CAPÍTULO 19 — OTRA PÉRDIDA
La compuerta no volvió a subir. Nadie se movió. La chapa seguía ahí, sucia, vibrando bajo la palma de Luján. Clara estaba en el suelo con Nerea entre las piernas. Isaac contra la pared, los nudillos abiertos. Mateo fijo en el metal. Jan respiraba por la boca. Damián no estaba.
Durante un momento, Luján no supo dónde dejar aquella ausencia.
Decirlo era poco. Damián se queda. Damián no viene.
Ninguna de las dos frases servía. Pensó, de forma torpe, en las llaves fuera del cuenco azul, en Carmen al otro lado de una puerta diciendo que eso se ensucia, en todas las cosas que aquel día habían quedado fuera de sitio. Ahora también él.
Clara seguía en el suelo con Nerea. Tenía la cara vuelta hacia la compuerta, pero no miraba a Damián. Miraba el sitio donde debería haber una posibilidad. Una rendija. Un error técnico. Algo que permitiera decir todavía no. Mateo no se movía. Isaac tampoco. Jan sí.
Jan levantó la mano poco a poco y tocó la chapa con dos dedos.
No golpeó. No llamó. Solo tocó una vez. Luego otra.
Como antes. Parecía que estuviera contando que alguien seguía al otro lado o que ya no podía contar más.
Luján miró esos dedos. Eran dedos vivos.
Delgados, sucios, quietos, raros para todo lo que acababan de atravesar.
Dedos que habían aprendido puertas, códigos, luces, obediencias.
Dedos que quizá habían tocado muchas chapas cerradas sin que nadie volviera a abrir.
—Jan —dijo.
Él no la miró.
—No vuelve —dijo.
No hubo crueldad en su voz. Eso lo hizo peor. No sonaba a suposición ni a miedo. Sonaba a conocimiento. Una frase aprendida en un sitio donde las puertas, cuando se cerraban, no se discutían. Donde alguien dejaba de estar y los demás seguían respirando porque el cuerpo, miserable, sigue.
Luján quiso decirle que esta vez podía ser distinto. Que Damián seguía vivo, herido, al otro lado, esperando otra entrada. Quiso decirlo por él, por ella, por no repetir una frase vieja de Carmen. Pero Jan habría reconocido la mentira. Y ella también.
—No lo sé —dijo al final.
Fue una mentira más honrada. Jan bajó la mano. En el metal quedó una marca tenue de piel. Nada. Menos que una prueba. Menos que una despedida.
Luján se quedó frente a la compuerta y Carmen apareció sin permiso.
Sant Pere. El cuerpo aún pendiente. Una mujer muerta a las 3:41 y un hombre detrás de una puerta porque una vez también falló cuando podía hacer algo.
Las pérdidas empezaban a parecerse demasiado entre sí.
No por la forma, sino por dejarla sin sitio donde poner las manos.
Damián había dicho: dile a Carmen que lo intenté cuando ya no servía. Y Carmen no podía oírlo.
Eso fue lo que terminó de abrirle algo dentro.
No fue la muerte. Tampoco la culpa ni la compuerta cerrada.
La inutilidad exacta de aquel mensaje. Una frase destinada a una mujer que ya no estaba, entregada a una hija que tampoco sabía llegar a tiempo a nada.
Luján encajó la tarjeta de Damián contra la palma.
La foto vieja se dobló un poco en el borde. No la soltó.
—Lo intentaste —murmuró.
No sabía si se lo decía a él, a Carmen o a sí misma.
Tampoco importaba. Al otro lado no hubo respuesta.
Metal. El rastro químico bajando despacio.
El zumbido bajo, esperando que siguieran.
Isaac golpeó una sola vez la compuerta con el puño cerrado.
Después pegó la frente allí y respiró por la nariz, sin gritar.
Fue peor que un grito. No dejaba sitio a nada.
Isaac bajó la frente hasta el metal y murmuró algo que nadie debía oír. Perdón, quizá. O nada. La palabra se perdió en la chapa, pero el cuerpo le tembló una vez, entera, como si por fin hubiera entendido que saber abrir puertas no servía de nada cuando ya se habían cerrado por dentro.
Nadie dijo nada durante diez segundos. No eran muchos.
Menos de lo que merece un hombre que se queda al otro lado de una puerta.
Pero aquellos diez segundos fueron lo único parecido a una despedida que podían permitirse sin morir allí con él.
Clara apretó a Nerea contra su pecho. Luján cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, dejó que el nombre de Carmen y el de Damián ocuparan el mismo hueco: dos personas alcanzadas por una culpa sin sitio.
Luego fueron veinte. Treinta. Isaac miró el reloj una vez y se avergonzó de haberlo hecho. Luján lo vio y no le reprochó nada: alguien tenía que seguir midiendo el tiempo aunque el tiempo se hubiera vuelto una falta de respeto.
Jan se sentó en cuclillas frente a la compuerta. No como un niño. No como un hombre libre. Como alguien acostumbrado a esperar instrucciones detrás de una puerta. La diferencia era que esta vez nadie se las dio. Pasó el pulgar por la línea del metal, encontró una muesca y la tocó dos veces.
—Damián —dijo de nuevo, pero ya no llamó. Lo colocó allí. Nombre contra chapa. Nombre contra cierre.
Clara se limpió la cara con la manga y dejó una raya oscura sobre la tela. —No podemos dejar todos los nombres detrás de puertas —murmuró.
Luján no contestó. Pensó en Carmen en Sant Pere, en la chaqueta de punto, en la taza fregada por una mano ajena.
Pensó que el día estaba lleno de muertos y de vivos a medias, y que seguir andando se parecía poco a la valentía; más bien era la única manera de no dejar que alguien ordenara también el duelo.
Al otro lado no llegó una voz. Llegó un roce.
Algo pequeño arrastrándose o cayendo. Jan se tapó los oídos tarde, cuando el sonido ya había entrado.
Se dobló apenas por la cintura, los hombros hacia dentro, y la chapa invisible de S-4 aún no existía, pero su cuerpo ya buscaba algo que proteger.
Mateo levantó una mano hacia la compuerta y la dejó a medio camino.
No sabía si empujar, si golpear, si apartar a Luján, si levantar a Nerea.
Por un instante no eligió a nadie. Y esa torpeza, justo esa, lo dejó desnudo.
El hueco era pequeño y aun así ocupó todo el conducto. El hueco donde antes había un hombre empujando una puerta desde fuera.
Mateo no movía la cara. Miraba la compuerta con los hombros quietos, y esa quietud suya no tenía calma.
Luján ya lo sabía: era el sitio donde guardaba lo que no podía golpear todavía.
Jan miraba la compuerta sin sorpresa. Como si las puertas cerradas no fueran un acontecimiento sino una costumbre.
Algo que llega. Algo que se soporta. Una cosa que no se discute porque discutirlo te lo quitaron antes.
—Abre —dijo Mateo.
Isaac ya había arrancado una pieza del panel. Debajo no había magia ni tecnología elegante: cables viejos, una placa nueva atornillada sobre otra antigua, dos empalmes hechos con prisa y una tira de cinta aislante que se despegaba por el calor.
—Está puenteado desde el otro lado.
—Pues despuentéalo.
—No funciona así.
—Hoy nada funciona así.
Isaac lo miró un segundo. No le salió contestar.
Metió los dedos en los cables. Chasquido.
El sistema emitió un pitido inútil. No pasó nada.
Al otro lado hubo un golpe. Luego otro. No contra la puerta.
Más lejos. Como muebles cayendo o cuerpos chocando con una pared.
Jan cerró la mano alrededor de los dedos de Luján.
Fuerte. La voz de Damián llegó aplastada:
—Seguid el conducto bajo.
Mateo apoyó la frente en la compuerta.
—Damián.
Jan pegó el oído a la compuerta antes de que Luján pudiera detenerlo. Aguantó un segundo. Al siguiente impacto se apartó en seco, enseñando los dientes, más por reflejo que por rabia. Se llevó la mano al pecho, al sitio donde todavía no había nada que proteger salvo el nombre recién recuperado.
—No hay tiempo.
Isaac golpeó el panel con el puño.
—Abre desde tu lado.
Algo al otro lado: una risa, una tos o sangre. En aquel lugar las tres cosas sonaban casi igual.
—Esta vez no.
Hubo una pausa rara al otro lado. No de rendición. De alguien eligiendo qué mentira dejar atrás antes de que se le cerrara la boca.
—Escuchadme —dijo Damián. La voz salió baja, embarrada—. S-4 no es una salida. No del todo.
Isaac levantó la cabeza.
—¿Qué es entonces?
—Servicio cuatro. Antes se llamaba de otra forma. Archivo de traslado, de salida, de lo que quisieran tapar ese año. Si llegáis ahí, no busquéis una puerta limpia. Buscad metal viejo. Carmen lo sabía.
A Luján se le quedó la palabra Carmen atascada en la boca.
—¿Qué sabía?
Al otro lado algo cayó con un ruido húmedo. Damián tardó en juntar aire antes de contestar.
—Que solo podía sacar a uno sin que Delta cerrara el protocolo entero. Al segundo lo usaban para llamar al primero. Así funcionaba. Así de simple y así de sucio.
Clara dejó de moverse. Mateo también. Luján no entendió la frase al principio. Luego la entendió entera.
—No —dijo.
—No la perdonéis por mí —murmuró Damián—. Ni a mí. Pero seguid.
Clara levantó la cabeza. Nerea ardía contra su pecho, los ojos moviéndose bajo los párpados.
—No podemos quedarnos.
La respuesta no llegó. Esa era la crueldad. Clara no estaba equivocada y nadie quería darle la razón. La compuerta vibró con el siguiente impacto. Damián tosió. Esa vez sí se oyó el líquido.
—No uséis esa línea.
—Siempre señalan igual —dijo Isaac.
—Por eso.
Otro golpe se tragó el resto. Mateo no se apartó.
—Aguanta.
—No voy a aguantar. Voy a retrasar.
Isaac miró las baldosas.
—Cabrón.
—Sí, eso.
El aire sabía a óxido y a quemado. A Luján le subió bilis.
—No lo podemos dejar.
Mateo se colocó a su altura, no delante. Esta vez no la tapó. Solo la obligó a mirarlo.
—Estás sacando a Jan.
La frase le dio en los dientes. Jan oyó su nombre y levantó la cabeza.
—No soy cosa.