Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 11 — LA SEPARACIÓN
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CAPÍTULO 11 — LA SEPARACIÓN

La alarma seguía sonando, aunque ya no servía para avisar de nada.

Al principio todavía tenía ritmo. Tres golpes cortos, una pausa, otros tres.

Después se rompió. Desaparecía durante segundos eternos y volvía en seco, más grave, más sucia, apagada y encendida desde un sitio donde ya no quedaba nadie mirando.

Se metía debajo de la piel. Luján tardó en apartar los ojos de la compuerta.

El nombre parecía pequeño para todo aquello.

Humano hasta doler. Casi ridículo allí abajo, entre cristales blindados, puertas selladas y códigos de uso interno.

Pero por eso mismo dolía más. Porque Jan podía haber sido un niño con rodillas peladas.

Un hermano con una mochila. Una voz al otro lado de una mesa.

Una pelea tonta. Un cumpleaños olvidado.

Una vida entera que no había sucedido donde tenía que suceder.

Algo seguía tirando de ella desde el otro lado. Otra cosa abajo. Más antigua.

Mateo se puso cerca, lo justo para sujetarla si caía, sin tocarla todavía. Había aprendido tarde que tocarla en aquel sitio podía ser otra forma de empujarla.

—Lu.

Si le decía vámonos, lo odiaría. Si le decía tranquila, quizá le partía la boca. Si le decía que él seguía allí, se rompería por el sitio equivocado.

Damián estaba junto a la consola, con la mano apoyada en la tapa metálica.

Se había abierto el antebrazo al forzar el mecanismo.

El corte no era profundo, pero sangraba con una constancia fea, una línea roja bajándole hasta la muñeca y cayendo de vez en cuando al suelo.

Ni lo miraba. Luján sí. La sangre era lo único honesto de aquella sala.

Clara tenía la carpeta contra el pecho. La foto de la cuna estaba dentro.

D-17. A-2. 03:41. Luján no la veía, pero sabía que estaba ahí, metida entre papeles con la fe absurda de que el papel pudiera contener algo así.

Nerea seguía mirando la compuerta. Tenía la cara empapada y no hacía nada por limpiarse.

La gasa arrugada se le había caído al suelo.

—Ha dicho tu nombre —murmuró.

Aquello no sonó a prueba. Sonó como una culpa. Cerró los dedos.

—No lo sabes.

—No del todo.

Nerea tiró de la manga.

—Pero creo que sí.

Que no quisiera convencerla. Que ni siquiera intentara convertirlo en certeza. Solo había visto algo. Una boca moviéndose al otro lado del cristal. Una palabra breve antes de desaparecer. No D-17. El zumbido cambió. Más hondo. Damián levantó la cabeza.

—Tenemos que irnos.

Mateo se volvió hacia él.

—Nos vas a llevar a donde se corta el bloqueo.

—No se corta desde aquí.

—Eso ya lo has dicho.

—Y también he dicho que no sabéis qué estáis pidiendo.

Giró despacio.

—Yo sí.

Damián la miró. Por primera vez desde que lo habían encontrado, pareció quedarse sin frase preparada.

—Sigue vivo —dijo.

Mateo reaccionó sin pensar.

—Cállate.

—Lo sé —dijo Luján al mismo tiempo.

Damián apretó la herida con la otra mano. La sangre le manchó los dedos.

—Si activan traslado, ya no podré seguirlo.

—¿Traslado a dónde? —preguntó Clara.

Damián no dijo nada. Clara se acercó un paso. Tenía la cara deshecha, pero la voz le salió sin aire.

—No hagas eso. No otra vez. No digas media frase y te escondas detrás.

—No llego a verlo.

—Mentira.

—No lo sé seguro.

—Pues di lo inseguro.

La alarma dio un golpe más largo. Algo vibró detrás de la pared. Damián miró al pasillo lateral.

—Hay una sala técnica. Desde allí puedo retrasar. No abrir. No sacar. Retrasar.

—Pues vamos —dijo Luján.

Mateo ya tenía la mochila al hombro.

—¿Por dónde?

Damián señaló la cortina de plástico endurecido al fondo.

—Por ahí.

Se quedaron antes de cruzarla. Una puerta lateral se abrió con un golpe seco al otro extremo del pasillo. Mateo se giró de inmediato. Clara tiró de Nerea hacia atrás. Luján no se movió.

Un hombre apareció entre la luz mala del corredor. Alto, delgado, con una chaqueta oscura y una tarjeta colgada del cuello que no parecía suya. Tenía la respiración rota, pero no cara de haberse perdido. En la mano llevaba una llave magnética y una linterna pequeña apagada. Mateo soltó una palabra.

—Isaac.

El hombre no preguntó nada. No preguntó dónde estaban, ni quién era Luján, ni qué hacía Clara llorando, ni por qué Nerea parecía a punto de doblarse.

Miró la compuerta cerrada, el cristal, la consola abierta, la sangre de Damián y colocó todo en algún sitio rápido de la cabeza. Roser no venía con él.

—Moveos —dijo Isaac—. Esto no aguanta.

No gritó. No le hizo falta. La urgencia le había cambiado los ojos. Mateo fue hacia él.

—¿Cómo has entrado?

—Luego.

—Isaac.

—Luego, joder.

Le tendió una tarjeta. Mateo la cogió. No hubo abrazo. Isaac no traía alivio. Traía otra puerta. Luján sostuvo su mirada.

—¿Sabes lo que hay al otro lado?

Isaac le sostuvo la mirada medio segundo. Después miró a Mateo.

—¿Es ella?

A Mateo se le cayó la cara antes de que nadie pudiera preguntarle. Isaac volvió a Luján.

—Entonces no tenemos tiempo.

A Luján le entró rechazo inmediato. Por cómo la miró. Como si ella fuera un problema viejo que acababa de confirmarse.

—No me mires igual que si yo fuera una alarma —dijo.

Isaac parpadeó.

—Ahora mismo lo eres.

Mateo cortó el paso.

—Isaac.

—No he venido a ser amable.

—Se nota.

—He venido porque Roser ha llamado llorando por primera vez en veinte años.

Damián levantó la cabeza.

—¿Roser está bien?

Isaac lo miró sin concederle ni esa pregunta.

—Sigue arriba. Intentando que no miren las cámaras correctas.

—No va a poder mucho rato.

—Por eso he dicho moveos.

Damián se incorporó.

—La sala técnica.

Isaac miró su brazo.

—Vas sangrando.

—Ya. Perdona.

—Pues no manches los lectores.

Damián soltó una risa mínima. Fea.

—Bonito verte también.

—No he venido por ti.

Pero miró la herida de Damián más de lo necesario para que aquello fuera cierto del todo. Lo suyo no parecía cariño. Parecía una deuda vieja, y las deudas, allí abajo, olían casi igual que el miedo.

—Nadie viene nunca por mí.

—Muévete.

Clara tiraba de Nerea como podía. Nerea llevaba el peso vencido hacia delante y respiraba contra su hombro.

—Sigue —le soltó Clara.

Nerea ni siquiera pudo contestar. Damián pasó primero por la cortina de plástico. Isaac fue detrás. Mateo esperó a Luján. Ella miró una última vez la compuerta. El metal no devolvió nada.

—Lu —dijo Clara.

Esa vez no sonó a freno. Sonó a hermana. Luján desvió los ojos.

—Vamos.

El corredor detrás de la cortina era más estrecho.

No tenía la falsa limpieza de las salas anteriores.

Allí ya no habían fingido tanto. Las paredes estaban marcadas por golpes, humedad y cables vistos.

Un olor a óxido se mezclaba con lejía vieja y algo quemado.

En el techo, las luces de emergencia parpadeaban a destiempo.

Isaac abrió una puerta con la tarjeta. A la primera falló. Ni a la segunda.

—Me cago en…

Mateo le quitó la tarjeta de la mano.

—Déjame.

—No la dobles.

—Cállate.

La pasó por el lector, más despacio. La luz cambió a verde. Isaac lo miró de lado.

—Siempre tan delicado.

—Hoy no.

La puerta cedió. Al otro lado había una escalera de servicio. Una barandilla áspera y el encierro de una escalera sin aire. No subieron porque fuera mejor. Abajo ya había dejado de ser un lugar. Era una boca.

La alarma se oía peor en la escalera. Más rota. Subía por el hueco metálico y volvía multiplicada, imposible de ubicar. Cada escalón vibraba un poco bajo los pies. En el segundo tramo, Clara perdió una zapatilla.

El pie le resbaló y golpeó el borde del escalón. Nerea, que iba justo detrás, intentó agacharse.

—Déjala —dijo Clara.

—Pero…

—Déjala. Ahora.

Siguieron subiendo. La zapatilla quedó allí, torcida sobre el metal, absurda.

Luján la vio por un momento al girar el tramo.

Una zapatilla barata, negra, de su hermana.

Le dio un golpe de pena tan estúpido que casi la enfureció.

Habían dejado atrás una cuna, un hombre vivo detrás de un cristal, una compuerta cerrada, y de pronto aquella zapatilla perdida parecía insoportable.

Porque era de Clara. Porque Clara siempre llevaba zapatos correctos.

Porque Clara siempre volvía a por las cosas.

Porque esa mañana ya estaban perdiendo de sobra como para perder también una zapatilla en una escalera que no figuraba en ninguna planta.

Nerea subía porque Clara tiraba de ella.

Si Clara aflojaba, se iba al suelo. Luján subía detrás, con la mano agarrotada alrededor de la barandilla.

Mateo no le quitaba ojo. No le decía nada, pero estaba pendiente de cada tropiezo, cada respiración, cada vez que ella giraba la cabeza hacia abajo.

También la sostenía. A mitad de un tramo, una luz murió. Un segundo. Nerea falló un escalón.

—No te pares ahora —dijo Isaac desde arriba.

—No me estoy parando —contestó Clara, con una rabia que le devolvió algo de cuerpo.

—Pues sube.

—Subo mejor con dos zapatos.

Isaac siguió mirando el aparato. Mateo apartó un carro volcado que bloqueaba medio rellano. Lo hizo de una patada. El metal chilló contra la pared. Isaac terminó de abrir el hueco con el hombro.

—Menos ruido —dijo Damián.

Mateo lo miró.

—Ahora te preocupa el ruido.

—Me preocupa lo que viene después del ruido.

—Entonces corre.

Damián no corrió. La sangre le bajaba ya hasta la mano. En cada tramo dejaba alguna gota, pequeña, oscura, fácil de seguir. Luján se fijó.

—Estás dejando rastro.

Él miró la mano con un gesto de recuerdo súbito. Isaac sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tiró.

—Aprieta.

Damián lo atrapó al vuelo.

—Gracias.

—Eso no tenía nada de amabilidad.

—Ya, lo he visto.

Más arriba estalló un panel. No fue una explosión grande. Fue un reventón seco, eléctrico. Saltaron chispas contra la pared y Nerea gritó esta vez sin poder evitarlo. Clara la agarró por los hombros.

—Estoy aquí.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No puedo.

—Pues no puedas subiendo.