AZUL Capítulo 2
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Capítulo 2

La iglesia olía a flores, a cera y a abrigos mojados. Lucía no sabía cuánto tiempo llevaba sentada entre su tía Julia y una señora a la que casi no conocía. Le habían puesto un abrigo que le quedaba grande y le habían dicho que no hablara alto.

Delante había dos cajas largas de madera, de un azul muy oscuro.

Todo el mundo las miraba como si esperaran que se fueran a abrir.

Lucía también esperó. Quería que su madre saliera de una de ellas y le arreglara el cabello.

Quería que su padre le hiciera un hueco a su lado y le preguntara si había comido.

—¿Por qué están todos tan tristes? —susurró.

La tía Julia se limpió la cara con un pañuelo y no pudo contestar.

A Lucía no le gustaba que los mayores hablaran bajito.

Quería saber qué decían, pero nadie se lo explicaba; solo le apretaban la mano y le acariciaban el pelo.

Cuando terminó todo, una señora se agachó a darle un beso.

Luego otra, y otra. Le decían que era muy valiente.

Lucía no entendía por qué. No había hecho nada. Solo quería irse a casa.

Al salir, vio cómo los hombres llevaban las cajas hasta el agujero que habían abierto en el suelo. Hacía viento y las flores de las coronas, de mil azules distintos, se movían todas a la vez. La tía Julia intentó llevarla hacia el coche, pero Lucía se soltó de su mano.

—Papá está ahí. ¿Por qué lo meten ahí abajo? Se va a asustar. Ahí no hay luz. Papá no puede quedarse ahí. Mamá tampoco. Tienen frío.

Nadie se movió ni le contestó. Lucía hablaba cada vez más alto.

Su tía la abrazó con tanta fuerza que le hizo daño. Lucía lloró hasta quedarse sin voz. A sus cinco años no sabía todavía lo que era estar sola. Solo sabía que quería volver con sus padres y que nadie le decía que volverían.

1983

Lucía se despertó antes de que sonara el despertador.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

El techo no era el del dormitorio del orfanato ni había camas a los dos lados.

Clara dormía en la cama de enfrente, con un brazo fuera de la manta, y desde la calle llegaba el ruido de un camión que descargaba cajas.

Hoy empezaba a trabajar.

Se vistió con cuidado. Había dejado la ropa preparada sobre la silla: falda, blusa, chaqueta y zapatos.

Sor Teresa le había repetido muchas veces que un primer día de trabajo no se improvisa.

Lucía se había puesto la falda y la blusa que Loli le había dicho que combinaban bien, y se fiaba de ella como se fía uno de un mapa.

Clara abrió los ojos cuando ya se estaba peinando.

—¿Ya te vas?

—No, todavía es pronto.

—Pues come algo. Nadie debe empezar a trabajar con el estómago vacío.

Clara se puso una bata encima del camisón y salió hacia la cocina. A los pocos minutos se oyó el golpe de una taza y la protesta de Mateo, que dormía en la habitación de al lado.

—Clara, es de noche todavía.

—No es de noche. Lucía empieza hoy a trabajar.

Mateo apareció en el pasillo con el pelo revuelto y cara de no haber terminado de despertarse. Llevaba un jersey de un azul muy oscuro y calcetines distintos. Lucía se dio cuenta antes que él.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.

—Nada. Que llevas un calcetín más claro que el otro.

Mateo se sentó en la silla más cercana y estiró los pies hacia delante para mirarlos.

—A eso se le llama tener estilo.

—A eso se le llama no encender la luz cuando te vistes —dijo Clara desde la cocina.

Lucía se rio. Le gustó que nadie hiciera de aquello un asunto importante.

En el orfanato había aprendido a no fijarse demasiado en la ropa de los demás, a no opinar si no estaba segura y a contestar con otra pregunta cuando le pedían escoger entre dos cosas.

Con Clara y Mateo todavía no tenía que disimular tanto, pero tampoco quería dar explicaciones antes de tiempo.

El café estaba demasiado fuerte. Clara le puso delante dos tostadas con mantequilla y mermelada. La mermelada tenía para Lucía un azul oscuro y brillante. Era el azul que siempre le había parecido más dulce.

—¿A qué hora tienes que estar allí? —preguntó Clara.

—A las ocho y media.

Mateo se sirvió café en una taza vieja, con un trozo roto en el borde.

—¿Dónde es exactamente?

Lucía sacó del bolso la carta de la empresa. La leyó otra vez, aunque se la sabía de memoria.

—Construcciones Valdés. En la avenida del Mercado. La oficina está encima del almacén.

—Ah, conozco la zona —dijo Mateo—. Está a veinte minutos andando desde la parada. Si quieres te acompaño hasta el autobús.

Iba a decir que no. No quería que pensaran que no era capaz de llegar sola el primer día. Pero Mateo no lo ofreció como quien ofrece ayuda a alguien débil. Lo dijo como si a él también le viniera de camino.

—Vale.

El trayecto se le hizo más corto de lo que esperaba.

Mateo no habló mucho. Le señaló una panadería que abría antes que las demás, un bar donde servían desayunos baratos y una tienda de discos en la que entraba aunque no tuviera dinero.

Lucía guardó cada referencia en la cabeza.

Necesitaba aprenderse el barrio igual que había aprendido el orfanato: por los sonidos, las puertas, las esquinas y los distintos azules.

Ya en la parada, Mateo se metió las manos en los bolsillos.

—Luego, cuando vuelvas, no tienes que contarme nada —le dijo—, pero me apetece que me lo cuentes.

Lucía apretó la correa del bolso.

—Te lo contaré.

El autobús llegó lleno. Subió, encontró un asiento junto a la ventana y dejó que la ciudad pasara a su lado.

Los edificios, los semáforos, los carteles y la gente que caminaba deprisa se ordenaban en azules claros, oscuros y brillantes.

Sabía desde niña que los demás veían otra cosa, pero seguía sin poder imaginarlo, igual que no se puede imaginar una canción que nadie ha cantado.

Construcciones Valdés ocupaba la primera planta de un edificio bajo. En la fachada había un cartel con letras grandes. Lucía leyó el nombre dos veces antes de empujar la puerta. Dentro olía a polvo, a papel y a tabaco que se había quedado en las paredes.

Una mujer de unos cuarenta años levantó la cabeza desde un escritorio lleno de carpetas.

—¿Lucía?

—Sí. Buenos días.

—Soy Carmen. El señor Valdés te está esperando. Ven conmigo.

Carmen caminaba deprisa, pero no parecía nerviosa.

Llevaba una falda recta y una blusa de un azul intenso que llamaba la atención.

En la oficina había dos mesas más, una máquina de escribir y varios archivadores.

Por la ventana se veía parte del almacén: camiones, sacos de cemento y hombres que cargaban tablones.

El despacho del jefe era pequeño. Detrás de la mesa había un hombre ancho de espaldas, con gafas y un bolígrafo entre los dedos. A su derecha, otro más joven, de unos veinticinco años, revisaba unos papeles.

—Pasa, muchacha —dijo el señor Valdés—. Tú eres la chica del orfanato de Santa Marta, ¿no?

—Sí, señor.

—Sor Matilde habla muy bien de ti. Dice que eres ordenada y que se te dan bien los números. Eso es lo que hace falta aquí.

El señor Valdés señaló al joven, que dejó los papeles.

—Este es Álvaro, mi hijo. Si tienes alguna duda con los pedidos, pregúntale a él.

Lucía le estrechó la mano. No sabía si había que decir algo más, pero Carmen intervino antes de que el silencio creciera.

—Ven, vamos a enseñarte tu mesa.

La mesa de Lucía estaba junto a una estantería.

Tenía una calculadora, una libreta nueva, un sello de goma y una bandeja para documentos.

No era grande, pero era suya. En el orfanato todo era de todas: las camas, los abrigos, hasta los lápices.

Nunca había tenido nada que fuera solo suyo.

Pasó los dedos por el borde de la madera antes de sentarse.

Carmen le explicó cómo se guardaban las facturas, dónde se anotaban los pedidos y qué números había que copiar en los albaranes.

Hablaba con paciencia y volvía atrás cada vez que Lucía le pedía que repitiera.

A media mañana, Lucía ya había apuntado cuatro direcciones, clasificado un montón de hojas y contestado dos llamadas cortas.

La segunda llamada la puso nerviosa. Un hombre pidió hablar con el señor Valdés y habló tan rápido que Lucía tuvo que pedirle que repitiera el nombre de su empresa. Cuando colgó, tardó un momento en soltar el teléfono.

—Lo has hecho bien —dijo Carmen—. La gente que llama aquí siempre tiene prisa, incluso cuando no la tiene.

Lucía se quedó más tranquila.

—Pensaba que me iba a equivocar.

—Te equivocarás alguna vez. Como todos. Lo importante es que lo apuntes todo y que preguntes antes de inventarte una respuesta.

La frase le gustó: preguntar antes de inventar.

A la hora de comer, Carmen le señaló una mesa pequeña al fondo de la oficina.

Lucía sacó el bocadillo de sor Teresa, el que había guardado desde el día anterior.

Al desenvolver el papel de periódico se cayó una nota doblada en cuatro.

Tenía la letra torcida de sor Teresa, y decía: «Tu sitio en la mesa sigue aquí.

Los domingos, sin falta». La leyó dos veces con el bocadillo en la mano.

—Se me ha metido algo en el ojo.

—Aquí entra mucho polvo —dijo Carmen sin mirarla y le puso delante la mitad de una manzana.

Álvaro se sentó con ellas. Habló de una obra que estaban empezando en las afueras y de un viaje que quería hacer cuando tuviera vacaciones. Lucía escuchó más de lo que habló. Cuando le preguntaron si conocía la ciudad, dijo la verdad.

—La conozco poco. He vivido siempre en el orfanato.

Carmen no puso una cara rara al oírlo. Siguió pelando su manzana.

—Pues ya tendrás tiempo de conocerla. Aquí todos hemos acabado aprendiendo a movernos por sitios donde no queríamos estar.

Lucía no supo qué decir. Se limitó a darle las gracias.

Por la tarde cometió un error pequeño: colocó una factura en la carpeta equivocada.

Carmen lo encontró enseguida y le enseñó dónde iba, sin levantar la voz.

Lucía lo corrigió y volvió a empezar. A las seis, cuando guardó la libreta en el cajón, le dolían los dedos y tenía la cabeza llena de números, nombres y direcciones.

Al salir del edificio, el sol empezaba a bajar. Era un azul metálico, más claro que el cielo, y rebotaba en los cristales de los coches. Lucía se quedó un momento en la acera con el bolso pegado al cuerpo.

Había terminado su primer día de trabajo. No sabía si lo había hecho bien, pero no se había equivocado demasiado.

Entonces lo vio. Al otro lado de la avenida, apoyado en una farola, había un chico alto con una barra de pan debajo del brazo que miraba hacia todas partes menos hacia la puerta.

Lucía cruzó la calle.

—¡Qué casualidad! —dijo Mateo, muy serio—. Pasaba por aquí.

—Con una barra de pan.

—Es que por aquí hacen un pan buenísimo.

—¿Sí? ¿Dónde?

Mateo miró a un lado de la avenida y al otro. No había ninguna panadería a la vista.

—Ya la encontraremos —dijo—. Anda, cuéntame cómo te ha ido el primer día.

Echaron a andar hacia la parada. Lucía empezó por el principio: la mesa, la calculadora, la llamada del hombre que hablaba a mil por hora.