CAPÍTULO 22 — NO VUELVO COMO A-1
La mañana ya estaba allí. Luz de sobra. El mar seguía apagado entre los pinos y la roca.
Había sal en la ropa, humedad en las mangas y algo agrio pegado a la piel.
Abajo, insultantemente cerca, seguía la vida normal: un motor, alguien camino del trabajo, una furgoneta blanca cruzando una carretera que parecía de otro planeta. Todo cerca. Todo imposible de tocar.
Mateo iba un paso atrás, sucio, con una marca roja cerca de la ceja.
Clara sujetaba a Nerea por la cintura. Isaac barría el terreno con los ojos.
Jan caminaba junto a Luján, rígido bajo el cielo abierto.
La luz le hacía daño; entornaba los ojos, abría uno apenas y volvía a mirar el suelo como si el cielo fuera un pasillo sin techo.
Dos veces levantó la mano hacia la nuca, buscando una marca que ya no estaba.
Dos veces la bajó al darse cuenta de que nadie le había dado una orden.
No se quejaba. Eso también era una forma de daño.
Había sangre seca en la manga de Luján, en los nudillos, debajo de las uñas.
No toda era suya. Dobló los dedos sin querer. El dolor llegó después.
Jan vio la mano. Se acercó medio paso y tocó con un dedo la costra de sangre que le cruzaba un nudillo.
No preguntó. No buscó una frase bonita. Solo comprobó que seguía allí.
Luján pensó que quizá eso era una forma de hermano.
De las buenas, tampoco. Una posible. Clara consiguió sentar a Nerea sobre una piedra plana.
En cuanto aflojó el agarre, el cuerpo se escurrió hacia un lado.
—Eh. Mírame.
Nerea abrió los ojos.
—Te veo fatal.
—Perfecto. Entonces ves.
Clara le tocó la frente. Ardía. A Luján le vino una imagen absurda: Carmen en una cocina tocándole la frente cuando era niña y diciéndole que no pasaba nada, que bebiera agua, que no hiciera teatro.
Un cuidado torpe, lleno de esquinas. Como Carmen misma.
Ahora no había cocina. No había termómetro. No había madre.
Solo una senda rota del Garraf, Nerea ardiendo bajo una lona vieja y Jan mirando la fiebre con una atención callada; parecía que el cuerpo enfermo de otra persona también fuera un idioma nuevo. Isaac señaló una construcción medio hundida entre los árboles.
—Masía a doscientos metros. Tiene paredes.
Clara levantó la mirada.
—Paredes. Qué lujo.
—Es lo que hay.
—Me estoy cansando de esa frase.
—Todos.
Jan le rozó dos veces el dorso de la mano, rápido, casi sin saber si pedir permiso. Señaló a Nerea. Luego la masía.
—Primero ella.
Ayudaron a Nerea a levantarse. Clara cargó casi todo el peso.
Mateo se colocó al otro lado y esta vez no discutió con Luján, ni con Jan, ni con nadie.
Solo sostuvo. A veces proteger era solo eso: sostener a alguien cuando la decisión ya estaba tomada.
La masía apareció entre pinos bajos: un edificio vencido contra la roca, tejado hundido, grietas gruesas, una ventana tapada con tablas.
No parecía abandonada del todo. Parecía apartada de la vista.
Isaac entró primero. Dentro olía a humedad, madera vieja y colchón podrido. Moscas pegadas al cristal roto. El tipo de sitio donde nadie se queda por gusto, lo cual, dadas las circunstancias, casi lo convertía en una opción. Tumbaron a Nerea sobre una manta.
—No cierres los ojos.
—Solo un poco.
—Abiertos.
—Qué lata.
—Antes me caías mejor.
—Mentira.
Clara le apartó el pelo de la frente y se mantuvo ahí, mirándola con una rabia quieta. Después levantó la vista hacia Luján.
—La bajamos en cuanto podamos.
—Sí.
—No cuando tú decidas que ya has entendido bastante.
Aquello le entró sin ruido. Luján no se defendió.
—Sí.
Clara tardó en asentir. Esa fue su decisión propia: no romperse, no perdonarlo todo, pero quedarse dentro del camino porque Nerea respiraba y Jan estaba vivo y Carmen había dejado una hoja que les había quitado el derecho a fingir que aquello terminaba allí.
Isaac volvió de la parte trasera con un llavero viejo. Una chapa metálica.
S-4.
Antes de que Isaac hablara, Luján miró hacia la puerta de la masía.
Desde allí no se veía el hospital de Sant Pere ni la cama donde Carmen había dejado de respirar.
No se veía nada de lo que importaba. Eso la enfadó con una violencia ridícula, práctica: tenían un muerto pendiente, una amiga ardiendo, un hermano que no sabía pisar una habitación sin pedir permiso al aire, y con todo el mundo seguía obligándolas a elegir el siguiente pasillo.
Clara también volvió la cara hacia fuera.
No dijo el nombre de su madre, pero la boca se le movió con un gesto que Luján conocía.
La misma de cuando eran niñas y Carmen no aparecía a buscarlas cuando tocaba y Clara fingía que no le importaba.
Allí, con Nerea sobre una manta sucia, la mentira ya no le salía igual.
Jan retrocedió un paso. Se apoyó en una columna y se llevó dos dedos al cuello.
—No ahí.
Clara alzó la vista.
—¿Qué es S-4?
Isaac guardó el llavero en el puño.
—Registros —dijo Isaac, y la palabra se le quedó sucia en la boca—. Lo llamaban servicio cuatro cuando querían que pareciera mantenimiento. O salida. O sector. Cambiaban la S para que nadie pudiera seguir el rastro completo.
Isaac pasó el pulgar por el borde ennegrecido de la chapa. Tenía las manos firmes, pero la voz no.
—Yo vi una igual hace años. Abrí un cajón, vi nombres donde debía haber números y lo cerré. Eso es lo que hice. Cerrarlo.
—Personas —dijo Clara.
Isaac no apartó los ojos de la chapa.
—Registros de personas.
—¿Y está aquí arriba? —preguntó Mateo.
—Puede.
Luján miró la chapa. S-4 ya había aparecido en la señal oxidada del camino. Aquello no parecía una salida; era otra capa. Jan extendió la mano. Isaac no se lo dio. Jan insistió. Sin voz.
—¿Lo reconoces? —preguntó Mateo.
Jan negó. Luego arañó la chapa con la uña, dos golpes mínimos.
—Abre.
Isaac lo miró con una dureza extraña. No de desconfianza. De cálculo. Después bajó la mano.
—Si te lo doy, no salgas corriendo.
Jan lo miró.
—No corro.
Nadie supo qué contestar a eso. Isaac le lanzó el llavero. Jan lo cazó contra el pecho. La chapa le abrió una raya fina en la piel. No la soltó. La guardó bajo la camiseta, contra la carne. No se la iba a dar a nadie. Nerea abrió los ojos desde la manta.
Jan abrió la mano bajo la camiseta y sacó la chapa. La miró por los dos lados, despacio, como si leyera algo que no estaba escrito. Después señaló la masía, la pendiente y el punto por donde habían salido.
—Ellos bajan —dijo.
La frase no salió del todo correcta, pero la idea sí. Jan ordenaba el espacio. Luján sintió una punzada rara, casi orgullo, casi miedo: no repetía una instrucción; construía una salida con los restos de un idioma que todavía le quedaba grande.
Isaac lo entendió primero.
—Quieren que corramos hacia abajo.
Jan asintió una vez. Luego señaló a Nerea.
—Lenta.
Nerea levantó la cabeza lo justo.
—Gracias por el informe, cariño.
Jan la miró sin saber si aquello era una queja. Clara, agotada, soltó una respiración que casi fue risa. Casi. El sonido humano duró nada, pero bastó para que la masía dejara de ser solo un escondite.
—S-4 no es abajo.
Isaac giró hacia ella.
—¿Qué?
—En la señal… —tuvo que parar un segundo—. Estaba en la subida. No en la entrada.
Mateo miró a Isaac. Isaac no sonrió, pero algo en su cara cambió.
—Bien vista.
Nerea apretó los párpados.
—Me lo apunto para cuando no esté muriéndome.
—No te estás muriendo —dijo Clara.
—Te ha dado con eso.
Fuera crujió una rama. Todos callaron. La voz llegó desde el otro lado de la puerta. Baja. Serena de una forma casi obscena.
—A-1.
Jan se puso duro. Lo que la golpeó no fue la voz, sino el número.
—El sujeto A-2 debe ser devuelto.
A Luján le salió una risa corta. No tuvo gracia. Tampoco pretendía tenerla. Apoyó la mano vendada en la madera húmeda. La venda se mojó. Escoció.
—Su nombre es Jan.
Una pausa.
—La orden de restitución sigue activa.
Isaac bajó mucho la voz.
—Delta.
Clara lo miró desde el suelo.
—¿Es una persona?
Isaac tardó una fracción en responder. La voz de fuera seguía quieta al otro lado de la puerta, dispuesta a esperar todo el día.
—No es… —Isaac se detuvo. Le salió una risa seca, horrible, sin humor—. Ojalá fuera una persona, Clara. Ojalá tuviera cuello, despacho, firma en una puerta. Delta era la casilla que usábamos cuando nadie quería aparecer.
—A veces ponía material. A veces respuesta. A veces desviación. Yo lo leí. Más de una vez. Y cerré cajones. Esa es mi parte. No tengo una frase más limpia.
—No penséis en una nube —añadió Isaac, y la voz se le rompió por un sitio más vulgar—.
Había gente. Tres turnos, teléfonos sin nombre, una impresora que sacaba etiquetas y un sello con el triángulo.
El que firmaba con su nombre cargaba con el expediente; el que ponía Delta salía sin mancharse. Por eso sobrevivió.
Isaac tragó saliva. No miró a Jan cuando añadió:
—Funciona por retorno. D-17 entra, A-2 responde, Delta reclama. No necesita odiaros. Con que el circuito se cierre, le basta.
Se frotó la cara con la mano sucia. Después la bajó enseguida, como si le diera asco tocarse.
—¿Y ahora?
Isaac necesitó un segundo antes de seguir.
—Ahora está reclamando lo mismo —dijo Isaac. No pudo decir material otra vez. Se le quedó atravesado, y nadie se lo agradeció.
Jan levantó la cabeza. No miró a Isaac como se mira a un médico, ni a un guardia, ni a nadie que pudiera darle permiso.
—No material.
Lo dijo despacio, con una dificultad áspera, pero lo dijo entero. Isaac cerró los ojos un segundo. Aquello sí le hizo daño.
La palabra quedó en el aire. Jan no apartó la vista y eso le dio miedo. Volver como A-1 era eso: aceptar la categoría otra vez, dejar que la llamaran por el hueco que le habían asignado antes de nacer. Entrar como respuesta. Como vínculo. Como una pieza que se mueve cuando le enseñan a su hermano.