CAPÍTULO 5 — EL EXPEDIENTE D-17
Salió de la zona de consignas sin mirar atrás.
Ganas no le faltaban. Quería girarse, comprobar si el trabajador de limpieza había vuelto, si el carro seguía allí, si la chica de la mochila la estaba mirando desde algún rincón, si el hombre del café existía de verdad o si su cabeza, a esas alturas, ya había empezado a fabricar testigos para no quedarse sola con el miedo. Pero no miró.
Subió las escaleras con la carpeta pegada al pecho y la caja metida dentro de la bolsa gris.
El cartón le golpeaba la cadera a cada paso.
El borde de la carpeta se le clavaba en el antebrazo.
No la soltó ni cuando un hombre con una mochila pasó tan cerca y le rozó el hombro.
El hombre siguió andando. Ni se giró. Que nadie mirara.
Que todo pudiera pasar delante de todo el mundo y aun así no pasar para nadie.
La estación seguía funcionando ajena a la taquilla que acababa de abrirle la vida por dentro.
Trenes, paneles, cafeterías, maletas y niños que lloraban sin ganas, adultos mirando relojes, una mujer discutiendo por teléfono junto a una máquina de café, un vigilante bostezando detrás de un mostrador sin levantar del todo la cabeza.
La normalidad ni siquiera se enteraba, y quizá eso era peor.
Nadie sabía qué llevaba ella contra el pecho.
Nadie tenía por qué saberlo. Una niña se limpió la nariz con la manga junto a la máquina de café y Luján se quedó mirando eso dos segundos de más, como si ahí hubiera una respuesta.
Luego se apartó junto a una papelera. Solo necesitaba un segundo.
Bajó la vista a la carpeta. No la abrió del todo.
No otra vez. Le bastaba con sentirla ahí, dura, pesada, tan real contra el pecho.
D-17.
El último mensaje seguía latiendo dentro de ella, aunque la pantalla ya estuviera apagada.
No mires ahí. La orden llegó cuando ya no servía, o quizá justo a tiempo para confirmar que aquello era exactamente lo que tenía que mirar.
Miró la marca oscura contra la tela del pantalón.
Seguía ahí. La dejó en paz antes de hacerse sangre y miró la bolsa gris.
La tela era barata, de esas bolsas reutilizables que se doblan mal y acaban siempre con una esquina rota.
Pero no tenía logo, ni marca, ni etiqueta.
Nada. Alguien parecía haberse molestado en que no perteneciera a ningún sitio.
Le dio asco llevarla pegada al cuerpo. La caja, dentro, no pesaba tanto. Ese era el problema.
Le molestó que no pesara. Una caja con peso, al menos, promete algo: papeles, objetos, una cosa que se puede tocar y odiar.
Esa no. Esa parecía guardar aire, o una cinta, o una llave, o nada.
A veces nada era peor. El móvil vibró. Otro golpe de vibración.
Esta vez lo sacó lo justo para ver la pantalla. Lo volvió a guardar.
Contestar allí era imposible, con la carpeta contra el pecho, la caja bajo el brazo y una taquilla cerrada a sus espaldas con el gesto de quien va a robar algo. Con cara de haber obedecido a alguien.
—Luján.
La voz no vino del móvil. Levantó la cabeza.
Mateo estaba apoyado en una columna, a unos metros.
Pelo algo revuelto, chaqueta mal cerrada, prisa encima.
No parecía sorprendido. No del todo. Y eso fue lo primero que a Luján le molestó.
La gente normal se sorprende. Mateo no. Mateo miraba primero, comprobaba cuántas salidas había y luego, si sobraba tiempo, preguntaba qué había pasado.
Tenía una mano en el bolsillo y la otra libre, abierta, a la vista, para no asustarla. Ese detalle le molestó aún más.
—¿Qué haces aquí?
—Seguirte.
Ni siquiera intentó hacerlo bonito. Luján ajustó la carpeta contra el pecho.
—No tenías que hacerlo.
Mateo reparó en la bolsa gris. Luego en la carpeta. Después miró el dedo marcado de Luján. Se mordió la respuesta. Casi habría preferido la pregunta.
—Tú tampoco tenías que bajar ahí sola.
—¿Quién te ha avisado?
—Clara.
Cerró la mano sobre el borde de la carpeta. El cartón cedió un poco bajo sus dedos.
—No puede ser.
—Está en el parking con Nerea. Me escribió cuando saliste del coche. Después me llamó.
—Le dije que no.
—Ya.
Ese ya no sonó a reproche. Sonó a Mateo conociéndola de sobra.
—No sabes qué está pasando —dijo ella.
—Tú tampoco.
Por un instante se miraron en medio del vestíbulo, rodeados de gente que no les prestaba atención.
De lejos, Mateo parecía tranquilo. De cerca tenía la cara de quien ya había empezado a contar riesgos.
Boca cerrada, ojos yéndose a las salidas, a los reflejos de los cristales, a cualquiera que estuviera quieto como si esperara algo en un sitio hecho para moverse.
Luján vio que estaba midiendo la estación.
Desde luego, no con preocupación. Como alguien que ya había hecho aquello antes.
No lo hacía por heroísmo. Luján le había oído contar una vez, tarde y con una cerveza caliente entre las manos, que la única vez que decidió no meterse en un problema porque no le tocaba acabó acompañando a un vecino a urgencias a las cuatro de la mañana.
Desde entonces se adelantaba a las desgracias de los demás con una torpeza que parecía control.
—¿Qué es eso? —preguntó Mateo.
—Ni idea.
—Pero has venido a buscarlo igualmente.
Luján asintió. No tenía fuerzas para defenderse en medio de Sants. Mateo miró por encima de su hombro, hacia el pasillo lateral de las taquillas.
—¿Había alguien?
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
La bolsa gris se le resbaló un poco. Mateo hizo un gesto para cogerla. Dio medio paso atrás.
—No la toques.
Él levantó las manos apenas.
—Vale.
Él seguía intentando doblar los bordes de la situación para que no cortaran.
—No me tranquilices —dijo ella.
Mateo tardó un segundo en contestar.
—No estoy intentando tranquilizarte. Estoy intentando sacarte de aquí.
Un aviso por megafonía se abrió paso por encima de ellos. La voz anunció un tren con retraso. La gente alrededor protestó con sonidos pequeños, cansados, normales. Retrasos normales. De esos que enfadan y luego se olvidan. Luján sujetó la carpeta.
—La taquilla estaba esperando.
Mateo no parpadeó.
—Explícate.
—La llave entró. La carpeta estaba encima. La caja debajo. Todo colocado con una quietud rara. Como mi piso. Como el despacho. Como la habitación de mi madre.
Él no preguntó si estaba segura. Le cerró el estómago de golpe.
—Nos vamos —dijo.
—¿Has visto a alguien?
—No estoy seguro.
—Mateo.
—He visto tanta gente que no iba a ninguna parte.
Luján notó una presión baja, debajo de las costillas.
—El trabajador de limpieza.
Mateo miró hacia el lateral.
—¿Qué trabajador?
Giró la cabeza, aunque no quería. Desde allí no se veía el pasillo entero, solo la entrada a la zona de taquillas y un tramo de pared. El carro de limpieza ya no estaba.
—Había un carro —dijo.
—Ahora no.
—Ya lo veo.
—Ven.
Salieron hacia el aparcamiento. Luján caminó deprisa, pero no corrió.
Mateo iba a su lado sin tocarla. A veces se adelantaba medio paso y luego volvía, pendiente de los laterales.
En una cristalera vio sus reflejos deformados: ella con la carpeta contra el pecho, él tan cerca, ambos cruzando entre desconocidos con un peso vivo entre los brazos.
El móvil volvió a vibrar. Luján no lo miró.
—¿Es Clara? —preguntó Mateo.
—No sé.
—Míralo.
—No quiero.
—Míralo.
La orden salió baja, pero fue orden. Sacó el móvil. Número desconocido. Tampoco era una llamada.
Te queda menos.
Se le cerró la mano alrededor del teléfono. Mateo lo leyó por encima de su hombro. Esta vez sí cambió la cara. Poco. Lo suficiente.
—¿Menos para qué? —preguntó.
Luján soltó una risa corta, seca.
—Qué detalle, pensaba que tú lo sabrías.
Mateo no se defendió. Al llegar a las escaleras, una mujer mayor se paró delante de ellos para ajustar el asa de su bolso. Luján casi chocó contra ella.
—Perdón —dijo la mujer sin mirarla.
Luján tuvo ganas de gritarle que se moviera. Mateo se inclinó hacia un lado y miró el tramo de abajo antes de bajar.
—¿Qué haces? —murmuró ella.
—Mirar.
—Ya miro yo.
—Estás mirando la carpeta.
La verdad de aquello le quitó la réplica.
El aparcamiento los recibió con un aire más frío, húmedo, cargado de gasolina vieja y cemento.
Cada sonido rebotaba de pared a pared. Una chapa golpeó a lo lejos.
Alguien arrastró una maleta con las ruedas torcidas y el ruido irregular se les metió debajo de la piel. Clara bajó del coche al verlos.
—¿Lo has encontrado?
Levantó la carpeta. Clara miró primero la carpeta. Después la cara de Luján. Fue apenas un momento, pero bastó para que Luján entendiera que debía de tener muy mala cara. Nerea abrió la puerta trasera, pálida.
—¿Qué hay dentro?
—No aquí.
Esa vez la obedecieron sin mirarse. Mateo rodeó el coche.
—Conduzco yo.
Clara giró hacia él.
—Es mi coche.
—Por eso te lo estoy diciendo antes de coger las llaves.
—No has respondido.
—Porque si tengo que explicarlo, perdemos tiempo.
A Clara le tembló algo en la boca. De rabia.
Pero sacó las llaves y se las dio. Ese gesto, tan pequeño, le dijo a Luján más que cualquier frase: Clara también estaba asustada.
Mucho. Lo bastante para soltar el volante.
Mateo condujo. Clara se sentó delante, rígida, con las manos juntas sobre las rodillas.
Luján quedó atrás con Nerea, la carpeta sobre las piernas y la caja a sus pies.
El coche olía igual que antes, pero ahora el café frío se mezclaba con el olor seco de la bolsa gris. O quizá se lo inventaba. La caja apoyada contra sus tobillos parecía más densa de lo que era. Mateo arrancó sin preguntar. Clara se giró apenas.
—¿Estás bien?
Luján giró la cara hacia ella.
—No me hagas eso.
—¿El qué?
—Esa pregunta de sala de espera.
Clara volvió la cara hacia delante.
—Vale.
Nerea se inclinó hacia la caja.
—¿Puedo verla?
—Ahora no.
La respuesta salió sin aire. Nerea se echó hacia atrás.