CAPÍTULO 9 — LA CUNA #2
Se pasó la mano por la cara y se arañó la mejilla sin querer. Le escoció. Ese dolor pequeño la sujetó mejor que cualquier frase.
—Aquí no meten bebés —dijo—. Esto no puede ser un hospital de niños.
Damián no ofreció defensa. Damián seguía al fondo, callado.
Luján volvió a acercarse a la cuna. Más despacio.
No quería, pero lo hizo. Alargó la mano y la dejó flotando a centímetros de la barandilla.
Los dedos le picaban antes de tocarla. Otra cosa vieja.
Más fea. Más suya. La mano se movió antes que la cabeza. Pero la mano sí. Rozó la madera.
La superficie estaba gastada, áspera en algunas zonas y lisa en otras, donde tantas manos habían pasado por el mismo punto.
Bajo la yema notó una hendidura. Bajó la vista.
Había dejado de ser solo una D. Había otra marca debajo, más pequeña.
Casi comida por una capa de pintura. El cuerpo tiró hacia dentro, bajo, feo.
—No —murmuró.
Mateo estaba justo ahí.
—Mírame.
—Como te mire, me sacas de aquí.
—Eso intento.
—Pues no lo hagas.
Clara ya lloraba sin limpiarse la cara. Las lágrimas le bajaban rectas, silenciosas, sin parecerle suyas. Nerea se había sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y la mirada clavada en las baldosas. Parecía una niña pequeña intentando no molestar. Damián habló con cuidado:
—Con algunos funcionaba distinto.
Giró hacia él poco a poco.
—Cállate.
—No estoy intentando arreglar nada.
—Pues cállate igual.
—Necesitas saberlo.
—Si la siguiente frase empieza por “no todos”, te juro que no quiero oírla.
Damián abrió la boca. Tardó en encontrar algo que no sonara a excusa.
—Entonces pregunta tú.
Luján volvió a la cuna, a la D, al 17, a las correas y a ese blanco muerto bajo la luz. Ninguna pregunta servía de verdad. Todas eran trampas.
—¿Cuántos? —preguntó al fin.
Damián evitó la luz.
—No tengo ni idea.
—Mentira.
—No lo sé.
—¿Cuántos?
La voz le rebotó en las paredes, fea, rota. Él siguió mirando abajo.
—Los suficientes para dejar de apuntar nombres.
Nerea soltó un ruido ahogado. Clara también. Mateo avanzó hacia Damián, pero Luján le puso una mano en el pecho. Él se detuvo por ella. La palma de Luján notó el golpe rápido del corazón de Mateo debajo de la camiseta.
—¿Quién decidió esto? —preguntó Clara.
Damián tardó.
—Mucha gente.
—No me sirve.
—Ya, bueno.
—Quiero un nombre.
—No lo tienes.
—Dámelo.
Damián levantó la vista hacia ella.
—Tu madre también quería nombres.
Clara perdió el aire. Luján sintió que su mano caía del pecho de Mateo.
—No la metas aquí —dijo.
—Ella se metió sola.
—No hables de ella fingiendo que la respetas.
—La respeté tarde.
Se acercó a él con una violencia tranquila, peor que un grito.
—¿Qué hacía mi madre en esta sala?
Damián miró la cuna. La respuesta estaba ahí antes de decirla.
—La primera vez, llorar.
Clara hizo un ruido pequeño. Luján no. Fijó la vista en aquel hombre, esperando que siguiera, odiándolo por cada segundo que se tomaba.
—Luego empezó a preguntar —añadió Damián—. Después a robar papeles. Después a amenazar con hablar.
—¿Y la dejasteis?
Damián soltó una respiración que no llegó a risa.
—Nadie dejaba nada aquí. Las cosas se escapaban a veces. Eso era distinto.
Mateo habló desde la puerta:
—¿Tú qué eras?
—Archivo.
—Eso ya lo dijo Roser.
—Entonces para qué preguntas.
—Porque quiero saber si firmabas o solo guardabas mierda en cajas.
Damián encajó el golpe sin mover la cara.
—Las dos cosas.
Lo dijo sin pedir absolución. Después añadió, más bajo: —No me quedé por culpa. La culpa sirve dos días, tres si eres muy cobarde. Me quedé porque alguien tenía que conservar nombres cuando todos los demás aprendimos a decir códigos.
Clara se cubrió la boca con el dorso de la mano. Miró la cuna otra vez. Esta vez la tocó. Con la punta de los dedos no bastaba. Con toda la mano.
El material raspaba, gastado de tanto lavar y guardar. El suelo se le movió bajo los pies. Mateo le sujetó el brazo.
—Ya está.
Ella se apartó de golpe.
—Aún no.
Y entonces la sala se fue. Se dobló. La cuna ya no estaba delante.
Estaba debajo. Luz blanca encima, de quirófano.
Correas apretando una cosa pequeña. Un chillido que se cortaba.
Una mano con guante. Un golpe suave contra algo duro.
Algo al lado, vivo. Calor. Luego nada. Un ruido.
Un llanto que tampoco era solo suyo. Abrió la boca, pero no salió sonido.
El zumbido le raspó los dientes. Aquello no llegaba con forma de recuerdo.
El cuerpo lo sabía solo. Retiró la mano de pronto.
—Yo no me acuerdo de esto —dijo.
Nadie respondió rápido. Por una vez, nadie tuvo una frase preparada para poner encima de la herida. Luján agradeció ese segundo de torpeza. Si alguien hubiera dicho “es normal” o “no tienes por qué”, habría gritado.
Porque una parte de ella sí se acordaba.
No con imágenes suficientes para contarlo.
No con una escena que pudiera poner en orden delante de Clara.
Era peor: recordaba con zonas. La nuca tensándose antes de que una mano llegara.
La piel esperando una luz. La garganta cerrándose sin saber todavía hablar.
El cuerpo reconociendo una amenaza sin permiso de la memoria.
Miró la cuna como se mira un objeto doméstico después de descubrir que ha servido para otra cosa. La madera gastada, la sábana vieja, las correas escondidas a medias. Todo pequeño. Todo pensado para que la violencia pareciera menor porque cabía en un mueble de bebé.
—Yo estaba aquí —dijo.
Clara negó, pero no llegó a decirlo. Se le rompió en la cara. Luján la vio intentar apartarse de esa certeza por puro instinto de hermana, como si todavía pudiera salvarla de una habitación que ya había ocurrido.
—No aquí como ahora —dijo Damián, casi sin voz.
Luján se volvió hacia él.
—No me mejores la frase.
Damián bajó la cabeza. Esa obediencia tardía le dio más rabia que una defensa.
—Era más que una cuna —añadió Nerea desde el suelo.
Su voz salió pequeña, pero firme. Miraba las ruedas torcidas, no a Damián.
—La movían. Por eso tiene las marcas en los lados.
Luján siguió la línea que señalaba. Golpes repetidos, arañazos en el metal, una rueda más gastada que las otras. La habían movido de sala en sala, de prueba en prueba, de una decisión a otra. Había dejado de ser un lugar. Era transporte: una forma limpia de mover lo que no querían nombrar.
Clara se acercó al borde y puso la mano sobre la sábana sin tocar las correas. Esta vez no lloró. Le salió algo peor: una calma dura, casi adulta de más.
—Mamá la vio.
Damián cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y después siguió viniendo?
—Sí.
Clara tragó.
—Entonces no fue cobarde.
La frase no absolvió a Carmen. No podía.
Pero la movió de sitio. Ya no era solo la madre que había callado.
También era una mujer que había vuelto a una sala donde nadie debería volver.
Luján no quiso perdonarla todavía. El perdón le quedaba demasiado lejos.
Pero por primera vez la rabia contra Carmen tuvo que hacer hueco a otra cosa.
—No sé qué hacer con eso —dijo Luján.
—Yo tampoco —contestó Clara.
Y esa fue la primera respuesta honesta que sirvió.
La voz le salió torcida. Clara se acercó.
—Lu…
—Apártate.
—Soy yo.
—Entonces déjame.
—No me pidas eso.
Clara no se apartó. Luján vio el daño en su cara y no tuvo manos para eso también. Nerea, desde el suelo, habló casi sin voz.
—Hay otra marca.
—En la pata —insistió.
Mateo se agachó antes que Luján.
—¿Dónde?
Nerea señaló sin tocar. En una de las patas traseras, casi escondida bajo una costra de pintura, había un trazo pequeño. No se veía entero. Mateo pasó la luz del móvil apagado por encima, usando solo el reflejo de la pantalla.
A-2.
La sala perdió otra capa de aire. Clara se llevó la mano a la boca. Damián apartó la vista hacia un punto bajo. Luján no lograba apartarse de esas dos marcas.
D-17.
A-2.
Estaban en la cuna. En la misma madera. En el mismo sitio. Nerea se levantó con dificultad, apoyándose en la pared.
—¿Por qué están juntas?
La respuesta no llegó. La pregunta era simple con una crueldad simple. Por eso no tenía dónde esconderse. Luján se volvió hacia Damián.
—¿Quién es A-2?
Damián abrió los ojos.
—No así.
—No me digas no.
—No así.
—¿Cómo quieres que te lo pregunte? ¿Por favor?
Él clavó los dedos en la mesa metálica.
—No todos los códigos acababan en una persona viva.
La frase atravesó la sala y quedó pegada a la piel. Clara negó con la cabeza.
—Eso no.
Nerea volvió a sentarse, pero esta vez no en el suelo. En una silla baja junto al lavabo. Necesitaba no caerse delante de todos. Luján notó algo feo detrás de las costillas.
—A-2 estaba vivo.
Damián se humedeció los labios.
—Dime que estaba vivo.
El hombre la miró. La miró como alguien que guarda una puerta cerrada y sabe que detrás hay más de una cosa.
—Estaba.
Cerró los dedos.
—¿Qué significa estaba?
—Que lo separaron de ti.
Clara soltó un sollozo seco. Mateo dio un paso hacia Luján. Ella levantó la mano sin mirarlo. Damián siguió, pero cada palabra parecía costarle piel.
—Os separaron al nacer. No fue después. No fue una adopción mal registrada ni un error de archivo. Fue aquí. Entre este hospital y una sala que no figuraba en ninguna planta.
Luján oyó “os” y dejó de oír lo demás por un instante. Tenía cuerpo. Tenía a alguien al otro lado.
—Querían ver qué quedaba de uno sin el otro —dijo Damián.
Mateo mordió por dentro la mejilla.
—¿Quiénes?
—Los que pagaban. Los que firmaban. Los que miraban los resultados sin tocar a nadie.
—Nombres.
—No los tengo aquí.
Mateo dio otro paso.
—Qué casualidad.
Damián lo miró por primera vez con algo parecido a rabia.
—¿Tú crees que si los tuviera seguiría aquí abajo hablando con ella?
—No sé por qué sigues aquí abajo.
—Porque arriba no queda nadie que quiera acordarse.
Luján se agarró al borde de la cuna. La madera le raspó la palma.
—¿Qué hacíais aquí?
Damián guardó silencio. Ella lo miró.