AZUL Capítulo 7
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Capítulo 7

Sor Matilde la sacó de clase una mañana y le dijo que se pusiera el abrigo bueno, porque iban a la ciudad. Lucía tenía diez años y trató de recordar si había hecho algo mal aquella semana, sin encontrar nada que mereciera un abrigo especial.

—¿A qué vamos a la ciudad?

—A ver a un médico de los ojos.

—Yo veo bien.

—Ya lo sé, hija. No es por eso.

La consulta estaba en un edificio antiguo, con una escalera de mármol gastado y una sala de espera con sillas de madera. Lucía contó los azules de la tapicería hasta que una enfermera las hizo pasar. El médico se llamaba don Aguirre. Le enseñó unas cartulinas y le pidió que dijera qué veía.

Lucía fue nombrando lo que veía: un azul claro dentro de un azul más oscuro, unos puntos azules sobre un fondo apagado. Don Aguirre apuntó varias cosas en una libreta. Cuando terminó, le preguntó a sor Matilde desde cuándo lo sabían.

—Nos hemos enterado hace poco —aclaró sor Matilde—. En cuanto la maestra nos habló de ello, decidimos traerla.

El médico miró a Lucía con atención.

—Tus ojos funcionan bien. Lees, reconoces las cosas y no tienes ninguna dificultad para moverte. Solo percibes los colores de otra manera. No sabemos por qué te ocurre esto.

—¿Y se me va a quitar?

—No lo sé. Ahora mismo no conozco ningún tratamiento que pueda cambiarlo sin hacerte correr un riesgo que no necesitas correr.

Lucía escuchó sin decir nada. No entendía lo que el médico quería decir con eso del riesgo ni qué había que arreglar. Ella veía, leía y corría. La única diferencia era que lo veía todo azul.

—Entonces, ¿por qué me habéis traído?

—Porque queríamos saber si te pasaba algo malo —respondió sor Matilde—. Y ya sabemos que ves bien y que no tienes nada malo.

Lucía se volvió hacia sor Matilde.

—¿Y ahora se lo vais a decir a todo el mundo?

—No, cariño. No se lo vamos a decir a nadie.

—Yo no quiero que nadie se entere.

—No te preocupes, que nadie lo sabrá.

En el autobús de vuelta, Lucía miraba por la ventana. La ciudad seguía pasando en sus azules de siempre. Sor Matilde le cogió la mano.

—No tienes que arreglar nada, Lucía.

Cuando regresaron al orfanato, sor Matilde la llevó a su despacho.

Se sentó frente a ella y le dijo que su tía Julia había muerto después de llevar mucho tiempo enferma.

A Lucía le costaba entenderlo. Sor Matilde le explicó que su tía Julia no podía cuidarla y que no quería que fuera Lucía quien tuviera que cuidar de ella.

Su tía había pensado que en Santa Marta estaría acompañada y atendida.

Lucía no dejó de recordar el coche alejándose ni de sentir que su tía se había ido demasiado deprisa, pero por primera vez entendió que no había sido culpa suya.

Aquella noche les contó lo del médico y lo de su tía a Pili y a Loli.

Las tres hablaron en voz baja hasta que el sueño les ganó.

Loli le dijo que, aunque no entendiera cómo veían los demás, siempre tendría a Pili y a ella para preguntárselo.

Pili no dijo nada. Le buscó la mano por debajo de la manta y no la soltó.

1983 · Presente

Pasaron dos semanas desde que Lucía dejó claro a Rubén que no quería que la acompañara por la ciudad. No volvió a acercarse a su mesa con excusas de planos ni de recados, y ella empezó a pensar que Carmen se había equivocado con su pronóstico.

Un lunes por la tarde, Lucía y Álvaro salieron juntos de la oficina. Rubén estaba apoyado en la pared de enfrente, con las manos en los bolsillos, como si llevara allí un rato esperando a que ella saliera.

—Qué casualidad —soltó Rubén—. Yo también voy para la parada del autobús.

—Vas en dirección contraria a tu casa —señaló Álvaro.

—Hoy me apetecía caminar más.

Lucía apretó el paso, pero Rubén se puso a su altura.

Habló de una película que quería ver, de un bar nuevo cerca de la obra y de lo aburrida que era la ciudad los domingos si una no conocía a la gente adecuada.

Lucía contestaba con monosílabos. Miraba al frente y calculaba cuántas manzanas le quedaban hasta la parada.

—Tengo novio —dijo al final, aunque no fuera cierto. Solo quería que la frase sirviera de algo.

—¿El de la obra? Había oído que ese ya no estaba en el mapa.

—No es asunto tuyo.

—Perdona, no quería molestar. Solo intento ser simpático con mi compañera. ¿Eso también es un delito ahora?

Aquella tarde, Lucía no contó nada durante la cena. Clara la miró dos veces, como si notara algo raro en la forma en que Lucía removía la sopa sin llevársela a la boca. Mateo le puso delante un trozo de pan.

—¿Todo bien? —preguntó Mateo cuando los demás ya se habían levantado de la mesa.

—Sí. Cansada, nada más.

—Si algún día no es solo cansancio, ya sabes dónde estoy.

Lucía le dio las gracias con una sonrisa, pero no dijo nada más. Contarle lo de Rubén significaba aceptar que le daba miedo, y todavía no estaba preparada para hacerlo.

El jueves siguiente, Carmen la mandó a buscar unos recibos al almacén. Lucía entró y buscó el interruptor. Cuando encendió la luz, vio a Rubén de pie entre las estanterías.

—Qué susto —soltó Lucía, intentando que no le temblara la voz.

—Perdona, estaba comprobando el material —contestó Rubén.

Se acercó más de lo necesario para cogerle la carpeta que llevaba y, al hacerlo, le sujetó la muñeca.

—Suéltame —pidió Lucía, y notó que la voz le salía más baja de lo que quería.

—Solo te estaba ayudando con la carpeta —replicó Rubén, sin soltarla.

—Suéltame, Rubén —repitió ella.

Él la soltó, pero no se apartó. A Lucía se le hizo eterno. Se quedaron los dos parados entre las estanterías, con la luz zumbando encima de sus cabezas. Al final, Rubén dio un paso atrás.

—Tranquila, mujer. No hace falta ponerse así.

Lucía salió del almacén con los recibos apretados contra el cuerpo.

Carmen la vio volver a la mesa y dejó a un lado los albaranes que estaba revisando.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada. Me he dado un golpe con una estantería.

Carmen se quedó mirándola.

—Lucía, llevo tiempo trabajando contigo. Sé cuándo algo no va bien. Y ahora no va bien.

Lucía siguió sujetando los recibos. Le daba vergüenza contar lo que había pasado, pero no encontraba otra manera.

—Me ha cogido de la muñeca. En el almacén. Y no me ha querido soltar, se lo he tenido que pedir dos veces.

Carmen se levantó. Cerró con llave el cajón donde guardaba las llaves del almacén y se la metió en el bolsillo.

—A partir de ahora, al almacén solo entro yo. Y si el señor Valdés pregunta por qué, se lo voy a explicar con nombres y apellidos.

—No quiero que tengas problemas por mi culpa.

—No los voy a tener. Quien tiene que dar explicaciones es Rubén. Tú no has hecho nada malo, Lucía. Quiero que lo tengas claro.

Carmen le había creído y estaba de su lado. Todavía no sabía si se lo contaría a Clara y a Mateo.

El viernes, Lucía llegó a casa con la manga bajada, aunque hacía calor. Mateo vio la marca de su muñeca cuando ella se sirvió agua.

—¿Qué te ha pasado en el brazo?

—Nada. Un golpe con la mesa de la oficina.

—Lucía, hoy llevas la manga bajada aunque hace calor. No sé mucho de golpes, pero sé cuándo alguien intenta esconder uno.

Lucía se quedó callada. Mateo no se acercó ni le pidió que le explicara nada. Esperó. Al final, Lucía se sentó a la mesa de la cocina y se lo contó todo: los comentarios de Rubén, la tarde en la calle, lo que pasó en el almacén y cómo Carmen había guardado la llave.

Mateo escuchó sin interrumpir.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Mateo.

—No lo sé.

—Yo creo que tienes que hablar con el señor Valdés. Ese tío no puede seguir así.

—Tampoco ha sido para tanto —dijo Lucía.

—Lucía —insistió Mateo, más serio—, te estaba esperando a la salida. En el almacén te cogió de la muñeca, aunque le dijiste que te soltara. Eso no es una tontería.

Lucía se quedó un momento mirando el vaso que tenía delante.

—¿Y si el señor Valdés no hace nada?

—Entonces pensaremos qué hacer. Puedes ir a la policía si quieres; yo te acompañaré.

—No quiero ir a la policía. No quiero que todo se haga más grande.

—De acuerdo. Primero habla con el señor Valdés. Si él no lo arregla, buscamos otra solución, pero no tienes por qué seguir teniendo miedo.

Lucía pensó en la puerta del almacén, en la mano sujetando su muñeca y en cómo había intentado calcular por dónde ir para no encontrárselo.

—Tienes razón, hablaré con él. No quiero seguir teniéndole miedo. Carmen puede estar conmigo.

—Yo te acompaño hasta la oficina si quieres —ofreció Mateo—. Incluso puedo subir contigo.

—Quiero que vengas, pero espera fuera —pidió Lucía.

—Haré lo que tú me digas.

A la mañana siguiente, Lucía entró en Construcciones Valdés con Carmen a su lado. Mateo se quedó fuera, en la acera de enfrente. No subió a la oficina ni buscó a Rubén. Solo estaba allí porque Lucía le había pedido que la esperara.

El señor Valdés las recibió en su despacho. Lucía contó lo que había pasado sin adornarlo. Carmen explicó que había visto cómo regresaba del almacén y que, desde entonces, ella se encargaba de guardar la llave. El señor Valdés escuchó sin interrumpir. Cuando Lucía terminó, llamó a Rubén.

Rubén dijo que todo había sido un malentendido.

—Yo te tuve que decir varias veces que me soltaras —dijo Lucía—. No fue un malentendido.

El señor Valdés decidió que Rubén no volvería a trabajar en la oficina ni a quedarse a solas con ninguna compañera.

Días después, la familia acordó que terminara las prácticas en otro lugar.

Lucía no se alegró. Se sintió cansada, pero también aliviada al saber que ya no tendría que pensar dónde podía aparecer.

Esa noche, Mateo y Lucía fregaban los platos juntos. Mateo cerró el grifo un momento.

—¿Quieres hablar de algo más?

—No. Hoy no. Gracias.

—Entonces hablamos de otra cosa.

Clara apareció a por un vaso de agua y los encontró en la cocina.

—Qué tranquilidad —comentó Clara, llenando el vaso de agua en el grifo—. Parece otra casa desde que se ha ido el susto ese con gomina.

—No le des más vueltas —dijo Lucía.

—Digo lo que hay que decir —contestó Clara—. Y digo también que hacéis buena pareja fregando.

—Clara —advirtió Mateo.

—Ya me voy, ya me voy —replicó ella saliendo de la cocina con el vaso en alto.

Cuando Clara se fue, Lucía guardó el paño en su sitio. Antes de irse a la habitación, rozó los dedos de Mateo con los suyos.

1972

Lucía llevaba más de un año en Santa Marta cuando llegó Pili, con siete años, a punto de cumplir los ocho y una costumbre de morderse las trenzas. La pusieron en la cama de al lado. La primera noche, en vez de llorar, Pili le hizo una pregunta.

—¿A ti también te cuesta dormir en un sitio nuevo?

—Sí —dijo Lucía—. A veces me despierto y no sé dónde estoy.

Pili se acercó un poco a su cama.

—Pues si te pasa, me llamas. A mí también me pasa.

Se hicieron amigas aquella misma noche. Las dos sabían lo que era echar de menos una casa. Loli llegó dos meses después. Era la más pequeña de las tres y quería organizarlo todo, incluso las amistades.

—Si vamos a ser tres, hay que tener un plan —anunció Loli la primera tarde que jugaron juntas en el patio—. Yo me encargo de que no nos pillen. Vosotras os encargáis de lo demás.

El primer plan fue coger higos de un árbol que estaba en el patio de las monjas mayores, al otro lado de la verja.

Ninguna de las tres podía subir sola, pero a la tercera tarde consiguieron ayudarse unas a otras.

Se escondieron detrás del gallinero para comérselos.

Se rieron tanto que sor Matilde las oyó antes de encontrarlas.

Sor Matilde las llamó a las tres a su despacho. Les explicó que aquel árbol estaba en el patio de las monjas mayores, que no era de Santa Marta y que no podían coger higos sin permiso. Al final las miró con cara seria.

—Sois un trío de maravillas, las tres juntas. Maravillas para el disgusto, quiero decir.

La frase se quedó con ellas. Primero fue un castigo y después una medalla. Aquella noche, Loli decidió que desde entonces serían oficialmente el trío maravillas.

—Y tenemos que hacer una promesa —dijo—. Nunca vamos a dejar sola a ninguna de las tres.

—¿Y si algún día ya no estamos juntas? —preguntó Lucía.

—Seguiremos siendo el trío maravillas de todas formas. Eso no depende de dormir en la misma habitación. Depende de que sigamos siendo nosotras.

Pili buscó la mano de Lucía por encima de la manta. Loli puso la suya encima. Se quedaron así un rato, hasta que se durmieron.

Al día siguiente, sor Teresa las dejó después de cenar para que fregaran los platos del comedor. Era el castigo por los higos. Las tres hicieron una carrera para ver quién lavaba más platos.

—Como se os rompa un plato, lo pagáis con la merienda de mañana —advirtió sor Teresa.

—No se nos va a romper nada —aseguró Loli.

En ese mismo momento se le resbaló un plato de las manos y cayó al suelo. No se rompió. Las tres se rieron, y sor Teresa tuvo que girarse para que no vieran que ella también se estaba riendo.

Aquella noche, Lucía pensó que ese castigo había sido una de las tardes más felices desde que había llegado a Santa Marta.