AZUL
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Capítulo 1
Durante todo el viaje Lucía había ido cantando bajito, con la muñeca sentada en las rodillas, porque su tía le había dicho que iban a casa de la abuela y a casa de la abuela se va contenta. Pero el coche se paró delante de una verja muy alta y ella dejó de cantar.
No sabía leer todavía, pero sabía que aquello no era una casa. Tenía una puerta enorme, muchas ventanas todas iguales y un patio demasiado callado para ser un sitio con niños. Todo era de un azul frío y apagado, el azul que tienen las cosas cuando está a punto de llover.
Su tía bajó primero. Abrió la puerta de atrás y le tendió la mano.
Lucía se agarró a ella con una mano y con la otra a su maleta, una maleta pequeña, de un azul muy oscuro, con una pegatina de flores en una esquina.
Se la había preparado su tía la noche antes.
Dentro iban dos vestidos, un jersey, un peine y la muñeca que había guardado antes de bajarse.
—Esta no es la casa de la abuela —dijo.
Su tía no contestó. Le apretó los dedos y cruzaron la verja. Lucía tropezó con una piedra del camino, pero no soltó ni la maleta ni la mano.
En la puerta las esperaba una mujer con un vestido largo, de un azul tan oscuro que parecía noche, y una toca de azul clarito que le rodeaba la cara. Sonreía muy poco, con la cara seria de las personas mayores.
—Buenos días, sor Matilde —saludó su tía, con la voz un poco temblorosa.
La monja se agachó hasta ponerse a la altura de Lucía.
—Tú debes de ser Lucía.
Ella dijo que sí con la cabeza. La mujer olía a jabón y a ropa planchada. Detrás de la puerta se oían voces, pasos de mucha gente y el golpe de una pelota contra la pared.
—¿Papá y mamá vienen luego?
Su tía dejó la maleta en el suelo y se tapó la boca con el pañuelo. Sor Matilde le tomó una mano.
—Tus padres están con Dios, hija.
Lucía conocía esa frase. La habían repetido muchas veces desde el día en que la iglesia se llenó de gente y de flores. Todavía no sabía bien quién era Dios.
—Pues dile que me los devuelva —dijo—. Que ya han estado con él mucho tiempo.
Sor Matilde abrió la boca y volvió a cerrarla. No había respuesta para eso, y los mayores lo sabían. La tía Julia le dio un beso en la frente, tan deprisa que apenas la tocó, y echó a andar hacia el coche.
Lucía dio un paso detrás de ella.
—Tía Julia, espera. ¡Tía Julia!
Se quedó agarrada a los barrotes, mirando el coche hasta que dejó de verse.
1983
Para ella, el mundo no estaba lleno de colores. Estaba hecho de azules.
Siempre había sido así, aunque de niña no lo supiera.
Había un azul de leche aguada y otro de tinta derramada.
Había un azul de cristal de botella, un azul de moneda vieja, un azul de humo.
Había azules que se veían nada más asomarse a la ventana y azules que solo aparecían al anochecer, cuando el patio se llenaba de sombra.
Nunca había echado nada de menos, porque nadie echa de menos lo que no ha visto jamás.
Aquel amanecer, el patio del orfanato de Santa Marta era de un azul pálido y helado, y las ventanas del edificio devolvían la luz de la mañana como si fueran agua.
Era el mismo patio de siempre. Lo que había cambiado era la maleta: cuando era niña la maleta era pequeña y tenía flores; esta era grande, de cartón duro y prestada, con las esquinas gastadas de tanto pasar de mano en mano.
Hacía poco más de una semana que Lucía había cumplido dieciocho años.
Sor Teresa le había hecho una tarta con las velas justas, y las niñas pequeñas le habían cantado el cumpleaños feliz tan desafinado que casi lloró de la risa.
Al día siguiente empezaron a hablarle de la salida, y desde entonces todo el mundo la trataba con un cuidado raro, como si ya no estuviera del todo allí.
Habían sido tres amigas inseparables desde niñas, y la directora las llamaba el trío maravillas: Pili, Loli y ella. Pili se había ido del orfanato el año anterior, y desde entonces las bromas de después de las nueve ya solo eran cosa de dos.
La noche anterior, Lucía se había metido en la cama de Loli, apretadas las dos como cuando eran pequeñas. Hablaron hasta que se les acabaron las cosas que decirse, y después se quedaron calladas, escuchando la respiración de las otras niñas.
Loli no dijo «no te vayas»: sabía que no serviría de nada.
Antes de dormirse, Loli le puso en la mano una pulsera de hilo trenzado y no quiso decirle de qué colores eran los hilos.
Era de Pili, que se la había mandado por carta en cuanto supo la fecha de la salida, para que la llevara consigo al salir del orfanato.
A Lucía le parecieron tres azules distintos, uno por cada una de ellas, y se puso la pulsera en la muñeca sin decir nada.
Sor Matilde la esperaba junto a la puerta del despacho. Había envejecido. Trece años atrás la había recibido en aquella misma puerta, y ahora sus manos, que siempre habían sido firmes, temblaban un poco al ordenar los papeles.
—Pasa, Lucía.
Sobre la mesa había un sobre grueso, una carpeta de cartón de un azul apagado y una llave atada a una etiqueta. Lucía no se sentó. Le parecía que, si se sentaba, aquello dejaría de ser una despedida y se convertiría en una reunión cualquiera.
—Aquí está tu documentación: la cartilla de la Seguridad Social, la partida de nacimiento, el título de auxiliar administrativa y la carta de la empresa donde vas a trabajar. Todo esto lo tienes que guardar como oro en paño, ¿me oyes?
Sor Matilde se los fue mostrando uno a uno, y Lucía los iba guardando en la carpeta con cuidado, comprobando que no faltara ninguno.
—Y esto —dijo señalando el sobre— es dinero. No es mucho, pero te llegará hasta que cobres el primer sueldo. No lo gastes en tonterías.
Lucía cogió el sobre y lo metió en la maleta, entre la ropa.
—Vivirás seis meses en el piso de acogida de la calle Aranda y no pagarás nada. Después tendrás que buscarte una habitación o compartir piso, como hacen todas las chicas que salen de aquí. Mañana empiezas a trabajar en una empresa. Si trabajas y ahorras, saldrás adelante.
Lucía llevaba oyendo esas dos palabras desde que cumplió diecisiete. Salir adelante. Sonaba fácil dicho así, como si bastara con querer.
—No voy a perder el trabajo —dijo.
Sor Matilde la miró de una manera distinta. Por primera vez en toda la mañana no parecía la directora que llamaba al orden desde el pasillo, sino una mujer muy cansada.
—Eso espero. Pero no quiero que vivas con miedo, Lucía. Quiero que seas prudente. No es lo mismo.
No supo qué contestar. En el orfanato había aprendido a no llorar delante de nadie, a guardar sus cosas sin hacer ruido y a no pedir más de lo que le podían dar. Aquella palabra amable se le quedó clavada dentro.
—Sor Matilde…
—Dime, hija.
—¿Y si no sé hacerlo?
Sor Matilde rodeó la mesa. No la abrazó enseguida. Primero le colocó el cuello del abrigo, igual que hacía cuando era pequeña y salían hacia el colegio; luego le tomó la cara entre las dos manos.
—Sabes mucho más de lo que crees. Y si te equivocas, lo corriges.
Fuera, alguien gritó el nombre de una niña. Una puerta dio un portazo. Lucía habría reconocido esos ruidos con los ojos cerrados, y pensó que iba a tener que aprender a vivir sin ellos.
—¿Puedo despedirme de sor Teresa?
—Claro que sí. Está en la cocina y te ha hecho un bocadillo para el camino.
Cogió la carpeta y cruzó el pasillo. La cocina olía a café, a pan tostado y a lejía. Sor Teresa estaba de espaldas, envolviendo algo en papel de periódico.
—Sabía que no te ibas sin pasar por aquí —dijo sin volverse.
Lucía soltó una leve risa, de las que se escapan solas.
Sor Teresa era la única persona que conseguía hacerla reír cuando tenía miedo.
Hacía años que no llevaba toca, pero Lucía seguía llamándola sor Teresa: había sido monja cuando ella llegó y, aunque después dejó la orden, nunca dejó el orfanato ni a las niñas.
—Solo venía a despedirme.
—Pues despídete comiendo, que traes cara de no haber dormido.
Le puso en las manos un bocadillo todavía tibio. Era de tortilla de patata. De pronto Lucía ya no pudo aguantar más y se echó a llorar.
—No quiero irme —dijo, con el bocadillo todavía sin probar.
Sor Teresa dejó el cuchillo sobre la mesa y se secó las manos en el delantal.
—Ya lo sé, cariño. Llora todo lo que quieras, que aquí conmigo no te va a reñir nadie.
—Aquí sé dónde está todo —sollozó Lucía—. Sé cuándo suena la campana y cuándo abren la puerta y a qué hora es la cena. Allí no voy a saber nada.
—Cuando llegaste aquí tampoco sabías dónde estaba nada —dijo sor Teresa, y sacó un pañuelo del bolsillo.
—Es que era pequeña —protestó Lucía, sonándose.
—Pues ahora ya eres mayor. Y ya sabes preguntar.
Lucía quiso decirle que cumplir dieciocho años no le había regalado de golpe la seguridad de una mujer mayor. Quiso preguntarle si algún día dejaría de ser la niña que se despertaba llorando por las noches. Pero solo apretó más el bocadillo.
—¿Vendrás a verme?
—Claro que iré. Y tú ven los domingos. No a pedir permiso, Lucía. A visitarnos.
Visitar. Nadie había usado esa palabra con ella. En el orfanato una entraba o salía, pero no se visitaba. Le pareció una palabra enorme, con una puerta dentro.
Sor Teresa la abrazó. Olía a café, a jabón y a lo de siempre, y Lucía se agarró a ella con toda la fuerza que tenía y no fue capaz de soltarse hasta que el taxista tocó el claxon dos veces.
El taxista colocó la maleta en el maletero y preguntó la dirección. Lucía le enseñó la etiqueta de la llave.
—Calle Aranda, número veintisiete.
Durante el trayecto, la ciudad pasó por la ventanilla con sus azules de la mañana: fachadas claras, persianas oscuras, balcones con ropa tendida, árboles con las hojas nuevas, de un azul más tierno que el de los troncos.
Lucía se preguntó cuántas de aquellas cosas tendrían nombres que ella no conocía.
No quiso pensar demasiado. Repitió la dirección en silencio, igual que una lección de la escuela.
El piso estaba en la cuarta planta, sin ascensor, y la maleta fue dando golpes en cada escalón. Al llegar al rellano oyó música detrás de una puerta y a alguien discutiendo, aunque no parecía una discusión de verdad. Llamó dos veces y la puerta se abrió enseguida.
Una chica de pelo corto y jersey ancho la recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Tú eres Lucía? Yo soy Clara. Pasa, pasa, que ya pensábamos que te habías perdido.
Lucía cruzó la puerta sin saber dónde dejar la maleta. El piso olía a café recalentado, a jabón de ropa y a algo que se estaba quemando en una sartén.
—¡Mateo! Deja de pelearte con el aceite y ven a saludar.
Desde la cocina salió un chico alto, con un paño de cocina en la mano y una mancha en la manga de la camisa. Tenía una manera de estar de pie que parecía decir que el desorden de aquella casa no iba con él.
—Hola, Lucía. Bienvenida. Perdona el olor. Lo de la sartén tiene arreglo. Creo.
—Hola.
Mateo cogió la maleta antes de que ella pudiera impedirlo.
—Tu cuarto es el del fondo. Lo compartes con Clara por ahora. Raquel y Marta están trabajando, y Emilio se ha encerrado con unos apuntes y no saldrá hasta que se acabe el mundo.
—No le hagas caso —intervino Clara—. Emilio sale. A veces sale a por pan.
Se echaron los dos a reír. Lucía no sabía si le tocaba reírse, pero la risa se le escapó antes de decidirlo, y fue la primera risa del día que no le dolió, después de la despedida en el orfanato.
La habitación era estrecha, con dos camas, dos armarios y una ventana que daba a un patio interior. Sobre una cama había una colcha lisa; sobre la otra, una manta doblada con mucho cuidado. Mateo dejó la maleta de Lucía encima de la cama, junto a la manta.
—Esta es la tuya. La manta te la he puesto yo, que las de la casa pican un poco. Al principio molestan, pero a los pocos días ni se notan, como el vecino de arriba, que tose por las noches como si fuera a hundir el techo pero a los tres días ya no lo oyes.
Lucía recorrió la habitación con la mano: la madera del armario, el borde del colchón, el marco de la ventana. Todo era nuevo, pero los azules eran los de siempre, los mismos que había visto toda su vida en el orfanato, y eso la tranquilizó un poco. Al menos el mundo no había cambiado de idioma.
—Es muy bonita —dijo.
Clara se sentó en su cama con las piernas cruzadas y la miró con curiosidad.
—¿Tienes hambre? Mateo ha hecho tortilla. Bueno, lo ha intentado.
—No hace falta. Tengo el bocadillo que me ha dado sor Teresa.
—Pues guárdalo para mañana, que es tuyo. Y no te asustes por lo de hoy, que aquí nunca coincidimos todos. Mañana sí. Mañana cenamos los seis juntos, que llegas tú y hay que celebrarlo.
Lucía hundió el sobre de dinero al fondo de la maleta, lo tapó con un vestido y la cerró. Después se quedó de pie, sin saber qué hacer con las manos.
Desde la cocina, Mateo gritó:
—Lucía, ¿te gusta la tortilla poco hecha o bien hecha?
—¡Poco hecha! —contestó ella enseguida.
—¡Alguien con criterio! —dijo Mateo.
—Ves, ya sabes algo de esta casa —dijo Clara, sonriendo.
Cenaron los tres en la cocina. La tortilla estaba medio rota y un poco líquida y a Lucía le pareció la mejor que había comido en su vida, aunque no se lo dijo por vergüenza.
Mateo se lo notó igualmente. Hablaron de la ciudad, de los autobuses que no pasan nunca y de un gato que vivía en el tejado de enfrente y que según Clara ya era de la familia.
Nadie le pidió que contara nada de su vida.
Por una vez no tuvo que dar explicaciones, ni inventar, ni esconder nada que doliera.
Cuando se acostó, el silencio del cuarto no era el del dormitorio de seis niñas.
No había respiraciones conocidas al otro lado, ni una cuidadora haciendo la ronda con el llavero.
Clara dormía de espaldas, con una mano fuera de la manta.
Lucía se quedó un rato despierta, mirando el azul suave del techo, y tocó la pulsera que llevaba en la muñeca.
Tenía dieciocho años, una llave atada a una etiqueta y un sobre escondido debajo de la ropa. A la mañana siguiente empezaría a trabajar. Dentro de seis meses tendría que marcharse otra vez.
Pasada la medianoche se abrió la puerta de la calle. Se oyeron dos voces que intentaban hablar bajito y no lo conseguían.
—¿Es la nueva?
—Chsss. Que está durmiendo.
—No está durmiendo. Se ha reído.
Lucía se metió bajo la almohada para que no la oyeran y siguió riéndose hasta que se quedó dormida.