CAPÍTULO 4 — LA LLAVE DE SANTS #3
La razón era pobre, casi ridícula. Mateo no ocupaba el sitio de una pareja. Tampoco exactamente el de un amigo. Era Mateo, y Clara entendía más de lo que convenía. Clara mezcló rabia y comprensión en la cara.
—Eso es una razón malísima.
—Hoy sí.
Nerea se inclinó entre los asientos.
—Yo puedo ir contigo.
—Tú no.
—No soy inútil.
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando.
Luján buscó su cara. Nerea estaba pálida, pero no frágil. Eso la descolocó. Estaba asustada y aun así quería bajar. No fue valentía barata; fue no quedarse esperando. Esperar, a veces, era peor que entrar.
—Necesito que te quedes con Clara —dijo Luján, más bajo—. Y que miréis.
—¿Mirar qué?
—Cualquier cosa que no encaje.
Nerea soltó una risa pequeña, nerviosa.
—Genial. Todo encaja fatal.
Clara apagó el motor. Por un momento solo se oyó el motor muriendo y el eco flojo del aparcamiento.
—Cinco minutos —dijo—. Cinco, Luján. Después entro.
Luján consultó la hora.
11:16.
—Si entras antes, me jodes.
—Si tardas más, entro.
No encontró respuesta. Se guardó la foto, el ticket y la llave. Guardó la mano en el bolsillo, como si el metal pudiera escaparse. Salió del coche. Se obligó a no correr.
Cruzó el parking con paso firme, registrándolo todo: una cámara en la esquina, una columna con pintura amarilla desconchada, un hombre cargando una maleta, una pareja discutiendo en voz baja junto a una máquina de pago.
Una mancha de aceite cerca de la rampa. Un chicle aplastado, negro, pegado al suelo.
Ninguna señal lo decía claro. Y eso tampoco servía de consuelo.
Antes de subir, miró hacia el acceso por el que habían entrado.
Solo quedó el rumor bajo del aparcamiento.
Solo coches bajando lento, luces, reflejos.
La guardó más hondo. Subió por la escalera mecánica. La estación la recibió con ruido.
Maletas rodando, voces, cafeterías abiertas, gente mirando paneles.
Olía a café, metal caliente y suelo recién fregado.
También a bollería barata y a colonia fuerte de alguien que pasó pegada a ella.
Un bebé lloraba sin ganas en un carrito.
Un hombre discutía con una máquina expendedora.
Una mujer con un abrigo rojo hablaba por teléfono en francés y se tocaba el pendiente una y otra vez.
Por un instante, se paró en seco. El miedo solo explicaba una parte.
Sants tenía ese tipo de ruido que no pertenece a nadie.
Todo el mundo de paso, todo el mundo mirando una pantalla, todo el mundo con un sitio al que llegar.
Una estación era perfecta para esconder algo porque nadie miraba de verdad.
Nadie quería ver más de lo necesario. Le vino una memoria vieja.
Su madre comprando agua en una máquina junto a los andenes.
El ruido de las ruedas pasando muy cerca. No te sueltes.
Lo decía siempre sin mirarla del todo, pendiente de aquella zona lateral hacia la que acababa girando la cabeza tarde o temprano.
Y otra imagen. Más sucia. Clara sentada encima de una maleta azul, con las piernas colgando.
Luján de pie, tan cerca de una papelera que olía agrio.
Su madre dentro de una cabina. La tía Roser mirando hacia otro lado con los brazos cruzados.
No ha salido bien. Esta vez la frase vino entera.
Se le secó la boca. Una mujer chocó con su hombro.
—Perdona.
Luján se apartó rápido.
—Nada.
La voz le salió normal. Eso la sorprendió.
Cruzó el vestíbulo sin detenerse. Fue hacia el desvío casi sin pensarlo: apartarse del flujo, dejar atrás los paneles grandes, pasar una rampa y girar donde casi nadie giraba.
El móvil vibró en su bolsillo. Evitó mirarlo.
Volvió a vibrar. Clara. Cinco minutos no podían haber pasado.
O sí. Allí dentro el tiempo se había vuelto una cosa poco fiable.
Tuvo que frenar junto a una máquina de billetes.
Un hombre mayor no encontraba la tarjeta y bloqueaba el paso con una bolsa enorme.
Luján estuvo a punto de rodearlo de mala manera, pero él levantó la cara justo entonces.
Tenía los ojos húmedos, perdidos, y una tirita mal puesta en el dorso de la mano.
—¿Esto va a Tarragona? —preguntó, enseñándole un billete arrugado.
Leyó el papel sin entenderlo. Tarragona. El nombre le rozó por dentro sin motivo.
—No lo sé —dijo.
El hombre la miró esperando otra cosa.
—Ah.
Pasó de largo. Cargar también con eso la habría partido por un sitio sucio.
El pasillo lateral estaba peor iluminado.
O quizá solo más vacío. Había máquinas apagadas, un cartel viejo, una cámara en una esquina y una hilera de taquillas metálicas al fondo.
No eran nuevas. Nada allí parecía nuevo.
Pintura gastada, números blancos, metal abollado.
Una máquina fuera de servicio al lado con un papel pegado con cinta.
B-17 estaba en la segunda fila. La encontró enseguida.
El estómago le dio un vuelco. Algunas cosas deberían costar más. Se acercó.
La pintura del número estaba saltada en la esquina del siete. Rozó la superficie antes de darse cuenta. La superficie estaba fría, áspera. Sacó la llave. Le sudaba la mano. Miró alrededor.
Una chica con mochila escribía en el móvil.
Un hombre bebía café de un vaso de cartón.
Un trabajador de limpieza empujaba un carro despacio, sin levantar la cabeza.
Una mujer con una maleta amarilla se paró al fondo, miró un cartel y siguió andando.
Nadie parecía mirarla. O todos podían estar haciéndolo. Se acercó a la taquilla.
B-17.
Metió la llave. Se quedó fuera. La reacción llegó tarde. El corazón le dio un golpe seco. La sacó, miró el corte del metal y volvió a intentarlo. Esta vez entró hasta la mitad y se atascó.
—Joder —murmuró.
Mirar atrás era ceder terreno. Miró. La chica seguía con el móvil.
El hombre del café ya no estaba. El trabajador de limpieza se había detenido al final del pasillo, de espaldas.
La garganta se le quedó estrecha. Giró un poco la llave, la sacó apenas y volvió a empujar.
Entró, pero no a la primera; a la tercera.
Eso la dejó peor. Las cosas reales se atascan.
Las trampas, por lo visto, también. La puerta se abrió con un chasquido pequeño.
Dentro había una caja de cartón duro envuelta en una bolsa gris sin marcas.
Encima, una carpeta oscura con las esquinas rozadas.
Tardó un instante en atreverse a tocar nada.
El móvil vibró de nuevo. Lo dejó donde estaba.
La pantalla se encendió a través de la tela del bolsillo.
Una llamada. Clara. Luján metió la mano en la taquilla y sacó primero la carpeta. Pesaba más de lo que esperaba.
La sostuvo contra el pecho. El canto duro se le clavó bajo las costillas.
Después tiró de la bolsa gris. La caja rozó el metal al salir con un sonido seco que le puso la piel de gallina.
Volvió a asomarse dentro de la taquilla.
Vacía. No del todo. Al fondo quedaba una línea gris, fina, pegada a la base metálica.
El mismo rastro del dormitorio de su madre, de sus dedos y del marco de la ventana.
La miró un segundo largo. La dejó sin tocar.
Cerró la puerta. El chasquido sonó muy fuerte.
El trabajador de limpieza levantó la cabeza. Luján apartó la vista.
Se guardó la llave con torpeza. Casi se le cayó.
El móvil dejó de vibrar y enseguida entró un mensaje.
Cinco minutos. Luján se guardó la réplica.
La carpeta le quemaba contra el pecho. Tenía que irse.
Lo sabía. Pero la abrió. Solo un poco. Lo suficiente para ver la primera hoja.
El papel era grueso, más caro de lo que esperaba.
No parecía una fotocopia olvidada en una taquilla.
Parecía un expediente. Una cosa hecha para durar.
Para esperar. Arriba, escrito a mano, había solo dos caracteres.
D-17.
Debajo, una palabra sellada en tinta negra:
CERRADO.
Dejó de respirar.
El número le golpeó antes que la letra.
Diecisiete.
El mismo final que la taquilla.
La hoja no llevaba membrete visible. No había nombre.
No había logo. Nada que pudiera agarrarse con facilidad.
Solo el código y el sello. Rozó el borde de la página.
La letra no pertenecía a su madre. O eso quiso pensar.
Miró otra vez. La seguridad le quedaba lejos.
El móvil vibró de nuevo. Esa vez no era Clara.
Número desconocido. No encontró respuesta.
La llamada se cortó sola. Después entró un mensaje.
Aparta la vista de ahí.
El frío le trepó por la espalda. Miró la carpeta abierta.
D-17.
CERRADO.
Miró la caja gris bajo su brazo. Miró el pasillo.
La chica de la mochila ya no estaba. El hombre del café tampoco.
El trabajador de limpieza había desaparecido.
Su carro seguía allí, quieto. Con una bolsa negra colgando de un lado y el mango torcido hacia la pared.
Cerró la carpeta de golpe. Por un momento quedó plantada allí, la caja bajo un brazo, la carpeta contra el pecho.
El móvil vibró de nuevo. Evitó mirarlo. No quiso añadirle nada más.
La estación seguía llena de gente. Maletas, voces, prisas, trenes anunciados por megafonía, niños, cafeterías, pasos. Todo el mundo tenía una vida. Un destino. Una excusa. Luján llevaba la carpeta contra las costillas. Le pesaba de otra manera. No supo dónde ponerla.