CAPÍTULO 13 — EL SEGUNDO ACCESO
El coche viejo no huía: resistía. Cada cambio de marcha entraba tarde, con un quejido metálico, y el salpicadero vibraba como si también tuviera miedo.
Mateo conducía inclinado hacia delante. Isaac iba a su lado con el mapa abierto sobre las rodillas, aunque hacía rato que no lo miraba como se mira un mapa, sino como se mira una herida que no termina de cerrar.
La furgoneta apareció dos calles después. No se pegó. No aceleró. Eso la volvió peor. Dejaba distancia, igual que si no quisiera atraparlos todavía sino comprobar que seguían el camino correcto.
—No nos persiguen —dijo Luján, mirando el retrovisor—. Nos conducen.
Damián abrió los ojos. Le costó enfocarla. El pañuelo del antebrazo estaba empapado y una gota de sangre le había llegado a la muñeca. No hizo ademán de limpiársela.
—Delta no empuja siempre —murmuró—. A veces solo deja una puerta abierta y espera a ver quién entra.
La palabra sujeto se le quedó a Clara en la boca antes de que él pudiera decirla. Esta vez Damián rectificó solo.
—Persona —dijo, y le costó más que la sangre—. Si D-17 entra sola, el sistema confirma retorno. Si A-2 responde, abre otra capa. Si hay acompañantes marcados, los registra, pero no puede hacerlos origen. Ese es su límite. No crea vínculo. Lo provoca, lo mide, lo usa.
Nerea dejó escapar una risa mínima, con fiebre.
—Me encanta cuando la barbaridad tiene manual.
Nadie sonrió. La frase rompió el ritmo del miedo durante un segundo, y por eso mismo sirvió.
Mateo miró a Isaac.
—¿Tú cómo sabes lo del acceso?
Isaac tardó de más.
—Salí por ahí una vez. Solo. Eso fue lo que quedó en el informe. Lo que no quedó fue a quién cerré la puerta.
Damián giró la cara hacia él. Por primera vez desde que subieron al coche, no pareció sorprendido. Pareció viejo.
Clara tocó la frente de Nerea y retiró la mano enseguida.
—Está ardiendo.
—Pues estoy helada —murmuró Nerea.
Mateo redujo por instinto. Isaac negó antes de que el coche perdiera velocidad.
—Si paramos en abierto, nos cierran. Si paramos en cerrado, nos sacan de uno en uno.
—Entonces dame una opción —dijo Mateo.
Isaac señaló una desviación estrecha al fondo de la avenida.
—Garraf. Servicio cuatro. Si S-4 sigue activo, no será salida. Será filtro.
—¿Filtro de qué? —preguntó Clara.
Damián tragó saliva. La piel de la cara se le había vuelto de papel usado.
—De lo que queda cuando alguien vuelve por voluntad propia.
La frase dejó el coche sin aire. Luján miró a Jan a través del recuerdo reciente del cristal: la mano torpe, el pulgar moviéndose, el nombre entrando en él como una cosa enorme. Jan no estaba en el coche y, aun así, ocupaba todo el asiento vacío.
Nerea se dobló un poco más. Clara la sujetó contra su hombro. No dijo nada. Esa fue la diferencia: ya no discutían si avanzar era una locura. Lo era. Seguían avanzando porque detenerse también tenía dueño.
La ciudad empezó a abrirse hacia la piedra. Barcelona se quedó detrás con sus semáforos y sus bocinas. Delante aparecieron el pino bajo, la roca clara y el mar intermitente del Garraf. Luján pensó en Carmen, en la caja abierta, en la J escrita a mano. No como prueba; como alguien.
El móvil de Isaac perdió cobertura en la primera curva cerrada. La pantalla quedó sin señal y, por primera vez en horas, ningún mensaje entró para ordenarles nada.
Eso tampoco tranquilizó.