CAPÍTULO 21 — LO QUE QUEDA FUERA #2
La palabra se rompió al final. Nerea la oyó.
Apoyó la frente en el hombro de Clara. Solo un instante.
Después volvió a enderezarse como pudo. Jan seguía mirando.
No a Nerea. A Clara. A esa forma de sujetar un cuerpo, aunque el propio estuviera a punto de fallar.
Había algo desconocido en su cara. No ternura.
Todavía no. Más bien curiosidad dolorosa, como si estuviera viendo una conducta para la que no tenía archivo.
Luján giró hacia él. Él se dio cuenta y apartó los ojos.
—Seguimos —dijo.
Pero no le salió igual. Más bajo. Más humano.
El paso terminó sin avisar. De pronto hubo aire.
No cielo abierto aún. Una cavidad lateral, escondida entre roca y matorral, con una abertura alta por la que entraba luz blanca.
Se veía tierra suspendida. Tierra pisada.
Una cuerda vieja colgando de una argolla oxidada.
En la pared, bajo una costra de humedad, había una marca.
S-4.
No pintada. Grabada. Isaac se acercó sin tocarla.
—Esto es antiguo.
—No tanto —dijo Jan.
—¿Lo recuerdas?
Jan miró la marca.
—No lo recuerdo.
La respuesta llegó antes de que Luján estuviera preparada. Luján esperó. Jan sujetó la chapa contra el pecho.
—La piel sí.
Aquello cayó raro. La piel sí. El cuerpo recordaba pasos, luces, olores, puertas.
Recordaba cuándo agacharse, cuándo no mirar, cuándo una manta estaba mal, cuándo una ranura cerraba si la mirabas más de la cuenta.
Recordaba incluso cuando la cabeza no podía permitírselo.
Luján pensó en su propia mano marcada. En la sábana de aquella mañana.
En el vaso girado. En su reacción ante el término hospital.
El cuerpo también había sabido antes que ella.
—Jan.
Él la miró. La luz de la abertura le daba en media cara. Le marcaba el pómulo, la sombra seca junto a la boca, una línea seca de sangre en el cuello. Seguía pareciendo alguien recién sacado de una habitación cerrada. Pero ya no parecía solo eso.
—Cuando salgamos —dijo Luján—, no tienes que abrir nada más si no quieres.
Mateo la miró. Isaac también. Clara dejó de ajustar el brazo de Nerea. Jan tardó tanto que Luján pensó que quizá no había entendido. Luego bajó la vista a S-4.
—Si no abro, vuelven.
—Puede.
—Si abro, también.
—Sí.
La verdad salió sin adorno. No había forma limpia. Jan tocó la chapa con la yema.
—Entonces elijo.
A Luján le dio un golpe pequeño en el pecho. No fue bonito. Fue casi miedo.
Decir que Jan no era A-2 era una cosa. Verlo elegir con la lógica torcida que le habían dejado era otra.
—Vale —dijo ella.
Mateo abrió la boca, pero Luján no le dejó.
—Vale.
Jan asintió una vez. Como quien guarda una llave. Isaac encontró la segunda salida detrás de una lona de raíces y piedras. No había puerta. Solo una rampa estrecha que subía entre paredes naturales. Más arriba se adivinaba una claridad sucia, blanca y mala para el interior.
—Arriba hay exterior —dijo.
—¿Y vigilancia? —preguntó Mateo.
Isaac olió el aire, igual que si eso pudiera darle una respuesta.
—Viento.
—No he preguntado eso.
—Es lo que hay.
Mateo la miró. No le pidió decidir. Eso fue nuevo. Luján buscó a Clara: sostenía a Nerea con los ojos brillantes de fiebre ajena, rabia y cansancio. Después a Jan. Jan miraba la subida. Se fijó en la marca S-4 grabada en la pared. No somos el centro.
Ninguno.
La frase dejó de sonar a advertencia y empezó a sonar a método.
Los habían colocado donde más dolía: Luján con la culpa, Jan con la chapa, Clara con el miedo, Nerea con la fiebre, Mateo delante de todos, Isaac buscando una salida que quizá ya habían previsto.
Y ellos seguían moviéndose. Luján soltó lento la mano de Jan. Esta vez él sí la dejó.
—Subimos —dijo ella—. Pero no hacia donde nos empujen. Si arriba está limpio, no confiamos. Si está vacío, tampoco. Y si hay una salida fácil, la miramos dos veces.
Mateo hizo un gesto mínimo. Casi aprobación.
—Eso sí me gusta.
—No te acostumbres.
Nerea levantó una mano débil.
—Yo voto por una salida fácil, aunque sea mentira.
Clara la ajustó contra su cuerpo.
—Tú no votas.
—Democracia de mierda.
La frase, tan pequeña, les sostuvo un segundo. Solo uno. Pero bastó. Subieron. La rampa resbalaba bajo los pies. El suelo resbalaba. Isaac iba delante, apartando ramas secas y piedras sueltas con el pie. Clara y Mateo subían a Nerea casi en peso. Nerea ya no protestaba tanto. Eso era peor.
Jan iba detrás de Isaac, pero se mantenía cerca de Luján.
Cada pocos pasos se detenía para tocar la pared, escuchar, medir algo.
En una curva, se le escapó una sílaba: —D…
Se mordió la palabra antes de terminarla.
No la miró. Ella entendió igual. D-17 seguía dentro de él, pegado al reflejo.
—Luján —corrigió, casi sin voz. A mitad de la subida, Luján oyó los motores otra vez.
Más abajo. Más cerca. También voces. No palabras claras.
Órdenes cortas, quizá. Gente acostumbrada a subir por allí sin preguntar nada. Mateo también las oyó.
—Rápido.
Jan negó.
—No rápido.
Mateo lo miró con una rabia agotada.
—Ahora sí, Jan.
—No rápido —repitió él.
Se agachó y apartó unas ramas de la pared izquierda. Había un cable. Fino. Casi invisible. Mateo se quedó helado. Isaac soltó un insulto casi sin voz. Luján no llegó a respirar.
El cable cruzaba la rampa a la altura de la rodilla, cubierto por hojas secas.
No parecía una trampa espectacular. Nada cinematográfico.
Solo un cable fino, vulgar, puesto donde alguien con prisa habría pasado sin verlo.
Mateo miró a Jan. No dijo gracias. Con eso bastó.
Jan tocó el aire justo por encima del cable.
—Rápido cierra.
Después lo rodeó con cuidado y siguió subiendo. A Luján le entró un cansancio enorme. Parecía que le hubieran puesto una mano en la nuca y empujaran hacia abajo. No estaban huyendo. Los estaban dejando elegir mal. Una vez. Otra. Otra. Al final de la rampa, la luz se abrió.
Isaac salió primero y se pegó a la roca. Mateo subió después con Nerea. Clara pasó casi arrastrándose, con la respiración rota. Jan esperó. Luján se detuvo junto a él en el último tramo oscuro. Desde allí se veía solo una línea blanca. Exterior. Mundo. Lo que quedaba fuera.
—¿Te hace daño? —preguntó.
Jan no fingió no entender. Miró la luz.
—Sí.
—Podemos esperar un segundo.
—No puedo.
—Jan.
—Si espero, pienso dentro.
La frase le entró despacio. Si espero, pienso dentro. Luján quiso tocarle el brazo. No lo hizo. No sabía si eso ayudaba o si lo convertía de nuevo en alguien guiado por otra mano.
—Entonces sal tú primero.
Jan la miró.
—¿Primero?
—Sí.
—¿Por qué?
Porque eres una persona, pensó. Porque quiero verte salir sin que nadie te arrastre. Porque si todo esto va de puertas, alguna tendrás que cruzarla sin obedecer ni ser rescatado. No dijo nada de eso. Habría sonado escrito.
—Porque has encontrado el cable.
Jan tardó. Luego entendió que era una mentira útil.
O un permiso disfrazado. Sujetó S-4 contra el pecho y salió.
La luz lo tragó primero. Luján lo siguió.
Durante un instante no vio nada. Solo blanco.
Aire. Viento. La mañana entrando de golpe en los ojos.
Detrás quedaban la instalación, la compuerta, Damián, la sala blanca, el zumbido de abajo y todo lo que todavía no sabían nombrar.
Delante, el macizo se abría en piedra, pino bajo y mar escondido.
Jan estaba de pie a pocos pasos, rígido, con los ojos casi cerrados. Pero de pie. Fuera. Luján respiró. No bien. Pero respiró. Y el monte les devolvió al día.