Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 8 — USO INTERNO #3
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CAPÍTULO 8 — USO INTERNO #3

Nerea dejó la mano suspendida a medio camino de la cara.

—No puede.

—Sí, lo sé.

Miró la cinta. Después la mesa. Después la tarjeta girada de la mujer.

—¿Quién eres?

La mujer sostuvo su mirada un segundo. Luego bajó los ojos a su propia tarjeta, pero no la puso derecha.

—Alguien que debió irse antes.

—Eso no responde —dijo Mateo.

Dio otro paso.

—Tu nombre.

La mujer pasó la lengua por el labio inferior. Parecía llevar años esquivando su propio nombre.

—Roser.

Clara hizo un gesto mínimo. Luján lo vio.

—¿Roser qué?

La mujer apartó los ojos hacia la tarjeta girada que llevaba colgada del cuello. Por un momento pareció arrepentirse de haber empezado.

—Aquí ya no importa el apellido.

—A mí sí —dijo Clara.

La mujer sostuvo su mirada.

—Roser Muntané.

El nombre no le dijo nada a Luján. A Clara, sí. Fue otra cosa vieja. Sants. Su madre apartándose para llamar. Una mujer nombrada como familia y ausente cada vez que llegaban.

—La tía Roser —murmuró Clara.

Luján buscó su cara.

—¿Qué?

Clara no apartaba los ojos de la mujer.

—Mamá decía que íbamos a ver a la tía Roser.

Roser cerró los párpados un instante. Esa fue la respuesta. No en una frase. En la culpa.

—No fue vuestra tía —dijo.

Clara se quedó callada.

—Eso ya lo estoy entendiendo.

—Tu madre no quería que usarais mi nombre de otra manera.

—¿Y eso qué significa?

Roser miró a Luján.

—Que algunas mentiras son más fáciles de repetir si parecen familiares.

La frase dejó un asco lento en el pasillo. Luján notó la mano de Clara muy cerca de la suya. Mateo se encaró con Roser con más frialdad.

—¿Trabajabas aquí?

Roser se tocó la tarjeta girada, pero no la puso derecha.

—Trabajé donde me pusieron. Al principio todos decíamos eso.

—¿Médica?

—Auxiliar.

—¿Enfermera?

—Auxiliar. Luego archivo.

Mateo dejó sobre la mesa una hoja del expediente. En el margen inferior había un triángulo pequeño, casi escondido, y una palabra cortada por una mancha: DELT—. Roser la tapó con la mano antes de que Luján pudiera acercarse.

—Eso no se pregunta aquí —dijo.

—¿Delta? —leyó Clara.

Roser no contestó. Esa forma de callarse explicó más de lo que debía. Roser retiró la mano con una lentitud enferma, pero no apartó del todo la hoja.

—Cuando aparecía el triángulo, ya nadie quería firmar con su nombre —dijo—. Delta no era una persona, no entraba por una puerta. Era… no sé. Una orden de arriba. Una forma limpia de que algo dejara de tener responsable.

—¿Y qué hacía? —preguntó Nerea, con la voz hecha un hilo.

—Cerraba derivaciones. Traslados. Borrados.

Y a veces ni siquiera cerraba; dejaba que esperáramos hasta que alguien se cansaba de preguntar.

Eso era lo que no podía mirar de frente.

Mientras Delta esperaba, todos los demás seguíamos trabajando igual que si aquella marca no estuviera en ningún margen.

—¿Y ahora qué haces aquí? —preguntó Mateo.

Roser recorrió el pasillo con la mirada.

—Lo mismo que antes. Quedarse fuera.

Luján apoyó la carpeta en la mesa metálica. El sonido fue seco, enorme.

—D-17.

Roser no miró la carpeta. Miró a Luján.

—No me hagas decirlo así.

—Dilo.

—Era una marca.

—¿De qué?

Roser apretó las manos.

—De respuesta.

—¿Respuesta a qué?

La mujer miró la mesa.

—A separación.

El pasillo pareció perder temperatura. Nerea levantó la cara lento. Mateo no se movió.

—Eso tampoco.

Roser continuó, no por voluntad, sino porque ya era tarde para callarse.

—A algunos los separaban y se apagaban. A otros les subía la fiebre. Otros dejaban de comer. Otros gritaban hasta quedarse sin voz. Algunos… algunos buscaban.

Luján no respiró bien.

—¿Buscaban qué?

Roser la miró con una pena que Luján no quería.

—Al otro.

—¿Y el marcador? —preguntó Nerea, mirándose la yema al acordarse de golpe de su propio dedo.

Roser se miró las manos. Las tenía limpias hasta dar grima en alguien que llevaba años allí.

—Aquello no parecía polvo de una pared; era marcador. Barato, químico, pegajoso. Se quedaba en guantes, piel, ropa. Servía para saber quién había tocado una zona limpia y por dónde había pasado después.

—¿Y la zapatilla? —preguntó Luján.

Roser cerró los ojos.

—Un anzuelo. No era para esconder una presencia; era para obligaros a tocar. El marcador no señalaba al intruso. Os señalaba a vosotras.

—Entonces nos estaban siguiendo por eso —dijo Clara.

—Os estaban leyendo. No dejaron todas las pistas por torpeza. Algunas eran de Carmen. Otras eran empujones. Querían saber si D-17 aún buscaba a A-2 después de tantos años.

Luján bajó la vista a la carpeta.

D-17.

A-2.

Si abrís la caja, la volvéis a perder.

—No sé de qué hablas —dijo.

—No me digas eso.

Roser no desvió los ojos.

—No estabas sola.

Roser abrió la boca como si fuera a decir otra cosa. Un nombre, quizá. En la hoja, justo debajo de A-2, había una letra diminuta, casi borrada: J. Carmen la había escrito y luego la había tachado con tanta fuerza que el papel estaba herido.

Algo le bajó por la espalda. Clara se acercó a la mesa.

—¿Qué quiere decir “no estaba sola”?

—Conteste —dijo Clara.

—No es mi parte.

Luján soltó una risa seca.

—¿Tu parte?

Roser cerró un poco los dedos.

—Aquí todo el mundo tenía una parte. Esa era la forma de seguir durmiendo.

Mateo miró al pasillo.

—¿Y quién tiene esa parte?

—Damián.

Al decirlo, Roser miró hacia el pasillo por donde habían venido, no hacia el fondo.

Como si el nombre aún pudiera oírla. Tragó saliva antes de continuar.

—Una noche intentó sacar tres cajas del archivo y se equivocó de puerta.

Apagó todas las luces creyendo que así ganaba tiempo.

Solo consiguió encerrar a una auxiliar con él dentro.

Ella lloró. Él también. Desde entonces no vuelve a tocar los diferenciales.

El nombre no entró como un dato. Entró como una deuda. En la carpeta había aparecido tres veces, siempre torcido, siempre a medias, y ahora estaba allí abajo, pegado a una persona que respiraba al fondo de una sala imposible.

Luján pensó, tarde, en la línea azul bajo las iniciales D.R.: no duplicar origen. No supo qué significaba. Solo entendió que alguien había visto aquello antes que ellas y había decidido escribirlo de todas formas.

El nombre no significó nada para Luján, pero a Roser le cambió la cara al decirlo. No miedo. Otra cosa. Respeto quizá. O culpa. Una mezcla vieja.

—¿Quién es Damián? —preguntó Clara.

La mujer tardó en contestar.

—El único que todavía se cree capaz de compensar algo.

—¿D.R.? —preguntó Luján.

Roser alzó la cara.

—Lo has visto.

—En el expediente.

—Entonces ya has abierto más de lo que debías.

—Aún no he abierto la caja.

Roser no se movió. Mateo lo vio.

—¿Qué hay en la caja?

—No llego a saberlo.

—Mentira —dijo Clara.

Roser miró a Clara con cansancio.

—No todo el mundo miente porque quiere ocultar. A veces miente porque no llegó a ver el final.

—Qué cómodo.

—Sí, pero no así.

La respuesta desarmó a Clara un segundo.

Desde el pasillo llegó un ruido bajo, constante, metido en las paredes.

Aquella maquinaria no era normal. O quizá sí.

Era un zumbido grave que parecía venir de más adentro, por detrás de puertas cerradas, por debajo del suelo.

Un sonido que no se oía del todo hasta que el cuerpo ya lo había notado.

Dio un paso hacia allí. Mateo la siguió.

—Esto no está bien —dijo él, bajo.

—Ya lo sé.

Mateo levantó los dedos para tocarla y se frenó a medio camino. Luján quiso agarrarse a él. No buscaba calma. Las piernas no acababan de sostenerla y necesitaba una presencia viva. Algo fijo. Aunque fuera mentira.

—Seguimos.

Mateo bajó la mano. Clara miró a Roser.

—¿Vas a quedarte ahí?

Roser bajó la vista.

—Más adentro ya no puedo protegeros.

Luján soltó una risa sin humor.

—No parece que se te dé muy bien.

Salió cruel. Roser la aceptó con una espera ensayada durante años.

—No —dijo—. No se me dio bien.

Nerea se levantó de la silla. Tenía la cara blanca, pero no pidió volver.

—¿Qué hay más adentro? —preguntó.

Roser recorrió el pasillo con la mirada.

—La sala que no aparece.

—¿La luz? —dijo Luján.

Roser cerró los ojos. Luján sintió un pinchazo detrás de la lengua. El zumbido parecía haberse metido en el hueso.

—¿Por qué azul?

Roser no contestó enseguida.

—Porque el blanco lo recordabais de sobra.

Clara se llevó una mano al pecho. Mateo se le marcó un músculo junto a la boca. Luján no sintió nada por un momento. Una náusea pequeña, helada.

—¿Quiénes? —preguntó.

Roser abrió los ojos.

—Los que volvían.

Tampoco ingresaban como pacientes. Y desde luego no salían limpios. Volvían con otro nombre, si todavía les dejaban nombre. Mateo ocupó medio paso entre Luján y el pasillo, sin taparla del todo.

—Damián está ahí.

—Si aún no se ha ido —dijo Roser.

—¿Y por qué iba a irse justo ahora?

Roser miró a Luján.

—Porque tú has llegado.

El zumbido pareció hacerse más fuerte. O quizá fue su sangre.

Luján sostuvo la mirada de Roser un poco más.

Luego recogió la carpeta de la mesa. La tarjeta de Roser se giró un poco cuando ella se movió.

Luján alcanzó a ver una esquina plastificada, una foto borrosa de una mujer más joven y un código casi borrado.

En la esquina inferior de la tarjeta, casi comida por el roce del plástico, había un símbolo que Luján no había visto antes: Δ.

Debajo, apenas legible: DERIVACIÓN PENDIENTE.

Roser cerró los dedos sobre la tarjeta antes de que pudiera mirar más. Avanzaron sin tocarse.

Roser no los siguió. Permaneció junto a la mesa metálica, con la tarjeta girada contra el pecho.

Más adentro ya no podía protegerlos. Quizá nunca había podido.

Antes de que doblaran el pasillo, Luján oyó a Roser descolgar un teléfono antiguo.

No habló alto. Solo dijo un código, su apellido y después: “Si preguntan, no han pasado por mí”.

Fue una ayuda miserable, tardía, casi cobarde. Pero esta vez tuvo consecuencia.

Damián, en cambio, había hecho lo contrario muchas veces: dejar constancia donde no debía quedar nada. Luján todavía no lo sabía, pero esa diferencia iba a costar sangre.