CAPÍTULO 7 — LA LUZ AZUL #2
—Ni se te ocurra callarme. Llevo toda la mañana llamando a hospitales, recogiendo bolsas y fingiendo que no estoy pensando que mi madre igual no murió como nos han dicho. No me calles ahora.
Mateo miró las baldosas.
—No iba a callarte.
—Pues no me ordenes respirar.
Se cubrió la boca un segundo. La frase habría sido suya en otra boca. Nerea se acercó a la mesa. No tocó la caja. Fijó la vista en la cuerda.
—Ha dicho que si la abrimos la volvemos a perder.
—Sí —dijo Luján.
—Pero no ha dicho que se pierda una cosa.
Clara se giró hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
Nerea se encogió un poco, pero siguió.
—Que todo el rato dice “la”. No “eso”. No “la prueba”. No “la caja”. La.
Luján sintió que el suelo cambiaba apenas bajo sus pies.
A-2.
La salvé.
Si abrís la caja, la volvéis a perder.
—A-2 —dijo Luján.
Mateo levantó la cabeza.
—También lo has pensado.
Miró la carpeta. La hoja de HUB seguía sobre la mesa, al lado de la libreta y del papel recién llegado. Tres objetos que no deberían conocerse y que, sin embargo, parecían empujarlos hacia el mismo sitio.
—Esa luz… —murmuró Clara—. ¿Qué es?
Luján alzó la vista. Decirlo convertía el fogonazo en dirección. La dirección en plan. El plan en otra puerta. Pero ya estaba allí. Desde antes de la caja. Desde antes de Sants. Quizá desde las tres y cuarenta y una de una madrugada que ella no recordaba.
—Un hospital.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Cuál?
Miró la hoja. La tinta parecía más negra que antes.
—Donde nací.
Clara negó muy poco a poco.
—No, Lu.
—Sí. Ahí.
—El Hospital Universal de Barcelona no tiene nada que ver con mamá.
Luján la miró entonces.
—Eso dijiste del expediente.
Clara no tuvo respuesta. Nerea se sentó en el borde del sofá, con las piernas rendidas.
—Ha dicho que no vayamos por la entrada principal.
Mateo recogió la mochila.
—Entonces paramos un minuto.
Giró hacia él.
—¿Qué?
—No vamos corriendo hacia una frase metida por debajo de una puerta.
—Mateo…
—Esta vez no. Primero miramos qué tenemos. Sin abrir la caja. Sin tocar el altavoz. Sin encender los móviles todos a la vez. Y luego decidimos.
Clara se pasó una mano por el pelo.
—Tengo que llamar a la funeraria.
Ninguna encontró una frase útil. La muerte volvió a entrar, como entraba siempre: sin llamar, sin esperar su turno. Miró a su hermana.
—Lo hacemos ahora.
Clara soltó una risa rota.
—¿Ahora? ¿Después de esto?
—Precisamente después de esto.
—No puedo.
—Yo tampoco.
Se quedaron mirándose. Por primera vez, eso no sonó como un reproche. Nerea levantó la mano, muy despacio, con la torpeza de una clase absurda.
—Puedo apuntar lo que digan. Otra vez.
Clara la miró un momento.
—Gracias.
Mateo dejó la mochila en el suelo, junto a la mesa, pero no se alejó de la puerta.
Desde ahí controlaba la caja, el pasillo y a Luján.
Esa forma de cuidarlo todo iba a romperlo en algún momento.
Luján lo supo con una certeza desagradable.
Fuera, en la calle estrecha de Sitges, alguien gritó el nombre de un niño.
Una persiana bajó o subió; era imposible distinguirlo.
El apartamento olía a humedad, a sal vieja y a miedo encerrado.
Cogió la hoja sin tocarla, usando la misma gasa.
La salvé.
La dobló de nuevo. Ni siquiera quería guardarla. Porque necesitaba dejar de verla. Luego miró la caja. La cuerda seguía intacta, pero ya no parecía una cuerda. Parecía una decisión aplazada muchas veces.
—La abrimos —dijo Clara.
Luján levantó la vista. No esperaba que fuera ella.
Clara tenía los ojos hinchados, la boca rígida y el móvil apagado contra el pecho, pero estaba de pie.
No como la hermana que llama a funerarias ni como la que ordena papeles para no caerse.
Como una hija a la que ya le habían quitado bastante esa mañana.
—Ha dicho que no —murmuró Nerea.
—También nos dijo que no fuéramos por la entrada principal —contestó Clara—. Y aquí estamos, obedeciendo a medias como idiotas.
Mateo negó despacio.
—Abrirla aquí puede activar algo.
—Todo activa algo —dijo Luján.
No lo dijo con valentía. Se oyó feo, cansado. La frase le raspó por dentro porque era verdad de una manera pobre y vulgar: contestar una llamada, tocar un borde de polvo, girar una llave, cruzar un pasillo. Todo abría una consecuencia. No abrir también era una forma de obedecer.
La caja no pesaba. Eso seguía molestándola. La puso en el suelo, no sobre la mesa, como si bajarla de altura la hiciera menos importante. Mateo se agachó frente a ella con una navaja pequeña que nadie le había visto sacar. No cortó la cuerda enseguida. Primero miró a Luján.
—Tú decides.
Le habría gustado odiarlo por decirlo así. Por devolverle la decisión cuando lo único que quería era que alguien le quitara de encima una parte del mundo. Pero era justo lo que tenía que hacer. Luján asintió.
La cuerda cedió con un sonido pobre. Nada pitó. Nada se iluminó. La calefacción del piso siguió haciendo ese ruido mínimo de tubería vieja. Fuera, alguien arrastró una silla en la calle. La normalidad tuvo el mal gusto de continuar.
Dentro no había una explicación. Eso fue lo primero.
Nada de informe completo. Nada de mapa. Nada que pudiera cerrar la historia con una carpeta limpia.
Había una bolsa transparente, sellada con cinta envejecida.
Dentro, dos pulseras de hospital. Una llevaba D-17.
La otra, A-2. La segunda tenía algo escrito a mano, no en la etiqueta oficial sino en el borde de tela, con tinta casi comida por los años: J.
Nerea soltó aire por la boca.
—J.
Clara no tocó la bolsa. Miró la letra como si pudiera reconocer la mano de Carmen en un trazo tan mínimo.
Luján no pudo. O no quiso. Debajo de las pulseras había una fotografía cortada.
No se veía ninguna cara entera. Solo una manta blanca, dos bultos pequeños y una mano adulta entrando en el borde de la imagen.
En el reverso, escrito a lápiz: no fue uno.
—No fue uno —leyó Clara.
La frase dejó el piso sin aire. No decía hermano. No decía gemelo. No decía nada que una pudiera enseñar como prueba suficiente. Pero lo decía todo de la única manera en que Carmen parecía haber aprendido a dejar verdades: incompletas, escondidas, con miedo de que alguien llegara antes.
En el fondo de la caja había una cinta de audio pequeña, de las antiguas, metida en una funda transparente.
Encima, una nota doblada en cuatro. Luján supo que era de su madre antes de abrirla.
Por cómo el papel había sido doblado, tan recto, con esa manía suya de hacer orden incluso con lo que daba vergüenza.
No abras si estás sola.
Debajo, otra línea:
La caja no era para ti. Era para cuando dejaras de estar sola.
Luján tuvo que sentarse en el suelo. No porque se desmayara.
Ojalá hubiese sido tan sencillo. Se sentó porque las rodillas dejaron de entender qué se esperaba de ellas.
Clara se quedó a su lado sin tocarla. Nerea lloraba sin ruido.
Mateo guardó la navaja como si de pronto le diera vergüenza tener una herramienta en la mano.
—La cinta —dijo Clara.
Luján negó.
—No aquí.
No sabía por qué. Tal vez porque la voz de Carmen aún estaba viva en esa nota y escucharla en una cinta habría sido otra muerte.
Tal vez porque el mensaje de la puerta no decía que la caja no se abriera nunca.
Decía que no era de ella. Y por primera vez entendió algo: abrirla sola habría convertido a Jan en prueba.
Abrirla con ellos lo convertía en deuda compartida.
Mateo envolvió la cinta y las pulseras en la misma bolsa. Clara guardó la nota en la carpeta, muy despacio, como si colocar ese papel junto a los informes fuera una forma de protegerlo de ellos.
—Ahora sí sabemos que A-2 no es una sala —dijo Nerea.
Luján miró la letra J hasta que dejó de parecer una letra y empezó a parecer una boca a punto de decir algo.
—No —contestó—. Es alguien.
Nadie supo qué hacer después de esa frase. No hubo música, ni una certeza limpia, ni una decisión heroica. Solo Nerea limpiándose la cara con la manga, Clara guardando mal la nota de Carmen y Mateo mirando la puerta como si le molestara que siguiera siendo una puerta cualquiera.