CAPÍTULO 4 — LA LLAVE DE SANTS #2
Luján metió la foto otra vez en el bolsillo, pero el número ya se le había quedado detrás de los ojos.
Recordaba Sants por fragmentos. Café quemado.
Trenes con retraso. El suelo con brillos sucios en algunas zonas y pegajoso en otras.
La mano de su madre apretándole los dedos hasta hacer daño.
Una máquina de agua. Una papelera que olía agrio.
Clara sentada encima de una maleta azul, con las piernas colgando y un chicle pegado al zapato.
Y siempre aquella zona lateral. Un pasillo menos lleno.
Una cabina con el auricular negro y el cable enrollado. Enderezó el cuello sin darse cuenta.
—Mamá hacía llamadas desde allí.
Clara frunció el ceño.
—¿Desde Sants?
—Cuando éramos pequeñas.
—Mamá llamaba desde cabinas, Lu. Todo el mundo llamaba desde cabinas.
—No así.
Clara tardó un poco en contestar.
—¿Cómo que no así?
Luján miró el mar, que entraba y salía entre la roca.
No tenía el recuerdo entero. Nunca lo había tenido.
Solo pedazos mal guardados. El sabor dulzón de un zumo de melocotón.
Clara limpiándose las manos en la camiseta porque su madre no encontraba pañuelos.
La tía Roser mirando hacia los paneles sin leerlos.
Su madre dentro de una cabina, de espaldas, una mano pegada al auricular y la otra sujetando el bolso contra el pecho. La nuca rígida. La voz baja.
—Nos dejaba esperando.
—Lu…
—Y hablaba bajito.
—Mamá hablaba bajito cuando no quería que nos enteráramos de que estaba discutiendo con la tía Roser.
—La tía Roser odiaba aquellas llamadas.
Clara alzó un poco la cara.
—No las odiaba. Le daban miedo.
Luján giró hacia ella.
—¿Miedo de qué?
Clara se quedó a medias. Su propia frase pareció pillarla sin defensa.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Qué sé yo. Lo que sé es que una vez volvió del baño y se puso blanca al ver que mamá estaba en la cabina. Blanca, Lu. Y luego nos compró chicles.
Luján no se acordaba de los chicles. Se acordaba de otra cosa.
Una frase. No entera al principio. Solo el sonido sucio de una puerta de cristal que cerraba mal y la voz de su madre saliendo deformada desde dentro de la cabina.
No ha salido bien. La oyó de nuevo en el coche.
Entera. Luján cerró la mano contra el muslo.
—Una vez dijo algo.
Clara la miró de reojo.
—¿Quién?
—Mamá.
—¿Qué dijo?
Abrió la boca. No ha salido bien. La frase salía tan limpia, tan aprendida de memoria, que le dio miedo decirla en voz alta.
—No sé. No me acuerdo.
Clara se le marcó un músculo junto a la boca.
—Entonces no lo pongas encima de la mesa.
—¿Perdona?
—Que no hagas eso. No tires una frase y luego te escondas dentro.
Luján soltó una risa seca.
—¿Ahora también tengo que recordarlo bien?
—No del todo. Pero tampoco puedes construirlo todo sobre recuerdos rotos.
—Es lo único que tengo.
—Tienes una madre muerta.
Se le escapó más fuerte de lo que quería. Nerea apartó la mirada. Clara se arrepintió al instante, pero el daño ya estaba hecho. Luján no gritó. Ni siquiera se movió. Solo se le borró algo de la cara.
—Gracias por la precisión —dijo.
—Lu.
—Déjalo. Está bien. Hoy estamos diciendo verdades.
Clara dejó la vista fija en la carretera.
—No quería…
—Ya.
Nerea habló desde atrás, muy bajo.
—Yo no me acuerdo de Sants.
Luján tardó en girarse.
—Tú no estabas.
Sonó cerrada. Nerea se echó hacia atrás. Clara la buscó por encima del hombro.
—No lo decía por eso.
—Ya.
Entraron en el primer túnel. El túnel tragó el coche y el sonido se cerró alrededor.
Luján cambió de postura dos veces y terminó apretándose los dedos sobre las rodillas.
La luz amarilla pasaba por encima del parabrisas en golpes tan regulares que le recordó otra claridad, una que no quería mirar.
El pensamiento apareció sin permiso. El recuerdo no llegaba entero: un zumbido, algo sujetándole el brazo y una voz diciendo buena, muy bien, quieta.
Abrió los ojos. Los había dejado abiertos.
Buscó detrás en el reflejo. Un sedán oscuro venía detrás.
Ni tan cerca ni tan lejos. Volvió a mirar cuando salieron del túnel. Seguía allí. Misma distancia.
—Acelera un poco —dijo.
Clara pisó. El vehículo mantuvo el ritmo. Nerea se incorporó.
—¿Qué pasa?
Clara miró atrás un instante. Y entonces lo enfocó.
—Puede ser cualquiera.
—No me hables así —dijo Luján—. No sé nada, Clara. Ese es el problema.
Entraron en otro túnel. Clara se mantuvo firme. El sedán quedó tapado unos segundos por una furgoneta blanca. Luego volvió a aparecer en el hueco exacto, con una calma que no tocaba. Nerea lo vio también.
—Pues eso ya no me gusta.
—No miréis las tres a la vez —dijo Luján.
Clara hizo un ruido breve.
—No le des motivos para saber que lo hemos visto.
—Si nos sigue, ya lo sabe.
—No se lo confirmes.
Lo soltó rápido. Fue rápido y salió mal. Clara la miró de golpe.
—¿Desde cuándo sabes pensar así?
A Luján la boca le hizo un gesto raro. Ni ella lo sabía. Porque no lo sabía. Volvió a sentir la mancha en el dedo. Clara cambió de carril. Luego volvió al suyo. Lo suficiente para comprobar. El sedán no las imitó al instante. Tardó. Ese retraso la inquietó más.
—No puede ser —murmuró Nerea.
Clara hundió los dedos en el volante.
—No hagáis nada raro.
—Estás conduciendo tú —dijo Luján.
—Por eso lo digo.
Pasaron Castelldefels. Gasolineras, incorporaciones, carriles llenos.
A Luján siempre le había gustado esa parte del trayecto.
De niña le parecía que Barcelona empezaba justo ahí, en esa mezcla fea de carteles, coches, centros comerciales, aviones bajos y gente cambiando de carril con mala leche.
Ese día no le sirvió. Consultó el móvil.
10:59.
Sin llamadas. Sin mensajes nuevos. El desconocido seguía en el historial, a las 6:03. Cuarenta y siete segundos. Debajo, los mensajes.
El aviso seguía debajo del otro.
Ya estás dentro.
Rozó el registro sin llegar a llamar. El número parecía capaz de marcarse solo.
—¿Y si llamamos a los Mossos? —preguntó Nerea.
Clara tardó apenas medio segundo.
—¿Y qué les decimos?
—Que nos siguen.
—Ahora mismo no están haciendo nada.
—Han entrado en su piso.
—No lo podemos demostrar.
—Han entrado en casa de su madre.
—Tampoco.
—Hay una zapatilla, marcas, ruidos, un sobre debajo de la puerta…
—Nerea.
La cortó con un cansancio terrible. Nerea se calló. Se mordió una piel levantada junto al pulgar y se hizo daño. Luján vio cómo retiraba la mano rápido, avergonzada por algo tan tonto. Luján buscó a Clara con la mirada.
—No quieres llamar.
—Quiero saber qué está pasando antes de meter a nadie más.
—Eso suena a mí.
—Tú quieres meterte en una estación con una llave que no sabes de dónde sale.
—Porque ahí hay algo.
—O porque alguien quiere que lo haya.
Luján apartó la cara hacia la ventanilla. Nadie habló. Solo el motor, los neumáticos y Clara callándose una cosa que no tenía sitio.
—Puede —dijo Luján.
Clara la miró de reojo.
—¿Puede?
—Sí. Puede que quieran que vaya.
—Entonces no vayas.
Consultó la hora.
11:03.
—No he dicho que quedarme quieta no sea también parte del juego.
Clara soltó una palabra entre dientes.
—Siempre igual.
—¿Qué?
—Si hay una puerta cerrada, tienes que abrirla.
—No es curiosidad.
—Contigo nunca lo es. Siempre encuentras una razón para hacer justo lo que te va a romper.
Luján volvió la cara hacia ella, despacio.
—¿Y tú qué haces?
Clara se quedó con la boca cerrada.
—¿Tú qué haces cuando algo te puede romper, Clara? ¿Lo metes en una carpeta? ¿Llamas a una funeraria? ¿Ordenas los papeles por colores?
—No seas cruel.
—No estoy siendo cruel.
—Sí.
Lo dijo sin levantar la voz. Lo empeoró. Nerea apartó la mirada.
—Por favor…
Luján permaneció de cara a la ventanilla.
El coche siguió avanzando con esa tensión pegada a los cristales.
El vehículo seguía ahí, a esa distancia irritante que todavía podía llamarse casualidad si una necesitaba mentirse un poco.
Al entrar en Barcelona, el tráfico las tragó.
Clara bajó por una vía amplia y buscó con la mirada la entrada de Sants.
Semáforos, taxis, motos colándose por los lados, una furgoneta de reparto parada donde no debía.
Barcelona ya estaba despierta del todo, sucia de prisa y de bocinas.
El sedán desapareció detrás de un taxi. Durante un momento solo quedó el ruido de fondo. El alivio no llegó.
—No lo veo —dijo Nerea.
—Yo tampoco —contestó Clara.
Luján siguió buscando el coche en el espejo lateral.
—Eso no significa que no esté.
Clara no le discutió. Cuando entraron en el parking cercano, Clara dejó el coche sin apagar el motor enseguida. Se quedaron dentro unos segundos.
El aparcamiento olía a cemento húmedo, gasolina vieja y aire encerrado.
Cada sonido rebotaba más de la cuenta. En algún punto golpeó una puerta metálica.
Un hombre arrastró una maleta con las ruedas torcidas y el ruido se les metió dentro del coche, irregular, desagradable.
Clara apoyó las dos manos en el volante.
—Voy contigo.
—Ni hablar.
No lo dijo para discutir. Abrió la puerta.
—Si alguien nos sigue, mejor que no bajemos todas.
—No vas a entrar sola.
—Clara, si bajas conmigo, Nerea se queda sola. Si bajamos las tres, dejamos el coche y nos movemos peor. Si me pasa algo, llamas a Mateo.
Clara permaneció inmóvil.
—¿Mateo?
—¿Le has dicho algo?
—Todavía no.
—¿Entonces por qué Mateo?
Luján se pasó la lengua por los labios. Porque Mateo contestaba.
Porque Mateo no preguntaba lo correcto, sino lo útil.
Porque Mateo había estado en sitios en los que una aprende a mirar salidas antes que caras.
Porque cuando todos empezaban a decir “tranquilízate”, él preguntaba “dónde estás”. Se lo guardó.
—Porque contesta —dijo al final.