CAPÍTULO 8 — USO INTERNO #2
No lo preguntó. Lo entendió. Por primera vez, el nombre no era una firma en una hoja ni una palabra rara en boca de otros. Era una puerta cerrándose y una mano ardiendo.
—No está abriendo cualquier cosa —murmuró Mateo—. Está despertando un acceso preparado para esa llave.
—No puede ser.
El ascensor no llegaba. Cada segundo pesaba más.
El vigilante seguía al fondo. Cualquiera podía doblar la esquina.
Un sanitario pasó con una bandeja de muestras sin mirarlos.
Una impresora escupió hojas dentro de administración.
La administrativa del mostrador apareció al inicio del pasillo con una carpeta en la mano.
Una corriente fría le subió por la espalda.
La mujer miró hacia ellos. Mateo cortó el paso apenas, fingiendo leer un cartel.
La administrativa bajó la vista a la carpeta y siguió hacia otra puerta. El botón azul seguía encendido.
—Esto es una locura.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
El ascensor emitió un sonido suave. Las puertas se abrieron.
Dentro olía a metal, goma limpia y otra cosa antigua, apenas enterrado bajo el desinfectante.
Mateo pulsó el botón de cierre antes de que las puertas decidieran por ellos.
El vigilante levantó la cabeza justo cuando la rendija se estrechaba.
Luján sostuvo la mirada de aquel hombre hasta que desapareció. El descenso empezó lento.
Al principio pareció un ascensor cualquiera: un tirón breve en el estómago, motor viejo, luz blanca en el acero. Luego el sonido bajó de tono y el hospital de arriba empezó a quedar lejos. Nerea agarró la barra lateral.
—Estamos bajando mucho.
Miraba el panel. Los números habían desaparecido. Solo quedaba el botón azul, encendido sin parpadear.
—Mucho —repitió, más bajo.
Clara cruzó los brazos.
—¿Y si se para?
—Ni se te ocurra decir eso —dijo Nerea.
—Lo estás pensando.
—Pues precisamente por eso no lo digas.
El ascensor siguió bajando, lento, arrastrando algo pesado.
Luján no apartaba los ojos de su propio reflejo en la pared de acero.
La imagen estaba deformada, ondulada: ella al frente, Mateo justo detrás, Clara a un lado y Nerea pálida como un papel.
La mochila parecía más grande. La carpeta, más oscura.
Todo torcido, igual que si ya no cupieran del mismo modo en el mundo.
El zumbido cambió. Más dentro de los huesos. Luján bajó la mano al bolsillo.
No supo por qué, pero le vino una imagen: una luz encima de una puerta, una mano sujetándola por debajo del codo y una voz diciendo buena. Cerró los ojos.
—¿Lu? —dijo Mateo.
—Estoy.
El ascensor frenó con un suspiro mecánico. Las puertas no se abrieron enseguida. Luego se separaron con lentitud. Del hueco salió un olor a sótano cerrado, a aire que nadie había ventilado en años.
El pasillo se extendía delante de ellos, iluminado pero muerto. Puertas cerradas, carros abandonados, superficies limpias hasta resultar poco creíbles para un sitio supuestamente fuera de uso. No parecía abandonado. Parecía congelado a mitad de algo. Mateo salió primero. No mucho. Solo un paso.
—Esto no es público —murmuró.
—Exacto —dijo Luján.
Y dio el segundo. Sus zapatos resonaban con retraso, con un eco que tardaba un segundo de más en contestar.
Los fluorescentes zumbaban bajito. Un ruido fino, cansino, de edificio que no duerme.
Al pasar la mano por la pared notó una junta mal tapada bajo la capa de pintura y apartó los dedos enseguida. La misma sombra de antes. Mateo lo vio.
—¿El mismo?
—Parece.
Aguantó un poco más con los ojos fijos en la pared.
—Esto no estaba abandonado.
Clara, sin dejar de mirar el fondo del pasillo, contestó en voz baja:
—Estaba guardado.
A Luján le molestó lo exacta que era la frase.
A la derecha había una sala con la puerta entreabierta.
Un letrero arrancado dejaba cuatro tornillos oxidados.
Mateo empujó con el hombro. Cedió con resistencia.
Dentro había cajas abiertas, archivadores fuera de sitio y un carro volcado contra la pared.
Aquello no parecía un almacén. Era una huida a medias. Clara se tapó la boca un segundo.
—No quiero saber qué hacían aquí.
Luján se fijó en las cajas.
—Sí quieres.
Clara alzó la cara de golpe.
—No me digas lo que quiero.
—Entonces no me pidas que finja.
El comentario quedó mal colocado entre ellas. Nerea dio un paso hacia una estantería.
No muchos. Un sonajero amarillento, dos piezas de madera, una manta doblada dentro de una bolsa transparente. También una pulsera de tela con un cierre azul, una pegatina infantil de un pez y un vaso de plástico pequeño, de esos que se doblan si los aprietas.
—Esto no puede ser —dijo.
Habló muy bajo. Mateo se acercó a la puerta.
—No toques nada.
Nerea apartó la mano de pronto.
—No iba a tocar.
Nerea miró la manta dentro de la bolsa. Era blanca, o lo había sido, con un borde azul lavado.
No recordó nada. Eso la enfadó. Clara abrió una caja con dos dedos.
Dentro había carpetas vacías. Vacías, pero con etiquetas arrancadas.
Se veían los restos de adhesivo, rectángulos más limpios donde antes había habido nombres o códigos.
—Se lo llevaron —dijo.
Mateo se acercó.
—O lo movieron.
—¿A dónde?
Desde el pasillo llegó un ruido. Un golpe seco. Después algo arrastrándose. Mateo se tensó. Luján salió antes de que pudiera detenerla.
—No deberíais estar aquí.
La voz llegó desde el fondo. Una mujer estaba sentada junto a una mesa metálica, en una zona que la luz dejaba peor. Manos en el regazo. Espalda recta. No se levantó. No preguntó quiénes eran.
Llevaba una rebeca gris sobre ropa de calle y una tarjeta antigua colgada del cuello. La tarjeta estaba girada, sin nombre visible. El pelo lo tenía recogido de cualquier manera, con aspecto de llevar allí horas, o años. Dejó de andar.
—¿Nos conocemos?
La mujer negó.
—A ti no.
La frase le entró fría. A ti no. Era una precisión. Clara salió detrás de ella. Luego Nerea. Mateo se mantuvo medio paso adelantado, aunque la amenaza no venía de frente del todo. Venía de otra parte. De lo que esa mujer sabía.
—¿Y a nuestra madre? —preguntó Clara.
La mujer tardó una vida. Clara se acercó un poco.
—¿La conocías?
La mujer miró primero a Clara. Después a Luján. Después a la carpeta.
—Conocí a muchas madres.
—No te he preguntado eso.
La mujer miró la mesa. Tenía los dedos deformados por la edad o por trabajo. Uñas cortas, sin esmalte. Una mancha marrón junto al pulgar. Una alianza vieja que le bailaba un poco. Dio un paso.
—¿Qué era este sitio?
La mujer volvió un segundo la cara hacia el pasillo, por si alguien seguía escuchando desde una planta cerrada.
—No lo llamábamos así delante de nadie.
—¿Cómo lo llamaban?
La mujer tardó un poco.
—Unidad. Al principio. Luego dejaron de nombrarlo.
—¿Cuándo cambió?
La mujer se humedeció los labios.
—Cuando empezó a salir mal.
Nerea respiró por la boca.
—¿Qué empezó a salir mal?
La mujer la miró con una tristeza seca, sin dulzura.
—Todo lo que no debía tener voluntad.
Luján sintió una punzada baja, absurda. Rabia antes que miedo.
—Necesitamos nombres.
La mujer le aguantó la mirada.
—Los nombres desaparecieron primero.
—Pues expedientes.
—También.
—Algo quedaría.
La mujer buscó con la mirada a Luján.
—Sí. Siempre queda algo.
Clara se acercó. Ya no parecía solo asustada. Parecía enfadada. La rabia le había dado cuerpo, una forma de estar de pie.
—Mi madre ha muerto esta madrugada.
La mujer bajó la mirada un momento. Clara lo vio.
—Lo sabía.
—No sabía que hubiera muerto.
—Pero sabía quién era.
—Sí. Eso.
La respuesta fue tan simple que dolió más que una excusa. Clara soltó una risa mínima, rota.
—¿Y no se le ocurre decir nada más?
La mujer abrió los ojos.
—Lo siento.
—No me sirve.
—Lo sé.
—Qué va. La gente que dice “lo siento” así no sabe nada.
La mujer no se defendió. Luján la miró de reojo.
Por primera vez desde que entraron, Clara no parecía la hermana que contenía.
Parecía una hija. Una hija cabreada, sucia de miedo, con una madre muerta en Sant Pere y una desconocida debajo de un hospital fingiendo que el arrepentimiento podía ocupar el sitio de una explicación.
La rabia de Clara ayudaba. La de Luján aún no encontraba sitio.
—¿Qué hacía mi madre aquí? —preguntó.
La mujer apartó los ojos hacia sus manos.
—Entró tarde.
—¿Tarde para qué?
—Para impedirlo todo.
Dejó el cuello quieto.
—¿Impedir qué?
La mujer no contestó. Mateo habló por primera vez.
—¿Hay alguien más aquí abajo?
La mujer lo miró con un gesto de reconocimiento tardío.
—Siempre hay alguien.
—Eso no responde.
—No así.
—¿Quién?
La mujer no contestó tampoco a eso. Se levantó con una lentitud incómoda, con cada articulación negociando el movimiento.
Fue hasta un armario metálico, apartó dos cajas y sacó una cinta negra, antigua, con la etiqueta casi borrada.
La dejó sobre la mesa. La grabadora estaba al lado, cubierta por un depósito seco. No parecía puesta allí por casualidad.
—Esto quedó.
Mateo la agarró del codo.
—Espera.
—Ni de coña.
—Puede estar preparado.
—Todo está preparado.
—Precisamente.
Luján se soltó. Metió la cinta y pulsó play. Luego una respiración. Un clac seco.
—…no debería estar aquí…
La cinta crujió.
—…no lo registran todo…
—…los demás desaparecen…
Durante unos segundos ninguna se movió. Esperó ante la grabadora esperando que siguiera hablando por puro odio.
—¿Quién es?
La mujer no miraba la cinta. Miraba a Luján.
—Ni idea.
—Mentira.
—No sé cuál de todas.
A Luján le gustó menos que una respuesta clara. Nerea se sentó en una silla sin pedir permiso, porque las piernas decidieron antes que ella.
—¿Cuál de todas?
Mateo calculó la puerta sin moverse. Estaba pendiente de la mujer, de aquel sitio, del modo en que hasta las paredes parecían escuchar. La mujer no se movió.
—Había más.
—¿Más qué? —preguntó Clara.
La mujer tragó mal.
—Voces.