CAPÍTULO 9 — LA CUNA #3
—Conmigo.
Ya no pudo tragárselo. El ruido bajó por las paredes. Clara dijo su nombre. Nerea también. Mateo no. Mateo permaneció quieto con una quietud rara, sabiendo que cualquier gesto equivocado podía romperla de verdad. Damián se cubrió los ojos con los dedos. De pronto parecía muy viejo.
—Respuesta de vínculo —dijo.
Luján soltó una risa fea.
—Ni de coña.
—Así lo llamaban.
—No lo llames así.
—Cuando os separaban, medían cuánto tardabais en buscaros. Fiebre, llanto, sueño, alimentación, pulso. Después con luz, sonido, aislamiento.
—Para.
La voz de Clara salió desde atrás. Damián no paró enseguida. No fue crueldad; fue inercia. Llevaba años repitiéndolo para sí mismo y ya no sabía cortar antes del daño.
—A algunos los apagaba. A otros les provocaba una respuesta más fuerte. Tú…
Levantó la cabeza.
—No acabes esa frase.
Damián obedeció. Clara se acercó a la cuna. Esta vez sí cruzó la sala del todo.
No tocó a Luján. Tocó la barandilla, en el lado contrario. Con dos dedos. Casi pidiéndole permiso a una cosa muerta.
—¿Mi madre vio esto?
Damián notó la voz cerrada.
—Sí. Ahora.
—¿Cuándo?
—Tarde.
—Todo aquí es tarde, por lo visto.
—Sí.
Clara cerró los dedos hasta que se le blanquearon.
—¿Y qué hizo?
Damián miró la madera.
—Intentó sacaros.
El plural volvió a morder. Luján bajó la vista.
—¿A los dos?
—Sí.
—¿Y?
Damián miró hacia la pared. Nerea habló desde la silla, con una voz pequeña pero clara:
—Sacó a Luján.
Damián miró hacia ella. Nerea no bajó los ojos.
—¿A él no?
Por primera vez alguien le puso una forma. No A-2. Luján sintió una presión subirle por el cuello. Damián apartó la vista.
—No esa noche.
Clara miró la manga de su chaqueta un segundo.
—Dios.
—No metas a Dios aquí —dijo Luján.
Fue contra la sala. Contra la cuna. Contra todos los que habían usado palabras administrativas para cosas podridas. Damián se acercó a un archivador bajo. Mateo se movió al instante.
—Quieto.
Damián levantó las manos.
—Hay algo.
—Dilo desde ahí.
—No puedo decir una fotografía.
Dejó de tocar la cuna. Damián abrió el archivador despacio. Sacó una carpeta fina, sin etiqueta. La dejó sobre la mesa metálica y se apartó antes de que Mateo se lo pidiera.
—No está completa.
—Claro —dijo Clara—. Aquí nada está completo.
Abrió la carpeta. Dentro había una sola fotografía.
La foto era mala. Estaba algo borrosa, mal encuadrada.
Se veía la misma cuna desde arriba. La sábana doblada.
Dos bultos pequeños. Dos pulseras de hospital en muñecas diminutas.
Una etiqueta al borde. D-17 / A-2. La foto estaba fechada en la misma madrugada: 03:41.
Luján no tocó la imagen. La miró igual que si el papel fuera a hacer algo si se acercaba más.
Clara se inclinó a su lado. Luego se tapó la boca.
Nerea empezó a llorar. Sin ruido. Lágrimas grandes, de niña agotada, cayéndole por la barbilla. Mateo no miraba la foto. Miraba a Luján.
—Yo no tengo hermano —dijo Luján.
Salió sola. Ninguna la corrigió. Damián se quedó mirando sus manos.
—Tenías.
Levantó la mirada.
—No lo siento así.
Damián apretó los ojos.
—Tienes.
Tienes. Clara soltó una respiración rota.
—¿Está vivo?
Damián no contestó enseguida. Luján notó cómo la esperanza se formaba con un horror casi físico. No bonita. No luminosa. Horrible. Una cosa con uñas, agarrándose a la parte más blanda de ella antes de tener derecho.
—No juegues con eso —dijo Mateo.
La voz le salió baja. Peligrosa. Damián lo miró.
—No estoy jugando.
—Entonces contesta.
Damián volvió a Luján.
—Lo estaba la última vez que lo vi.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Cuántos?
—Demasiados. Imposible contarlos.
Luján sintió ganas de pegarle. No una bofetada. Una cosa peor. Algo primitivo, directo, absurdo. Romperle la boca no iba a hacer salir una fecha exacta, y con todo el cuerpo lo pidió.
—¿Dónde está?
Damián no dijo nada.
—¿Dónde está? —repitió Clara.
—No aquí.
Nerea se limpió la cara con la manga.
—Pero lo sabes.
Damián la miró. Algo en su expresión cambió al verla llorar. No ternura. Culpa nueva sobre culpa vieja.
—Sé dónde empezó a buscar.
Cerró la carpeta con la fotografía dentro. Despacio. Con una lentitud casi obscena.
—No me sirve.
—Es lo único que puedo darte sin que os maten antes de llegar.
Mateo giró la cabeza hacia la puerta.
—¿Quién nos mataría?
Damián fijó la vista en la sala.
—Los mismos que hicieron que todo esto pareciera un hospital.
Un golpe sonó en algún lugar del pasillo. Lejano. Después otro. Mateo apagó la poca distancia que quedaba entre él y la puerta.
—Nos tenemos que ir.
—No —dijo Luján.
—Sí.
—No me voy sin saber dónde está.
Damián habló rápido por primera vez:
—Más adentro.
El zumbido pareció crecer. O quizá fue su sangre.
—Hay una sala de observación al final. No queda casi nada. Pero si él volvió alguna vez, habría dejado rastro allí. Siempre volvía a los sitios que le quitaban algo.
Luján no entendió la frase. La entendió entera. Clara negó con la cabeza.
—Esto es una trampa.
—Todo lo es —dijo Luján.
—Eso no es una razón para seguir.
—Justamente. Es la razón por la que ya no sirve parar.
Mateo la miró.
—Lu.
—Ni hablar.
—Escúchame.
—No pienso escucharte ahora.
—Estás a punto de hacer justo lo que quieren.
Luján sostuvo su mirada.
—Por primera vez en todo el día, Mateo, no sé si eso me importa.
A él le dolió. Se le notó. No se apartó.
—A mí sí.
Damián se acercó a la pared del fondo y pulsó un interruptor viejo. La luz parpadeó una vez y la sala pareció morir y volver en el mismo segundo. Una puerta estrecha, casi invisible, se marcó al fondo. Luján no la había visto. Damián dejó la mano junto al interruptor.
—Más adentro.
Clara dijo algo, pero Luján no lo oyó bien.
El mundo se había reducido a tres cosas.
La fotografía dentro de la carpeta. La marca A-2 en la pata de la cuna.
Y la puerta que acababa de aparecer al fondo de la sala.
Miró la cuna una última vez. Todavía no.
Sintió otra cosa útil. Asco. Rabia. Hambre de daño.
Después recogió la carpeta. Mateo abrió la puerta del fondo antes que ella, porque seguía sin saber no ponerse delante.
Ahora Luján no se lo reprochó. Pasó a su lado, sin tocarlo ni mirar atrás.
—¿Dónde está el otro? —preguntó.
Damián contestó desde el fondo de la sala, con la voz rota por primera vez:
—Más adentro.
Dio un paso. Entonces Damián añadió otra cosa. Una frase pequeña. Una de esas que no deberían tener fuerza suficiente para tumbar a nadie y de pronto lo hacen.
—Tu madre no lo llamaba A-2.
Se detuvo. Clara también. El zumbido siguió; la sala, encendida. La cuna siguió allí, blanca y vieja, después de años esperando aquel nombre. Damián tardó en hablar.
—Lo llamaba Jan.