Azul era el destino (Proyecto Azul 1) CAPÍTULO 6 — NO HAY ANTES
32%

CAPÍTULO 6 — NO HAY ANTES

Mateo no las llevó a Vilanova, ni al piso de Clara en Sitges, ni al de Nerea en Sant Feliu.

Tiró hacia L’Hospitalet sin pedir permiso, por calles secundarias que parecían escogidas para no dejar una línea recta detrás.

La carpeta seguía sobre las piernas de Luján; la caja, entre sus pies, golpeaba el asiento delantero en cada frenazo con un ruido hueco, pequeño, insoportable.

No habían hablado de verdad desde Sants.

Solo palabras pobres: cuidado, mira, ese no.

Nadie había tocado todavía lo que iba dentro del coche.

No abras la caja con ellos.

El plural le seguía clavado detrás de los ojos.

Ellos. Clara, Nerea, Mateo. Como si quien escribía supiera quién iba en el coche y quién no debía mirar.

Clara desbloqueaba el móvil cada pocos segundos.

Nerea respiraba por la boca, pegada a la puerta.

Mateo conducía sin hacer preguntas inútiles, y eso, que debería haber ayudado, la ponía más nerviosa.

Barcelona pasaba al otro lado del cristal a saltos: persianas medio subidas, una mujer sacudiendo una alfombra desde un balcón, un chico en patinete con una mochila enorme, un perro orinando contra una rueda mientras su dueño hablaba por teléfono.

Una mañana cualquiera. Esa indecencia. Luján bajó la vista a la carpeta.

El cartón oscuro tenía una marca de humedad en el lomo y las esquinas blandas, pero no parecía olvidada; parecía usada, cerrada de nuevo, preparada con paciencia.

En el suelo del coche, junto al freno de mano, había un caramelo pegado al plástico. Luján lo miró durante dos semáforos, convencida de una cosa absurda: si seguía ahí, si nadie lo había retirado, quizá todavía existían restos de vida que nadie había preparado.

—Me han llamado del hospital —dijo Clara.

La frase no buscaba respuesta. Aun así, Luján levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Mientras estabas dentro de Sants.

—¿Y no me lo has dicho?

—Estabas dentro de Sants.

No sonó a reproche, sino a cansancio. Eso lo empeoró.

—¿Qué querían?

Clara miró la pantalla apagada, como si la voz neutra siguiera allí.

—Confirmar datos. Preguntar por la funeraria. Decirme que podía pasar alguien a recoger documentación.

Nerea se quedó mirando sus manos. Luján notó un hueco seco bajo las costillas.

—¿Qué has dicho?

—Que llamaría después.

—Clara…

—¿Qué querías que dijera? ¿Que esperaran porque mi hermana estaba abriendo una taquilla con una llave escondida detrás de una foto de nuestra madre muerta?

El golpe entró donde tenía que entrar. Luján no respondió enseguida. En otra vida habría sido injusta antes de sentirse culpable. Esa mañana ya no le quedaba ni el orden de sus defectos.

—No lo estoy haciendo para evitarlo.

O sí. La frase casi le salió, fea y exacta, pero no tuvo valor para regalársela a Clara.

—¿No?

Clara no levantó la voz. Peor.

—No es eso.

—Vale.

Pero en Clara no sonaba a retirada. Sonaba a una puerta cerrándose por dentro.

Mateo no aparcó delante de su portal. Dio una vuelta más a la manzana, comprobó escaparates, motos en doble fila, un hombre quieto de más junto a un contenedor y una furgoneta con las luces puestas. Después dejó el coche dos calles más abajo.

—Subimos. Diez minutos. Miramos lo básico y nos movemos.

—¿Otra vez nos movemos? —preguntó Nerea.

—Si ese coche no era casual, no quiero quedarme mucho rato en ningún sitio.

Clara miró hacia los edificios bajos de L’Hospitalet.

—¿Y si ya saben dónde vives?

Mateo contestó casi al instante.

—Entonces no nos quedamos ni diez.

Luján bajó con la caja en la mano antes de que él pudiera ofrecérsela.

Pesaba menos de lo que parecía y aun así le tiró del hombro.

La bolsa gris crujió contra su pierna. Nerea cerró la puerta con cuidado.

Clara se quedó un segundo dentro del coche, con el móvil apoyado en el regazo, como si pudiera retrasar la muerte de Carmen unos minutos más no moviéndose.

El piso de Mateo olía a arroz guardado, metal viejo y detergente barato.

Estaba ordenado de esa forma práctica de quien pasa poco por casa: dos sillas, una mesa limpia, vasos en el fregadero, una chaqueta en el respaldo.

Al mirar mejor sí había vida. Una taza desconchada junto al microondas.

Un libro boca abajo. Llaves de moto en un cuenco.

Una foto pequeña en la nevera: Mateo más joven, un niño parecido a él y un hombre mayor con la mano en su hombro.

El reloj del microondas parpadeaba 00:00, 00:00, 00:00, como si también él hubiera renunciado a ponerse al día. A Luján le dieron ganas de corregirlo. No lo hizo. Ni siquiera sabía qué hora era ya.

Mateo echó el pestillo. La segunda vuelta de llave no servía de mucho, pero todos la escucharon.

—¿Tienes otra salida? —preguntó Clara.

—La escalera. Una terraza comunitaria arriba. Nada útil.

—Perfecto.

—No elegí el piso pensando en huir.

—Mal hecho.

Nerea se sentó sin pedir permiso, las manos muy juntas entre las rodillas. Luján dejó la caja en la mesa. La sostuvo un instante de más antes de soltarla, como si al retirarse la mano fuera a empezar algo. Después abrió la carpeta.

No había orden. Había intención. Fechas corregidas, iniciales, nombres tachados, fotocopias torcidas, hojas cortadas por el borde donde debería aparecer el origen.

Algunas anotaciones estaban hechas con bolígrafo azul.

No azul bonito. Azul de hospital, de formulario viejo, de tinta barata que se mete en el papel y se queda allí aunque alguien arranque la parte que importa.

En una hoja apareció su nombre.

LUJÁN ROVIRA.

Debajo: D-17. CERRADO.

Más abajo, una fotocopia borrosa de una pulsera de hospital. ROVIRA / FEMENÍ / 03:41. El resto estaba tachado. La hora la paró en seco. Tres. Cuarenta y uno. La misma hora que una mujer del Hospital General del Garraf acababa de darle como hora de muerte de Carmen.

Clara lo entendió sin que nadie se lo explicara.

—Eso no.

Nerea se inclinó un poco.

—¿Qué?

—Mamá consta muerta a esa hora —dijo Luján.

El silencio que siguió no era limpio. Tenía bordes.

Clara se tapó la boca con los dedos y luego los bajó enseguida, como si hasta ese gesto le pareciera una rendición.

Luján no sabía a qué hora había nacido. Nunca lo había sabido.

De pequeña lo preguntó una vez y Carmen despachó la pregunta con una frase cualquiera.

De madrugada. Cuando ya no molestabas. Lo había dicho riéndose, y quizá por eso Luján no volvió a preguntar.

Pasó la página. En el margen, casi comido por una sombra gris, leyó una línea mecanografiada:

D = desviación viable. Origen no estabilizado. Seguimiento obligatorio.

VIABLE = conserva respuesta tras la separación. No archivar como C. No derivar como A.

Debajo había otra línea, escrita con la misma limpieza fría:

A = adaptación estable tras separación. C = cierre sin respuesta. D = vínculo activo, origen no estabilizado.

Y, al margen, casi oculto por una raya azul:

Número 17: emparejamiento de origen. No confundir depósito externo B-17 con clasificación clínica D-17. B conserva. D responde.

Clara leyó esa última frase dos veces. B conserva. D responde. La taquilla de Sants no era una casualidad ni un número repetido por capricho. Era un depósito. Una forma de guardar fuera lo que dentro habían querido borrar.

—Entonces B-17 era…

—Un sitio —dijo Luján—. Y D-17 era yo.

Nadie corrigió nada. Era peor no corregir.

Entre los papeles venía también una hoja estrecha, casi pegada al registro de llamada. Tres líneas y un sello incompleto:

03:41 / cierre biológico C.R. / retención aviso familiar.

06:03 / acceso previo D-17 / retorno auditivo bloqueado.

06:12 / llamada civil liberada / contacto secundario C.Rv.

Clara tardó en respirar.

—¿Contacto secundario?

Luján no levantó la vista.

—Tú.

—No me llamaron hasta después.

La frase le salió con rabia, como si alguien la estuviera acusando.

Tal vez porque el papel lo hacía sin voz: convertía el tiempo de Clara en una casilla.

Dos horas y veintidós minutos entre la muerte de Carmen y la llamada que había roto la mañana.

No había sido demora hospitalaria. No solo.

Alguien había retenido el aviso hasta que la llamada de las 6:03 hizo su trabajo.

—No llegaste tarde —dijo Nerea, muy bajo.

Clara la miró. Luján también. La frase no arreglaba nada. Pero quitaba una pieza de culpa del sitio equivocado.

—Nadie nos dejó llegar antes —añadió Nerea.

La letra no explicaba nada del todo, pero ya no era solo una letra. Era una forma de nombrarla sin nombrarla. Una manera de decidir que no había sido una niña, sino un caso que no había salido como esperaban.

—¿Eso significa que eras…? —empezó Nerea.

—No lo digas —cortó Luján.

Nerea se tragó la pregunta. No por obediencia. Por cuidado.

Otra hoja tenía tres letras en la esquina superior: HUB. Al lado, escrito a mano, A-2. Y debajo, una palabra incompleta: Separ… La marca cruzaba parte del margen, metida en la fibra. Luján no la tocó. Aprendió tarde, pero aprendió.

—Hospital Universal de Barcelona —murmuró Clara.

Mateo la miró.

—¿Cuál?

—El mío —dijo Luján. La voz le salió con retraso—. Donde nací.

Nadie respondió. La habitación pareció hacerse más pequeña alrededor de la mesa.

En la siguiente página apareció por primera vez la palabra completa: DELTA. No ocupaba el centro; estaba en una esquina, como una firma que no quería hacerse responsable. Debajo, una regla escrita sin cuidado, casi administrativa:

Δ PENDIENTE: no retirar segundo origen. Δ CERRADO: archivo sin retorno.

En el margen inferior, casi perdido bajo una raya azul, otra nota cerraba la amenaza: Entrada voluntaria: seguimiento activo. Entrada forzada: pendiente. Apertura compartida: cierre.

Mateo leyó por encima de su hombro.

—Eso es una regla.

—No sé de qué.

—Pero lo es.

Clara apartó la vista de la hoja.

—No me gusta que tenga reglas.

—A mí me asusta más que las cumpla —dijo Nerea.