CAPÍTULO 5 — EL EXPEDIENTE D-17 #3
Mateo cambió de carril sin avisar. Luego giró a la derecha en el último segundo.
Un motorista pitó y levantó la mano, cabreado.
Mateo no miró. El coche de Clara dio un bandazo leve, suficiente para que la caja golpeara de nuevo contra los pies de Luján.
El sedán siguió recto. Durante dos calles ninguno encontró voz.
El coche entró en una zona más estrecha. Persianas de comercios, contenedores, balcones apenas visibles, un repartidor descargando cajas en doble fila. Mateo condujo sin pisar mucho el acelerador, pero con una tensión seca en los hombros. En el tercer cruce, Clara volvió a mirar atrás.
—No está.
Mateo siguió mirando por el espejo. Luján tampoco respiró mejor.
—Han visto la carpeta —dijo Mateo.
Miró abajo.
—¿Todo?
—No todo.
—¿Seguro?
Con eso bastó. La respuesta no llegó. El intermitente siguió marcando el ritmo, seco, imbécil. Nerea se inclinó hacia la ventanilla trasera.
—¿Y si han puesto algo en la caja?
Luján miró sus zapatos. La bolsa gris descansaba contra la alfombrilla, cerrada, quieta. De pronto pareció otra cosa. Mateo habló sin girarse.
—No la toques.
—No la iba a tocar —dijo Nerea.
Pero había alargado la mano. La retiró despacio y se la metió entre las piernas, como una niña a la que acaban de pillar. Clara miró a Mateo.
—¿Dónde vamos?
—A mi piso.
—¿Por qué?
—Porque está cerca.
—Eso no es una razón.
—Porque no voy a llevar esto a casa de ninguna de vosotras.
Clara miró la manga de su chaqueta un segundo. Esa vez sí era una razón. Luján volvió a abrir la carpeta. Tenía que mirar. Aunque le diera asco. Aunque cada página pareciera puesta para quitarle otra cosa. Pasó dos hojas. Se detuvo en una referencia casi escondida entre anotaciones.
HUB.
Tres letras. Parecían una dirección interna, no una pista para nadie de fuera. Al lado, con una letra distinta, quedaba otra marca, casi comida por una sombra seca:
A-2.
Y, al lado, una palabra incompleta. Separ… Repasó aquellas letras con la mirada.
A-2.
Le pareció una persona. La marca ocupaba parte del margen. Acercó la hoja sin darse cuenta. Parecía el mismo resto, o quería que lo pareciera: fino, seco, metido en la fibra del papel. No parecía café, ni humedad, ni ceniza normal. Esta vez se detuvo antes de tocar.
—No —dijo Mateo desde delante.
Pero ya era tarde. La marca se le quedó en la piel. Esta vez, junto al otro. Miró su dedo. Era poco, apenas una sombra. Aun así, notó un tirón bajo subirle por la garganta.
—Dame un pañuelo —dijo.
Nerea buscó en los bolsillos de la sudadera. Sacó uno arrugado, usado solo por una esquina.
—Solo tengo este.
Luján lo cogió y presionó el pañuelo contra la mancha. Claro que no. Clara la miraba desde delante. Tenía los ojos muy abiertos.
—Esto es un hospital —dijo Luján.
—No el de tu madre —dijo Mateo, lento—. El Hospital Universal de Barcelona no tiene nada que ver con Sant Pere.
Luján necesitó creerlo por un instante. Era lógico. Limpio hasta no pertenecer a ese sitio. Casi tranquilizador.
—HUB —murmuró Clara.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cuál?
Clara tardó en contestar.
—Hospital Universal de Barcelona.
Al decirlo en voz alta, la frase cambió dentro del coche. Ya no eran tres letras en una hoja. Era un edificio.
Un sitio con recepción, ascensores, batas, máquinas de café, gente esperando resultados.
Un sitio donde se podía entrar sin levantar sospechas.
Un sitio donde nadie miraría dos veces a una mujer buscando un expediente.
Un sitio donde el término paciente podía taparlo casi todo. Luján siguió mirando las letras.
HUB.
A-2.
Separ…
—No sé cuál —dijo.
Pero apenas pudo hablar. Mateo la encontró en el retrovisor.
—Lu.
—Ahora no.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a decir.
—¿Qué iba a decir?
—Que respire.
Se pasó la mano por la frente. Lo que vio no parecía un hospital entero.
Solo una claridad encendida en un sitio bajo, sin ventanas, y una sensación vieja de querer apartar la cara.
Aquello no parecía un recuerdo limpio; era una impresión pegada al cuerpo.
Algo sujetándole el brazo. Una voz lejos, tan cerca de su oído.
Buena. Buena. El estómago se le cerró. Abrió los ojos de golpe.
El coche seguía avanzando. Barcelona seguía fuera.
Y en sus piernas, la carpeta continuaba abierta por la página equivocada.
A-2.
Separ… Luján bajó la mano hasta la caja, sin tocarla del todo.
—Hay otra cosa.
Todos lo estaban mirando. La caja gris en el suelo, quieta entre sus pies, esperando su momento con una paciencia sucia. El móvil vibró. Una vez. Luján no quiso mirarlo.
La segunda vibración le subió por el brazo, aunque el teléfono estaba en el bolsillo. Mateo lo notó desde delante.
—Míralo.
—No quiero.
—Luján.
Lo sacó. Número desconocido. Mensaje.
No abras la caja con ellos.
Luján notó la cara vacía, como si hubiera tardado un segundo en llegarle la sangre. Nerea, tan cerca, leyó esas palabras antes de que pudiera ocultarla.
—¿Con ellos? —susurró.
Clara se giró.
—¿Qué pasa?
Luján bloqueó el móvil. Fue rápido y salió mal. Mateo frenó en un semáforo y la miró por el retrovisor. Esta vez no parecía tranquilo.
—¿Qué te han dicho?
Luján notó la carpeta sobre las piernas, la caja contra los tobillos, la marca en los dedos, la hora 03:41 latiendo detrás de los ojos.
No abras la caja con ellos.
Miró a Clara. Luego a Nerea. Luego a Mateo en el espejo. Y por primera vez desde que había sonado el teléfono a las seis y doce, no supo de quién tenía más miedo.