Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 8 — USO INTERNO
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CAPÍTULO 8 — USO INTERNO

El Hospital Universal de Barcelona parecía normal: cristal, hormigón claro, taxis mal parados, ambulancias, pantallas, batas, familiares con bolsas de ropa.

Funcionaba como funcionan los sitios que han aprendido a tragar dolor sin atragantarse.

Mateo dejó el coche a dos calles, no junto a la entrada principal.

No habían discutido esa parte. Después de la voz en Sitges, nadie quería obedecer del todo una advertencia, pero tampoco ignorarla como idiotas.

No vayas por la entrada principal. La frase se les había quedado pegada durante todo el trayecto.

Así que Mateo aparcó en una zona de carga y descarga ocupada a medias por motos, apagó el motor y miró el edificio desde lejos.

Tardó unos segundos en hablar. Clara tampoco.

Nerea iba detrás, encogida dentro de la sudadera, con el móvil apagado entre las manos, aferrada a un objeto familiar que no servía de nada.

—Entramos por donde entre todo el mundo —dijo Clara al fin.

Luján no apartó la vista del hospital.

—Eso es la entrada principal.

—Entrar por un callejón también es hacer justo lo que quieren.

Nerea subió la cremallera de la sudadera hasta el cuello.

—¿Y si no hay forma buena?

Mateo miró por el espejo.

—No la hay.

En Sitges habían dejado el altavoz negro en el rellano sin tocar y la caja abierta, envuelta otra vez, escondida en un hueco del armario que Mateo encontró golpeando la madera con los nudillos.

Las pulseras y la nota iban con ellas, dentro de la carpeta.

La cinta no. Luján no pudo llevársela pegada al cuerpo.

Llamaron a la funeraria. Clara habló, Nerea apuntó, Mateo fingió vigilar la calle.

Luego fueron al hospital donde Luján había nacido. No al de su madre. Al suyo.

Abrió la puerta antes de que Mateo dijera nada.

El aire de la calle olía a gasolina, desinfectante y pan caliente de una cafetería cercana.

Le cerró el estómago de golpe. Mateo la alcanzó en dos zancadas, con la mochila al hombro.

Clara y Nerea venían detrás, más lentas, pero sin quedarse lejos.

Las cuatro sombras se pegaron un segundo al cristal de un escaparate: Luján delante, Mateo tan cerca, Clara con la boca cerrada a presión y Nerea pequeña dentro de la sudadera.

—Lu —dijo Clara.

Luján no volvió la cara.

—Ahora no.

—No puedes entrar ahí así.

—Ya estoy entrando.

Clara le tocó el brazo. No fuerte. Lo justo para obligarla a quedarse allí, entre un taxi mal parado y una mujer que empujaba una silla de ruedas vacía.

—Nuestra madre está en otro hospital.

A Luján le costó entenderlo. El Hospital General del Garraf, en Sant Pere. El cuerpo. La llamada. La funeraria. La hora que habían pactado. Todo seguía ahí, aunque Luján lo hubiera empujado hacia un rincón para no mirarlo todavía.

—No lo parece —dijo.

La mano de Clara seguía en su brazo.

—Si pienso en eso ahora, no entro.

Clara la soltó despacio. No sonaba a perdón. Tampoco a aprobación. Más bien a entender que ninguna de las dos tenía ya un sitio limpio desde el que discutir. Nerea se acercó un poco.

—¿Y si preguntan algo?

Mateo revisó las puertas, las cámaras, la gente que entraba por una lateral acristalada marcada como consultas externas.

—Respondemos poco.

—Eso no es un plan.

—No tenemos uno mejor.

—Me estáis tranquilizando muchísimo.

La frase de Nerea salió floja. Aun así, funcionó un segundo.

No para reír. Para recordar que seguían siendo personas y no solo piezas moviéndose hacia una trampa.

No entraron por urgencias ni por la puerta grande.

Mateo los llevó hacia un lateral por donde pasaban pacientes con cita, repartidores con cajas térmicas y personal que no quería cruzar el vestíbulo principal.

Dentro olía a filtro, plástico, café malo y flores de tanatorio barato.

Un mostrador bajo, dos administrativas, pantallas con números y varias cámaras esféricas en los ángulos.

Luján no se detuvo. Mateo se acercó al mostrador con la carpeta pegada al costado.

Antes de hablar, alzó la cara una vez hacia las cámaras del techo.

Había varias. Más de las que deberían. Esféricas, negras, colocadas en los ángulos.

Clara también las vio. Nerea no. Nerea miraba el suelo, las flechas adhesivas, una mancha oscura junto a una silla.

La mujer de recepción dejó el bolígrafo a medio camino.

—Bon dia.

Mateo respondió sin dudar.

—Buenos días. Archivo de nacimientos.

La administrativa tenía uñas cortas, sin pintar, y una mancha de tinta en el lateral del dedo. Miró a Mateo. Luego a Luján. Después a la carpeta.

—¿Registro civil?

—Archivo interno del hospital.

Algo mínimo le cambió en la cara.

—Para documentación antigua, administración —dijo, señalando hacia la derecha con un gesto automático—. Pasillo derecho, al fondo. Allí les informarán.

O quizá Luján ya no podía escuchar nada sin desconfiar.

—¿Hace falta cita? —preguntó Clara.

La mujer volvió a atenderla entonces. Tarde.

—Depende del trámite.

—Es una consulta de registro antiguo —dijo Mateo.

—Administración —repitió ella—. Al fondo.

La administrativa había dejado de escribir. El bolígrafo seguía apoyado en el papel, pero no se movía.

—Gracias —dijo Mateo.

El pasillo derecho estaba menos lleno. Sillas, máquina de agua, carteles sanitarios, flechas adhesivas en el suelo.

Una mujer con bata verde salió cargada de carpetas y los esquivó sin mirarlos.

A mitad del pasillo, un vigilante dejó de mirar el móvil.

Mateo aflojó el paso. Clara se puso rígida. Nerea se pegó más a Luján.

—Esto huele mal —murmuró.

—A nadie —contestó Luján.

—Me refiero a esto. Al sitio.

Luján la miró de reojo. Nerea no solía afinar tanto. O quizá sí, y nunca la había escuchado lo suficiente.

—¿Qué sitio?

Nerea apretó los dedos contra la manga.

—No sé. Este pasillo. No parece hecho para pacientes.

Mateo no giró la cabeza, pero la escuchó. Clara miró hacia el fondo. La puerta de administración estaba abierta. Se veía una impresora, una mujer con gafas, archivadores blancos, una planta de plástico. Todo normal.

Al fondo, antes de la puerta de administración, había un ascensor lateral con un cartel pequeño junto al panel. Clara se detuvo.

—Por ahí no.

Miraba el panel. Plantas numeradas. Todas normales.

Todas visibles. Baja, primera, segunda, tercera.

Una línea de botones gastados por dedos ajenos, por años de uso.

Nada fuera de lugar. Y debajo, casi sin relieve, un espacio sin nombre.

Luján metió la mano en el bolsillo. La llave pequeña estaba fría.

La reconoció al tacto antes de verla. La sacó con cuidado, tapándola con la manga. Mateo la vio.

—Lu…

—Calla.

—Hay cámaras.

—Ya.

—Hay gente.

—También.

Mateo giró hacia atrás.

—El vigilante.

Clara se acercó un poco, tapando con su cuerpo la mano de Luján desde el pasillo.

Un gesto mínimo, de hermana. Luján lo vio y le dolió.

Nerea se colocó sin que nadie se lo pidiera al otro lado, fingiendo mirar un cartel sobre donación de sangre.

Lo hizo mal. Pero lo hizo. Luján metió la llave en la hendidura.

Entró hasta la mitad. Siguió sin mirar atrás. Por un momento, no pasó nada.

—Vámonos.

La llave no cedía.

—Lu —susurró Clara.

Luján la giró apenas hacia la izquierda.

El metal raspó por dentro. Un sonido ridículo, pequeño.

Le pareció que todo el pasillo tenía que haberlo oído.

El vigilante se movió. Una tos falsa, horrible.

Clara la miró con ganas de matarla y besarla al mismo tiempo.

Luján volvió a empujar. Un tirón dentro del panel hizo un clic bajo. El botón sin nombre se iluminó en azul.

La luz no se quedó quieta. Parpadeó tres veces y apareció una línea mínima en el borde del panel, tan estrecha que casi parecía una grieta:

APERTURA COMPARTIDA — CIERRE PARCIAL.

Nerea la leyó antes que nadie.

—¿Cierre de qué?

Nadie contestó. El ascensor abrió un palmo y volvió a cerrarse de golpe, como si hubiese probado a tragárselos y hubiera cambiado de opinión. Clara tiró de Nerea hacia atrás. Mateo metió la mano entre las hojas antes de pensarlo y la retiró con un corte fino en los nudillos.

—Joder.

Luján miró el panel. La palabra CIERRE seguía allí. No era una advertencia abstracta. Era una acción. Algo acababa de decidir por ellos.

El lateral del dedo de Nerea pareció oscurecerse al contacto con el aire frío del pasillo. Nerea se miró la mano, pálida.

—Me quema.

—No la frotes —dijo Luján.

El botón azul se apagó un segundo. Luego volvió, más intenso.

ENTRADA VOLUNTARIA CONFIRMADA.

El pasillo contestó antes que cualquiera de ellos. No con una voz. Con cierres. La puerta de administración, al fondo, se bloqueó con un golpe bajo; una luz roja se encendió sobre el marco y la administrativa que acababa de pasar giró la cabeza muy rápido. No parecía sorprendida. Eso fue lo peor.

En el panel del ascensor apareció otra línea, casi sin brillo: ACOMPAÑANTES REGISTRADOS.

Nerea se miró el dedo. La marca, hasta entonces casi invisible, se había oscurecido como si el cuerpo hubiera entendido la orden antes que la cabeza.

Se le llenaron los ojos de agua, no de llanto todavía; de puro reflejo.

—Me está quemando —dijo.

Mateo cogió una gasa del bolsillo y se la tendió sin tocarle la mano. Clara fue a acercarse, pero Nerea apartó el brazo. No por rechazo. Por miedo a contagiar una cosa que ni siquiera sabía nombrar.

—Eso es Delta —dijo Luján.

Lo dijo sin querer. Antes habría sonado a deducción. Allí sonó a reconocimiento: una puerta que se cerraba, una marca que respondía, un sistema que no necesitaba enseñar una cara para demostrar que estaba despierto.

Mateo levantó la vista hacia las cámaras.

—Eso acaba de registrarnos.

—Delta —dijo Clara.