Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 14 — LA PIEDRA AZUL
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CAPÍTULO 14 — LA PIEDRA AZUL

La carretera se fue estrechando sin avisar. Primero desaparecieron los carriles anchos. Luego las casas quedaron atrás, cada vez más separadas, hasta que solo hubo piedra clara, pino bajo, matorral seco y una lengua de mar apareciendo a ratos entre las curvas.

El coche se quejó en la primera subida seria. Mateo cambió de marcha y el motor respondió con un ruido viejo, casi ofendido. El volante ya no obedecía: había que corregirlo todo el tiempo. Como si también el camino quisiera decidir por ellos.

A un lado de la pista apareció una señal comida por el óxido. Luján la vio de pasada antes de que el coche saltara sobre la grava.

—Ahí pone algo.

Isaac miró apenas.

—Servicio cuatro.

—¿Servicio de qué? —preguntó Clara.

Damián respondió desde el asiento delantero, sin levantar la cabeza.

—De lo que no salía en los planos oficiales.

Nerea abrió los ojos. Tenía los labios secos, pero aún encontró una frase.

—Qué nombre tan feo para una trampa.

—Lo usaban como coartada —dijo Isaac—. No como nombre.

Clara la sostuvo mejor contra su cuerpo. La fiebre de Nerea ya no era una sospecha; era una cosa real, húmeda, pegada a la piel. La marca del dedo seguía oscura. No crecía, pero tampoco se iba.

—¿Qué le está haciendo? —preguntó Clara.

Damián tardó. Cada palabra parecía arrancarle un poco de aire.

—El marcador no enferma por sí solo. Reacciona al acceso. Si el sistema registra acompañante y no puede clasificarlo, fuerza lectura: temperatura, pulso, respuesta. Es antiguo. Burdo. Pero funciona.

—Hablas como si eso lo mejorara.

—No. Hablo como alguien que lo vio funcionar y siguió trabajando.

Aquello dejó a Damián sin defensa. También sin excusa. Luján no le regaló ninguna.

La pista dobló entre dos paredes de roca y, al salir de la curva, apareció la piedra azul.

No brillaba ni intentaba ser bonita. Estaba encajada junto a una verja vieja, cubierta de musgo y tierra seca, con una línea azulada en el centro, casi borrada por los años. Nerea fue la primera en verla bien.

—Eso no es una flecha.

Mateo frenó. Nadie bajó enseguida. La verja no tenía candado visible. Tenía un panel pequeño incrustado en la roca, como si alguien hubiera querido que el mecanismo pareciera parte del terreno. El mar quedaba detrás, cerca y al mismo tiempo inútil.

Damián salió del coche apoyándose en la puerta. Isaac lo sujetó por el hombro con una brusquedad que no alcanzaba a esconder preocupación.

—Si la piedra reconoce D-17, abre —dijo Damián—. Si reconoce solo acompañantes, cierra. Si reconoce A-2 al otro lado, cambia de ruta.

—¿Y si reconoce a todos? —preguntó Mateo.

Damián miró la verja.

—Entonces nos mide a todos.

Luján se acercó a la piedra. De cerca, la marca no trazaba una diagonal limpia. Tenía una curva en un extremo, un trazo doble que el musgo deformaba. No parecía una flecha. Parecía una letra rota.

—S —murmuró Nerea desde el coche.

Luján apoyó la llave en la ranura. No la giró aún. Pensó en Jan detrás del cristal, en el pulgar moviéndose como si estuviera aprendiendo a pertenecerse. Pensó en Carmen doblando una nota demasiado recta. Pensó en Clara diciendo que no iban detrás de ella sino dentro de lo mismo.

Giró.

El panel no pitó. Primero se encendió una línea azul bajo la piedra. Después apareció el texto, pobre, antiguo, como una frase escrita por una máquina cansada:

D-17 / ACCESO RECONOCIDO.

Clara soltó una respiración rota. Isaac murmuró algo que no llegó a palabra. Damián miró las baldosas.

BINOMIO A — RESPUESTA ACTIVA.

Nerea empezó a negar con la cabeza.

—Está vivo —dijo Luján.

Nadie la corrigió.

La verja hizo un ruido bajo, interno, como cerrojos moviéndose bajo tierra. Se abrió hacia dentro, despacio. Al otro lado, una luz fría se encendió entre los árboles. Una sola, baja, como un ojo.

Y desde algún lugar más adentro del macizo llegó un sonido metálico, lejano, pesado. Una puerta que acababa de aceptar que habían venido.