Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 22 — NO VUELVO COMO A-1 #2
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CAPÍTULO 22 — NO VUELVO COMO A-1 #2

Se acordó de la llamada de las 6:03. Cuarenta y siete segundos vacíos.

Sin voz guardada. Sin recuerdo. No sabía quién había estado al otro lado ni qué había dicho ella, si había dicho algo.

Ahora ya no parecía una llamada perdida.

Parecía el primer acceso; una pieza que todavía no le habían dejado mirar de frente.

Ahora sí. Ahora ese nombre ya no parecía colocado al final de la nada.

Estaba en la pantalla. En la hoja de Carmen.

En la boca de Isaac. En la calma de esa orden al otro lado de la puerta. Luján miró a Clara. Luego a Jan.

La llamada quedaba abierta, sí. Ya no flotaba como casualidad ni como pista perdida: había sido el primer acceso. Alguien probó desde fuera si ella seguía respondiendo antes de que Luján supiera que aún tenía algo a lo que responder.

—Dile a Delta que no vuelvo como A-1.

Clara la miró desde el suelo, con Nerea contra las piernas. Sin reproche. Y eso ya era bastante. Jan seguía junto a la puerta. Había oído A-1 y A-2. Esa vez no miró las baldosas.

Soltó la mano de Luján por primera vez desde la compuerta, dio un paso hasta la puerta y apoyó la frente en la madera.

—Jan —dijo.

La voz de fuera no volvió.

—Jan —repitió él, más fuerte.

Después apoyó la palma en la madera, no para obedecer, sino para impedir que el número entrara otra vez. Abrió los dedos. Uno a uno.

No sonó a súplica. Sonó a corrección. Un golpe llegó desde más lejos. Una señal. Mateo se acercó a la ventana rota.

—Se mueven.

Isaac señaló la parte trasera.

—Por atrás. Ya.

Salieron entre zarzas, piedra húmeda y olor a pino. Abajo, los coches empezaban a subir por la pista. Arriba, la senda se abría hacia una zona más alta del macizo. El mar quedaba detrás, apagado, casi quieto. Clara llevaba a Nerea casi encima.

—No la dejo atrás.

—Nadie ha dicho eso —respondió Luján.

—Lo estoy diciendo yo para que conste.

Luján asintió.

—Consta.

Mateo pasó la vista de Luján a Jan y luego a la senda.

Por primera vez no señaló el camino. Se quedó bloqueado con la boca entreabierta, sucio, sin fuerzas para fingir que tenía un plan.

Jan, en cambio, ya estaba mirando las salidas.

No las caras. Las salidas. Apretó S-4 bajo la camiseta con el antebrazo, como un animal que protege comida o refugio. Mateo se colocó al otro lado de Nerea.

—Primero ella.

Jan levantó la chapa S-4 bajo la camiseta. Había sangre en el metal. Isaac la vio y asintió.

—S-4 puede estar arriba.

—Después S-4 —dijo Mateo.

Jan negó. Todos lo miraron. El viento movió los pinos, y por un instante Luján pensó que Jan no iba a poder sostener tantas miradas encima. Pero lo hizo. Señaló a Nerea.

—Ella.

Se tocó el pecho.

—Yo.

Luego levantó la chapa.

—Abro.

Fueron tres palabras pobres, casi mal puestas, y cambiaron algo.

Jan decidía qué hacer con la llave. Carmen seguía en Sant Pere.

Pendiente, pensó Luján, y la palabra llegó sin ceremonia: la despedida, el cuerpo, los papeles, todo lo que esa mañana habían ido apartando porque alguien no les había permitido tener una mañana normal. Miró a Clara.

Su hermana lo entendió sin que hiciera falta decirlo. Si bajaban ahora, Jan desaparecía. Si seguían sin mirar atrás, Carmen quedaba sola un poco más. No muerta. Sola. Y eso en una hija pesa distinto.

—No la estoy dejando —dijo Luján.

Clara sostuvo su mirada. Luján tuvo que coger aire. Tenía la garganta llena de sangre vieja y de todo lo que no habían podido llorar.

—Estoy siguiendo lo que nos dejó.

Un momento Clara pareció odiarla por eso. Después miró a Jan, la sangre seca en la piel, el nombre recién recuperado, la prueba viva de una pérdida que también era suya. La rabia no se le fue. Cambió de sitio.

—Volveremos a por ella —dijo Clara—. Y no solo a por ella.

No miró a Luján cuando añadió:

—No voy detrás de ti, Lu. Voy porque también es mío.

Esta vez no fue una pregunta. Luján asintió.

—Volveremos.

Clara no la abrazó. Ni falta que hacía. Le rozó la muñeca con dos dedos, torpe, casi de mala gana, como si aún estuviera enfadada pero necesitaba comprobar que seguía allí. Luján dejó la mano quieta. Un segundo. Luego siguieron.

La palabra no arregló nada. No devolvió el cuerpo de Carmen a una cama de hospital ni convirtió a su madre en alguien fácil de llorar.

Pero puso algo en su sitio: no estaban huyendo de ella.

Estaban siguiendo lo único claro que les había dejado.

Clara sacó el móvil. No había cobertura.

En la pantalla seguía abierto el número del hospital de Sant Pere, una llamada a medio hacer, un trámite atrapado entre roca y pinos.

Lo guardó sin apagarlo. Nadie se atrevió a decir «luego».

Ya habían aprendido que luego era una palabra peligrosa.

Luján metió dos dedos en el bolsillo y tocó la hoja de Carmen, arrugada ya por los bordes.

No olía a ella; olía a papel húmedo, a humo, a bolsillo.

Aun así, la apretó como si fuera la manga de la chaqueta de punto.

No lloró. Pero por primera vez no apartó la muerte de su madre para poder seguir andando.

Jan oyó el nombre de Carmen y giró la cabeza.

La palabra madre le rozó la boca y no salió.

Había demasiadas puertas entre una cosa y otra. Solo murmuró:

—Venía.

Luján sintió que esa palabra le hacía más daño que cualquier explicación.

Carmen no lo había salvado. Tampoco lo había olvidado del todo.

Entre esas dos verdades cabía una vida entera de culpa, y ninguna les servía para descansar.

Siguieron. Carmen quizá no merecía perdón.

Jan quizá nunca podría decir madre sin quedarse quieto por dentro.

Y Clara iba a guardar, seguramente para siempre, aquella elección: otra puerta antes que un hospital.

Entonces sí se permitió parar un segundo. Solo uno. No para llorar bien, ni para cerrar nada, sino para aceptar que Carmen seguía allí, en Sant Pere, esperando una despedida que sus hijas todavía no podían darle. La culpa no se fue. Se ordenó lo justo para dejarla caminar.

Antes de seguir, Luján sacó el móvil. Sin cobertura. Lo miró igual que si pudiera obligarlo a servir para algo. Abrió el contacto del Hospital General del Garraf y dejó el pulgar sobre la pantalla apagada.

—Cuando haya señal, llamamos —dijo.

Clara se giró. Tenía a Nerea apoyada contra el costado y la cara deshecha, pero en esa frase encontró algo sólido. —Las dos.

—Las dos.

—Y preguntamos por sus pertenencias. Y por quién estaba con ella.

Luján asintió. Tragó saliva. No servía de perdón ni de despedida. Servía para volver a poner a Carmen en la escena sin dejar que Delta decidiera también cuánto merecía ser llorada.

Jan escuchó el nombre sin decir nada. Carmen. Lo movió apenas con los labios, sin sonido. Después miró a Luján. No preguntó quién era. Quizá ya lo sabía como nadie podía explicar bien. Quizá solo entendió que aquella palabra dolía.

—Mamá —dijo Luján, y al decirlo no supo si hablaba de la mujer que la había criado, de la que había callado de más, o de la que había doblado una nota para que no estuviera sola cuando por fin se abriera la caja.

Clara cerró los ojos un segundo. Jan no repitió la palabra. Esta vez no. La guardó, quizá. O la dejó pasar porque aún pesaba de más.

No sabía si aquello era valentía o puro cansancio.

Solo tenía clara una cosa pequeña: no iba a girarse porque una voz la llamara A-1.

La hoja de Carmen crujió dentro del bolsillo.

No sois el centro. Ninguno. Al fondo de la pista, la voz volvió a llamarla.

Luján siguió andando. Pensó, sin querer, en la taza fregada de aquella mañana, en el vaso girado, en todo lo que alguien había colocado por ella.

Esta vez no. Jan echó a andar primero, con S-4 contra el pecho.

Luján tardó medio segundo en seguirlo. Medio segundo suyo.

FIN DEL LIbrO 1

La historia continúa en PROYECTO AZUL — LIbrO 2

AZUL ERA LA VERDAD