AZUL Capítulo 3
12%

Capítulo 3

Hacía una semana que Lucía dormía en el orfanato, y todas las noches pasaba lo mismo.

Se dormía con la muñeca debajo del brazo y, en mitad de la noche, se despertaba sin saber dónde estaba.

Buscaba con la mano la pared de su cuarto, y no estaba.

Buscaba la puerta, donde siempre dejaban una rendija de luz, y tampoco.

Entonces empezaba a llorar con la boca pegada a la almohada, para que no la oyera nadie.

Pero en el dormitorio dormían seis niñas y siempre la oía alguna.

—Cállate ya —dijo una voz en la oscuridad—. Que no dejas dormir.

—Es que quiero a mi mamá.

—Déjala —susurró otra voz, más bajito.

La puerta se abrió sin hacer ruido. Entró una monja joven con la toca un poco torcida, porque se la había puesto a oscuras. Se acercó a la cama de Lucía y se agachó junto a ella.

—¿Me dejas que te robe un ratito? —susurró—. Es que yo tampoco puedo dormir.

Lucía se secó la cara con la manga del camisón y dijo que sí con la cabeza. La monja la envolvió en su manta, le cogió la muñeca de trapo con mucho cuidado, como si fuera una persona, y las sacó a las dos de puntillas al pasillo.

Era noviembre y en el patio hacía tanto frío que el aliento salía de la boca como humo. Lucía se pegó a la monja. Ella se sentó en el escalón de la puerta y la subió a su regazo.

—Mira las estrellas —le dijo la monja con una voz muy dulce.

—Parecen agujeritos —le respondió Lucía al mirar el cielo, lleno de puntitos que temblaban.

—Ya, a mí también me lo parece. Como si alguien hubiera pinchado la noche con una aguja para que se cuele la luz por detrás.

—¿Quién las ha pinchado? —preguntó Lucía, mirando el cielo.

—Dios.

—Otra vez Dios —murmuró.

La monja se tapó la boca para no reírse.

—Es que tiene mucho trabajo, hija. Pero las estrellas no se las queda. Las pone ahí para todos: para ti, para mí, para las niñas que duermen.

—Pero a papá y a mamá sí se los ha quedado —dijo Lucía después de pensarlo.

La monja no contestó enseguida. Siguió con Lucía en su regazo.

—No lo sé, cariño —admitió al fin—. Eso yo tampoco lo entiendo. Hay cosas que le pregunto pero no me contesta.

—¿Mi mamá y mi papá pueden ver las estrellas? —preguntó Lucía, apoyándose en ella.

—Yo creo que sí. Y tú también. Cuando estés triste y no puedas dormir, te vienes al patio y las miras. Yo las miro todas las noches antes de acostarme, así que, aunque no estemos juntas, estaremos mirando el mismo cielo. ¿Vale?

—¿Y si tú estás dormida? —preguntó Lucía, mientras se pegaba un poco más a ella.

—Entonces me despiertas —respondió, como si fuera lo más normal del mundo.

—Eso es de niña mala —murmuró Lucía, aunque la idea le gustaba.

—Contigo no. Me llamo sor Teresa, por si algún día te hace falta llamarme.

—Sor Teresa —repitió Lucía.

Sor Teresa levantó la cara hacia el cielo, que esa noche estaba despejado.

—¿Contamos las estrellas?

—Vale —respondió Lucía, y empezó por la más grande.

Contaron juntas. Lucía llegó hasta veinte, se equivocó y volvió a empezar. Empezó otra vez, y otra. Se quedó dormida antes de llegar a treinta, con la cabeza en el hombro de sor Teresa y la muñeca de trapo entre las dos.

Sor Teresa la llevó en brazos hasta la cama, la tapó con su manta y dejó la puerta con una rendija de luz.

1983

Aquella noche cenaron los seis juntos, porque Clara lo había dicho así y en aquella casa lo que decía Clara se cumplía.

La mesa de la cocina era plegable y no daba para tanta gente, así que cada uno se sentó donde pudo: dos en sillas de cocina, dos en taburetes, otro en una silla de camping y a Mateo, que había perdido el sorteo, le tocó sentarse en una banqueta tan baja que parecía cenar debajo de la mesa.

Los platos no hacían juego. Lucía tenía delante un vaso que en realidad era un bote de mermelada.

—Bueno, os presento —dijo Clara, con el tenedor levantado como si fuera un micrófono—. Esta es Lucía, que ha sobrevivido a su primera noche en esta casa. Lucía, estos son Raquel, Marta y Emilio.

Raquel había llegado del trabajo con los pies destrozados y se había quitado los zapatos en la puerta.

Tenía cara seria, pero cuando sonreía se le cambiaba toda la expresión, y le dio la mano con firmeza.

Marta dijo hola tres veces seguidas, porque hablaba como si le pagaran por palabra.

Emilio era un chico flaco, con gafas, que había dejado los apuntes en el suelo junto a la silla pero con la mano aún puesta sobre ellos.

—Encantado —saludó, muy formal.

—Este es el que sale a por pan —aclaró Clara.

—Salí una vez —protestó Emilio.

—Saliste dos —lo corrigió Mateo—. Y una vez volviste sin el pan.

Lucía se rio. Era la primera vez que se reía con ellos, pero no se sintió fuera de lugar.

Mateo puso en el centro una tortilla que parecía haber pasado por una guerra.

—Poco hecha, como te gusta.

—Está líquida —protestó Raquel, con el tenedor encima.

—Está poco hecha con vocación.

Lucía probó un trozo. Estaba mejor que la del día anterior.

—Está muy rica.

—Ha dicho que está muy rica —anunció Mateo, con los dos brazos en alto—. Que conste en acta.

En la puerta de la nevera, sujeto con un imán, había un papel lleno de nombres y días. Marta le explicó que era el cuadrante y que en aquella casa funcionaba así: el que cocinaba no fregaba, el que fregaba no compraba, y el que no hacía nada comía pan seco.

—Aquí no hay madres —intervino Raquel, entre un bocado y otro—. Ni nadie que te recoja los platos.

—Aquí hay un papel en la nevera, que es peor —replicó Clara.

Lucía se levantó a mirarlo. Junto al sábado ya estaba escrito su nombre, en lápiz.

—¿Baño? —preguntó.

—Es que como eres la nueva… —bromeó Mateo.

—Es que el baño es para las nuevas —siguió Clara—. Lo dice la tradición. Y la tradición soy yo.

Se sentó otra vez. Le sorprendió lo poco que le importaba tener que limpiar un baño. Casi le hacía ilusión que su nombre estuviera en aquel papel.

—¿De qué orfanato vienes? —preguntó Raquel.

—De Santa Marta.

—¡El de las tapias altas! —exclamó Marta—. Yo estaba en uno de monjas donde había que rezar antes de beber agua. Y si te olvidabas, te hacían rezar dos veces.

—Yo vengo de uno de la sierra, donde en invierno se helaba hasta el agua de los vasos —contó Raquel.

Marta se rio con la boca llena.

—A mí me tocó uno de los buenos —presumió Emilio, muy serio—. Tenía una biblioteca con cuatro libros y los cuatro los leí trece veces.

—¿Y te los leíste todos? —preguntó Mateo.

—Todos.

Mateo dejó el tenedor sobre el plato, convencido.

—Y ahora estudias y trabajas —observó Clara—. Algo bueno te tuvieron que dejar esos cuatro libros.

—¿Y tú? —dijo Marta, girándose hacia Lucía—. ¿Qué hacías en Santa Marta? Seguro que tú también hacías alguna trastada.

—Éramos tres amigas —explicó Lucía—. La directora nos llamaba el trío maravillas, pero no lo decía como un piropo.

Todos se echaron a reír. Lucía se animó.

—Una vez encontramos una moneda junto a la verja.

Una moneda de las que valen de verdad. Estuvimos tres días discutiendo qué hacer con ella, hasta que nos escapamos hasta el pueblo y compramos un helado.

Uno solo, para las tres. Nos lo repartimos contando hasta diez lametones cada una, por turnos, y la que se pasaba de diez perdía el turno siguiente.

—¿Quién perdía más turnos? —preguntó Clara.

—Yo. Siempre. Me daba mucha pereza contar.

—¿Y la directora se enteró?

—Nos vio volver con las manos pegajosas. Pero no dijo nada. Solo nos mandó a fregar los baños de arriba tres días. Creo que le hizo gracia, aunque intentó disimular.

Mateo se había quedado callado, atento a lo que contaba. A Lucía le entró calor de golpe. Cogió el vaso y bebió agua para disimular.

—Yo tengo una foto de mi madre —dijo Raquel de pronto, sin que nadie se lo preguntara—. Pero la he mirado tanto que ya no sé si me acuerdo de ella o de la foto.

—Pues yo me acuerdo de mi padre cuando se reía —contó Lucía—. Tenía una risa que se oía por toda la casa. Y de mi madre, no sé. Del cuello del abrigo, que me lo arreglaba y me ponía bien el pelo.

—Pues yo me acuerdo de que mi madre cocinaba fatal —añadió Clara, dirigiéndose a todos—, y mira: aquí estoy, con dos ojos, cinco dedos y un trabajo en una tienda. Lo que no mata engorda.

—Esa frase no significa eso —corrigió Emilio.

—Ya lo sé, pero sonaba bien.

Todos terminaron riendo y Lucía agradeció que Clara hubiera aligerado el momento.

Después de cenar se levantaron a recoger. Emilio, para sorpresa de todos, dijo que él fregaba. Marta le preguntó si se encontraba bien.

—Es que necesito estirar las piernas.

—Fregar no se hace con las piernas —se burló Clara, sacándole la lengua.

—Tú déjale —intervino Mateo—. Emilio friega cuando le parece que nadie le mira. Es todo un artista.

Los días siguientes fueron parecidos y, a la vez, todos distintos.

Ella fue aprendiendo detalles que nadie le había enseñado: que el interruptor del pasillo había que pulsarlo dos veces, que la tercera baldosa de la cocina bailaba, que a Marta le gustaba poner la radio a todo volumen mientras se peinaba y que a Raquel había que dejarla en paz hasta que se tomara el segundo café.

Aprendió qué llave abría cada cerradura y a contar los escalones hasta el cuarto piso sin mirarlos.

Hubo una cosa que le llamó la atención. Cuando alguien tardaba en volver, dejaban encendida la luz del pasillo para que al llegar no entrara a oscuras. Nadie lo había acordado. Simplemente lo hacían.

El primer sábado, después de fregar el baño con más ganas que arte, Clara la sacó de casa con la excusa de enseñarle la ciudad. Salieron cinco: Clara, Mateo, Marta, Emilio y ella. Raquel trabajaba. Era una tarde de primavera: hacía sol, pero en la sombra corría aire frío.

Empezaron por el mercadillo. Olía a churros, a cuero, a ropa nueva y a fruta.

Los puestos formaban calles de toldos de muchos azules distintos.

Ella caminaba entre ellos sin perderse un detalle.

Marta se paraba en todos. Emilio caminaba con las manos a la espalda, mirando los precios como quien lee una novela.

Clara se detuvo en un puesto de bufandas.

—A ver, ayudadme. Necesito algo para el cumpleaños de Raquel. Que me va a matar si no le regalo algo.

Levantó dos bufandas, una en cada mano.

—¿La amarilla o la verde?

Lucía las miró. Para ella eran dos azules: uno claro, casi transparente, y otro más oscuro, con un brillo suave. Habría dado cualquier cosa por saber qué querían decir aquellas dos palabras.

—Las dos están bien —dijo.

—Eso no vale. Elige una —protestó Clara.

Lucía se puso nerviosa. Recordó todas las veces que había contestado con otra pregunta, todas las veces que le habían tendido dos cosas iguales y le habían pedido que escogiera. Señaló la más clara sin saber por qué.

—Esa.

—¡La amarilla! Perfecto. Es la que más me gustaba, pero quería que alguien me lo confirmara.

Lucía respiró. Mateo estaba un poco apartado y no dijo nada. Al darse cuenta de que ella lo miraba, sonrió y se volvió hacia el puesto de al lado, como si no hubiera visto nada.

Lucía no sabía si Mateo había notado algo. Y tampoco sabía qué le daba más miedo: que se hubiera dado cuenta o que no.

Acabaron en un parque, sentados en un banco largo bajo unos árboles de hojas recién nacidas, de un azul claro. Marta había comprado un cucurucho de pipas y las repartía con generosidad. Emilio intentaba pelarlas con las manos hasta que Marta le explicó que las pipas se pelan con los dientes.

—Es que me da apuro —admitió Emilio.

—Es una pipa, no una persona.

Al otro lado del paseo había un puesto de helados que acababa de abrir la temporada. Mateo se levantó sin decir nada y volvió con un cucurucho, un solo cucurucho, y se sentó junto a Lucía.

—¿Cuento hasta diez? —preguntó—. O me lo como entero.

Lucía se quedó sorprendida. Mateo se había acordado de lo que ella había contado durante la cena.

—Hasta diez cada uno —consiguió decir—. Y el que se pase pierde el turno.

—Yo sé contar —dijo Mateo.

—Eso lo decís todos.

Fueron pasándose el helado con mucho cuidado, como si fuera un juego con reglas muy serias.

Mateo contaba en voz alta, muy formal, y a los ocho hacía trampas y se saltaba el nueve.

Clara también quiso jugar, pero Mateo le dijo que tenía que esperar a que ellos terminaran.

Marta gritó que aquello no era justo. Emilio, con las pipas, sonrió sin decir nada.

Lucía sonrió mientras contaba sus lametones.

Esa noche tardó en dormirse. Desde el piso de arriba llegó una tos larga, ronca, como si fuera a hundir el edificio. Lucía sonrió en la oscuridad. Mateo tenía razón: ya casi empezaba a ser una tos conocida.

Se levantó sin hacer ruido y se acercó a la ventana. Daba al patio interior, con las paredes altas y la ropa de los vecinos tendida en los balcones. En una ventana de enfrente todavía había luz, y se oía muy bajito una radio con las noticias.

—¿No duermes? —preguntó Clara, con la voz medio ahogada por la almohada.

—No.

—Ni yo, la primera semana. A mí me daba por llorar, pero intentaba llorar bajito para que las demás no se enteraran. Aquí no pasa nada por llorar, ¿eh? Yo hasta te presto la almohada.

—No estoy llorando —dijo Lucía, y soltó una risa corta. Entonces se dio cuenta de que estaba llorando un poco.

Se secó la cara con la manga, se quedó un rato más junto a la ventana y volvió a la cama. Arriba, el vecino tosió otra vez, y las dos se echaron a reír con la cara tapada.