CAPÍTULO 10 — AL OTRO LADO DEL CRISTAL
Al principio quiso echarle la culpa al cristal.
Reflejo, mala luz, cansancio, una sombra mal puesta al fondo de una sala que no debía existir.
Cualquier mentira le servía. Cualquier cosa con tal de no mirar de frente lo que había detrás.
Pero se acercó igual. Porque ya llevaba horas haciendo eso: acercarse a lo que le daba asco.
A lo que le daba miedo. A lo que llevaba su nombre escrito donde no debía.
El pasillo se iba estrechando como una garganta.
Ya no parecía un hospital, ni siquiera la parte podrida de uno; tenía algo de túnel viejo, disfrazado a medias.
Pintura echada encima de marcas anteriores, zócalos llenos de golpes, cables metidos deprisa en canaletas beige, placas nuevas colocadas sobre huecos antiguos.
Todo añadido tarde, ocultado tarde, corregido tarde. El aire también cambiaba.
Al fondo, una luz roja parpadeó una sola vez. Triángulo. Silencio. Después el panel volvió a apagarse, como si hubiera leído su presencia y no necesitara enseñar nada más.
Arriba quedaban el filtro, el café malo y la gente esperando.
Allí abajo había aire encerrado, humedad y algo que se había limpiado muchas veces sin llegar a quedar limpio.
Un sitio donde nadie abre una ventana porque no hay ventanas.
La sala de la cuna quedaba atrás, pero su claridad pobre no se iba del todo. Se le había pegado a la piel.
A Luján le parecía verla en las manos de Clara, en los labios secos de Nerea, en los hombros de Mateo. Una capa pobre, enferma, sin ser ya exactamente los mismos que habían bajado en aquel ascensor de uso interno. Damián caminaba delante.
No deprisa. No lento. Con esa manera de moverse de quien conoce un sitio al detalle y ya no necesita mirar los carteles. Cada pocos metros volvía la cabeza. No para comprobar si seguían todos. Para comprobar si ella seguía.
—Deja de mirarme.
Damián bajó la vista apenas un instante.
Mejor. Luján no habría sabido qué hacer con otro perdón.
Mateo iba pegado a su lado derecho, sin tocarla.
Solo ocupando espacio. Ese cuidado la cabreaba casi tanto como la mantenía en pie.
Lo notaba en cada giro del pasillo, en cada pausa mínima antes de una puerta, en cómo Mateo medía la distancia entre ella y Damián sin parecer que lo hacía.
Detrás, Clara arrastraba la carpeta contra el pecho igual que una bolsa de hospital.
La cara se le había endurecido, pero los ojos la delataban.
Rojos, hinchados, con esa humedad seca de quien ha llorado y se ha obligado a parar tan pronto.
Nerea iba a su lado, con la gasa todavía entre los dedos.
La había arrugado tanto que ya no parecía una gasa.
Parecía un trapo minúsculo. De vez en cuando abría la mano, miraba la tela aplastada y volvía a cerrarla. El ruido crecía.
Se le metía entre las muelas. Cada vez que tragaba saliva, un oído se le taponaba bajo el agua. Luján tensó la boca y notó el dolor subirle hasta la sien.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Mateo.
Mantuvo la voz en el mismo sitio. Ya no fingía discreción. Damián siguió andando.
—Observación.
—¿De quién?
—De lo que quedaba.
Mateo se permitió un resoplido breve. Se tragó lo que de verdad quería decir. Luján lo oyó igual, aunque no lo dijera. Hijo de puta. O algo muy parecido.
Llegaron a una puerta sin pomo. Solo una chapa lisa, una rendija vertical en el lateral y un lector viejo, rajado, con el plástico amarillento. En la parte superior quedaban restos de pegamento. Había habido un cartel allí. Alguien lo había arrancado mal. Nerea se acercó un poco, sin tocar.
—Aquí también había letras.
Damián apoyó dos dedos en el lector. No puso la yema en el centro. Presionó una esquina concreta, casi rota. El chisme hizo un clic seco. Mateo lo encaró.
—Muy cómodo para alguien que supuestamente ya no pinta nada aquí.
Damián no abrió la puerta. Sacó un móvil pequeño del bolsillo de la bata. Viejo, sin funda, pantalla arañada. Marcó sin mirar, como quien aún recuerda un número que odia. Mateo cambió el peso de sitio.
—¿A quién llamas?
Damián levantó un dedo, no para imponer silencio, sino para ganar un segundo. La llamada entró.
—Observación —dijo—. Diez segundos.
Clara dio un paso hacia él.
—¿Qué significa eso?
—Que, si no lo pido yo, no se abre.
—¿Y quién está al otro lado? —preguntó Mateo.
Damián guardó el móvil.
—Alguien que tampoco se fue del todo.
—Qué bonito todo —dijo Clara.
Salió cargada de veneno, pero le temblaba la boca. Damián por fin la miró.
—No queda nada bonito aquí abajo.
Empujó la puerta. El pasillo siguiente estaba casi a oscuras. Al fondo brillaba una franja pobre, fría. No iluminaba; señalaba. Luján se detuvo un segundo. El cuerpo le pidió no entrar. La cabeza ni siquiera se molestó en contestar. La sala apareció poco a poco. Primero el cristal.
Ocupaba casi toda la pared del fondo. Grueso, doble, con zonas que ya no se veían del todo transparentes.
Estaba rayado por dentro. No mucho. Lo justo para saber que alguien había tocado, golpeado o rascado esa superficie más veces de las que nadie quería contar.
Detrás había una sala grande. Vacía con una indecencia quieta.
Paredes lisas, suelo de goma, una silla atornillada al suelo, una cámara en una esquina y una rejilla alta.
Encima de una puerta lateral había una luz fija.
No había cama ni mesa. Nada parecía puesto para cuidar a nadie.
Y allí, de pie, había alguien. O lo que habían dejado de uno.
Luján se paró en seco. Mateo llegó a su lado.
—¿Qué pasa?
Lo dijo bajo, pero no suave. Preparado para lo que no podía parar. Ella no pudo moverse. La palabra separación había dejado de ser una anotación en una hoja. Había dejado de ser una frase dicha por Roser con culpa ni una marca en la pata de una cuna. Con carne.
El hombre no esperaba como espera una persona normal. No cambiaba el peso de una pierna a otra. No miraba la puerta. No buscaba una salida. Era un cuerpo que había aprendido a gastar solo lo necesario para seguir vivo. Pies descalzos, manos colgando, cabeza ligeramente ladeada.
Pelo oscuro, mal cortado, como hecho con prisa o sin espejo. Ropa sin forma, de un color lavado. Pantalón corto en los tobillos. Una camiseta amplia que le caía de un hombro. Luján entornó los ojos. Intentó no enfocarlo del todo. Y entonces lo enfocó.
El peso sobre las piernas. El ángulo de los hombros.
Ese hundimiento pequeño en la base del cuello.
Una forma de dejar la mano derecha algo separada del cuerpo, con una incomodidad extraña ante su propio cuerpo.
Se parecía a ella. Pero no como en una foto.
Esto era peor. Esto no sabía dónde ponerlo.
Era parecido por sitios pequeños, equivocados, casi íntimos.
La inclinación de la cabeza. La línea de la boca en reposo.
El hueco entre ceja y párpado. La forma de quedarse quieto.
Parecía que el cuerpo escuchara antes que la cara.
Algo suyo puesto en otra persona. Algo suyo que había seguido existiendo sin ella.
—No —murmuró.
Dio un paso más. Él no se movió. Ni un gesto. Ni un cambio visible en la respiración. Luján apoyó la palma abierta en el cristal. Si no tocaba algo sólido, iba a caer.
—No puede ser…
Lo repitió más bajo todavía, para oírselo decir a sí misma para desmentirlo.
Clara llegó detrás y perdió la voz. No soltó un “Dios”, ni un “Lu”, ni nada útil.
Solo soltó un sonido pequeño, cortado, que no parecía de ella.
Nerea se tapó la boca con las dos manos.
Mateo miró el cristal y luego a Luján. Intentó esconder lo que sentía, pero no le salió.
La cara se le desarmó una fracción. Muy poco.
Bastante. Damián habló desde atrás, casi sin aire:
—A-2.
Luján apenas apartó la cara del cristal.
—No le llames así.
—No sé su nombre.
—Mentira.
Damián no discutió enseguida.
—No sé el nombre que le quitaron.
A Luján le subió un asco amargo a la boca. Volvió al cristal. El hombre seguía allí, inmóvil.
—Jan —dijo Clara.
La palabra salió pequeña, sin fuerza. Al decirla tocaba algo ajeno. Giró hacia ella.
—No lo llames así.
Clara dejó la frase sin aire.
—Mamá lo llamaba Jan.
—No lo sabemos.
—Damián lo ha dicho.
—Damián dice lo que le conviene.
—Lu…
—No sigas.
La negativa le salió brusca. Seca de más.
Aquello no parecía contra Clara; era contra el nombre.
Contra la posibilidad de que aquel hombre hubiera tenido algo tan simple, tan humano, mientras ella pasaba treinta y tantos años sin saber que existía.
Jan. No A-2. Jan. Un nombre que podía haberse escrito en una etiqueta de mochila.
En una tarta de cumpleaños. En una libreta de colegio.
En la boca de una madre que quizá lo dijo a escondidas hasta gastárselo.
Luján sostuvo la palma contra el cristal.
—¿Puede oírnos?
Damián tardó un poco.
—A veces.
—¿A veces?
—Depende de cómo esté el sistema.
Giró hacia él.
—No me hables del sistema como si fuera una cerradura.
Mateo examinó el cristal sin tocarlo.
—¿Hay puerta?
—Sí.
—Ábrela.
—Ni hablar.
Mateo ocupó el hueco de Damián.
—No te lo he pedido.
—Y yo no estoy negociando.
Un momento, Mateo pareció a punto de partirle la cara.
No fue exagerado. Fue físico. Un cambio en los hombros, en la mano, en la forma de ponerse delante.
Luján lo vio de reojo, pero ya no le quedaba margen para ocuparse de eso.
La palma seguía pegada al vidrio. La sensación le subió por el brazo como una descarga lenta.
Un instante olvidó cómo se respiraba. Al otro lado, el hombre movió los ojos.
Solo un poco. La estaba mirando. Luján soltó un sonido ahogado.
No fue llanto. No fue susto. Fue el cuerpo reconociendo algo que la cabeza todavía quería negar.
—Me ve.
Mateo dio un paso hacia ella.
—Lu…
Levantó una mano sin apartar la vista del cristal.