AZUL Capítulo 6
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Capítulo 6

Aquel curso llegó una compañera nueva. Se llamaba Rosario, aunque todas la llamaban Charo.

Tenía dieciséis años. Venía de un orfanato que habían cerrado por las goteras y habían repartido a las niñas en distintos centros.

Charo se sentaba en la última fila y se fijaba en todo lo que hacían las demás.

Al principio, Lucía sintió pena por ella. Sabía lo que era llegar a un sitio nuevo sin conocer a nadie. Le guardó sitio en el comedor, le prestó un lápiz y le explicó dónde estaba la sala de costura. Charo lo aceptaba todo sin darle las gracias.

El problema empezó un jueves de clase de dibujo.

La maestra ya sabía lo de Lucía desde hacía años y no le insistía con los colores; le dejaba pintar como quisiera y corregía solo la forma.

Pero Charo, que se sentaba dos pupitres detrás de ella, se fijó en el dibujo de Lucía: un patio entero en distintos azules, sin una sola mancha de otro color.

Empezó a preguntar en voz baja a las niñas de alrededor si aquello era normal.

—Es que no ve los colores —le explicó Loli sin darle mayor importancia.

—¿Está enferma?

—No está enferma. Lo ve diferente y ya está.

A la hora del patio, Lucía vio a Charo hablando con dos chicas mayores y señalando hacia donde estaba ella. Por la tarde, en el dormitorio, Pili fue a hablar con Charo.

—Como vayas hablando de Lucía por ahí como si fuera un bicho raro, te vas a enterar.

—Yo no he dicho nada —se defendió Charo.

—Ya, pero lo ibas a decir. Se te veía en la cara.

Charo dijo que solo tenía curiosidad y que no quería hacer daño a nadie. Loli se sentó junto a Lucía.

—Aquí Lucía es de las nuestras. Y de las nuestras no se ríe nadie.

Meses después, Lucía encontró a Charo llorando en la escalera. Otra niña le había quitado una carta de su antiguo orfanato y la había leído en voz alta delante de todas. Lucía se sentó a su lado y le tendió un pañuelo.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó Charo, sorbiéndose la nariz.

—Porque no me gusta que hagan daño a nadie.

—Yo iba a hablar mal de ti. Iba a contarle a todo el mundo que no ves los colores.

—Ya lo sé —respondió Lucía, sin enfadarse.

—¿Y no te importa?

—A veces todavía me da vergüenza, pero no por ti.

Charo miró la carta que tenía arrugada entre las manos.

—A mí sí me da vergüenza.

—Pues no tendría que dártela. Es una carta. Y te la han escrito porque se acuerdan de ti.

Charo se secó la cara con el pañuelo.

—No quería que la leyeran.

—Entonces no tenían derecho a hacerlo.

Después de aquello, Charo no volvió a meterse con los dibujos de nadie. No llegaron a ser amigas, pero se saludaban con confianza y se guardaban sitio en la mesa cuando hacía falta.

1983 · Presente

Ramón había quedado con Lucía para ir a una verbena en las afueras el segundo sábado de mayo.

Lucía llevaba toda la semana pensando en qué ponerse, aunque solo tuviera dos vestidos que le sirvieran para salir.

Se decidió por el azul claro, el que Clara le había prestado la primera semana y que ya consideraba suyo de tanto usarlo.

El sábado, a las siete, Ramón no apareció. Lucía se quedó esperando en el portal hasta las siete y media. Iba mirando hacia la esquina donde siempre solían quedar. A las ocho menos cuarto, Clara bajó con una chaqueta porque ya empezaba a refrescar.

—Anda, sube. Seguro que se ha liado con algo de la obra.

—No me ha avisado.

—A lo mejor no ha podido.

Subieron juntas, y Lucía se pasó la noche mirando el reloj de la cocina cada pocos minutos, hasta que Mateo, sin decir nada, le puso delante un plato de sopa que no le apetecía y se sentó a su lado a comerse la suya, para que no cenara sola.

El lunes siguiente, Carmen le pidió que llevara unos documentos a la obra. Lucía fue con pocas ganas. Encontró a Ramón junto a la caseta con Nieves, la del almacén. Él tenía una mano en la cintura de la chica y ella estaba apoyada en su hombro.

Lucía se quedó parada a unos metros, con la carpeta apretada contra el pecho, sin que ninguno de los dos se diera cuenta de que estaba allí. Podría haberse ido sin decir nada. Estuvo a punto. Pero dio un paso más, y entonces Ramón levantó la vista y la vio.

Ramón se apartó de Nieves al verla.

—Lucía. No te había oído llegar.

—Ya lo he notado.

Nieves se despidió y se fue hacia el almacén. Ramón dio un paso hacia Lucía, que no se movió.

—No es lo que parece.

Detrás de él, un martillo golpeaba una y otra vez contra una viga.

—¿Y qué parece, Ramón?

—Nieves y yo llevamos tiempo siendo amigos —se defendió—. Solo eso.

—El sábado no viniste. Me dejaste plantada —dijo Lucía, con la voz más firme de lo que esperaba.

—Tuve un lío con…

—No me mientas más. Ya he visto suficiente por hoy.

Lucía le puso la carpeta en las manos y se fue. Ramón la llamó dos veces, pero ella no se giró. Caminó hasta la parada y lloró en el autobús, junto a la ventana.

En casa no dijo nada durante la cena. Contestó con monosílabos, se rio a destiempo de un chiste de Emilio, y cuando Marta le preguntó si le pasaba algo, dijo que le dolía la cabeza y se levantó a lavar los platos antes de que le tocara.

Clara la siguió a la cocina con dos tazas vacías en la mano, más como excusa que como necesidad.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

Clara esperó, con las tazas todavía en la mano.

—Lucía.

—He visto a Ramón con otra, en la obra. No hacía falta que me mintiera. Lo he visto con mis propios ojos.

Clara dejó las tazas en el fregadero y la abrazó. Mateo apareció en la puerta buscando el paño de secar y las vio.

No preguntó nada. Cerró el grifo, cogió el paño y se puso a secar los platos que Lucía ya había fregado. Clara les dejó solos.

—No hace falta que digas nada —murmuró Lucía, sin mirarlo, con las manos todavía en el agua fría.

—No iba a decir nada.

—Todo el mundo dice algo. Que si ya se veía venir, que si esos chicos son todos iguales, que si menos mal que no pasó a más.

—Yo solo iba a decir que si quieres llorar, este es un buen sitio. Nadie te verá.

Lucía soltó una risa que terminó en llanto. Mateo siguió secando los platos sin saber qué decir ni qué hacer.

—Me siento tonta —admitió, cuando pudo hablar—. Ni siquiera llevamos tanto tiempo juntos.

—El tiempo no tiene nada que ver con esto.

—¿Tú cómo lo sabes?

—Porque a mí me dolió que me dijeras que no, y uno se acostumbra a alguien más rápido de lo que cree. Da igual el tiempo. Lo que duele es lo que uno se había hecho a la idea.

Lucía se secó la cara con la mano.

—Perdona por lo de entonces.

—No tienes que pedir perdón por eso.

—Me gustaría quererte como tú me quieres a mí, Mateo. De verdad que me gustaría. Sería todo mucho más fácil.

—No digas eso solo porque hoy te ha ido mal con otro —contestó Mateo.

—No lo digo por eso. Lo digo porque es verdad y porque no quiero que pienses que nunca lo he pensado. Pero no puedo prometerte algo que no sé si voy a sentir y no quiero darte una esperanza falsa y terminar haciéndote daño más adelante.

Mateo dejó el paño sobre la encimera y tardó un poco en contestar.

—Prefiero que me digas la verdad y me hagas esperar, a que me mientas y me hagas feliz dos días.

—¿Y si ese día no llega nunca?

—Entonces habré tenido, de todas formas, a la mejor amiga que se puede tener. No está tan mal ese premio de consolación.

Mateo se quedó a su lado hasta que Lucía dejó de llorar. Después hablaron de la tortilla líquida, de los calcetines y del helado. Mateo se rio solo porque ella se estaba riendo.

A la mañana siguiente, Lucía apareció en la cocina con los ojos hinchados. Nadie le preguntó nada. Clara le sirvió el café y Mateo le dejó el trozo de pan con más mantequilla. Lucía se lo agradeció sin decirlo.

1983 Pasado

La carta llegó a principios de marzo, con un sello que Loli no reconoció. La abrió en el patio, de pie, con Lucía esperando a su lado a que terminara de leerla. Cuando acabó, se quedó mirando el papel un buen rato.

—Me han dado la beca.

—¿Para la universidad?

—Sí, la de la universidad. Puedo estudiar enfermería. Tengo una plaza en una residencia de estudiantes y empiezo a principios de octubre.

Lucía la abrazó antes de saber si aquello había que celebrarlo o llorarlo.

Loli era la lista de las tres, la que se quedaba en la biblioteca cuando las demás salían al patio, la que sabía multiplicar por tres cifras sin usar los dedos.

Todas sabían que algún día llegaría más lejos que cualquiera de ellas.

Pero saberlo no hacía que doliera menos. El papel lo confirmó.

—Yo me voy antes —dijo Lucía—. Dentro de poco.

Loli guardó la carta en el bolsillo del delantal y le cogió las manos.

—Entonces vamos a hacer una cosa. Tú sales primero, aprendes a vivir fuera y me escribes cada semana. Yo me voy después, aprendo lo mío y te escribo también. Así ninguna de las dos se queda sin noticias de la otra.

—Te voy a echar de menos más de dos minutos al día —dijo Lucía.

—Vale, cinco. Pero ni uno más, que tienes que estar ocupada siendo feliz.

Las dos se rieron. Estaban sentadas en el escalón de siempre. El trío maravillas no se rompía de golpe. Cada una iba a irse por su lado, pero seguirían escribiéndose. Lucía sabía que no sería lo mismo, aunque le gustaba pensar que las cartas las mantendrían juntas.

1983 · Presente

Pasaron tres semanas desde lo de Ramón sin que Lucía volviera a la obra. Carmen no le hizo ninguna pregunta, aunque una tarde, al pasarle unos albaranes, comentó de pasada que aquel chico de la obra se había cambiado a otra empresa, y Lucía entendió el mensaje sin que hiciera falta añadir nada más.

La oficina, mientras tanto, había cambiado un poco.

El señor Valdés llevaba días hablando de un sobrino que iba a hacer las prácticas de la carrera con ellos, hijo de una hermana suya que vivía en la costa, y una mañana de mediados de junio lo trajo consigo, presentándolo por toda la oficina como quien enseña un juguete nuevo.

—Este es Rubén. Se queda con nosotros hasta finales de agosto, así que espero que le enseñéis bien el oficio.

Rubén tenía el pelo peinado hacia atrás con demasiada gomina para el calor que ya empezaba a hacer, y una sonrisa que enseñaba todos los dientes de golpe.

Saludó a Carmen con un apretón de manos exagerado, a su primo Álvaro con una palmada en el brazo, y cuando llegó el turno de Lucía se quedó un segundo de más mirándola antes de tenderle la mano.

—Encantado. No me habían dicho que en esta oficina hubiera tan buena compañía.

Lucía le estrechó la mano y no supo bien qué contestar, así que sonrió por educación y volvió a su mesa. Carmen, que lo había oído todo, esperó a que Rubén se metiera en el despacho del jefe con su tío para inclinarse hacia ella.

—Este nos va a dar trabajo, y no precisamente de facturas.

—Es solo un piropo, Carmen.

—Ya. Tú apunta la fecha, a ver si tengo razón.

La tarde del segundo día, la máquina de escribir de Lucía se atascó justo cuando tenía que terminar un pedido urgente antes de que cerrara el almacén de suministros.

Fue Rubén quien se acercó sin que nadie se lo pidiera, le dio la vuelta al carro con dos golpes secos y seguros, y la dejó funcionando de nuevo en menos de un minuto.

—Mi padre tiene una igual en el taller. Se atasca siempre por la misma tontería.

—Gracias. Me has salvado la tarde.

—Para eso estamos, ¿no? Para salvarnos las tardes los unos a los otros.

Lo dijo sin ninguna intención rara, con la misma naturalidad con la que después le enseñó a Carmen un atajo para sumar las columnas de la caja, y durante aquellos primeros días Lucía llegó a pensar que Carmen se había equivocado de medio a medio con él.

Con las semanas, Rubén se fue soltando más: seguía a Álvaro de obra en obra, preguntando cosas que a veces tenían sentido y a veces no, y comía con ellos en la mesa del fondo, donde hablaba mucho de la playa de su pueblo y poco de trabajo.

Seguía siendo simpático, y a Lucía no le molestaba tenerlo cerca; solo notaba, de vez en cuando, que sus comentarios sobre su pelo o su sonrisa se quedaban un poco más de tiempo del necesario, como una visita que no sabe cuándo despedirse.

En casa, la vida había recuperado su ritmo de siempre, aunque con un matiz nuevo que nadie mencionaba en voz alta.

Mateo no había vuelto a hablar de lo que le dijo aquella noche en la cocina, pero Lucía notaba pequeños cambios: la forma en que le guardaba sitio a su lado en la mesa sin necesidad de decir nada, la manera en que alargaba la conversación antes de darle las buenas noches.

No era nada que pudiera señalarse con el dedo, pero estaba ahí, como algo nuevo que todavía no sabía nombrar del todo.

Una mañana llegó una carta de Pili. Traía una foto pequeña, de azules apagados, de un bebé de mejillas redondas sentado sobre una manta.

—Se llama Andrés —leyó Lucía en voz alta, en la mesa de la cocina, con Clara y Mateo escuchando—. Ya se sienta solo y duerme fatal. Ginés dice que tiene sus mismas cejas, pero yo creo que se parece más a mí.

—Qué cosa más pequeña —comentó Clara, mirando la foto.

—A mí me parece un renacuajo —dijo Mateo, cogiendo la foto—, con perdón de la criatura.

—Todos los bebés son renacuajos al principio —replicó Lucía, defendiéndolo como si fuera suyo—. Luego cambian.

Guardó la carta en la caja de lata donde ya tenía otra de Loli.

Le contaba que estaba preparando el viaje y que en octubre empezaría a vivir en una residencia de estudiantes.

Pensó que aquella caja, poco a poco, se estaba convirtiendo en el único sitio del mundo donde cabían las tres juntas, aunque cada una estuviera en una ciudad distinta.

El viernes siguiente, Rubén se acercó a su mesa con una excusa sobre unos planos que Álvaro ya le había revisado esa misma mañana.

—Si un día quieres que te enseñe la ciudad, yo me la conozco bien —soltó Rubén, apoyándose en el borde de la mesa, con una confianza que no le habían dado—. Aunque llevo aquí poco, tengo buen ojo para encontrar sitios.

—Gracias, pero ya la conozco bastante.

—Nunca se conoce del todo una ciudad.

—Pues esta la voy conociendo yo a mi manera —respondió Lucía, sin levantar la voz, pero sin dejar la frase abierta a más insistencia.

Rubén se rio, como si aquello también fuera parte de la broma, y se fue hacia el despacho de su tío silbando algo que no venía a cuento.

Carmen levantó la vista. No hizo falta que dijera nada; su mirada decía que ya se lo había advertido.

Lucía volvió a sus facturas sin darle a aquello más importancia de la que, por el momento, parecía tener.

Aquella tarde, de camino a la parada, se cruzó con Mateo, que salía de la ferretería con una bolsa de tornillos.

Caminaron juntos un par de calles, hablando de si aquella noche tocaba tortilla o sopa.

A Lucía le gustó aquel rato sencillo. Hacía semanas que necesitaba salir del trabajo y caminar con alguien que no le pidiera nada.