CAPÍTULO 5 — EL EXPEDIENTE D-17 #2
—Solo quería ayudar.
Se pasó una mano por la cara.
—Ya lo sé.
Ahí dejó la frase. Mateo subió la rampa del parking con cuidado. Al llegar arriba, esperó más de la cuenta antes de incorporarse. Miró a derecha, izquierda, el retrovisor. No como Clara. No con nervios. Con método. Clara lo notó.
—¿Lo has visto?
—¿A quién?
—No me hagas esa mierda ahora.
Mateo no se defendió.
—No estoy seguro.
Salieron a la calle. Barcelona los recibió con tráfico, motos y gente cruzando tratando los semáforos como una sugerencia.
El cielo estaba bajo, sucio de nubes claras.
Miró por la ventanilla. Una mujer empujaba un carrito con una bolsa de fruta colgando del manillar.
Un repartidor discutía con un taxista. Dos turistas arrastraban maletas enormes hacia la estación, riéndose de una cosa que no tenía nada que ver con ella.
Abrirla allí era una estupidez. La abrió. Fue incapacidad de esperar.
La carpeta cedió con un crujido bajo. El cartón estaba gastado por las esquinas, pero no viejo. Eso la molestó. No parecía algo olvidado durante años. Parecía preparado para parecer antiguo, o conservado con un cuidado raro por alguien que sabía cuánto debía durar.
Dentro había papeles mezclados. Fechas corregidas a mano.
Iniciales, cruces, nombres tachados. No estaba ordenado.
Estaba puesto ahí. El olor no era de viejo.
No olía como los papeles guardados durante años en un cajón de madre.
Olía a cartón cerrado, a tinta, a humedad seca.
A sótano. A una habitación sin ventanas donde se guardan cosas que no deben pudrirse, solo esperar. Pasó una página. Después otra.
Había fotocopias torcidas, informes sin membrete visible, hojas arrancadas de algún registro, anotaciones al margen hechas por manos distintas.
Algunas con boli azul. Otras en lápiz. Otras selladas en negro.
Varios documentos estaban cortados por el borde, con la impresión de que alguien había eliminado la parte superior donde debería aparecer el origen.
Una institución sin nombre. Un expediente sin dueño.
En varias hojas aparecía la misma inicial al margen.
D.R.
A veces completa. Damián. La palabra no significaba nada aún. Pero volvió dos veces. Luego tres. En una hoja estaba rodeada con un círculo mal hecho, con la impresión de que alguien había apretado hasta deformarlo. Damián. Nerea lo leyó por encima de su hombro.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Sale muchas veces.
—Ya lo veo.
Nerea bajó la voz.
—Perdona.
Luján siguió pasando páginas. Tenía las manos torpes. Una esquina le cortó la yema del índice, un rasguño fino. Vio abrirse una línea roja mínima y la limpió contra el pantalón sin pensar. Mateo lo notó desde delante.
—No toques la sangre con los papeles.
—Gracias por la delicadeza.
—Aquello no tenía nada de delicadeza.
—Ya me había dado cuenta.
Clara hablaba con él en voz baja delante.
—Coge por ahí.
—Por ahí no.
—Por ahí salimos antes.
—Por ahí nos quedamos encajonados.
—Es mi coche.
—Y ahora lo llevo yo.
Clara no contestó. No aceptaba nada; sencillamente, por una vez, no tenía energía para discutir el control. Pasó otra hoja y entonces lo vio: su nombre.
LUJÁN ROVIRA.
Escrito a mano, no. Limpio hasta molestar.
D-17.
Más abajo había una fotocopia borrosa de una pulsera de hospital. ROVIRA / FEMENÍ / 03:41 El resto estaba tachado. La hora la paró en seco.
03:41.
Fue un golpe. Dejó de oír el tráfico por un instante.
La bocina de una moto se estiró lejos, con un sonido de agua lejana.
Miró los números. Tres. Cuarenta y uno. La misma hora que había anotado en una servilleta en la cocina de su madre.
La hora de la muerte de Carmen. La misma.
Clara también lo entendió. No necesitó que nadie se lo dijera.
Se giró despacio, con la cara vacía de color.
—Eso no.
Nerea miró de una a otra.
—¿Qué?
Luján tardó en encontrar voz. No sabía a qué hora había nacido.
Nunca lo había sabido. De pequeña lo preguntó una vez, quizá dos.
Su madre siempre despachaba esa pregunta con una frase cualquiera.
De madrugada. Cuando ya no molestabas. No me acuerdo, Luján, bastante tuve.
Eso último lo había dicho riéndose, con esa risa seca que usaba para que una cosa fea pareciera broma.
Luján no había vuelto a preguntar. Pero allí estaba.
03:41.
Y su madre había muerto a las 03:41. Quería que no lo fuera.
Y a la vez necesitaba que lo fuera. Debajo, escrito a mano, había una frase: no entregar duplicado.
Volvió a leerlo. Las letras empezaron a movérsele.
No de verdad. Era su cabeza intentando rechazar una cosa concreta, indecente.
Un nombre se podía falsificar. Una hora también.
Una pulsera de hospital era más difícil.
O no. O sí. No sabía nada. Ese era el problema.
Que no tenía ni una sola herramienta para defenderse de un papel.
Y todavía estaba lo de las 6:03, esos cuarenta y siete segundos sin voz, sin recuerdo, sin una explicación decente.
No era un olvido normal. No podía serlo.
Cerró la carpeta de golpe. El cartón protestó. Nerea dio un respingo.
—¿Qué?
—Nada.
Pero ya era tarde. Mateo la había visto desde delante.
—No hagas eso.
Luján mantuvo la vista al frente.
—No pasa nada.
—Tu nombre está ahí.
Tardó un segundo en encontrar voz.
—Hay muchos nombres.
—No he dicho eso.
Clara se giró hacia ella, ya sin poder fingir que no había oído.
—¿Cómo que sales tú?
—Ni idea.
—Déjame verlo.
—Ni hablar.
—Luján.
—He dicho que no.
Clara miró la manga de su chaqueta un segundo. Tenía la cara tan blanca.
—Soy tu hermana.
Luján soltó una risa breve.
—Hoy esa frase está haciendo horas extra.
El golpe le llegó a Clara. Se le notó en la boca, en cómo dejó de insistir por un momento. Nerea miró a una y a otra.
—Lu…
—No empieces tú también.
—No iba a empezar nada.
—Pues no pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—La de cuando crees que me voy a romper y estás buscando dónde caerá el trozo.
Nerea no se movió. Mateo tomó una calle lateral sin avisar. Desde ese momento condujo más pendiente de lo que quedaba detrás que de los semáforos.
—Eso no es nada, Lu —dijo Clara, aunque su voz sonaba cualquier cosa menos convencida.
Luján sujetó la carpeta contra los muslos con tanta fuerza que el cartón se dobló.
—Mamá consta muerta a esa hora.
El coche siguió sin ruido. Palabras no le faltaban. Casi todas peores. Clara miró hacia sus manos.
—Eso no puede ser.
—Lo dijo la mujer del hospital. 03:41. Lo apunté.
—Puede ser un error.
—¿Cuál de las dos horas? ¿La de mi pulsera o la de su muerte?
—No sé.
—Claro que no sabes. Nadie sabe nada. Ese es el lujo que tenemos hoy.
Clara se volvió hacia delante poco a poco.
—No me hables así.
—Entonces dime algo que sirva.
—No tengo nada que sirva.
Ahora lo dijo de verdad. Sin defensa, sin hermana responsable, sin carpeta imaginaria.
Miró los hombros de Clara. Un mechón se le había soltado del recogido y le rozaba el cuello.
Llevaba toda la mañana conduciendo, llamando, abriendo puertas, cerrando otras, ocupándose de lo práctico porque alguien tenía que hacerlo.
Pese a todo, no había llamado a la funeraria.
O quizá sí. Quizá lo había intentado mientras Luján bajaba a la estación y se había quedado mirando la pantalla sin marcar.
Luján estuvo a punto de preguntarlo. Volvió a abrir la carpeta.
Buscó la página con su nombre. Ahí estaba: LUJÁN ROVIRA. D-17. CERRADO. La pulsera borrosa. La hora. La frase escrita a mano. Pero algo no encajaba. El orden de los papeles había cambiado.
Pero entre esa hoja y la siguiente faltaba algo.
Una línea. Un número. Un detalle pequeño que había visto hacía solo unos minutos.
No alcanzaba a distinguir si en la taquilla o al subir las escaleras.
Tampoco tenía claro si lo había leído o si su cabeza lo había puesto allí para torturarla.
Pasó páginas hacia atrás. Luego hacia delante. Cada vez más rápido.
D.R.
Una fecha. Un sello incompleto. Un margen quemado.
D-17.
Ni el menor gesto.
—Para —soltó en seco.
Mateo frenó en seco en un semáforo. El cinturón le mordió el pecho. La caja chocó contra sus tobillos. Nerea ahogó un ruido.
—¿Qué?
—Aquí había algo —dijo Luján, casi sin aliento—. Una línea… un número… no sé. Pero estaba.
Clara la miró despacio, con esa mezcla de preocupación y hartazgo que solo una hermana puede tener cuando ya no sabe si cuidar o sacudir.
—¿Lo has visto o lo estás suponiendo?
Luján sujetó en la carpeta.
—Estaba.
—¿Dónde?
—Ni idea.
—Lu…
—No me hables igual que si me lo estuviera inventando.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
Clara respiró hondo.
—Estoy pensando que llevas despierta desde no sé cuándo, que mamá se ha muerto hace unas horas, que alguien ha entrado en tu piso, que hemos encontrado una zapatilla bajo su cama, que han deslizado un sobre bajo una puerta y que ahora tienes en las piernas una carpeta con tu nombre y una hora que coincide con la muerte de mamá.
Sí. Estoy pensando que a lo mejor tu cabeza está intentando ordenar una cosa imposible.
Fijó la vista en su hermana. La rabia le subió tarde. Clara no se equivocaba. Porque podía tener razón.
—Pues mi cabeza ha ordenado bastante bien lo del coche de atrás —dijo.
Mateo comprobó la fila de coches a su espalda. Se mordió la respuesta.
—Tenemos compañía.
Levantó la cabeza. Un sedán oscuro. Pero venía detrás desde Sants, a la misma distancia, sin prisa, sin perderlos. Clara lo vio también.
—Es el de la C-32.
Nerea se hundió en el asiento.
—No puede ser.