Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 7 — LA LUZ AZUL
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CAPÍTULO 7 — LA LUZ AZUL

El golpe cayó en el centro de la puerta.

No arriba, no cerca del pomo, no como llaman los vecinos cuando dudan.

En medio. Seco. Medido. Con la precisión de alguien que sabía cómo sonaba aquella madera dentro del apartamento.

Mateo levantó una mano para que nadie hablara y se acercó a la puerta sin apoyar todo el peso en el suelo.

Se había quitado los zapatos al entrar en el apartamento, sin anunciarlo, por costumbre o para oír mejor el suelo.

Luján se fijó entonces en sus pies sobre el parquet frío, y le pareció absurdo notar eso justo cuando alguien llamaba desde fuera con una precisión que no pertenecía a ningún vecino.

Se pegó a la mirilla. Durante unos segundos se le olvidó respirar.

—¿Quién es? —susurró Clara.

Mateo negó apenas. O nadie visible. El pomo giró despacio. El sonido fue mínimo. Dentro bastó. Nerea dio un paso hacia atrás y chocó con una silla. La pata raspó el suelo. Todos la miraron culpándola de aquel ruido con la mirada. Ella no se movió, con la boca abierta, sin aire.

—Perdón —murmuró.

—Calla —dijo Mateo.

Y eso lo volvió más sucio. Desde el otro lado llegó una voz.

—Abrid.

Clara retrocedió un paso. La voz no sonaba natural.

Llegaba con un temblor metálico, pasada por un altavoz malo o por un móvil con el volumen muy alto.

No sonaba exactamente a una persona al otro lado de la puerta.

Sonaba a una voz usada desde otro sitio.

Durante medio segundo, Luján pensó en Clara. Una estupidez. Clara lo notó igual.

—Esa no soy yo.

Mateo no apartó la cara de la puerta.

—Identifícate.

Solo quedó ese ruido bajo, doméstico y ajeno. El apartamento se encogió alrededor de ellos. Cocina pequeña, sofá duro, persianas a medio bajar, olor a cerrado y detergente barato. Lo que hacía unos minutos parecía refugio se volvió decorado. Un sobre apareció por debajo de la puerta.

Rozó el suelo con un sonido suave hasta detenerse en la línea de luz del rellano.

Era blanco. Normal. Limpio hasta molestar.

Durante unos segundos, ninguno se movió.

El sobre quedó allí, casi ridículo, como una factura mal entregada.

Luján pensó en abrirlo. Pensó en pisarlo.

Pensó en quemarlo en el fregadero. Mateo fue el primero en agacharse.

—No lo toques con la mano —dijo Nerea.

Salió rápida, temblorosa, pero útil. Mateo la miró un segundo. Luego cogió una de las gasas del botiquín que seguía abierto sobre la mesa. Se agachó sin apartar la puerta de la vista y recogió el sobre por una esquina. La voz volvió desde fuera.

—Eso no es vuestro.

Mateo se congeló a medio movimiento. Luján sintió cómo algo se le apretaba bajo las costillas.

—¿La caja? —preguntó Clara, casi inaudible.

Al otro lado no llegó nada. Mateo abrió el sobre con la gasa y sacó una hoja doblada en dos. El papel era grueso, blanco, sin membrete. Nada escrito por fuera. Sus ojos se movieron apenas.

—¿Qué pone? —preguntó Luján.

Mateo no contestó enseguida. Leyó en voz alta.

—«No la dañé».

Nerea hundió la barbilla en la sudadera.

—¿A quién?

Mateo miró abajo, a la segunda línea.

—«La salvé».

Clara inclinó apenas la barbilla.

—Eso no es salvar.

La frase se le cayó de la boca sin fuerza. Dio un paso hacia la hoja.

—Déjame verla.

Mateo no se la dio. La giró para que pudiera leerla sin acercarse más.

Dos frases impresas. Letra negra. Sin firma.

Sin fecha. Sin nada que permitiera odiar a alguien concreto.

Luján leyó la primera línea varias veces.

El mensaje no aclaraba a quién. Ahí estaba lo peor.

Podía ser su madre. Podía ser ella. Podía ser alguien que aún no conocían.

Podía ser A-2. Podía ser una trampa escrita para que su cabeza hiciera justo eso: abrir todas las posibilidades al mismo tiempo y quedarse sin aire. La voz llegó de nuevo, más cerca.

—La caja no.

Mateo inclinó apenas la cabeza hacia la puerta.

—Así no.

—La caja no —repitió la voz.

Esta vez sonó más baja, más pegada a la madera. Pero seguía con ese temblor de audio sucio, igual que si quien hablaba lo hiciera a través de una cosa pequeña colocada junto al suelo. Miró hacia la rendija inferior.

—¿Quién eres? —preguntó.

La voz tardó en contestar.

—Si abrís la caja, la volvéis a perder.

Clara alzó la vista.

—¿A quién?

Nada se movió. Nerea miró las paredes, el techo, las esquinas, el router junto al televisor y la lámpara que nadie había encendido.

—Nos está escuchando —dijo.

Mateo señaló los móviles.

—Apagadlos. Ya.

—Ya están apagados —dijo Clara, pero aun así apartaron los teléfonos de la mesa. Nerea envolvió el suyo en un paño y lo dejó en el fregadero vacío. El gesto fue torpe, quizá inútil, pero nadie se rio.

Nerea seguía mirando las paredes.

—¿Y si no son los móviles?

—No toques nada —dijo Mateo.

—No iba a tocar.

Pero ya tenía una mano cerca de la lámpara. Mateo recorrió el salón con la mirada. No encontró nada. Avanzó un paso. No hacia la puerta exactamente. Hacia la voz.

—Di lo que quieres.

Hubo un roce al otro lado. Otra cosa pequeña. Como tela contra pared. O una suela cambiando de peso.

—Tu madre no tenía que morir hoy.

Clara reaccionó al instante.

—No le creas.

Pero Luján no giró hacia ella. Esa palabra sí entró. Clara dio otro paso atrás.

—Luján, no.

La lengua se le pegó al paladar.

—¿Qué quieres?

—La caja no.

—¿Por qué?

Esa vez la pausa fue más larga. Luján oyó su propia respiración. La de Clara. La de Nerea. El zumbido de la nevera. Una moto pasando abajo. Un grifo abierto en algún piso cercano. Todo seguía siendo tan real para una cosa así.

—Porque no sabes qué estás abriendo.

Mateo apretó la hoja dentro de la gasa.

—Entonces habla.

—No contigo.

—Pues estás en la puerta equivocada.

La voz no contestó. Mateo seguía ahí. Él seguía de lado, entre la puerta y ellas. Había algo cansado en esa postura. Algo casi estúpido. Su cuerpo protegía antes de que la cabeza comprobara si podía.

—No la abras, Luján.

Mateo la siguió solo con el rabillo del ojo.

—Ni se te ocurra.

—No pensaba hacerlo ahora.

—Eso no me tranquiliza.

—No te he preguntado.

La voz volvió.

—Tu madre no la escondió para ti.

Tardó en moverse. Clara levantó la mirada.

—¿Qué?

—La escondió de ti.

Esa frase sentó peor. Nerea abrió la boca y la cerró otra vez. Luján notó la caja encima de la mesa más grande que antes. Una cosa cerrada con una cuerda ridícula. Un objeto pequeño acumulando tantas manos, tantos caminos, tanta gente llegando antes que ellas a todas partes.

—Mentira —dijo Clara.

La voz no contestó a eso. Dio un paso hacia la puerta. Mateo se movió al mismo tiempo.

—No, Lu.

—No voy a abrir.

—No te acerques.

—Mateo.

—He dicho que no.

El tono no fue alto. Por primera vez desde que habían llegado, Luján sintió ganas de empujarlo. La voz habló de nuevo.

—Hay otro sitio.

—Donde empezó.

Luján contestó antes de estar preparada.

—No sé dónde es.

—Sí lo sabes.

Y entonces llegó. Más que recuerdo, era una astilla.

Más bien como un corte. Un resplandor azulado, un pasillo largo, paredes sin marcas.

Un ruido bajo, metido en los dientes. La sensación de estar tumbada, aunque no veía una cama.

Algo frío en la piel. Un olor a plástico caliente.

Una mano sujetándole el brazo. No con violencia.

Con costumbre. Apareció dentro de su cabeza con una voz que no era la de la puerta.

La imagen se fue. Volvió al apartamento con una mano agarrada al borde de la mesa y los pulmones trabajando mal.

—Lu —dijo Clara.

No se acercó. Quizá porque ya le costaba saber si tocarla ayudaba o empeoraba las cosas. Nerea se había quedado blanca de verdad.

—¿Qué has visto?

—Nada.

La mentira salió sola. Mateo la miró.

—Busca esa luz —dijo la voz.

Clara mordió por dentro la mejilla.

—¿Qué luz?

La voz siguió, ignorando a Clara.

—No vayas por la entrada principal.

Mateo se tensó.

—¿Entrada de dónde?

—Preguntad por la planta que no figura.

Nerea se tapó la boca. Luján bajó la vista hacia la hoja.

La salvé.

—¿Quién eres? —preguntó otra vez.

Un sonido breve llegó desde fuera. Casi una risa.

—Alguien que falló antes.

Más que todo lo anterior. Y por eso dio más miedo. Mateo apoyó la mano en la puerta.

—Abre tú.

—No jodas.

—Entonces no vuelvas a llamar.

—Ya lo he hecho.

Algo se movió al otro lado. Esta vez sí fueron pasos. Uno. Dos. Lentos. Sin prisa. Con la calma de alguien que no necesitaba correr. Mateo esperó. El pasillo quedó apagado. Clara sostuvo el móvil contra la chaqueta, apagado, inútil.

—¿Se ha ido?

Mateo no contestó. Seguía con la oreja cerca de la madera. Pasaron diez segundos. Después abrió la puerta en seco. Clara ahogó un grito. El rellano estaba vacío.

Solo había un objeto pequeño junto al zócalo, a la derecha de la puerta.

Un altavoz negro, barato, del tamaño de una pastilla de jabón.

Tenía una luz diminuta apagándose. Luján la vio.

No era una pantalla. Tampoco un adorno. Parecía una orden barata.

Mateo se agachó, pero no lo tocó. Lo miró desde cerca.

—Está apagado.

—No lo cojas —dijo Nerea.

—No iba a cogerlo.

—Todo el mundo dice eso antes de cogerlo.

Mateo la miró apenas. Nerea bajó la voz.

—Perdón.

—Está bien. Tienes razón.

Mateo cerró la puerta sin tocar el altavoz y volvió a echar la llave. Luego el pestillo. Luego permaneció con la mano apoyada en la madera, intentando sentir todavía el paso de alguien al otro lado.

—Se ha ido —dijo, aunque sonó más a necesidad que a certeza.

Aquello permaneció dentro de la habitación, mal puesta. Porque nadie lo creyó del todo. Clara fue hasta la mesa y cogió la hoja con la gasa. La leyó sin tocar el papel.

La salvé.

—¿Y si habla de mamá? —preguntó.

Luján no pudo contestar.

—¿Y si alguien cree que la salvó? —insistió Clara—. ¿Y si por eso murió?

—Clara —dijo Mateo.