CAPÍTULO 6 — NO HAY ANTES #2
Lo dijo tan bajo que casi pareció una equivocación. Pero ahí estaba: la primera vez que Delta dejó de sonar a palabra rara y empezó a parecer una maquinaria con consecuencias. Pendiente. Cerrado. Retirar. Archivo sin retorno. No hacía falta entenderlo todo. El frío ya estaba allí.
Luján encontró entonces una hoja estrecha, doblada entre dos informes. Era un registro telefónico. No tenía compañía ni logo, solo números y una línea resaltada con tinta azul gastada:
06:03 / 00:47 / acceso previo / conexión aceptada / retorno auditivo bloqueado.
Debajo, a mano, otra frase: no recuerda la voz porque no era para ella.
Más abajo, una línea casi borrada lo volvía peor: Procedimiento de entrada. El sujeto responde; el sistema retiene la voz.
Luján se quedó mirando aquello hasta que las cifras dejaron de ser cifras.
La llamada de las seis y tres ya no era solo un hueco en su memoria.
Era un acto. Alguien la había hecho entrar en una conversación que no estaba pensada para ser recordada.
Cuarenta y siete segundos de algo que su cuerpo sí había pasado y su cabeza no.
—¿Qué pone? —preguntó Clara.
Luján le enseñó la hoja. Clara la leyó. Esta vez no discutió. Se sentó en la silla más cercana como si le hubieran cortado un hilo por dentro.
—Tenemos que llamar a los Mossos —dijo, pero le faltaba convicción. No porque no creyera en la policía. Porque por primera vez entendía que aquello estaba hecho para que cualquier explicación sonara ridícula al decirla en voz alta.
Mateo apoyó las dos manos en la mesa.
—Podemos quemarlo todo.
Luján levantó la mirada.
—¿Qué?
—La caja. Los papeles. Lo que sea esto.
Nerea bajó los ojos. Clara no lo contradijo enseguida, y eso dolió más que la frase.
—¿Y mañana qué? —dijo Luján—. ¿Voy al hospital a firmar papeles después de haber visto mi nombre en un expediente escondido en Sants?
—He dicho que sigas viva.
—Estoy viva.
—Estás funcionando.
La palabra le raspó por dentro. Funcionando, como una máquina vieja. Como algo que todavía sirve aunque esté a punto de fallar.
—No hay antes —dijo Luján.
No la había preparado. Por eso sonó peor.
La casa de su madre ya no era una casa. Su piso ya no era seguro.
Su nombre ya no era solo suyo. La hora de su nacimiento estaba en un papel donde no debía.
Una caja cerrada esperaba encima de una mesa ajena.
Y Clara tendría que llamar a una funeraria con las manos temblando mientras todas fingían que aún existía una vida normal al otro lado de aquello.
—No hay antes —repitió, más bajo.
Mateo se acercó lo justo.
—No has llorado.
La frase la golpeó donde no esperaba.
—¿Y?
—Nada.
—Sí. Estás esperando que me rompa.
—Ya estás rota, Lu. Lo que pasa es que sigues andando.
Le ardió la cara. Rabia primero, porque la rabia siempre llegaba antes que lo demás. En la nevera seguía la foto de Mateo con el niño y el hombre mayor. Una puerta que no tenía nada que ver con D-17 ni con hospitales, y por eso mismo era peligrosa.
—Tu hermano —dijo ella, mirando la foto.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En Tarragona. Con su vida.
—¿Y tu padre?
—Muerto.
Luján cerró los ojos un instante.
—Perdona.
—Fue hace años.
—Eso no siempre cambia algo.
Mateo soltó una respiración breve, casi una risa, pero rota antes de salir.
—No siempre.
No se besaron como se besa cuando hay deseo limpio.
Se acercaron mal. Un roce primero, la boca de Mateo encima de la suya y la mano de Luján agarrándole la camiseta sin haberlo decidido.
El beso fue torpe: dientes, nariz, prisa.
Una forma sucia de agarrarse a un cuerpo cuando todo lo demás se está yendo. La carpeta cayó al suelo.
Desde el baño llegó la voz de Clara. Un cajón. Nerea diciendo algo sobre gasas. El mundo volvió entero y con vergüenza. Luján se separó.
—Para.
Mateo no insistió. Quedó a medio camino, con la mano aún levantada, inútil.
—Vale.
Ella se agachó a recoger los papeles. Uno quedó boca arriba: A-2. Mateo lo vio.
—Eso no es una sala.
—No.
—¿También lo has pensado?
—Sí.
Clara apareció con un botiquín pequeño y una toalla. Encontró primero a Mateo. Luego a Luján. Luego los papeles torcidos. No preguntó. Esa vez Luján se lo agradeció. Nerea venía detrás con una gasa y un frasco.
—He encontrado alcohol —dijo Nerea.
—También hay tiritas de dibujos. De dinosaurios. No sé por qué te lo digo.
Mateo miró la etiqueta.
—Eso es suero.
—Ah.
La estupidez pequeña de la confusión habría servido en otro día. En otro piso. Con otra vida.
El móvil de Luján vibró sobre la mesa. Número desconocido.
No huyas con la caja.
Antes de que pudiera bloquearlo, entró otro mensaje.
La caja no es para ti.
Nerea lo leyó por encima del hombro y se puso blanca.
—¿Entonces para quién?
Luján miró A-2. Ya no le pareció una referencia. Le pareció alguien esperando desde mucho antes que ella.
***
El mensaje llegó cuando ya estaban bajando hacia la calle.
No discutieron quién conducía. Mateo cogió la caja con una prudencia casi ofensiva y Clara llamó a su compañera Marta para pedirle el apartamento de Sitges.
No dio explicaciones. Solo dijo necesito un favor, y esa frase, en boca de Clara, sonó a rendición.
Antes de salir de L’Hospitalet llamó Mercè, la vecina de Vilanova. Clara puso el altavoz sin pensarlo.
—Hay alguien en el rellano —dijo la mujer, muy bajo—. Han probado vuestra puerta. No parecían ladrones. No miraban otras puertas.
Clara se quedó sin color.
—¿Han entrado?
—No lo sé. He mirado por la mirilla y ya no estaban. Pero hay una bolsa junto a los buzones. Creo que es vuestra.
Mateo no se lo pensó.
—Pasamos por Vilanova.
—Ni hablar —dijo Clara.
—No he dicho entrar. Paramos treinta segundos. Si la bolsa está ahí, o tiene algo útil o tiene algo peligroso. Las dos cosas nos interesan.
—O es justo lo que quieren que hagamos.
—Sí.
Luján miró la caja entre sus pies.
—Vamos.
Clara no discutió. Eso dijo más que una discusión.
La C-32 volvió a tragárselos, piedra clara a un lado, mar al otro. En mitad del trayecto sonó otra vez el Hospital General del Garraf en el móvil de Clara. Esta vez contestó. Habló poco. Escuchó mucho. Al colgar, no miró a nadie.
—Hay que decidir funeraria hoy.
Nadie supo dónde poner esa frase. Nerea levantó la mano un poco, como si estuviera en clase.
—Puedo llamar yo. Preguntar horarios, documentación. No decidir. Solo apuntar.
Clara la miró con una sorpresa cansada.
—No tienes por qué.
—Ya lo sé.
Fue la primera decisión propia de Nerea en toda aquella mañana. Pequeña, fea, administrativa. Pero suya. Clara le dio el móvil.
En Vilanova no apagaron el motor. Clara y Nerea bajaron mientras Luján se quedó dentro porque Mateo dijo hoy eres el motivo y ella, por una vez, no tuvo fuerza para discutir.
La vecina no salió. Solo se vio una mano mayor abriendo lo justo.
Clara volvió con una bolsa de deporte oscura.
Nerea traía una más pequeña y una línea gris en el lateral del índice.
—No te frotes —dijo Luján.
Nerea miró su propia mano y tragó saliva.
—Vale.
Dentro de la bolsa había ropa doblada mal, un neceser, unas llaves de repuesto y una libreta pequeña de tapas blandas. Clara la abrió por la mitad. Casi todas las páginas estaban en blanco. En una, con la letra de Carmen, solo había una frase:
No abras donde te esperan.
Luján la leyó tres veces. La letra era de su madre. Esa forma de dejar las tes a medias cuando escribía deprisa. El mensaje no calmó nada. Solo puso una dirección peor.
—La ha dejado ella —dijo Nerea.
—O alguien quiere que pensemos eso —dijo Mateo.
—Es su letra —contestó Clara. No añadió nada más. Esa seguridad le costó cara.
El apartamento de Sitges estaba en una finca vieja, cerca de una calle estrecha que olía a humedad y sal.
No era bonito. Eso casi ayudó. Portal estrecho, escalera gastada, vecinos que se conocían por el sonido de las llaves.
Dentro había una cocina pequeña, un sofá duro, dos habitaciones y ventanas a un patio interior.
Olía a cerrado limpio, a detergente y muebles de alquiler. Un sitio sin memoria.
Mateo revisó armarios, baño, cortinas. Clara cerró persianas sin bajarlas del todo.
Nerea llamó al hospital con una voz más clara de lo esperado y apuntó en el reverso de un folleto de comida a domicilio: DNI, libro de familia, autorización funeraria, pertenencias.
Cada palabra parecía una piedra pequeña.
—También han dicho que no estuvo sola al final —murmuró Nerea al colgar.
Clara levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que en el registro consta acompañamiento de planta. Una auxiliar o una enfermera. No he preguntado el nombre.
—No pasa nada —dijo Luján.
—Sí pasa. Podía haberlo preguntado.
—Has llamado. Ya es más de lo que he hecho yo.
Clara la miró entonces. No fue perdón. Tampoco reproche. Fue cansancio compartido, que a veces se parece mucho a una tregua.
La caja quedó sobre la mesa. Pequeña. Cerrada. Ridícula, después de todo lo que había movido. Nadie la tocó. Luján puso a su lado la hoja de HUB, la línea de A-2 y la página donde aparecía Delta. Pendiente. Cerrado. Archivo sin retorno. La regla mínima de una cosa enorme.
—No abrimos aquí —dijo Mateo.
—No abras donde te esperan —repitió Clara.
—Puede referirse a este sitio —dijo Nerea.
—Puede referirse a todos los sitios a los que hemos ido porque alguien llegó antes —contestó Luján.
El apartamento se quedó quieto, incómodo.
Fuera, en la calle estrecha, alguien gritó el nombre de un niño.
Una persiana bajó o subió; era imposible distinguirlo.
Luján miró la caja. Por primera vez desde Sants, no tuvo ganas de abrirla.
Tuvo miedo de que dentro no hubiera una respuesta. Tuvo miedo de que hubiera alguien.
Entonces llamaron a la puerta.
Un solo golpe. Seco. Medido.
Durante un segundo nadie encontró qué hacer.