CAPÍTULO 20 — NO SOMOS LO IMPORTANTE #2
Jan miró su propia mano. La cerró despacio.
—No le salía.
Luján pensó en todas las veces que había acusado a su madre de no tocar lo que dolía. Y ahora ahí estaba el castigo: quizá no se trataba de que Carmen no hubiera querido. Quizá era que no le habían dejado. O quizá sí había querido cuando ya casi no quedaba margen, que a veces era casi lo mismo.
—Yo no sabía que existías —dijo Luján.
Jan la miró sin reproche. Ahí estuvo lo peor.
—Yo tampoco.
No añadió nada más. Dos vidas enteras habían cabido en esa frase mal hecha. Clara se cubrió los labios. No lloró. Le quedó peor que llorar. Isaac cogió el sobre por una esquina, lo olió, lo examinó por dentro y por fuera.
—Alguien lo dejó hace poco.
—¿Carmen? —dijo Clara.
Isaac tardó en responder. Eso fue una forma de respeto.
—No lo sé.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo. Estoy diciendo que no lo sé.
Mateo miró la puerta.
—Entonces paramos.
Luján levantó la vista.
—Eso no.
—Nos están llevando.
—Lo sé.
—Eso no es elegir.
Luján señaló a Nerea, a Jan, al sobre.
—Dame una opción que no huela a mierda.
Mateo no la encontró. Fuera sonó un motor. Lejos. Bastó. Isaac apagó la linterna.
—Dos coches en la pista baja.
—Nos han seguido —dijo Clara.
Luján miró la pista, los coches quietos, la calma absurda de aquel sitio.
—Esto no es seguir. Esto es esperar con paciencia.
Nerea tosió desde el suelo. Una tos seca, mala. Al girar, Luján vio la línea oscura junto a su dedo, ese señal mínima que había empezado en una bolsa y ahora parecía haberse metido en su fiebre. Todos miraron la mano. Nerea, sin abrir del todo los ojos, murmuró:
—No es tierra.
Salió tan baja que casi se perdió entre las paredes húmedas. Pero Nerea la repitió con terquedad de enferma cabreada.
—No es barro.
Clara quiso mandarla callar de nuevo y no pudo. Tenía una mano en la nuca de Nerea, notando el calor subirle a través del pelo, y la otra buscando algo inútil en los bolsillos: un pañuelo, una pastilla, una madre, cualquier cosa que sirviera para una fiebre que no era de casa. Isaac se agachó.
—¿Qué has dicho?
—Se pega cuando hay calor. En la bolsa estaba frío. En la franja del suelo no había. Aquí sí. Y no está repartido: está en los bordes, donde alguien toca.
Le costaba hablar. Cada frase le raspaba.
—No viene de fuera. Lo sueltan las cosas, o las paredes, o lo que hayan dejado aquí.
Isaac no contestó enseguida. Sacó un pañuelo, lo acercó a la línea oscura sin tocar la piel de Nerea y lo apartó casi al momento. La cara le cambió.
—Es lectura —dijo—. No barro. Lo dejan para saber quién ha pasado y si todavía responde al calor. Por eso vuelve en los dedos.
Isaac miró la placa limpia del suelo donde había estado el equipo. Pasó el dedo por el borde. Quedó una señal opaca en la yema.
—Marcador.
Mateo frunció el ceño.
—¿Marcador de qué?
—De paso. De contacto. De exposición. Algo que deja rastro, aunque limpies.
Luján sintió que el cuerpo le cedía por dentro. La marca dejó de ser símbolo y pasó a ser algo humano, fabricado, usado. Peor. Nerea apretó los párpados.
—Os lo dije. Sirvo para algo.
Después giró la cara hacia la pared y vomitó apenas: agua, ácido y un hilo de saliva sucia que le dejó la barbilla temblando.
Clara no hizo ningún gesto bonito. Le limpió la boca con la manga de su propia chaqueta, enfadada, casi torpe, con esa rabia inútil de quien solo puede limpiar cuando querría arreglarlo todo. Clara soltó un sonido roto.
—No seas idiota.
—Un poco sí.
Isaac encontró una manta térmica en un cajón oxidado. El plástico hizo un ruido pobre al desplegarse. Jan retrocedió un paso. La mano le empezó a temblar más deprisa.
—Eso no.
Mateo cogió la manta antes que Clara.
—No la usamos.
—Nerea tiene frío —dijo Clara.
—Eso no —repitió Jan.
Esta vez no retrocedió. Cogió una lona vieja del suelo, hizo una mueca y la sacudió contra la pared. Cayeron paja y dos insectos muertos. La arrastró hasta Nerea.
—Esta.
Clara miró la lona. Luego a Jan. Luego a Nerea.
—Vale.
No le dio las gracias. No tenía aire. Pero lo miró un segundo. Y ese segundo hizo algo. Jan apartó la vista. Isaac abrió la puerta trasera un dedo. Entró luz y aire seco.
—Hay otra salida. Terraza de piedra. Luego una senda.
Mateo no dejó de mirar la puerta principal.
—¿Y los coches?
—Subiendo.
Clara rodeó a Nerea con los brazos.
—Primero la sacamos.
Jan ya estaba junto a la salida.
—Primero ella.
Luján guardó la hoja de Carmen en la carpeta.
No al fondo. En medio. Donde pudiera notar el crujido al moverse.
No sois el centro. Ninguno. Eso era lo más cruel que su madre podía haberle dejado y quizá lo único que todavía podía salvarlos de convertirse en exactamente lo que el sistema quería: dos hermanos recién encontrados corriendo hacia una trampa por amor, por culpa, por hambre.
Fuera, el motor cambió de marcha. Mateo levantó a Nerea con cuidado.
Clara se colocó al otro lado. Isaac salió primero.
Jan esperó a que Nerea cruzara la puerta.
Después salió antes que Luján. Huir no era la palabra exacta. Marcando camino.