CAPÍTULO 19 — OTRA PÉRDIDA #2
Salió pequeño. Débil, no. Nadie habló. Ni siquiera Isaac.
Luján sintió algo abrirse por dentro, no de ternura sino de vergüenza.
Habían hablado de él igual que una prueba recuperada y, sin decirlo, habían creído que bastaba cambiar A-2 por Jan para devolverle una vida.
Él, con la voz rota y el cuerpo aún preparado para obedecer, acababa de corregirlos a todos.
Jan soltó la mano de Luján. Apoyó la palma contra la pared del conducto y señaló con el mentón.
—Por ahí.
Bastó. Damián los oyó. O quiso oírlos.
—Aprende rápido, D-17.
Jan no se encogió.
—Su nombre es Luján.
La compuerta recibió otro golpe. Damián no contestó. Luján apoyó la frente contra el metal un segundo. Estaba tibio. Vivo de golpes al otro lado. Quiso decir una cosa que no sonara inútil y solo encontró aire.
—Damián.
La respuesta llegó rota, casi sin forma.
—No lo pierdas a él también.
Eso sí la movió. No el miedo. No la orden de Mateo. Esa frase, sucia y cruel, hecha con la misma culpa que llevaba todo el día mordiéndole la espalda. Clara hundió los dedos en la sudadera de Nerea.
—Mateo.
Mateo se agachó junto a ellas.
—La levanto.
—No puede andar.
—Ya lo veo.
Mateo metió un brazo bajo las rodillas de Nerea y se equivocó de lado.
Le rozó la costilla, ella soltó un gemido seco y él se quedó medio segundo con la mano en el aire, inútil, rabioso de no saber dónde poner el cuerpo de nadie.
Luego corrigió. Clara le apartó los dedos con una brusquedad práctica.
Nerea tuvo una arcada sin vómito; solo bilis, saliva amarga y ese ruido pequeño que nadie sabe acompañar.
—Pues mira mejor.
Nerea abrió un ojo.
—Os odio un poco.
—Luego más —dijo Clara.
El conducto bajo era estrecho, con piedra mojada, óxido y calor viejo.
Isaac fue primero, con la linterna entre los dientes y la mano sangrando.
Mateo cargó a Nerea casi encima, pero Nerea se empeñó en empujar con un pie cada dos pasos.
Clara le sujetaba la cabeza y le hablaba al oído sin parar, no para tranquilizarla sino para comprobar que seguía allí.
—Di algo.
—Algo.
—Otra cosa.
—Eres un castigo.
—Eso sirve.
Jan se plantó en la boca del túnel. El borde le rozó el hombro.
Se apartó. Volvió a mirar el hueco. Luego a la puerta cerrada.
Luján no tiró. Esperó doblada, con el cuello contra la pared, la mano extendida.
Dejó que eligiera, aunque detrás el metal estuviera cediendo y Damián se estuviera quedando sin voz.
Otro golpe. Jan midió el hueco. Midió la mano.
Entró. Mal. Golpeándose. Pero entró por decisión propia.
El túnel descendía. Una luz roja palpitaba cada pocos metros.
Entre una y otra, oscuridad. En la oscuridad Jan apretaba los dedos.
Con la luz, aflojaba. Luján aprendió ese ritmo sin preguntarle nada.
La tos de Nerea rebotó áspera por el conducto.
Isaac se detuvo ante una rejilla lateral. Nueva. Cerrada con una pieza magnética.
—La han puesto hace poco.
En el suelo, casi borrado, un trazo frío cruzaba hacia la derecha. Jan negó antes de que nadie preguntara.
—Por ahí no.
Nerea levantó apenas la cabeza.
—Esa línea no es camino.
Clara se inclinó sobre ella.
—¿Qué?
—No es camino. Es… —se le rompió la voz—. Es cebo.
Isaac dejó de forzar la pieza un segundo.
—¿Cómo lo sabes?
Nerea abrió los ojos lo justo para mirar la línea.
—Porque siempre está limpia.
Se quedaron oyendo el conducto respirar a su alrededor. La línea seguía intacta en mitad de un hueco lleno de óxido, tierra y años. Ni una pisada encima. Ni una grieta. Entera hasta resultar sospechosa. Luján miró a Nerea. Esa era su acción. Su manera de no ser solo un cuerpo enfermo.
—Por ahí no —dijo Luján.
Jan le cerró los dedos una vez. Confirmando. No pidiendo. Isaac cambió de lado y forzó una rejilla más vieja, casi escondida detrás de una placa oxidada. Ahí no había señal. Solo una bisagra comida por la humedad y dos tornillos que cedieron con un quejido.
—Por aquí.
Pasaron. Una detonación sorda sacudió el tramo que dejaban atrás. Cayó una lluvia sucia. Clara cubrió a Nerea con el cuerpo. Mateo tensó la cara un segundo, solo uno. Luján volvió la cabeza.
—Damián.
No pasó nada. Otra sacudida, más lejos. Luego el pitido. Jan miraba sus dedos. Sangre seca bajo las uñas. No soltó.
—Sacad a Nerea —dijo Clara.
La salida apareció al final de un tramo inclinado: una abertura baja, chapa oxidada, ramas secas.
Luz. Día. El Garraf al otro lado. Piedra clara, matorral bajo, pinos torcidos por el viento.
Más abajo, entre rocas, un trozo de mar sucio.
Isaac salió primero. Levantó la mano. Esperó.
Mateo pasó con Nerea. Clara detrás. Jan no salió.
Sacó un pie. Lo retiró. El aire le pegó en la garganta.
La luz le hizo apretar los párpados. Después miró a Luján, no para pedir permiso.
Para asegurarse de que el mundo de fuera seguía ahí incluso si dolía.
Salió. Tropezó. Se corrigió solo. Permaneció de pie con el viento en la cara.
La claridad lo dejó más flaco. Más real.
Abajo, dos vehículos negros arrancaban en la pista. Mateo los vio.
—Nos han localizado.
Isaac negó.
—Nos han soltado.
Jan le cerró dos veces los dedos alrededor de la muñeca. No miraba los coches. Señalaba la piedra de arriba.
—No abajo.
Mateo se acercó.
—Lu.
El viento movió la chapa oxidada dentro de la abertura. Detrás quedaban la sala blanca, la compuerta, Damián y una deuda que nadie iba a saber cerrar. Luján sujetó la mano de Jan. Ni fuerte ni bien. Como pudo.
—Nos movemos.
Esta vez Jan dio el primer paso.