CAPÍTULO 12 — EL RECONOCIMIENTO #2
Jan parpadeó. Ese rodeo sí pareció entrarle. No eligió a Luján de golpe. Eligió moverse porque había una persona a punto de caer y porque el nombre Jan todavía le temblaba encima como una ropa que no sabía ponerse.
—Lu…
Pero Luján ya no podía retirarlo.
—Jan —repitió.
Él parpadeó una vez. Después otra. No dijo sí. No dijo soy yo. No hubo abrazo. No hubo milagro. Solo ese parpadeo. Ese gesto mínimo que, en otro hombre, no habría significado nada. En él era un terremoto.
—Ven conmigo —dijo Luján.
Él miró a los hombres. A la furgoneta. A la manta térmica. A la puerta por la que lo habían sacado. Después volvió a mirarla.
—No sé.
Las dos palabras le salieron rotas, mal apoyadas, pero eran suyas. Luján sintió el golpe con una violencia estúpida. Era peor. Era alguien a quien le habían quitado hasta la forma de querer salir.
—No tienes que saberlo —dijo ella—. Solo ven.
Mateo se tensó a su lado. Isaac escupió:
—Error.
El punzón golpeó la ventanilla de la furgoneta.
Fue peor por lo cerca. Un chasquido seco, limpio, y después el cristal estallando hacia dentro en una lluvia menuda.
La alarma del vehículo saltó de golpe, aguda, vulgar, mucho más humana que la otra.
El momento se rompió. Y con él volvió todo: miedo, asfalto, motor caliente, urgencia.
Clara gritó. Nerea se dobló sobre sí misma.
Mateo cogió a Luján del brazo y tiró con una fuerza torpe.
—¡Ahora!
Isaac empujó a Clara y Nerea hacia la izquierda.
Damián cubrió el hueco sin arma visible, usando el cuerpo y la posición.
Estaba mal, herido, casi inútil, pero sabía dónde ponerse.
Eso también decía mucho de él. Echaron a correr.
Corrieron sobre gravilla, parches de asfalto y agujeros.
Luján no miraba dónde pisaba. Miraba hacia atrás por dentro, aunque Mateo se lo estaba impidiendo con todo el cuerpo.
—¡Por aquí! —gritó Isaac.
Giró sin reducir. Clara tiró de Nerea con más fuerza. Nerea trastabilló, apoyó mal el pie y estuvo a punto de caer de rodillas. Clara la recogió con un gruñido casi animal.
—No te caigas.
—No me entra el aire.
—Pues respira luego.
Luján quiso ayudarla, pero Mateo no la soltaba.
—No mires atrás.
—Lo he perdido.
—Ahora no.
—Lo he perdido de nuevo.
—Ahora no, Lu.
La frase le entró donde no debía. La cuna, el cristal, la compuerta, el aparcamiento, la mano que desaparecía.
Los hombres se reorganizaron rápido. Fue rápido y salió mal.
Uno saltó por encima de un bordillo. Otro rodeó el coche más cercano.
El de la manta soltó la manta y empezó a correr.
A Luján le pareció obsceno que la manta quedara en el suelo, brillante y arrugada, como una piel falsa. Un golpe dio contra una pared lateral.
No supo si era metal, piedra o algo lanzado desde atrás. Saltaron trozos pequeños de cemento. Uno le rozó la mejilla. Al principio solo hubo calor. Luego escoció. Isaac perdió medio segundo mirando atrás.
—¡Agachaos!
Mateo empujó a Luján hacia abajo sin detenerse. Clara hizo lo mismo con Nerea. Damián chocó contra el lateral de un contenedor, recuperó el equilibrio y siguió, dejando sangre en el metal verde. Detrás, una puerta de furgoneta se abrió con un clac metálico. Metal contra metal.
—¡Ahora sí! —escupió Isaac.
Estaba aceptando que la parte limpia ya se había terminado. Habían dejado de contenerlos.
Mateo la empujó hacia un coche oscuro medio escondido entre contenedores. Viejo, golpeado, con una abolladura grande en la puerta trasera y tierra acumulada en el parabrisas. Tenía el aspecto raro de las cosas preparadas para parecer abandonadas.
—Entra.
Luján tiró de la puerta.
—¿De quién es?
—De Isaac —dijo Mateo, sin mirar atrás.
Isaac ya estaba entrando por el otro lado.
—Lo dejé aquí por si esto salía mal.
—¿Por si? —soltó Clara.
—De estos sitios siempre se sale mal.
—Mateo…
—Entra.
Clara metió a Nerea primero. Nerea cayó casi de lado en el asiento trasero, doblada sobre sí misma, con una mano apretada contra el pecho.
Clara entró detrás y le sujetó la cabeza un segundo, sin saber si estaba ayudando o solo comprobando que seguía allí.
Damián entró después. Dejó sangre en el marco.
Isaac cerró de un portazo, pero la puerta no encajó a la primera.
—Joder.
Volvió a tirar. Esta vez cerró. Mateo se sentó al volante.
—Dale —dijo Isaac.
—Estoy.
Mateo giró la llave que ya estaba puesta. El motor respondió con un ruido áspero, casi ofendido. Luján seguía mirando por la ventanilla. Entre los vehículos, por un instante, vio una sombra. Pudo ser él. La posibilidad le dio asco y alivio al mismo tiempo. Luego lo vio.
De pie en el mismo sitio, aunque todo se estaba moviendo alrededor.
Uno de los hombres le había agarrado el brazo.
Él no forcejeaba. Tampoco obedecía del todo.
Solo seguía mirando hacia donde ella estaba.
Luján apoyó la mano en el cristal del coche.
Aunque no pudiera tocarlo de verdad. Porque su cuerpo ya había aprendido ese gesto.
Él levantó la suya. Muy poco. El hombre que lo sujetaba le bajó el brazo.
Abrió la puerta sin pensar. Mateo la agarró por la camiseta y tiró hacia dentro.
—Ni se te ocurra.
—Suéltame.
—Eso no puede ser.
—Mateo.
—No así.
Ahora no había negociación en su voz. Isaac se giró desde el asiento delantero.
—Si bajas, nos cierran a todos.
—Que nos cierren.
—No seas idiota.
La frase fue tan brutal que funcionó durante medio segundo. Luján lo miró con odio.
—No sabes nada.
—Sé salir vivo. Ahora mismo es lo único útil que tengo.
Mateo pisó el embrague.
—Cinturón.
Luján no se lo puso.
—Cinturón, Lu.
Mateo metió primera. El coche salió dando un salto feo antes de agarrar el asfalto.
Un hombre golpeó la parte trasera con la palma abierta. Otro intentó cortarles el paso. Isaac bajó la ventanilla apenas y lanzó una cosa pequeña hacia el suelo: no explotó, no hizo nada espectacular. Solo soltó una nube blanca, densa, de nube química, como un extintor reventado.
—¿Qué coño es eso? —gritó Clara.
—Una cosa que no debería llevar en el bolsillo —respondió Isaac.
Mateo giró fuerte. El coche rozó un contenedor.
El metal chilló contra la puerta. Nerea soltó un grito y Clara la cubrió con su cuerpo.
Damián se golpeó contra el asiento y se mordió un sonido de dolor.
Luján no apartaba la vista. Lo último que vio fue el hueco entre dos furgonetas.
La manta térmica en el suelo. Jan desapareciendo detrás de una puerta abierta. Siendo metido. Siendo metido.
—Lo han cogido —dijo.
—Lo han cogido.
Mateo evitaba mirarla. Tenía los ojos puestos en la salida, las manos duras en el volante, la respiración controlada a la fuerza.
—Lo sé.
—Has arrancado igual.
—Sí.
Luján se volvió hacia él.
—Has arrancado igual.
—Sí.
La respuesta fue horrible. Y honesta. Ella levantó la mano y lo golpeó en el hombro. Solo bastante para sacar algo del cuerpo. Mateo no se defendió.
—Tenía que sacarte.
—No me salves si lo dejas a él.
Clara apartó la vista hacia un punto bajo. Nerea empezó a llorar otra vez, esta vez con pequeños golpes de aire que se le escapaban sin control. Damián, desde el otro lado del asiento, habló con la voz rota:
—No lo han cogido para matarlo.
Giró hacia él.
—No uses eso como consuelo.
—No lo es.
—Entonces cállate.
Damián tuvo que coger aire antes de hablar. Tenía la piel brillante de sudor y el pañuelo del brazo ya no servía de nada.
—Lo han cogido porque tú lo has reconocido.
La frase dejó el coche sin aire. Isaac maldijo en voz baja. Mateo apretó más el volante. Clara abrió los ojos poco a poco.
—¿Qué significa eso?
Damián apoyó la cabeza contra el asiento.
—Que ya no pueden tratarlo como sujeto cerrado.
—¿Cerrado? —dijo Luján.
El coche tomó una curva con brusquedad. Las ruedas chirriaron. Atrás, las furgonetas quedaron un segundo bloqueadas por una barrera automática que bajaba tarde. Isaac pulsó algo en su móvil viejo. La barrera quedó a medio camino.
—No preguntes ahora —dijo Isaac.
Luján no le hizo caso.
—¿Qué significa cerrado?
Damián dejó la vista en la mesa.
—Que mientras tú no lo vieras, A-2 seguía siendo interno. Material retenido. Si hay reconocimiento cruzado, cambia el protocolo.
—No es material.
—Lo sé.
—No lo sabes.
Damián abrió los ojos. Había algo muerto en ellos. Algo que quizá llevaba años así.
—Lo sé ahora.
—Qué suerte.
La crueldad salió fácil, fea, y Damián la aceptó.
Mateo se incorporó a una calle lateral, luego a otra.
El hospital quedó atrás por zonas de servicio, muros, contenedores y fachadas que no salían en las fotos.
La ciudad volvió en seco: una farmacia, una parada de autobús, un hombre con un perro, una bicicleta que casi se les cruzó.
La vida normal entró por las ventanillas como una burla. Isaac miró el retrovisor.
—De momento no vienen.
—De momento —repitió Clara.
Tenía a Nerea contra el hombro. Le acariciaba el pelo sin darse cuenta.
Un gesto automático, casi maternal. Luján seguía sin cinturón.
Mateo estiró una mano y tiró de la cinta.
Se la pasó por delante del pecho. Ella estuvo a punto de apartarlo.
El clic del cinturón sonó doméstico hasta el absurdo.
Pequeño hasta dar rabia. Después de aquello, un cinturón era una estupidez.
También era una forma de no salir despedida.
Nerea habló contra la chaqueta de Clara:
—Ha levantado la mano.
Se pasó una mano por la cara.
—Lo he visto.
—No quería entrar.
—Ya.
—No, Lu. No quería.
Abrió los ojos. La frase le hizo daño porque no añadía nada y, con todo, lo cambiaba todo. La obediencia le había salido incompleta. Pero no quería entrar. Clara levantó la cara hacia Damián.
—¿Dónde lo llevan?
—Garraf —dijo Luján antes que él.
La respuesta no llegó. Mateo buscó detrás en el espejo.
—Isaac.
—Estoy buscando ruta.
—Sin móvil.
—No estoy usando datos.
—Me da igual.
Isaac le enseñó un aparato pequeño, con la pantalla rota en una esquina. Aquel aparato no parecía un móvil normal.
—Mapa descargado. Rutas viejas. Accesos de servicio.
Mateo no preguntó cómo lo tenía. No había tiempo para elegir qué secretos importaban. Clara pasó una mano por la carpeta chamuscada.
—Mamá sigue en el Hospital General.
Luján se volvió hacia ella. La frase le entró con una claridad dañina: mamá sigue allí. No encontró respuesta. Jan estaba vivo; Carmen no. La frase era una mierda y aun así estaba ahí.
—No la vamos a dejar allí —dijo al fin.
Clara la miró sin entender.
—¿Qué?
—Volveremos por ella. Pero si paramos ahora, perdemos a Jan.
Clara abrió la boca. No encontró una respuesta que no sonara a derrota.
—Prométemelo.
Luján miró la carretera por delante, los dedos marcados, la carpeta chamuscada sobre las piernas de su hermana.
—Te lo prometo.
No supo si era verdad o una forma de seguir respirando. Pero Clara necesitaba una promesa, aunque estuviera hecha de barro. Mateo apretó las manos al volante. Isaac sí.
—Eso nos desvía.
Luján se inclinó hacia delante.
—Pues desvía.
Isaac sostuvo su mirada desde el espejo.
—No mandas tú.
—Ni hablar de eso.
Luján bajó la vista a sus manos. A la marca que seguía en los pliegues. A la línea roja de la mejilla donde le había saltado cemento. Luego volvió a mirar el retrovisor.
—Pero soy lo que están moviendo. Y ahora mismo decido hacia dónde.
Mateo tomó la siguiente salida. El coche se metió en una vía más abierta. Barcelona empezó a quedar atrás. De nuevo el Garraf esperando con su piedra clara, su mar cerca, sus entradas que no parecían entradas. Miró por la ventanilla. Llorar no alcanzaba para todo aquello.
En el cristal vio su reflejo superpuesto a la ciudad que se alejaba.
Ojos hundidos. Pelo revuelto. Mejilla arañada.
Una mujer que había salido de su casa aquella mañana para identificar la muerte de su madre y ahora llevaba en el pecho la certeza de un hermano vivo siendo devuelto a una furgoneta.
Esta vez la palabra no se rompió. Dolió entera. Damián habló desde atrás, muy bajo:
—Cuando lo has llamado, ha parado.
Luján no giró hacia él.
—No he hecho nada.
—Has dicho su nombre.
—Ese nombre no es mío.
—No me sirve.
Damián notó la voz cerrada.
—Era de Carmen.
Clara sujetó la carpeta contra el pecho. Luján apoyó la frente en el cristal. La carretera empezaba a abrirse delante.
—Entonces también es mío.
El ruido del coche ocupó lo que nadie se atrevía a decir.
Siguieron hacia el Garraf con la muerte de Carmen aún pendiente, Jan desapareciendo detrás de una furgoneta y una carpeta chamuscada sobre las piernas de Clara.
Se pasó una mano por la cara. Vio la mano al otro lado del cristal.
Luego la misma mano levantándose entre coches. Esta vez no pensó A-2.
—Vamos a buscar a Jan —dijo.
Y nadie se atrevió a corregirla.