AZUL Capítulo 4
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Capítulo 4

Era domingo y había que ir arregladas a la misa de las diez, así que el dormitorio era un caos de peines, cintas y jerséis sacados del armario común.

Lucía tenía ocho años y estaba sentada en el suelo, atándose los zapatos, cuando Pili se plantó delante de ella con medio cuerpo metido ya en una rebeca.

—Lucía, pásame el jersey amarillo, que lo tienes tú a mano.

Lucía miró el montón de ropa que tenía al lado. Cogió uno y se lo dio.

—Este no es —dijo Pili, sujetándolo con dos dedos como si pinchara—. Este es azul. El amarillo, el que tiene los botones de madera.

—Este también tiene los botones de madera.

—Pero no es amarillo, Lucía. Es azul clarito. ¿No lo ves?

Lucía se quedó mirando el jersey. Para ella era claro, uno de los más claros que había en el armario. No entendía qué más se le podía pedir a una prenda.

—Sí que lo veo. Es este.

Pili rio, pensando que era una broma, y le tiró de la trenza con cariño. Pero Lucía no se reía, y eso hizo que Loli, que estaba peinándose en la otra punta del cuarto, se acercara con el peine todavía en la mano.

—¿Qué pasa?

—Que me ha dado el jersey azul cuando le he pedido el amarillo.

—Pero este tiene los botones de madera —dijo Lucía al volver a mirarlo.

—Sí, pero no es el amarillo.

Loli rebuscó entre la ropa hasta encontrar el jersey que Pili quería. Lo puso junto al que Lucía había cogido.

—¿De qué color es este? —preguntó, señalando el primero.

—Azul.

—¿Y este otro?

—Azul también, pero más clarito. Como el agua cuando le da el sol.

Pili miró a Loli.

—Pero el amarillo no es azul.

—Para mí sí —dijo Lucía—. No es igual que este, porque este es más oscuro, pero los dos son azules.

—¿Y esto? —preguntó Loli, cogiendo una cinta que había sobre la cama.

—Azul, pero fuerte —dijo Lucía al mirarla.

—¿Y este? —preguntó Pili, sacando un calcetín del armario.

—Este lo veo azul oscuro.

Las dos se quedaron quietas. Entonces Pili siguió sacando cosas del armario: la funda de una almohada, otra cinta y un delantal de una de las mayores. Lucía las miraba una por una y encontraba diferencias entre ellas, pero a todas les daba el mismo nombre.

—Este azul es más apagado —decía—. Este brilla más. Este casi no se ve.

Pili dejó las cosas sobre la cama.

—Lucía… ¿tú lo ves todo azul?

Lucía bajó la vista hacia el jersey que seguía teniendo entre las manos.

—Sí —dijo—. ¿Vosotras no?

Pili dejó el jersey a un lado. Loli se arrodilló delante de Lucía y le cogió las dos manos, muy seria, como había visto hacer a las monjas cuando algo era importante.

—¿Te duele algo? —preguntó Pili.

—No.

—¿Ves mal? —insistió Loli, apretándole más las manos.

—Veo bien. Os veo a vosotras, veo la pizarra, veo todo. Solo que no sé qué es el amarillo. Ni el verde. Ni el rojo, creo, aunque a lo mejor sí lo he visto y no lo sé.

—Qué raro —dijo Pili, sin saber qué más decir.

—Vamos a enseñarte —decidió Loli, que siempre tenía un plan para todo—. Te decimos el nombre cada vez que veamos algo, y tú te lo aprendes, aunque no lo veas como nosotras.

—¿Y si me equivoco? —preguntó Lucía en voz muy baja.

—Pues te corregimos. Para eso estamos.

Pili le dio un golpecito con el hombro.

Aquel domingo, camino de la misa, Pili y Loli se pasaron el trayecto señalando cosas y diciendo su nombre en voz baja, como si le enseñaran un idioma nuevo.

—La puerta es marrón —susurró Pili.

—La sotana del cura es negra —añadió Loli.

—Y las flores del altar, rosas.

Lucía repetía cada palabra por dentro. No sabía a qué se refería cada palabra, pero agradecía que sus amigas quisieran enseñárselas.

1983

Las semanas siguientes Lucía fue haciendo su vida poco a poco.

En Construcciones Valdés, Carmen ya no tenía que repetirle las explicaciones.

Le confió el archivo entero de proveedores, y Lucía descubrió que le gustaba ordenar las carpetas.

Álvaro pasaba por su mesa de vez en cuando a dejar unos pedidos y a preguntarle, siempre con la misma broma, si ya se había perdido por la ciudad.

Lucía había aprendido a contestarle sin ponerse nerviosa.

En casa, el cuadrante de la nevera seguía marcando turnos, y Lucía ya sabía cuáles cambiar sin que nadie se lo pidiera cuando a Raquel le tocaba doble turno en la fábrica.

Una tarde de sábado, con la casa casi vacía, se puso a doblar la colada mientras esperaba a que Clara volviera de la compra.

Fue Mateo quien la encontró así, sentada en el suelo del pasillo, con la ropa limpia repartida en montones a su alrededor.

—¿Necesitas ayuda?

—No, ya casi termino.

Mateo se sentó de todas formas, cogió una camiseta y empezó a doblarla mal. Lucía se la quitó de las manos y la dobló otra vez. Siguieron así un rato, hasta que Mateo cogió dos calcetines del montón y se quedó mirándolos.

—Estos no hacen pareja.

—Sí lo hacen.

—Lucía, uno es azul marino y el otro es verde botella. Los tengo yo desde hace dos años, los conozco de sobra.

Ella los miró. Para ella eran dos azules casi iguales, uno con un brillo un poco más apagado que el otro. Los volvió a juntar.

—Pues para mí son iguales.

—¿Cómo que son iguales? Si no se parecen en nada.

Lucía tenía un pantalón a medio doblar sobre las rodillas. Podía decir que se había equivocado, como había hecho tantas veces con Pili y con Loli, y dejarlo ahí. Pero llevaba semanas viviendo con Mateo y no quiso seguir disimulando.

—Mateo, tengo que contarte una cosa, pero no se la puedes decir a nadie. Ni a Clara.

—No se lo diré.

—Lo digo en serio.

—Y yo. No se lo diré a nadie, Lucía. Te lo prometo.

Ella dejó el pantalón encima del montón.

—Yo no veo los colores como vosotros. Nunca los he visto. Para mí todo es azul. Unas cosas son azules claros, otras oscuras, otras brillan como el metal, pero todo es azul. El árbol, tu jersey, la sangre, la leche. Todo.

Mateo cogió los dos calcetines y se quedó mirándolos.

—¿Desde siempre?

—Desde siempre. Me lo descubrieron unas amigas cuando tenía ocho años. Antes ni yo sabía que era distinto. Pensaba que todo el mundo veía como yo.

—¿Y por qué no lo dices?

—Porque la gente empieza a mirarme distinto. O a hablarme como si fuera frágil. O a preguntarme si puedo trabajar, si puedo cruzar la calle sola, si puedo esto y lo otro. Y yo puedo hacer todo lo que hace cualquiera. Solo que no sé lo que son los colores.

—Nunca te he tratado como si no pudieras hacer algo —dijo Mateo, un poco dolido.

—Ya lo sé —dijo Lucía—. Por eso te lo cuento a ti.

Mateo dejó los calcetines en su sitio, uno junto al otro.

—¿Y el cielo? ¿De qué color lo ves?

—Azul. Ese sí lo tengo fácil.

—¿Y mis ojos?

Lucía lo miró. Para ella, los ojos de Mateo eran de un azul ni claro ni oscuro, con un punto brillante en el centro que cambiaba según la luz.

—Azules. Bonitos.

—Son marrones.

—Pues para mí son azules bonitos, así que no te quejes.

Mateo se rio, y ella con él. Era la primera vez que se lo contaba a alguien que no fuera de Santa Marta. Se sintió más tranquila al decírselo.

Pasaron unos días. Una noche de entre semana, cuando Clara y Marta se habían ido al cine y Raquel dormía porque entraba a trabajar de madrugada, Mateo se sentó junto a Lucía en el sofá destartalado que había en el salón, con dos tazas de leche caliente.

—Tengo que decirte una cosa —dijo Mateo, muy serio—. Llevo un tiempo pensándola y, como no la diga, voy a explotar. Perdona si me sale torpe.

—Dime, ¿qué pasa?

—Me gustas, Lucía. No como amiga. Bueno, como amiga también, pero no solo. Me gustas de esa manera en la que uno piensa en la otra persona más de lo que debería.

Lucía se quedó con la taza entre las manos, sin beber. No sabía qué decirle y le daba pena hacerle daño.

—Mateo…

—No hace falta que contestes ahora mismo.

—Te quiero muchísimo —dijo ella—, pero como a un hermano. Como a mi mejor amigo. No sé si es lo que tú necesitas oír.

Era verdad, y por eso le costaba decirlo.

—No es lo que quería oír —admitió Mateo, mirando su taza—. Pero prefiero que me lo digas así a que me lo disimules.

—No quiero que esto cambie las cosas entre nosotros.

—No van a cambiar —respondió Mateo mientras sonreía—. Sigo siendo el que hace la tortilla líquida y tú sigues siendo la única que se la come sin quejarse.

—Y la única que sabe contar hasta diez con un helado —añadió Lucía, y se le escapó una sonrisa.

—Eso también.

Se quedaron los dos en el sofá, con la leche ya tibia. Después siguieron hablando: de si el vecino de arriba tosía más unos días que otros y de si a Emilio le iba a dar tiempo a acabar la carrera antes de que se hiciera viejo. A Lucía le gustó poder quedarse a su lado sin tener que decir nada más.