CAPÍTULO 9 — LA CUNA
El pasillo no terminaba donde parecía. Giraba un poco hacia la izquierda, justo después de una puerta doble con los cristales pintados por dentro.
La pintura blanca se había cuarteado en una esquina y dejaba ver una sombra de sala al otro lado.
Nada concreto. Solo una forma de mesa, quizá una silla caída, quizá el reflejo deformado de ellos mismos al pasar.
Mateo tomó la delantera apenas medio paso.
Lo justo para que Luján notara el gesto y pudiera odiarlo sin tener que decirle que se apartara.
Clara caminaba detrás de ella, con la carpeta apretada contra el pecho.
Había dejado de preguntar. Eso no tenía calma.
Tenía otra cosa. Las preguntas parecían habérsele quedado sin sitio después de Roser.
Cada respuesta había quitado una capa de piel y la siguiente ya no podía tocarse sin hacer sangre. Nerea iba última.
No se quejaba. No pedía volver. Solo respiraba mal y miraba las paredes más de la cuenta, las puertas, el suelo.
En una mano llevaba aún una gasa limpia que había sacado del botiquín en el piso de Mateo y que ya no servía para nada.
La había doblado tantas veces que parecía un papel. El zumbido crecía.
No sonaba fuerte. Eso lo hacía peor. No ocupaba el pasillo como una alarma ni como una máquina grande.
Estaba por debajo. Metido en el yeso, en el suelo, en la mandíbula.
Luján lo sentía en los dientes, una vibración vieja que no venía de fuera del todo.
Roser se había quedado atrás. No la oían.
No la veían. Pero su última frase caminaba con ellos.
Porque tú has llegado. Luján intentó no pensar en eso.
Intentó pensar en otra cosa: en las luces del techo, en las baldosas cuadradas, en la pintura levantada junto a un zócalo. Cosas pequeñas que podían nombrarse sin romper nada. Una puerta. Una flecha. Una respiración. Un paso más. Todavía no. Nerea se detuvo en seco.
—Espera.
Mateo giró apenas la cabeza.
—¿Qué?
Nerea señaló el suelo. Al principio Luján no vio nada.
Solo una raya oscura, casi borrada bajo varias capas de fregona vieja.
Después entendió que no llegaba a ser una raya.
Era una flecha. Ahora quedaba un resto pobre, una dirección borrada a medias que llevaba hacia el fondo del pasillo.
Una flecha casi eliminada, pero no bastante.
Como todo allí abajo. Nada desaparecía del todo.
Solo lo dejaban feo, sucio, difícil de defender. Clara se agachó un poco.
—¿Eso estaba señalizado?
—Antes —dijo Mateo.
Como conclusión. Nerea se quedó con la mano a medio camino de la sudadera.
—La han intentado quitar.
Miró al frente. La flecha terminaba frente a una puerta estrecha, sin manilla visible.
Aquello no parecía una puerta de habitación, sino de mantenimiento.
Una de esas puertas que nadie mira porque no prometen nada: ni salida, ni baño, ni consulta.
Solo una chapa pintada del mismo blanco enfermo que la pared.
Encima, donde debería haber un rótulo, quedaban cuatro agujeros.
Y una sombra rectangular. Mateo se acercó.
—No tiene pomo.
—Pero tiene cerradura —dijo Luján.
No supo por qué lo dijo antes de verla. La cerradura estaba a la derecha, baja, casi escondida junto al marco.
No parecía moderna ni antigua. Estaba mal colocada, añadida después, con esa prisa chapucera de lo que nunca debió verse.
Una cerradura para una puerta que antes no necesitaba cerrarse.
O para algo que antes no se molestaban en ocultar.
Clara vio la mano de Luján ir al bolsillo.
Encima de la cerradura, bajo una capa de pintura levantada, había un triángulo pequeño.
No estaba impreso: estaba arañado en la chapa, hecho con prisa o con rabia.
Cuando la llave rozó el metal, el zumbido cambió de tono.
Nada más. Bastó. Delta dejó de ser una palabra en un margen: reconocía entradas.
—Ni hablar.
La llave pequeña volvió a salir.
—Lu, no.
—Hemos llegado hasta aquí.
—Ese argumento empieza a darme asco.
Luján la miró por encima del hombro.
—A mí también.
Mateo comprobó la cerradura, luego el pasillo a sus espaldas.
—Rápido.
—Ahora sí tienes prisa.
—Ahora estamos muy abajo.
La llave entró sin resistencia. No rascó.
No se atascó. No dudó. Entró. La puerta parecía llevar años esperándola y eso le cerró la garganta de golpe.
Aquella llave no abría todo por sí sola; despertaba accesos preparados de antemano.
Dentro sonó un golpe bajo. No sonó a clic de cerradura; fue un golpe pesado, de pieza que llevaba mucho tiempo sin moverse.
La puerta cedió hacia dentro. Luján habría preferido que chirriara.
La sala era pequeña, pero quedó clavada en el umbral igual que contra algo sólido. La luz tenía un blanco enfermo.
Aquel azul no brillaba ni intentaba ser bonito; era pobre, médico, puesto para corregir otra cosa.
Caía desde una tira antigua pegada al techo y dejaba la sala con aspecto de fotografía mal revelada.
La piel de Mateo perdió color; la cara de Clara pareció más delgada.
Las manos de Luján parecieron de alguien que no conocía. El zumbido venía de allí.
De una caja eléctrica en la pared, de un equipo apagado, de algún sistema que seguía respirando, aunque ya nadie lo necesitara.
No importaba. El sonido llenaba la boca.
Se pegaba a las encías. A la parte de atrás de la lengua.
A un sitio antiguo de la cabeza. Luján intentó no mirar al centro. Claro que lo intentó.
Miró primero las paredes: azulejo hasta media altura, pintura encima, una mesa empujada contra una esquina, dos sillas apiladas y un archivador pequeño con una puerta abierta.
Había también un lavabo bajo, una estantería incompleta y un cable colgando de una pared, cortado de mala manera.
Luego miró. La cuna estaba justo en el centro.
Era blanca, vieja, con las ruedas torcidas y la barandilla desgastada de tanto manoseo.
Una sábana descolorida tapaba medio colchón.
No parecía una cuna de hospital, no del todo; parecía una cosa movida de sitio muchas veces, guardada cuando ya nadie quería verla y sacada otra vez porque alguien decidió que todavía servía.
La saliva le llenó la boca, espesa, amarga.
El cuerpo eligió una cosa peor: aguantarlo todo dentro.
—No —dijo Clara detrás de ella.
Fue una negativa inútil. Damián estaba al fondo.
Luján no lo vio al principio porque aquella luz lo partía mal.
Era flaco, encorvado, con una bata que no pegaba ni con médico ni con celador.
No llevaba identificación, o la llevaba escondida.
Tenía el pelo aplastado hacia atrás, la barba mal afeitada y las mangas interminables; parecía un hombre que se hubiera quedado a dormir vestido en una silla durante demasiadas noches.
Se tragó la pregunta de quiénes eran. Con él allí, la cuna dejó de parecer un objeto olvidado.
Pareció custodiada. Y eso era mil veces peor.
—Damián —dijo Mateo.
El hombre movió los ojos hacia él. Nada más. Miró la cara, la bata, las manos huesudas encima de las rodillas.
—Ribas.
Damián quiso levantarse y no lo consiguió a la primera. La mano le falló sobre el canto de la mesa y una carpeta resbaló al suelo. Nadie se agachó a recogerla. Él tampoco. Durante un segundo pareció un viejo pillado en una mentira doméstica, no un hombre sentado junto a una cuna imposible.
El apellido salió de los papeles antes que de su memoria. Damián cerró un momento los párpados.
—Entonces Roser ha hablado.
—Roser ha dicho lo mínimo —contestó Clara.
—Eso es lo que hace.
Su voz no sonaba grave ni amenazante. Sonaba gastada.
Una voz usada, no rota del todo. Los monstruos rara vez sonaban como monstruos.
Daba más asco. Mateo entró pegado a Luján, casi rozándole la espalda, y permaneció junto a la puerta buscando salidas con la mirada.
Clara cruzó el umbral después, pero se detuvo enseguida, sin atreverse a pisar aquella sala con los dos pies.
Nerea no entró del todo. Quedó en la línea, con una mano en el marco y la gasa apretada hasta deformarla. Dio un paso hacia la cuna. Luego otro.
Las piernas le respondían tarde, torpes de haber subido escaleras durante horas.
La cuna era más pequeña de lo que había imaginado.
Pequeña hasta lo intolerable. Las correas estaban escondidas debajo de la sábana, del mismo color que la tela, pero se veían.
Hebillas pequeñas, gastadas, amarillentas.
En un lateral había una marca profunda, con la impresión de que alguien había forcejeado allí dentro con una fuerza imposible para algo tan pequeño. La sala se inclinó un poco. Todavía no.
—No… —susurró Clara de nuevo.
Luján no se giró. No apartaba los ojos de aquellas correas. De la D medio borrada que alguien había intentado lijar en un lateral de la madera. No D-17. Solo D. El resto había sobrado siempre.
Nerea entró al fin. Muy despacio. No fue hacia la cuna. Fue hacia la pared de la derecha, donde había una tira de cinta adhesiva vieja con restos de etiquetas arrancadas.
—Aquí había nombres —dijo.
Ella se acercó un poco más, sin tocar.
—O números.
Damián habló desde el fondo:
—Nombres no.
Nerea se le heló la cara.
—¿Qué?
—Nombres, no.
La corrección fue tan seca que dio asco. Luján se giró hacia él.
—¿Y qué poníais?
Damián tardó. La respuesta no le ocupaba la cabeza. Calculaba cuánto daño cabía, en una palabra.
—Códigos.
Clara soltó una risa sin humor.
—Claro.
Damián dejó la vista en la mesa.
—Era más fácil mover papeles si no parecían personas.
Una risa seca le subió a la garganta. Un bebé. Correas. Códigos. Procedimiento.
—Tápalo —dijo.
Retrocedió medio paso.
—Que alguien lo tape, joder.
Mateo llegó a su lado.
—Luján…
—No lo digas.