Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 15 — LA PUERTA DEL GARRAF
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CAPÍTULO 15 — LA PUERTA DEL GARRAF

La verja quedó atrás con un chirrido largo.

Y no llegó a cerrarse. A Luján le molestó verla así, a medias, como una boca que ya no necesitaba morder porque los había tragado.

La imagen se le quedó clavada unos segundos en el retrovisor: hierro viejo, zarzas, tierra suspendida y aquella abertura absurda, paciente, casi educada.

La cortesía de las trampas tenía algo obsceno.

Mateo conducía sin hablar. El coche protestaba en cada piedra, escupía grava contra los bajos y dejaba que las ramas le arañaran la pintura con una insistencia de uñas.

La marca de la entrada desapareció detrás de una curva, devorada por los pinos bajos y por la tierra que levantaban las ruedas.

La furgoneta quedó fuera. No necesitó seguirlos.

El camino ya se había encargado de ellos.

—Sigue ahí —murmuró.

Clara la sostenía contra su cuerpo, una mano en la frente ardiente y la otra en la cintura.

Tenía la cara descompuesta, la melena pegada al cuello por el sudor y un solo pie con calcetín sucio.

La zapatilla perdida en la escalera del hospital pertenecía ya a otra vida, pero Luján no conseguía olvidarla: negra, torcida sobre el metal, abandonada porque no hubo tiempo ni para una cosa tan pequeña.

A veces una pérdida mínima dice más que una muerte. El horror también se queda en los detalles pequeños, por pura mezquindad.

—No hables —le dijo Clara.

Nerea intentó sonreír. Le salió un gesto torcido.

—Cada vez que dices eso…

—Me da igual. No hables.

Esta vez obedeció. Y eso preocupó más. El coche siguió bajando.

Nadie preguntó cuánto faltaba, porque allí las distancias habían dejado de significar algo.

La pista no avanzaba en línea recta. Se plegaba.

Bajaba, subía un poco, volvía a cerrarse entre matorrales secos y roca clara.

A ratos parecía que iban hacia dentro de la montaña; a ratos, hacia ninguna parte.

La luz aparecía y desaparecía entre los troncos, siempre a una distancia imposible de medir.

Nunca demasiado cerca. Nunca del todo perdida. Luján miró por la ventanilla.

El Garraf nunca había sido bosque de verdad.

No como en los cuentos, ni como en las fotos bonitas que enseñan las rutas fáciles.

Era piedra abierta, pino bajo, tierra rota, ramas duras arañando el aire.

Un lugar seco, sin intención de cobijar a nadie.

Incluso el verde parecía puesto allí por resistencia, no por vida.

Todo crecía torcido, agarrado a lo mínimo.

El mar seguía cerca, pero ya no se veía.

Eso la inquietó más que si hubiera desaparecido de verdad. Saberlo allí, detrás de la roca, al otro lado de una curva o de un desnivel, y no poder alcanzarlo. El mar como una salida que el paisaje había decidido esconderles.

—Aquí no se oye nada —dijo Nerea.

Clara bajó la cara hacia ella.

—Claro que se oye.

—Nada de fuera.

Tenía razón. No había motos. Ni coches. Ni ladridos.

Ni la vibración lejana de una carretera.

Solo el motor forzado, la grava bajo las ruedas y aquel zumbido bajo que no terminaba de ser máquina ni viento.

Como si el macizo guardara una instalación viva debajo y la piel de piedra no bastara para taparla.

Damián respiraba mal en el asiento delantero. Cada bache le arrancaba un gesto, pero no se quejaba. Eso también decía bastante. Un hombre herido que no se permite quejarse suele estar guardando fuerzas para una culpa mayor.

—¿Esto existía cuando…? —empezó Clara.

No acabó la frase. Damián se quedó un momento con la boca cerrada.

—Existía antes de que le pusieran puertas.

Mateo lo miró de reojo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Luján apoyó los dedos en el cristal. Estaba tibio por fuera y frío por dentro; parecía que el coche no supiera a qué temperatura pertenecer.

En la uña aún llevaba una sombra oscura.

No se iba. Ya no esperaba que se fuera. El camino se estrechó de golpe.

Mateo redujo. Una rama golpeó el lateral con un chasquido seco y Nerea dio un respingo. Clara la apretó más contra sí.

—Perdón —murmuró Nerea.

—No pidas perdón por asustarte —dijo Luján.

Le salió antes de pensarla. Clara la miró un segundo, sorprendida. Luján apartó la vista.

Más adelante, la pista se abrió en una curva muy cerrada.

Durante un instante el mar apareció entre dos cortes de roca: gris, bajo, manchado por la luz.

Un trozo apenas. Suficiente para recordar que fuera seguía existiendo un mundo con playas, chiringuitos cerrados, gente haciendo fotos, niños con arena en los tobillos.

Un mundo vulgar. Bendito. Casi obsceno de tan normal.

Luego la curva lo borró. Y el Garraf volvió a cerrarse.

Aquella pista no parecía hecha para coches, sino para decisiones: quién entraba, quién quedaba fuera, quién volvía a ser separado. Luján miró a Nerea, a Mateo, a Damián. Todos fallaban por una costura distinta. Ella también.

El reflejo del salpicadero volvió un segundo. No venía de fuera. O no solo.

Luján bajó la mirada al suelo del coche, al tierra acumulada en las alfombrillas, a la caja que ya no llevaban y que aun así parecía seguir pesando entre todos.

—Esto no es una entrada —dijo.

Mateo no apartó la vista del camino.

—¿Entonces qué es?

Luján miró la curva siguiente. Más roca. Más sombra. Un fondo frío, casi metálico.

—Una prueba.

Damián parpadeó despacio. No dijo que no. Y eso fue lo peor.

Damián iba hundido contra la puerta, el pañuelo empapado contra el antebrazo. Cada bache le arrancaba una mueca mínima; no se quejaba, quizá porque ya no le quedaba energía ni para fingir.

Isaac miraba el aparato sobre sus rodillas.

La pantalla parpadeaba a ratos, perdía señal, la recuperaba y volvía a mostrar puntos incompletos sobre un mapa que no parecía de ningún sitio.

Mateo conducía con todo el cuerpo: hombros tensos, boca apretada, el pie en el embrague, negociando con aquel coche cada metro de descenso.

Luján tenía una mano en el pecho. El latido iba mal.

—¿Cuánto falta? —preguntó Clara.

Damián abrió los ojos con esfuerzo.

—No lo sé.

—Qué raro —susurró ella.

La ironía le salió tan débil que casi no llegó al asiento delantero. La pista se curvó entre dos paredes de roca que estrechaban el paso hasta convertirlo en garganta. Una rama seca golpeó el cristal junto a Luján. Ella ni se movió. Al otro lado del giro apareció la puerta.

Intentaba parecer abandonada, sin conseguirlo.

Estaba encajada en la roca: metal oscuro, viejo, sin rótulos; dos hojas grandes, una ligeramente vencida; humedad en las juntas y óxido comiendo los bordes.

A un lado, una caseta baja, casi devorada por la vegetación, mostraba arañazos recientes en la chapa.

La pista moría allí. Allí no cabía un giro.

Tampoco cartel de prohibido. El lugar lo decía sin necesidad de cartel.

Mateo frenó con cuidado y dejó el motor al ralentí. Nadie bajó enseguida. El coche siguió temblando bajo ellos, pobre animal viejo obligado a entrar en un sitio donde ni las máquinas parecían bienvenidas.

—Esto ya no es casualidad —dijo Isaac.

Revisó la puerta, la caseta, el camino a sus espaldas. La furgoneta ya no se veía.

—Si hay alguien dentro… —empezó Clara.

—Ya lo saben —cortó Luján.

A Mateo no le gustó la seguridad con que lo dijo.

—¿Y eso?

Ella señaló con la barbilla.

—Porque está abierto.

El candado colgaba de una cadena oxidada, suelto, sin forcejeo.

La argolla conservaba una zona limpia, como si alguien lo hubiera abierto hacía poco y lo hubiera dejado allí a propósito.

Una invitación. O un aviso. En aquel sitio, por supuesto, las dos cosas podían ser la misma.

Mateo apagó el motor. De pronto se oyó todo: la respiración de Nerea, una rama golpeando la chapa, el tic cansado del coche enfriándose, el viento moviéndose entre los pinos con una paciencia vieja.

—De nuevo no —susurró Nerea.

Clara la acomodó mejor contra ella.

—A estas alturas, nada gusta.

Mateo empujó la hoja pequeña del lateral. Cedió sin un solo chirrido. Luján habría preferido que gritara un poco. Que se resistiera. Que no pareciera tan dispuesta a dejarlos pasar.

Mateo se plantó medio paso delante, sin bloquearla del todo. Isaac esperó. Nadie necesitaba repetir que entrar podía ser justo lo que querían.

Mateo avanzó. Al otro lado, la grava estaba removida, las ramas rotas y la tierra oscura mostraba huellas recientes. Se agachó y tocó el suelo con dos dedos. Aún conservaba humedad reciente.

—Esto es de hace poco.

Mateo miró alrededor.

—¿Quién?

Solo el viento entre los pinos. La caseta tenía la puerta entornada. Isaac entró primero. Dentro había una silla volcada, un cable arrancado de la pared y, junto al marco, otra señal casi borrada. Clara la vio desde fuera.

—Otra vez la misma señal.

Damián encajó aquella marca como si acabaran de tocarle una costilla rota.

—Aquí controlaban las entradas.

—¿Quiénes? —preguntó Mateo.

Damián salió con la cara endurecida.

—Los que no bajaban nunca al hospital.

Luján se giró hacia él.

—¿Qué significa eso?

—Que había gente que daba órdenes desde arriba. Otra desde la ciudad. Y otra desde aquí.

—¿Desde aquí quién?

Damián miró la puerta incrustada en la roca.

—Los que decidían si alguien todavía servía.

Clara hizo un gesto de asco.

—No uses esa palabra.

—No es mía.

—Pero sale de tu boca.

Damián evitó la luz. La entrada principal seguía allí, muda, sin nombre.

Damián se acercó a la cerradura sin tocarla.

Tenía miedo, y Luján lo vio. No miedo a quedar atrapado.

Una cosa peor. Miedo de reconocer el sitio.

De descubrir que la memoria, esa supuesta ruina, aún tenía las paredes en pie.

La hoja se abrió con un raspado feo cuando Damián apoyó el hombro. Isaac asomó primero.

—Alguien ha pasado por aquí… y no ha tenido tiempo de borrar bien el rastro.

Luján cruzó el umbral. Dentro el aire era viejo, removido, con humedad y algo químico que se le pegó al fondo de la garganta.

Bajo una mesa quedaba una brida negra recién cortada.

En la pared, el rectángulo claro de una placa arrancada.

En el suelo, marcas de ruedas pequeñas se perdían hacia el fondo. Siempre en la misma dirección.

—Es aquí —dijo Luján.

No lo dijo para los demás. Le salió del pecho. El centro de la sala estaba pisado; el resto conservaba esa dejadez vieja de los sitios que fingen no haber servido para nada. Clara entró ayudando a Nerea, que se dejó caer en una silla con los labios casi sin color.

—Nerea —murmuró Luján.

—Estoy —contestó ella, ahorrando palabras.

Pero ya no sonreía. Entonces, tras una puerta corredera casi invisible, se encendió una franja en el zócalo.

El pasillo del fondo olía a hormigón húmedo y lejía vieja.

Al otro lado, algo golpeó una vez. Todos se quedaron quietos.

Un golpe seco, de nudillo contra hormigón.

Cercano. Justo a la altura del pecho de Luján.

Mateo cruzó medio cuerpo sin pensarlo. Luján lo apartó con suavidad, pero firmeza.

—Por ahí no.

—Lu…

—He dicho que no.

Damián se separó de la pared con esfuerzo.

—No contestes.

Luján buscó su cara.

—¿Qué?

—No contestes.

El golpe volvió, un poco más abajo. Nerea se levantó a medias y Clara la sujetó de inmediato.

—No te muevas.

—Está llamando —susurró Nerea.

—No sabemos qué está llamando —respondió Clara.

Isaac sacó la linterna y recorrió la pared hasta encontrar una junta casi invisible, pintada del mismo color enfermo del muro.

—Hay una hoja escondida.

Mateo se acercó.

—¿Se abre?

Isaac tardó un segundo.

—Sí.

—Entonces abre —dijo Luján.

—No —intervino Damián.

Ahora su voz sonó realmente asustada. No precavida. No incómoda. Asustada.

—Esa puerta no se abre desde aquí.

Clara lo miró con asco.

—Acabas de decir que era de paso.

—Una cosa es pasar. Otra abrir cuando llaman.

—Estoy harta de frases que significan otra cosa.

Damián abrió la boca. La cerró un segundo después, como si probara la frase antes de soltarla.

—Si alguien golpea desde ahí, no sabes si quiere salir… o si quiere que entres tú.

Y esa vez Luján no pudo odiarlo del todo, porque tenía sentido. Nerea susurró:

—Está respondiendo.

—A ti —añadió Damián, sin mirar a Luján.

A Luján se le desordenó la respiración.

—No he hecho nada.

—Estás aquí.

Isaac estudió la junta.

—Necesita activación.

Damián dejó la vista en la mesa.

—Voz.

—Claro —dijo Luján.

La contraseña era ella de nuevo. Mano, voz, cuerpo. Todo lo que nunca les había dado permiso para usar. Qué sistema tan eficiente: convertir a una persona en llave y luego llamarlo protocolo. Clara se acercó.

Clara quiso negarlo, pero la pregunta ya estaba en la pared: si Jan estaba al otro lado, ¿quién iba a dejarlo allí? Mateo no intentó convertir el golpe en certeza.

La llamada de las seis y doce le cruzó la cabeza. La taza limpia. Clara sin zapatilla. Nerea ardiendo de fiebre. Carmen muerta en Sant Pere. Jan descalzo, Jan como código, Jan como nombre recién aprendido y ya arrancado otra vez. El golpe no volvió. Abrió los ojos.

—No voy a volver a dejarte ahí.

Salió baja, casi rota. La pared vibró. Apenas. Un roce interno, como algo que despierta detrás de la piedra. La línea de la puerta se encendió. Mateo maldijo entre dientes.

—Ha funcionado —murmuró Nerea.

La puerta no se abrió de inmediato; primero apareció un panel lateral.

Letras temblorosas aparecieron; el sistema despertaba con dificultad.

D-17 / PRESENTE. RESPUESTA EMOCIONAL VERIFICADA.

BINOMIO A — VÍNCULO ACTIVO. Luego una voz baja, rota por interferencias.

Humana. Sucia. Una voz atrapada en una máquina, conservada allí como se conserva una herida bajo una venda vieja.

—Si has llegado hasta aquí…

Clara se le heló la cara.

—No…

La voz continuó, más débil, más muerta:

—…no abras la puerta.

Carmen. La voz de su madre, grabada, esperándola dentro de la piedra. Detrás de la pared, algo golpeó de nuevo. Y la puerta empezó a abrirse.