna vez.
—Todavía no. Dijeron que vendrían cuando pudieran, pero es normal. Acaban de irse y estarán arreglando sus cosas.
—¿Y eso no os da pena?
—Sí. Pero que alguien se vaya no quiere decir que dejes de quererlo.
Sonia miró hacia los edificios. Lucía pensó que quizá aquella frase también era para ella.
Un día tendría que irse de aquel piso. Clara, Mateo, Emilio y Sonia seguirían o se irían a otros sitios.
Nada de eso podía evitarlo. Pero mientras estuvieran allí, podía compartir la mesa, dejar una taza preparada o sentarse a escuchar una historia.
Quizá eso era una casa durante un tiempo.
Al volver por la tarde, Lucía encontró la planta de Marta algo caída junto a la ventana.
La regó con cuidado. El agua bajó por la tierra oscura y Lucía se quedó mirando cómo desaparecía.
Después abrió un poco la ventana. La luz de fuera entró en la cocina y llenó el suelo de un azul suave.
Lucía miró la planta y pensó en Marta. Ya no vivía allí, pero aquella planta seguía en la ventana.
La cocina había cambiado, eso era verdad.
Pero todavía había voces, platos sobre la mesa y gente que llegaba cansada del trabajo.