AZUL Capítulo 5
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Capítulo 5

La maestra había repartido papel de estraza y una caja de lápices de colores para toda la clase.

Había pedido un dibujo del campo: un sol, unos árboles y una casa con chimenea.

Lucía se puso a trabajar con ganas. Llevaba dos años aprendiendo nombres de colores de memoria, como quien se aprende las capitales de España sin haber estado nunca.

Sabía que tenía que coger el lápiz que decía amarillo para el sol y el que decía verde para la hierba. Pili y Loli se lo habían enseñado bien. Pero aquel día no quiso pintar lo que le habían dicho que era cada cosa. Quiso pintar lo que veía de verdad.

Cogió cuatro lápices azules de la caja y fue repartiendo la luz y las sombras como mejor le parecía.

Cuando la maestra pasó entre las mesas revisando los dibujos, se paró detrás de ella más tiempo de lo normal.

—Lucía, ¿por qué está todo pintado de azul?

—El sol es azul —contestó Lucía, señalando el dibujo—. Y la casa también. Los árboles son azules, con unas hojas más claritas.

—El sol es amarillo, Lucía. Y la hierba, verde. Lo hemos visto esta misma semana en la lámina de la pared.

—Ya lo sé. Pero yo lo veo azul.

La maestra no dijo nada durante unos segundos. Miró al resto de la clase. Todos seguían con sus dibujos. Pili, que se sentaba dos mesas más atrás, levantó la cabeza y se acercó.

—Es que Lucía ve todo azul, señorita. Lo sabemos desde hace tiempo.

—¿Cómo que lo ve todo azul?

—Para ella no hay amarillo ni verde. Solo azules. Unos más claros y otros más oscuros. Lo hemos comprobado con la ropa muchas veces.

La maestra se agachó junto al pupitre de Lucía.

—¿Y cómo sabes qué lápiz coger para pintar cada cosa?

—Los lápices tienen el nombre escrito en la caja —dijo Lucía. Cogió dos para enseñárselos—. Este dice amarillo canario y este verde hierba. Yo me aprendo los nombres y sé cuál va con cada cosa, aunque para mí todos pinten azul.

—¿Y no te confundes?

—A veces sí. Pero cada vez menos.

La maestra miró el dibujo. La casa era azul, el sol era azul y los árboles tenían dos tonos distintos. Las sombras estaban en su sitio. Era un dibujo ordenado y bonito.

—Está muy bien hecho, Lucía.

—Pero está mal de colores.

—Está bien de todo lo demás. Y eso también cuenta.

Aquella tarde la maestra colgó el dibujo en la pared, junto a la lámina del campo. Lucía vio su sol azul entre los demás dibujos y no sintió vergüenza.

1983

A finales de abril, Lucía vio a Ramón por primera vez en una obra a las afueras de la ciudad. El sol le daba de lleno en la cara.

El señor Valdés mandó a Lucía a llevar unos planos. Carmen tenía que quedarse en la oficina y no podía salir. Durante todo el trayecto en autobús, Lucía repitió el nombre del capataz para no equivocarse al preguntar por él.

No hizo falta preguntar. Un hombre joven, con el mono de trabajo lleno de polvo y las mangas hasta los codos, se acercó a ella antes de que pudiera mirar alrededor.

—Tú debes de ser de la oficina. Nos tenían que traer los planos de la segunda planta.

—Sí. Soy Lucía.

—Y yo soy Ramón —se presentó, limpiándose la mano en el pantalón antes de dársela—. No te fíes, sigue estando sucia.

Lucía sonrió.

Ramón le enseñó dónde tenía que firmar el recibo. Mientras ella escribía su nombre apoyada en una tabla, él le habló de la obra. Dijo que iban con retraso, que el capataz llevaba dos días de vacaciones y que el bocadillo que estaba comiendo se lo había preparado su madre.

—Me da vergüenza reconocerlo delante de una desconocida.

—Pues yo creo que está bien tener una madre que te hace bocadillos —contestó Lucía.

—Ya, pero tengo veintitrés años.

—Pues a mí me parece una suerte.

Ramón se rio. Dos hombres que trabajaban cerca se volvieron al oírlo.

—¿Vas a seguir viniendo tú a traer los planos cuando hagan falta?

—No lo sé. Normalmente viene Carmen.

—Pues dile a Carmen que se quede más a menudo en la oficina.

Lucía no supo qué contestar. Se despidió y volvió a la oficina con la carpeta vacía.

Esa noche, durante la cena, Clara la vio sonreír mientras pelaba una naranja.

—¿En qué estás pensando para reírte sola?

—Nada. Cosas mías.

—Quien sola se ríe, de sus maldades se acuerda —dijo Clara.

Ramón empezó a aparecer por la oficina con excusas cada vez peores: un albarán que podía haber llevado cualquiera, una duda que Álvaro resolvía enseguida o un recado del capataz que luego no resultaba ser tan urgente.

La tercera vez que se presentó, Carmen levantó la vista de sus carpetas.

—En esa obra hace falta poco cemento y muchos recados —dijo.

Más tarde, mientras archivaban juntas, añadió:

—Te está buscando a ti.

—No sé qué quiere.

—Lucía, ese chico ha subido cuatro veces esta semana con la excusa del mismo papel.

Un viernes, Ramón esperó en la puerta hasta que Lucía salió.

—¿Puedo acompañarte?

—Vivo lejos de aquí.

—Pues mejor. Así tardamos más en llegar.

Caminaron juntos. Ramón le contó que trabajaba en la construcción desde los dieciséis años, como su padre. Algún día quería tener su propia cuadrilla. Lucía le habló de Carmen, de las facturas y de la oficina. No mencionó el orfanato. Quería que Ramón la conociera por lo que era ahora.

—¿Te apetece que quedemos un día? Fuera de la obra, quiero decir.

—Vale.

Aquella noche Lucía llegó a casa tarde. Mateo estaba en la cocina fregando unos platos.

Mateo no se volvió. Tenía las manos hundidas en el agua jabonosa.

—Llegas tarde.

—Me he entretenido.

Un plato tintineó contra el borde del fregadero.

—¿Has quedado con alguien?

Lucía dejó el bolso sobre una silla y se acercó al fregadero.

—¿Por qué lo preguntas?

Mateo aclaró el plato bajo el grifo antes de contestar.

—Porque llevas varios días sonriendo.

—Es un chico de la obra. Se llama Ramón.

—¿Y qué pasa con Ramón?

—Me ha dicho de quedar un día.

Mateo cerró el grifo.

—¿Y tú quieres quedar con él? —preguntó, de espaldas a ella.

—Sí. Creo que sí.

Mateo dejó el plato en el escurridor.

—Mateo… —dijo Lucía.

Mateo se volvió por fin.

—No pasa nada —respondió Mateo, con una sonrisa pequeña—. Quiero que seas feliz, Lucía.

—Puedo no quedar con él, si te incomoda.

—No lo hagas por mí. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué cosa?

—Prométeme que, si te hace daño, me lo contarás.

—Te lo prometo —respondió Lucía.

Mateo cogió el paño y se secó las manos.

—¿Has cenado?

—No.

—Pues siéntate. Te caliento las sobras.

Antes de dormirse, Lucía pensó en Ramón y en Mateo. Ramón era algo nuevo. Mateo era alguien que siempre estaba. No sabía qué iba a pasar con ninguno de los dos.

1982

Pili tenía diecisiete años y le faltaban dos meses para cumplir dieciocho. Se fue un martes, cuatro días antes de casarse. No quiso despedirse de mucha gente porque las despedidas largas le daban mucha pena.

La noche antes de irse, se sentó con Lucía en el borde de la cama. Loli estaba en el suelo, escuchando.

—Me caso el sábado —anunció Pili.

Lucía la miró sin entender.

—¿Cómo que te casas? —preguntó.

—Con Ginés —dijo Pili, tirando de un hilo de la colcha.

—¿Quién es Ginés? —preguntó Loli.

—El sobrino del dueño del taller de la esquina.

—Pero si no tienes novio.

—Estoy embarazada —dijo Pili, bajando la vista.

Loli se levantó del suelo.

—¿Vas a tener un bebé?

—Sí.

Lucía no sabía qué decir.

—¿Pero cómo ha pasado? ¿Y cuándo? Si siempre estamos juntas.

Pili tardó un poco en contestar.

—No estamos siempre juntas. Las tardes que nos dejaban salir al pueblo yo iba a la plaza. Ginés estaba allí. Empezamos a hablar y luego quedamos algunas veces.

—¿Por qué nunca nos has dicho nada? —preguntó Loli.

—Me daba vergüenza —admitió Pili—. Pensaba que, si no decía nada, no pasaba de verdad.

—Pero ahora sí pasa.

—Ahora sí —susurró.

—¿Y por qué te vas con él? —preguntó Loli.

—Ginés vino a ayudar a su tío unos días, pero se quedó más tiempo. Ahora tiene que volver a su pueblo. Sor Matilde sabe que voy a casarme y ha hablado con él. Dice que, si yo quiero irme, no puede obligarme a quedarme aquí hasta que cumpla dieciocho.

—¿Pero tú quieres casarte? —preguntó Lucía.

—Me da miedo. Pero también quiero tener algo mío. Una casa mía, aunque sea pequeña. Aquí nunca ha sido nada mío del todo. Ni la cama ni el armario. Con Ginés no estoy mal. No es como en las novelas, pero me trata bien y es trabajador.

Durante un momento nadie dijo nada. En el pasillo se oyeron pasos y una puerta que se cerraba.

—¿Nos escribirás? —preguntó Loli.

—Todos los meses —prometió Pili.

—¿Y vendrás a vernos? —quiso saber Loli, con la voz algo rota.

—Si algún día puedo, vendré. Pero aunque tarde, nos vamos a escribir. No quiero perderos.

Loli volvió a sentarse en el suelo.

—No es justo. El trío maravillas se rompe y nadie nos ha preguntado.

Pili se rio y le tiró un cojín.

—No se rompe. Solo va a tener que aprender a escribirse cartas.

Las tres se quedaron despiertas hasta tarde, hablando de cualquier cosa para no hablar de lo que les daba pena.

Antes de dormirse, Pili sacó tres hilos de azules distintos y empezó a trenzar una pulsera.

—Es para cuando te vayas tú —le dijo a Lucía—. La terminaré en casa y te la mandaré. Así llevarás un trozo de las tres cuando salgas por esa puerta.

1983

El segundo sábado que Lucía y Ramón salieron juntos fueron al cine del barrio. Era pequeño, las sillas crujían y el proyector se calentaba tanto que la imagen temblaba de vez en cuando.

La película no les gustó mucho. Pasaron media sesión riéndose de un hombre que roncaba tres filas más atrás. La otra media estuvieron cogidos de la mano.

Al salir, Ramón la invitó a un helado. Lucía le contó que en el orfanato compartían uno entre tres y contaban hasta diez lametones cada una.

—Tú te comes el tuyo y yo me como el mío —dijo Ramón—. No pienso compartir postre con nadie, ni contigo.

—Eres muy tacaño.

—No es tacañería. Es sentido común. El helado compartido siempre se acaba antes de tiempo.

Lucía se rio tanto que se le cayó el helado al suelo. Ramón le dio la mitad del suyo sin que ella se lo pidiera.

Durante las semanas siguientes, las tardes de sábado fueron pareciéndose unas a otras: cine, un paseo por el río o una vuelta por el mercadillo. Ramón regateaba por deporte, aunque no quisiera comprar nada. Lucía volvía a casa contenta.

Clara solía esperarla despierta.

—¿Qué tal? —preguntaba desde el sofá, con una manta sobre las piernas.

—Bien —contestaba Lucía, dejando las llaves en el cuenco.

—¿Solo bien?

—Muy bien —corregía, y se le escapaba la sonrisa.

—Así me gusta más.

Mateo no le preguntaba nada de Ramón, pero seguía llenándole el plato cuando llegaba tarde y guardándole las sobras. Una noche les tocó fregar juntos. Lucía le contó lo del helado y de que Ramón no quería compartirlo.

—Tiene razón —comentó Mateo—. El helado compartido nunca alcanza para los dos.

—Tú nunca te has quejado.

—Porque contigo me da igual compartir.

Lucía no supo qué contestar. Le pasó otro plato y siguieron fregando.

Un viernes, Carmen mandó a Lucía otra vez a la obra con unos papeles.

Lucía se alegró de volver, pero encontró a Ramón junto a la caseta, hablando con dos compañeros y con una chica joven a la que no conocía.

La chica llevaba un mono de trabajo y el pelo recogido en una coleta.

Se reían de algo. Ramón tenía una mano apoyada en su brazo.

—Es Nieves, la del almacén de materiales —presentó Ramón al verla llegar—. Nieves, esta es Lucía.

—Hola —saludó Nieves. Después siguió hablando de una entrega de ladrillos que no había llegado.

Ramón acompañó a Lucía hasta la parada, como siempre. Le contó un chiste malo sobre el capataz y le dijo que el sábado siguiente la llevaría a una verbena en las afueras, donde tocaba una orquesta.

Lucía no le comentó nada de Nieves a Ramón. Pero no dejó de pensar en la mano de Ramón sobre su brazo.

Esa noche se lo contó a Clara, sin darle mucha importancia.

—¿Te ha dado mala espina?

—No sé. Puede que sea así con todo el mundo.

—Puede ser —admitió Clara.