CAPÍTULO 10 — AL OTRO LADO DEL CRISTAL #2
—No te acerques.
Él seguía mirándola, sin sorpresa y sin miedo. Sin nada que se pareciera a una emoción normal. Y, aun así, la sala entera dejó de sentirse vacía.
La mano de Luján seguía en el cristal. Se le quedaron marcadas las líneas de la palma.
Al otro lado, él levantó la suya. Lo justo para que doliera de verdad.
No la colocó exactamente enfrente. La dejó un poco más baja, sin recordar bien el gesto o como si nadie le hubiera enseñado a hacerlo entero.
Luján retrocedió un paso. De golpe. El cristal parecía haberse vuelto fino.
Al otro lado, Jan miró su propia mano como si el movimiento le perteneciera solo a medias. No la retiró enseguida. La dejó suspendida, torpe, un poco por debajo de la de Luján. Después movió el pulgar. Un gesto mínimo. Casi nada. Pero no era automático. No parecía una orden. Parecía una prueba.
Luján sintió que el corazón le hacía una cosa absurda, casi ridícula. Amor, no. Todavía no. El amor habría sido limpio de más para ese sitio. Aquello era reconocimiento sin permiso. Una grieta abierta en un lugar donde no había sitio para grietas.
—¿Lo está haciendo él? —preguntó Clara.
Damián tardó en responder.
—Creo que sí.
—No creas —dijo Luján sin apartar los ojos—. Mira.
Jan bajó la mano. Luego la subió otra vez, esta vez un poco más cerca de la altura correcta. No acertó. O no quiso acertar del todo. Luján entendió entonces algo pequeño y enorme: no estaba copiando una postura. Estaba corrigiéndola.
Nerea lloró en silencio. Mateo no dijo nada. Eso ayudó. Por una vez, nadie puso una frase encima del gesto.
—Jan —dijo Clara, más bajo.
Él no giró hacia ella, pero parpadeó. Una vez. Luján lo vio. No supo si era respuesta, reflejo, dolor o simple cansancio. Lo guardó igual. El primer gesto propio de Jan no podía ser limpio. Nada suyo iba a salir entero de allí.
—Yo no soy eso —susurró.
Le salió tan bajo que casi no fue frase. Clara la oyó igual.
—No es eso.
—No lo sabes.
—Lu…
—No lo sabes.
Clara se acercó al cristal con pasos lentos, cautelosos.
No miraba al hombre como se mira a un extraño.
Tampoco como se mira a alguien de la familia.
No sabía cómo mirarlo. Eso se le veía en la cara.
Y aquello le hizo más daño a Luján de lo que esperaba.
Porque Clara era su hermana. Su hermana de verdad.
La de los pasillos de Vilanova, los hospitales, las llamadas, las peleas, las bolsas recogidas de madrugada.
Y ahora había otra persona detrás de un cristal ocupando una palabra imposible.
—Tiene tus ojos —dijo Clara en voz baja.
—Clara, cállate.
—Pero los tiene.
—No lo digas.
La súplica se le rompió a mitad.
—Por favor.
Clara tragó la réplica. Mateo rozó el brazo de Luján con dos dedos.
—Lu.
Ella abrió la boca. Le costó sacar una cosa que no fuera ruido.
—Nos sacaron del mismo sitio.
Damián dijo desde atrás:
—No iguales.
Luján se giró hacia él.
—¿Qué?
—No buscaban copias. Querían ver qué quedaba de cada uno separado del otro.
Mateo habló antes que ella.
—Una palabra más y te juro que…
—Déjalo —cortó Luján.
—No lo dejo.
—Déjalo.
Mateo se calló, pero hervía. Se le veía en los hombros, en la respiración corta, en la mano cerrada.
Luján volvió al cristal. El hombre tenía la mano contra el costado.
Un dedo le temblaba ligeramente. No mucho.
Apenas una vibración mínima en el índice.
Luján se agarró a ese detalle porque era concreto.
Un dedo. Una cicatriz en la muñeca. Una marca fina debajo del pómulo.
Un mechón pegado a la frente. Una uña rota.
Lo demás era demasiado grande para tragárselo.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
Damián clavó los dedos en la manga.
—¿Cuánto?
—No siempre aquí.
Esa respuesta fue peor. Giró la cabeza.
—No me hagas repetirlo.
Damián se pasó la lengua por los labios.
—Pasó por sitios. Entró. Salió. Volvió.
—¿Volvió solo?
—A veces.
Nerea bajó las manos de la boca. Tenía la cara mojada.
—¿Por qué iba a volver?
Damián la miró con dolor, más por esa pregunta que por las otras.
—Porque hay sitios que te rompen y aun así son lo único que reconoces.
Nerea se apartó un poco de la pared.
—Eso no es una respuesta médica.
—No lo era.
—Entonces no lo diga igual que si lo fuera.
Damián guardó silencio. A Luján le impresionó que fuera Nerea quien hubiera dicho eso. No fuerte. No segura. Pero lo había dicho. En esa mañana, Nerea había empezado a dejar de pedir permiso para existir dentro del miedo. Clara se apoyó en la pared.
—Basta.
Lo dijo para todos. Para Damián. Para Luján. Para ella misma. Pero nadie le hizo caso. Luján golpeó el cristal con la palma abierta. El hombro recibió todo el impacto.
—Di algo.
El hombre parpadeó dos veces, muy despacio.
—Di algo, joder.
Ni el menor gesto. Damián dio un paso.
—No responde así.
Luján no se giró.
—¿Y cómo responde?
—No lo tengo claro.
—Mientes fatal para haber trabajado en archivos.
Salió torcida, sucia. Damián la encajó sin defenderse.
—El audio está cerrado.
Mateo se volvió hacia él.
—Ábrelo.
—Desde aquí no.
—Pues dime desde dónde.
Damián señaló una consola vieja encajada en la pared lateral, medio oculta detrás de una carcasa metálica.
—Ahí.
Mateo fue hacia ella.
—Quieto —dijo Damián.
Mateo no se detuvo.
—He dicho que quieto.
—Y yo he oído perfectamente.
La consola tenía tres interruptores, dos luces apagadas y una ranura sin tarjeta. Mateo tiró de la carcasa. No cedió.
—Necesita llave.
Luján soltó una risa breve, fuera de lugar.
—Claro.
Damián la miró.
—No esa llave.
—Entonces abre tú.
—Si lo abro, también les avisa.
Mateo se giró hacia él.
—¿A quién?
Damián levantó la vista al techo. Se tragó la frase. Arriba sonaron dos golpes secos. Más arriba. Había contestado una estructura entera.
El temblor bajó por la pared y se les metió en los pies. Clara agarró a Nerea del brazo.
—¿Qué ha sido eso?
Damián se movió por primera vez con prisa.
—Nos han detectado.
—¿Quiénes? —preguntó Mateo.
—Los que siguen cobrando por no saber nada.
Fue una respuesta horrible, y muy clara. Mateo tiró de Luján.
—Nos vamos.
Ella no apartó la vista del cristal. Él seguía allí. Mal hecho por dentro, sí. Pero vivo.
—Espera.
—Lu.
—No aún.
Luján golpeó el cristal de nuevo.
—¡Di algo!
El hombre levantó la mano de nuevo. Esta vez la colocó más cerca de la suya.
Las dos palmas quedaron frente a frente, separadas por el vidrio.
Clara empezó a llorar de verdad. Sin contenerse ya.
Un llanto bajo, adulto, feo. De hija, de hermana, de mujer agotada en un pasillo donde nada podía arreglarse.
Luján pegó la frente al cristal. El contacto le quemó la piel.
Al otro lado, él no apartó la mano. La mantuvo ahí, muy cerca de la suya, y por primera vez hizo algo que no parecía respuesta a una orden: dobló el dedo índice y lo apoyó dos veces contra el cristal.
Dos golpes pequeños. No fuertes. No una señal de auxilio cinematográfica.
Más bien una comprobación torpe de que podía decidir el ritmo de su propia mano.
Luján imitó el gesto antes de pensarlo. Dos golpes. La distancia entre ambos seguía siendo la misma, gruesa, imposible, pero algo cambió de sitio. Jan bajó la mirada hacia sus dedos. Pareció desconcertado por haber recibido contestación.
Damián abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Eso lo hacía de pequeño.
Nadie se volvió hacia él. Ni siquiera Mateo. La frase quedó allí, sucia y preciosa, porque no servía para salvarlo de nada y, aun así, lo volvía más persona que todos los códigos juntos.
—No digas de pequeño como si lo hubieras cuidado —murmuró Luján.
—No —dijo Damián—. No lo cuidé. Lo vi sobrevivir.
—¿Sabes quién eres?
Mateo le cogió el brazo.
—Luján, ahora no.
—Cállate.
Al otro lado, él movió los labios. Clara se acercó más.
—Ha dicho algo.
Nerea dio un paso hacia la consola.
—No lo oigo.
Damián volvió a mirar al techo.
—No tenemos tiempo.
Mateo lo encaró.
—Entonces haz que lo tengamos.
Damián sacó el móvil otra vez. Marcó. No hubo respuesta. Volvió a marcar. El primer chirrido llegó desde arriba. Una placa metálica empezó a bajar desde el techo, al otro lado del cristal. Preparada para cerrar la sala sin prisa, con un miedo sujeto a protocolo.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
Damián fue hacia el lateral, abrió una tapa pequeña y metió dos dedos en un mecanismo.
—Bloqueo visual.
—¿Y eso qué significa? —dijo Nerea.
—Que no quieren que siga mirando.
Luján sintió un golpe de rabia tan limpio que casi la sostuvo.
—Ni de coña.
Mateo tiró de ella.
—Tenemos que salir.
—No me voy.
—Sí.
—No me voy.
—No tienes elección.
Ella se giró hacia él con una violencia seca.
—No me digas eso aquí.
Mateo soltó su brazo de golpe. Entendió tarde. Pero entendió. Al otro lado, Jan no miraba la placa. Miraba a Luján.
Como si el cierre ya hubiera pasado antes. Parecía que ese ruido no mereciera su miedo porque ya se lo habían gastado. Peor que un grito.
—Una palabra —dijo Luján contra el cristal—. Aunque sea mentira.
Él movió los labios. Ella intentó leerlos, pero la placa siguió bajando. Primero le cortó la luz de la frente. Luego los ojos.
—No —dijo Luján.
Mateo volvió a sujetarla, ahora por la cintura.
—Luján.
—Espera.
—No hay espera.
—¡He dicho que esperes!
La voz le salió rota, muy alta. Rebotó en el pasillo, en el cristal, en la placa que seguía bajando como una cosa obediente. Irse era abandonarlo de nuevo. La idea le revolvió el estómago. No con ella delante.
—Si me quedo… —empezó.
La frase se les quedó a medias. Si me quedo, me ve. Si me quedo, no está solo. Si me quedo, igual recuerdo. Si me quedo, igual no salgo. Mateo la sostuvo más fuerte.
—Si te quedas, te pierdo yo también.
Aquello le cayó mal. La belleza no tenía nada que ver.
Por desesperada. Giró apenas la cara hacia él.
Vio el miedo de Mateo. No el control. No el cuidado.
La hizo más real. Al otro lado, la placa ya tapaba la cara de Jan.
Quedó el torso, luego el brazo y luego solo la mano, abierta contra el cristal.
Luján pegó la suya al mismo punto. El metal bajó más.
Jan movió los labios una última vez. Esta vez Nerea lo vio.
—Ha dicho algo —susurró.
—¿Qué? —preguntó Clara.
Nerea negó, llorando.
—No sé. Algo corto.
Luján no apartó la mano. El metal cubrió los dedos de él.
El último fue el índice que temblaba. Luego la placa cerró con un golpe sordo.
Y el pasillo quedó vacío. Por un momento nadie hizo nada.
El cristal ya no mostraba una sala. Solo una pared, azul por los bordes.
Luján seguía con la palma pegada al vidrio.
Al otro lado ya no había nada que tocar.
Mateo la soltó lento. Porque ella ya no estaba tirando.
Clara lloraba con una mano en la boca. Nerea seguía mirando la placa, empeñada en aprender a leer metal si se esforzaba bastante. Damián había dejado de pelear con el mecanismo y tenía la cabeza baja. Luján retiró la mano del cristal. Le quedó la palma roja.
—¿Qué ha dicho? —preguntó.
Se quedaron mirando el mismo punto. Giró hacia Nerea.
—Tú lo has visto.
Nerea hizo un gesto raro con la garganta. Se limpió la cara con la manga y lo notó tarde por hacerlo así, tan de niña.
—No estoy segura.
—Dilo.
—Lu…
—Dilo.
Nerea miró la placa. Luego a Luján.
—Creo que ha dicho tu nombre.
Clara hizo un gesto mínimo con la cabeza. Mateo dejó escapar una cosa que no fue aire ni palabra. Luján sintió que el pasillo se estrechaba otra vez.
—No sabe mi nombre.
Damián habló desde la consola, sin levantar la cabeza.
—Sí lo sabe.
Luján lo miró de lado.
—Has dicho que no sabía nombres.
—He dicho que yo no sabía el suyo.
—¿Y él sí sabe el mío?
Damián cerró la tapa del mecanismo. Le temblaban los dedos.
—A ti nunca te llamaron por el código cuando estabais juntos.
Clara se separó de la pared.
—¿Qué significa eso?
Damián dejó pasar un segundo feo. Mateo dio un paso que no llegó a terminar.
—Contesta.
El zumbido del pasillo cambió de tono. Más bajo. Más urgente. Damián miró hacia la puerta por la que habían entrado.
—Significa que tenemos menos tiempo del que pensaba.
—No —dijo Luján—. Significa que vas a abrir de nuevo.
Damián negó.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No desde aquí.
—Pues desde donde sea.
Él la miró por fin. No había misterio en su cara ahora. Ni control. Solo miedo viejo.
—Si lo abro sin cortar el bloqueo, se lo llevan.
A Luján le costó entender la frase.
—¿A dónde?
Damián miró la placa.
—A la parte que Roser no quiso nombrar.
Nerea dio un paso atrás.
—¿Hay más abajo?
Mateo recogió la mochila del suelo.
—Nos vamos.
Luján se giró hacia él.
—No me voy sin él.
—No he dicho salir del hospital.
Mateo miró a Damián.
—Nos llevas a donde se corta el bloqueo. Ahora.
Damián abrió la boca. Esta vez ni siquiera supo por dónde empezar.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sí. Que dejes de llegar cuando ya han decidido por ti.
La frase le dio de lleno. Damián bajó la vista.
Luego echó a andar. No hacia la puerta por la que habían venido.
Hacia una salida lateral, estrecha, casi escondida detrás de una cortina de plástico endurecido.
Miró una última vez la placa metálica. Ya no se veía nada.
Pero debajo del zumbido, o dentro de su cabeza, o en algún sitio que no quería nombrar, seguía oyendo la palabra que Nerea había creído leer. No D-17.
Y por primera vez desde que abrió la carpeta en Sants, tuvo la sensación de que alguien la recordaba desde el otro lado de una vida que ella ni siquiera sabía que había perdido.