Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 21 — LO QUE QUEDA FUERA
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CAPÍTULO 21 — LO QUE QUEDA FUERA

Mateo llevaba a Nerea, por un lado. Clara la sujetaba por el otro, con el pelo pegado a la frente y la cara de quien ya no sabe si está sosteniendo a alguien o sosteniéndose ella misma.

Nerea intentaba colocar los pies donde tocaba, pero las piernas le respondían con retraso.

Cada dos pasos se le doblaba una rodilla. Cada vez, Clara la apretaba más.

—No te caigas.

—No lo hago por gusto.

La voz le salió baja. Casi suya. Luján miró hacia atrás.

El almacén seguía abierto, oscuro por dentro, quieto, asquerosamente quieto.

Un refugio de diez minutos. Menos, quizá.

Una pared, una lona sucia, algo de aire sin cámaras visibles.

Eso era todo lo que el mundo les había concedido.

Desde abajo llegó un motor. No encima de ellos.

Todavía no. Pero subía. Mateo giró la cabeza.

—Tenemos que movernos.

Jan levantó una mano. No pidió silencio; lo marcó desde un lugar aprendido antes del lenguaje.

Todos obedecieron. La obediencia lo sobresaltó un segundo, como si le hubiera devuelto otra sala, otro techo, otra orden.

Tragó, bajó la mano despacio y volvió a escuchar con el cuerpo entero: sin parpadear, con la chapa pegada al pecho y los pies separados lo justo para salir corriendo o quedarse clavado allí.

Después señaló hacia arriba. No hacia la senda más clara. Más arriba.

A la derecha, entre dos rocas con musgo oscuro, había una abertura estrecha que no parecía camino. Parecía una herida de la montaña. Isaac la vio y dejó salir un resoplido sin humor.

—Eso no sale en ningún plano.

Jan ni lo miró.

—No plano.

—Ya. Muy tranquilizador.

Luján se acercó un poco.

—¿Lo conoces?

Jan tardó. Miraba la abertura como si le doliera.

—S-4 sale.

No dijo salida. Dijo sale. Como si S-4 no fuera un sitio, sino una cosa que escupía cuerpos cuando ya no los necesitaba dentro.

Luján sintió la tarjeta de Carmen dentro de la carpeta.

No se había movido, pero pesó igual. No sois el centro.

Ninguno. No lo eran. No lo habían sido nunca.

Ni ella, ni Jan, ni Carmen, ni Damián al otro lado de una compuerta.

Eran piezas atravesando una estructura que seguía funcionando incluso cuando alguien sangraba. Mateo miró la abertura.

—¿Puede pasar Nerea?

Jan miró a Nerea por primera vez desde que habían salido. No la miró como carga. Tampoco con pena. La miró como cuerpo enfermo, como respiración que fallaba, como peso real. Le sostuvo la mirada un segundo. Y Nerea, contra todo pronóstico, no apartó la suya.

—Puedo —dijo.

Clara soltó una risa de puro miedo.

—Tú ahora mismo no puedes ni insultarme con fuerza.

—Eso es mentira.

—Me alegra que aún tengas criterio para algo.

Nerea quiso sonreír. Le salió un gesto pequeño, sudado, triste. Jan se agachó. Tocó el suelo con dos dedos, luego la roca de la derecha, luego una raíz seca que cruzaba la entrada. No buscaba huellas. Comprobaba si el sitio seguía obedeciendo a la misma lógica.

—Primero Isaac.

Isaac alzó una ceja.

—Gracias por elegirme para morir delante.

Jan no respondió.

—Luego ella.

Señaló a Nerea.

—Luego tú.

A Clara. Después miró a Mateo.

—Tú detrás.

Mateo abrió la boca. Jan lo cortó antes.

—Si delante, paras.

Aquello quedó raro, pero se entendió. Si Mateo iba delante, se pararía. Miraría atrás. Esperaría. Se haría muro. Y allí un muro solo serviría para que los alcanzaran. Luján miró a Mateo. Él también lo había entendido. No le gustó nada.

—¿Y tú? —preguntó Luján.

Jan tocó S-4.

—Abro.

—¿Y yo?

Por primera vez, dudó. No por miedo. Por no saber dónde colocarla. Al final señaló detrás de Nerea, delante de Mateo.

—Ves.

No ven. Ves. A Luján le raspó por dentro, pero no le sonó como una orden del sistema. Jan tocó la pared con la punta de los dedos y corrigió, más bajo, como si se lo dijera a sí mismo: Jan ve. Isaac entró primero en la abertura.

Tuvo que girarse de lado. La mochila rozó la piedra con un ruido seco. Luego desapareció a medias entre sombra y matorral.

—Estrecho, pero pasa —dijo desde dentro.

Mateo y Clara ayudaron a Nerea. La pendiente se deshacía bajo los zapatos. Clara resbaló una vez y se golpeó la rodilla contra una piedra. No se quejó. Luján lo vio y no dijo nada, porque si lo hacía Clara la odiaría por haberlo visto. Nerea llegó a la abertura con la cara cenicienta.

—Voy a vomitar.

—Luego —dijo Clara.

—Qué amable eres.

—Estoy ocupada no perdiéndote.

Nerea sostuvo el aire un segundo. Eso sí le llegó.

Luján lo vio. Clara también. Ninguna hizo nada con eso.

Jan se colocó junto a la entrada y levantó la chapa S-4.

El metal, manchado de sangre seca, atrapó algo de luz.

No brilló. Solo respondió. La piedra respondió con un sonido bajo, de mecanismo cansado. Isaac asomó la cabeza desde dentro.

—Hay una ranura. No se ve desde fuera.

—No mires —dijo Jan.

Isaac se quedó quieto.

—¿Qué?

Jan levantó la vista.

—Si miras, cierran.

De pronto se callaron. No porque lo entendieran. Porque ya habían aprendido bastante. Isaac apartó los ojos de la ranura y miró las baldosas.

—Está bien. No miro.

La piedra cedió apenas. No se abrió como una puerta.

No hubo bisagra, ni pomo, ni mecanismo limpio.

Solo una sección de roca perdiendo peso, dejando un hueco más ancho entre las sombras.

Un paso que cualquiera habría confundido con una grieta si no supiera que estaba ahí.

Nerea entró con Clara detrás. Mateo quiso ponerse antes que Luján. Jan negó.

—Ella.

Mateo hundió la mano contra el muslo.

—Está bien.

Pero no estaba bien. Nada lo estaba. Luján entró.

El hueco olía a piedra mojada, tierra vieja y metal oxidado.

No había aquella luz. Eso debería haberla calmado.

No lo hizo. La oscuridad también sabía esperar.

El paso no era largo, pero obligaba a caminar encorvados.

Las paredes rozaban los hombros. El aire raspaba al entrar.

En algún punto, el agua goteaba con una regularidad estúpida.

La tercera gota cayó justo cuando Jan cerró por detrás.

No del todo. Lo justo para que desde fuera volviera a parecer roca.

El motor se apagó. O quedó enterrado detrás de la piedra.

Luján siguió avanzando con una mano en la pared.

La superficie era irregular, viva en algunas zonas, lisa con una rareza en otras.

Allí también habían pasado manos. Herramientas.

Alguien había convertido una grieta del macizo en un conducto y luego había dejado que la montaña hiciera el resto.

Aquello no parecía abandono. Parecía escondite.

—¿Cuántas salidas hay? —preguntó Mateo desde atrás.

Jan no contestó.

—Jan.

—Suficientes.

Isaac soltó una risa baja.

—Esa respuesta me da ganas de rezar, y ni siquiera rezo.

—A mí me vale —dijo Nerea, casi sin voz—. Suficiente ahora mismo es precioso.

Clara le tocó la frente con los labios. No fue un beso del todo. Fue más bien una comprobación desesperada.

—Estás ardiendo.

—Estoy hasta el coño, que no es lo mismo.

—También.

Luján bajó el ritmo. La voz de Nerea estaba peor.

Cada frase traía un borde blando; parecía que viniera desde muy lejos.

Clara lo sabía. Mateo lo sabía. Jan también.

Nadie lo dijo. La muerte de Carmen había empezado con una llamada.

Lo de Nerea no tenía llamada. Tenía cuerpo.

Fiebre. Sudor. Rodillas que fallaban. Una mujer intentando bromear para no convertirse en otra cosa que llevar. A Luján se le secó la boca.

—Cuando salgamos, vamos al hospital.

Clara giró la cabeza hacia ella. No pudo verle bien la cara en la penumbra, pero notó el cambio.

—¿A cuál?

La pregunta le abrió una herida pequeña y Luján tardó en contestar.

—Al que toque.

—No, Lu. Eso no sirve.

Tenía razón. Al que toque podía ser el de Nerea.

El de Carmen. El que quedara más cerca. El que no estuviera señalado por Proyecto Azul.

El que no tuviera una planta que no figuraba.

El que aceptara a una familia sin hacer preguntas imposibles.

Al que toque era una manera cobarde de no elegir todavía.

—Primero sacamos a Nerea de aquí —dijo Mateo.

—Y luego llamamos —dijo Luján.

Clara tardó.

—¿A Sant Pere?

Luján bajó la vista un momento mientras caminaba. Sant Pere.

El Hospital General del Garraf.

Su madre seguía allí, convertida en plazos, bolsa, documentos y firmas. Habían pasado por estaciones, sótanos, hospitales, túneles y macizos, y Carmen seguía quieta en el mismo sitio. Aquello tenía una crueldad casi perfecta. Carmen era la única que no se movía y, aun así, era la que más pesaba.

—Sí —dijo Luján—. A Sant Pere también.

A Clara le falló el aire.

Como si esa frase no arreglara nada, pero al menos dejara de apartar a Carmen del camino. El paso se estrechó de golpe. Isaac avisó desde delante:

—Cuidado. Hay un desnivel.

Nerea bajó un pie y perdió fuerza. Clara no pudo sostenerla sola.

Luján la agarró del brazo antes de pensar.

Mateo llegó desde atrás más deprisa de lo prudente para un sitio tan estrecho y chocó con la pared.

La piedra le abrió la piel cerca del hombro.

Gruñó entre dientes. Jan se volvió. Por un momento, el paso se llenó de cuerpos torpes, calor, respiraciones y miedo animal.

—Estoy bien —dijo Nerea.

Nadie le creyó. Ella tampoco.

—No lo digas —añadió.

Clara le sujetó la cara con una mano.

—No voy a dejarte aquí.

—Ya lo has dicho antes.

—Pues lo repito.

—Qué cabezona eres.

—Mucha.