AZUL Capítulo 25
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Capítulo 25

Los días siguientes fueron su luna de miel.

No se marcharon de viaje. Se quedaron en casa, abrieron los regalos, leyeron las cartas y se acostumbraron a llamarse marido y mujer sin que esa palabra les diera vergüenza.

Salían a comprar y volvían con cualquier excusa para quedarse abrazados en el sofá y se olvidaban por completo del resto del mundo.

Una tarde Carmen pasó con una bolsa de pastas.

—No quiero detalles —dijo Carmen nada más verlos—. Es que tu cara recién levantada ya decía bastante.

—Mi esposa tiene una cara preciosa —dijo Mateo.

Lucía le tiró un cojín del sofá a la cabeza.

Carmen se despidió entre risas, encantada de dejarlos otra vez solos.

No necesitaban ir lejos para sentir que empezaban algo nuevo. El piso seguía siendo el mismo, con el sofá azul, la cocina pequeña y las herramientas de Mateo apareciendo donde no tocaba. Pero ahora era su casa de una forma distinta.

Pasaron unos meses antes de que Lucía se atreviera a decirlo en voz alta.

Vivían bien. Después de la boda, Lucía dejó de trabajar en Construcciones Valdés y empezó a trabajar junto a Mateo en la ferretería.

Cenaban tarde y discutían por cosas sin importancia, como dónde dejar las facturas o quién se había olvidado de regar la planta de la ventana.

A Lucía le gustaba aquella vida, pero a veces, al mirar a Mateo, imaginaba cómo sería verlo con un niño en brazos.

Una noche, después de cenar, estaban sentados en el sofá. Mateo leía el periódico y Lucía tenía los pies sobre sus piernas. Él le acariciaba el tobillo con una mano.

—Mateo.

—Dime.

—He estado pensando en algo.

Mateo dejó el periódico a un lado.

—¿Es algo malo?

—No. Creo que es algo bueno. Solo que me da miedo decirlo.

Mateo le cogió la mano.

—Entonces dímelo como puedas.

Lucía lo miró.

—Quiero que tengamos un bebé.

Mateo se quedó mudo por un instante. La miró como si necesitara estar seguro de haberla oído bien.

—¿De verdad?

—Sí. No mañana ni porque crea que toca hacerlo. Quiero que sea porque los dos lo queremos. Me da miedo pensar en el embarazo, en el parto y en no saber hacerlo bien. Pero también quiero intentarlo contigo.

Mateo dejó escapar el aire y la abrazó.

—Yo también quiero. Hace tiempo que lo pienso, pero no quería hablarlo por si tú no estabas preparada.

Lucía apoyó la cara en su hombro.

—Hay otra cosa que me da miedo. Mis ojos.

Mateo no fingió no entenderla.

—Puede que nuestros hijos vean como yo. Puede que no. Pero, si les pasa, no quiero que se sientan solos ni que crean que hay algo malo en ellos.

—No estarán solos —respondió Mateo—. Nunca tendrán que fingir que ven las cosas como los demás ni callarse por miedo a que alguien no los entienda. Si les pasa, lo aprenderemos con ellos. Y, aunque no sepamos responder a todo, siempre sabrán que pueden venir a nosotros.

A la semana siguiente Lucía pidió cita con la ginecóloga que Carmen le había recomendado.

Hablaron de dejar la píldora, de las revisiones y de lo que convenía hacer antes de buscar un embarazo.

Lucía salió de la consulta con unas indicaciones en el bolso y una sensación nueva: la decisión ya no era solo una idea que le daba vueltas en la cabeza.

No se lo contaron a nadie. Durante un tiempo siguieron con sus días, con el trabajo y con las cenas en casa.

Algunas noches Lucía pensaba que quizá tardarían mucho.

Otras se asustaba y se decía que todavía podían esperar.

Mateo no la presionaba. Solo le recordaba que aquella decisión era de los dos.

Una mañana, varias semanas después, Lucía se quedó mirando el calendario de la cocina. Llevaba días cansada y la regla no le había bajado. No quiso hacer suposiciones. Pidió cita y fue sola a la consulta.

La ginecóloga la recibió, le hizo preguntas y esperó a que se sentara antes de confirmar la sospecha.

—Estás embarazada.

Lucía se quedó quieta, con las manos sobre el bolso.

—¿Está todo bien?

—Por lo que vemos ahora, sí. Tendremos que hacer revisiones, como con cualquier embarazo, pero de momento está bien.

Al salir se sentó en un banco. No sabía si reír, llorar o volver a entrar para asegurarse de que había oído bien. Pensó en Mateo y fue hacia la ferretería.

Él estaba colocando una caja de bombillas en una estantería. Al verla entrar, dejó la caja donde estaba y fue hacia ella.

—¿Cómo ha ido?

Lucía sacó el papel del bolso y se lo dio. Mateo leyó la nota una vez. Se quedó quieto y después la miró. Durante un instante no supo qué hacer con las manos.

—Estoy embarazada —dijo ella.

Luego dejó el papel sobre el mostrador y la abrazó. Lucía le rodeó la espalda con los brazos.

—Vamos a tener un bebé —murmuró él.

—Sí.

Le dio miedo. Le dio alegría. Su vida acababa de cambiar. Mateo estaba allí, abrazándola, y eso fue lo único que necesitó durante un rato.

La primera ecografía importante fue unas semanas después. Mateo cerró la ferretería antes de tiempo para acompañarla. En la sala de espera hablaba poco y movía un pie sin darse cuenta.

—Estás más nervioso que yo —le dijo Lucía.

—No es verdad.

—Pues para con el pie.

Cuando entraron, la ginecóloga revisó que todo estuviera bien y preparó la ecografía. Lucía apretó la mano de Mateo. La doctora miró la pantalla unos segundos.

—Aquí hay un latido —explicó—. Y aquí hay otro.

Lucía tardó un momento en reaccionar.

—¿Dos?

—Dos bebés. Y los dos están bien.

Mateo se quedó muy serio. Lucía pensó que iba a decir algo importante, pero él solo se tapó la boca con una mano. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Vamos a tener dos bebés —consiguió decir.

Al salir fueron a una cafetería. Mateo pidió dos vasos de leche y se sentó frente a ella.

—Dos bebés —repitió.

Lucía se echó a reír y terminó llorando. Mateo se sentó a su lado y la abrazó.

—Llora todo lo que quieras —le dijo—. Pero no te quedes con el miedo dentro.

No hablaron mucho más de camino a casa. Los dos estaban contentos y asustados a la vez. Mateo repetía que eran dos como si, al decirlo, pudiera acostumbrarse a la idea. Lucía le apretaba la mano y pensaba en dos cunas, dos mantas y dos voces llamándola algún día desde habitaciones distintas.

Durante las primeras semanas se lo contaron a la gente más cercana.

Manuel y Elena llevaron pastas a la ferretería.

Carmen dijo que necesitaba sentarse porque dos bebés eran demasiada noticia para recibirla de pie.

Loli gritó por teléfono y tuvo que disculparse con la mujer que dormía en la habitación de al lado.

Pili escribió que los gemelos daban trabajo, pero que también llenaban una casa de una manera que nadie sabía explicar.

El embarazo siguió adelante. Lucía se cansaba más de lo normal y algunas mañanas el olor del café le revolvía el estómago, pero las revisiones salían bien.

Mateo no dejaba de preguntarle si necesitaba algo.

Ella le contestaba que no a casi todo, hasta que él aprendió a dejar un vaso de agua cerca y a no hacer preguntas cuando la veía tumbada en el sofá.

Alrededor del quinto mes volvieron a la consulta. La barriga ya se le notaba bajo los vestidos y los dos bebés se movían a menudo. La ginecóloga miró la pantalla durante un rato y después sonrió.

—¿Queréis saber si son niñas o niños?

Lucía buscó la mano de Mateo.

—Sí.

La doctora señaló primero una forma y después la otra.

—Son dos niñas.

Mateo soltó el aire de golpe. Lucía se quedó mirando la pantalla. No supo qué decir. Pensó en dos niñas con voces distintas, con el pelo revuelto al despertarse, peleándose por una muñeca y preguntando cosas que ella quizá no sabría responder.

Cuando salieron, Mateo la abrazó en mitad de la acera.

—Dos niñas.

—Dos niñas —repitió ella.

Lo celebraron con una comida en casa de Carmen.

Clara llevó una tarta pequeña. Loli y Emilio aparecieron con un paquete de pañales.

Pili llegó con Ginés y el niño, que terminó escondiendo unos juguetes debajo del mantel.

La tarde se llenó de voces, platos y risas.

Hablaron de nombres, de cunas y de quién se parecía a quién sin que las niñas hubieran nacido todavía.

Los miedos llegaron después. No aparecieron de un día para otro, sino en momentos pequeños.

Cuando Lucía doblaba una manta, se preguntaba de qué color la verían sus hijas.

Al pasar junto a una escuela, imaginaba a dos niñas señalando un dibujo y diciendo algo distinto de lo que esperaban los demás.

Por la noche pensaba en las veces que ella se había callado de pequeña para no equivocarse.

Intentó no darle demasiada importancia. Ya le había hablado a Mateo de sus miedos y él le había contestado que no pasaría nada.

Pero, cuanto más crecía la barriga, más difícil le resultaba creerlo.

No le daba miedo que sus hijas vieran azul.

Le daba miedo que se sintieran raras, que alguien se riera de ellas o que no supieran explicar lo que veían.

Una noche se despertó con mucho calor. Mateo dormía a su lado. Lucía se levantó con cuidado y fue a la cocina. No encendió la luz. Se sentó en una silla y puso las dos manos sobre la barriga. Las niñas se movieron, una detrás de otra, como si también ellas estuvieran despiertas.

Mateo la encontró al cabo de un rato. No le preguntó enseguida qué ocurría. Se sentó a su lado y esperó.

—No puedo dejar de pensar —dijo Lucía al final.

—¿En qué?

—En ellas. En que igual ven como yo. En que igual no saben decirlo. En que alguien les diga que no es normal y ellas se lo crean.

Mateo le cogió las manos. Lucía tenía los dedos fríos.

—No van a estar solas.

—Tú no puedes saberlo.

—Sé que van a tenernos a nosotros. Y sé que, si ven todo azul, no van a tener que descubrirlo solas en un dormitorio ni aprenderse los colores por miedo a equivocarse.

Lucía bajó la mirada. Le temblaba la boca.

—Yo no sé si sabré hacerlo bien.

—Yo tampoco sé si sabré ser padre. Pero no vamos a hacerlo solos. Estarán todos nuestros amigos que nos ayudarán. Las niñas tendrán mucha gente a su lado. Y si algún día tú tienes miedo, me lo dices. Aunque sea a las tres de la mañana y aunque no sepas explicarlo.

Lucía se echó a llorar. Mateo la abrazó sin intentar que dejara de hacerlo. Ella apoyó la cara en su hombro y dejó salir todo lo que llevaba semanas guardando: el miedo al parto, el miedo a no reconocer el llanto de una hija, el miedo a que las dos necesitaran algo que ella no supiera darles.

Mateo la escuchó hasta que terminó de soltarlo todo.

Después le habló de cosas sencillas: de poner las dos cunas junto a la ventana, de aprender a cambiar pañales aunque al principio lo hicieran mal y de llevarlas a Santa Marta para que conocieran el patio donde Lucía había crecido.

No prometió que todo sería fácil. Le prometió que no se iría.

Al día siguiente, Lucía llamó a Carmen. Le dijo que estaba pasando unos días difíciles y que le vendría bien hablar con alguien. Carmen apareció esa tarde con fruta y se sentó con ella en la cocina.

—Mateo me ha dicho que tienes la cabeza llena de cosas —dijo Carmen.

Lucía quiso responder que estaba bien, pero no le salió.

—Tengo miedo de no saber ser su madre.

Carmen no le dijo que aquello era una tontería. Tampoco le prometió que nunca le pasaría nada malo a las niñas.

—No vas a saberlo todo el primer día —respondió—. Nadie lo sabe. Pero tú escuchas. Has escuchado a las niñas de Santa Marta, a tus amigas y a Mateo. Escucharás a tus hijas. Y cuando no entiendas algo, pedirás ayuda. Eso también es ser madre.

Lucía se quedó pensando en aquellas palabras. No hicieron desaparecer el miedo, pero le dejaron un sitio donde ponerlo.

Con el paso de las semanas prepararon la habitación para las gemelas.

Mateo montó dos cunas con ayuda de Manuel.

Elena lavó ropa pequeña y la dobló en montones.

Lucía eligió dos mantas que para ella eran distintas: una de un azul muy claro y otra de un azul más intenso.

No preguntó cómo las llamaban los demás.

Al final del embarazo dejó de ir a la ferretería.

Le costaba estar de pie y terminó aceptando que necesitaba descansar.

Mateo volvía cada tarde, le contaba lo que había pasado en la tienda y se arrodillaba junto a la barriga para hablar con las niñas.

Decía que todavía no podían entenderlo, pero les hablaba igual.

El parto empezó una madrugada. Lucía se despertó con un dolor que no se parecía a los demás. Esperó unos segundos a que pasara. No pasó.

—Mateo.

Él abrió los ojos enseguida.

—¿Qué ocurre?

—Creo que ha empezado.

Mateo se levantó tan rápido que casi tropezó con una silla. Buscó la bolsa que habían dejado preparada y comprobó varias veces que llevaba todo.

—No estoy bien, Mateo. Estoy de parto —le recordó Lucía cuando volvió a preguntarle si se encontraba bien.

—Es verdad. Perdón. Vamos.

En el hospital las horas fueron largas. Lucía tuvo miedo, dolor y momentos en los que creyó que no podía más. Mateo estuvo junto a ella. Le daba la mano cuando la buscaba y le hablaba cuando quería oír una voz conocida.

—No puedo más —dijo Lucía en uno de aquellos momentos.

—Descansa un poco. Cuando puedas, seguimos.

Una enfermera le explicó cómo respirar. Lucía se concentró en eso: respirar, apretar la mano de Mateo y dejar pasar un dolor después de otro.

La primera niña nació poco después de que amaneciera. Lloró fuerte en cuanto la enfermera la levantó. Lucía empezó a llorar también. Mateo tenía la cara mojada y no intentaba esconderlo.

—Una niña —anunció la enfermera.

La otra nació poco después. Era más pequeña y lloró menos, pero también estaba bien.

—Otra niña. Las dos están perfectas.

Mateo miró a Lucía sin encontrar palabras.

—Son preciosas —consiguió decir.

Le pusieron a una sobre el pecho y después a la otra, muy cerca. Lucía las miró. Eran pequeñas, arrugadas y calientes. Una abría y cerraba la mano contra su piel; la otra parecía protestar por haber llegado al mundo.

—¿Cómo se llaman? —preguntó la enfermera.

Lucía y Mateo se miraron.

—Teresa —dijo Lucía.

—Y Marta —añadió Mateo.

Más tarde, ya entrada la mañana, las dos niñas dormían juntas en la cuna. Mateo estaba en un sillón, con la camisa arrugada y los ojos cerrados. Lucía se acercó a mirarlas respirar.

No sabía cómo verían el mundo cuando fueran mayores. Quizá lo verían lleno de azules como ella. Quizá lo nombrarían de otra manera. No necesitaba saberlo todavía. Cuando empezaran a hablar, les preguntaría qué veían y escucharía de verdad su respuesta.

Mateo se despertó, fue hasta ella y le rodeó los hombros.

—¿Estás bien?

Lucía miró a Teresa y a Marta una vez más.

—Tengo miedo de muchas cosas. Pero estoy bien.

Mateo la besó. Los cuatro se quedaron en silencio, mirando cómo entraba la luz por la ventana.